Los personajes aquí usados son propiedad del maestro Masashi Kishimoto, la historia es una adaptación del Libro En la cama con el diablo de Lorraine Heath al mundo shinobi.

Contiene tanto SasuHina como SasuKari, el ooc de esta historia se debe a que es una adaptación.

Buena lectura


3

—Resulta muy difícil decidirse — dijo la joven Yamanaka—. No sé cuál elegir.

Miró al otro extremo de la mesa de jardín y vio bostezar a Hinata, pero no hizo ningún caso. Le acercó los objetos entre los que dudaba.

— ¿Cuál te gusta más?

—Ino, estás eligiendo pergamino para invitaciones —contestó Hinata—. La gran Nación del Fuego no va a desaparecer si no tomas la decisión acertada. ¿A ti cuál te gusta más?

Ino se mordió el labio inferior.

—No lo sé. Creo que el de color crema, pero es más caro. ¿Crees que vale la pena?

—Si es el que más te gusta, entonces vale la pena gastar un poco más.

—No es a mí a quien tiene que gustarle, sino a mi marido. He quedado esta tarde con el papelero. ¿Vendrás conmigo para asegurarte de que hago bien el encargo?

Ino era la mejor amiga de Hinata desde que eran pequeñas. A ésta no le gustaba nada verla dudar.

—Ya has dado muchos bailes. Sabes perfectamente cómo encargar las invitaciones.

—Pero a Yakushi siempre hay algo que no le gusta. Quiero que todo sea perfecto.

Hinata estaba convencida de que no habría muchos hombres en Konoha a los que les importasen demasiado los preparativos de un baile, e Ino había tenido la mala suerte de casarse con uno de ellos. A su marido le obsesionaba la perfección, y eso hacía infeliz a su mujer y restaba alegría a cualquier cosa que ella hiciera.

—La perfección absoluta no existe; y si existiese, estoy segura de que sería bastante aburrida. De todos modos, nos quedamos con el color crema —dijo Hinata—. Creo que es más elegante; ya encargaré yo las invitaciones.

—Eso no es necesario.

—Es lo mínimo que puedo hacer. Con mi padre enfermo no es apropiado que yo celebre ningún festival en mi casa, y tú me dejas organizar uno contigo en tu encantadora casa. Así que yo me ocuparé de las invitaciones.

—Si estás segura de que no te importa...

—No me importa en absoluto.

Ino suspiró profundamente.

—Gracias. Una cosa menos de la que preocuparse.

—De camino a casa, me pasaré por la papelería.

—Eres un encanto.

Hinata volvió a bostezar.

—Perdón.

—No recuerdo que se celebrase ningún baile ayer por la noche y, sin embargo, desde que has llegado tengo la impresión de que estuviste despierta hasta muy tarde —observó Ino.

—No he dormido demasiado bien.

—¿Es por tu padre? ¿Acaso ha empeorado?

Debería haber sido la preocupación por su padre lo que la mantuviese despierta. Ya hacía casi un año que una apoplejía lo había dejado postrado en una cama. Ahora tenía poco más que la apariencia de un hombre. Ella se pasaba las tardes, y a menudo las noches, leyéndole, intentando darle todo el consuelo del que era capaz. Había destinado enfermeras de la rama secundaria del clan para que lo cuidasen siempre que ella estaba fuera para que su padre no se sintiera culpable de que su hija estuviera dedicándole todo su tiempo. Era joven. Él hubiese querido que disfrutase de la vida. Pero últimamente, ésa le parecía a Hinata una meta muy difícil de alcanzar.

—No, mi padre parece estar igual. Aunque, como no puede hablar, es difícil de asegurar.

—Entonces, ¿qué es lo que te preocupa?

—Cierto jefe de clan muy irritante. De alguna manera, Uchiha había conseguido echarle un hechizo, y ahora, al recordar lo sucedido entre ellos la noche anterior, Hinata se estremecía y se sentía incompleta. ¿En qué libertinajes habría estado metido para llegar a su casa tan tarde? ¿Y qué clase de hombre era para asumir de inmediato que alguien como ella había ido a visitarlo por motivos puramente carnales? Sólo el peor de los sinvergüenzas vería a una mujer con tales ojos. Hinata no era una mujerzuela de la calle. Era casta, pura y recatada. Sin embargo, después de aquel beso, se había dado cuenta de que su vida era bastante insulsa. Lo que había ocurrido con Sasuke la había hecho comprender, por fin, por qué se disuadía a las jóvenes de que experimentaran tales intimidades hasta que estuvieran casadas. ¿Tendrían todos los hombres el poder de hacer que las mujeres ardiesen de deseo? ¿O sólo lo tenían los hombres que, como el Uchiha, merodeaban por las puertas del infierno?

—Ino, tú llevas cinco años casada.

Su amiga había atraído la atención de Kabuto Yakushi desde su primera Temporada, y se había casado con él la Navidad de aquel mismo año.

Ino frunció el cejo.

—¿Es una pregunta?

—No, es una observación que me he sentido obligada a hacer antes de preguntarte: ¿tu marido te besa?

—Ésa es una pregunta un poco extraña.

—Yo soy soltera y no tengo una madre a la que poder preguntarle estas cosas. Por eso debo recurrir a mi amiga casada para que me ayude con las respuestas. ¿Te besa?

Ino bebió un sorbo de té mientras parecía sopesar la pregunta.

—A veces.

—Y cuando lo hace, ¿te deja con ganas de más?

—¿Con ganas de más qué?

A Hinata casi se le escapó la risa. Si tenía que explicárselo, entonces era evidente que su marido no la besaba como lo había hecho el Uchiha. Pero Kabuto era un caballero desde el día en que nació, mientras que el líder Uchiha no era más que un granuja vestido de señor.

Observó cómo su amiga se inclinaba ligeramente para servir más té. Miró el jardín alrededor. Era irónico que pudiese haber tanta belleza en un lugar donde anidaba tanta monstruosidad.

—Te ha vuelto a pegar, ¿verdad, Ino?

—No digas tonterías.

Hinata alargó una mano y la apoyó sobre la de ella.

—Me he dado cuenta por lo despacio que te mueves. Parece que hasta el mínimo movimiento te produzca dolor. Puedes confiar en mí. No se lo diré a nadie, ya lo sabes.

Las lágrimas empezaron a asomar a los expresivos ojos de Ino.

—Llegó tarde a casa, venía hecho una furia. No estoy muy segura de qué es lo que hice mal...

—Dudo mucho que tú hicieras nada mal. E incluso, aunque lo hubieses hecho, no tiene ningún derecho a pegarte.

—La ley discrepa.

—¡Me importa un bledo la ley!

Ino abrió los ojos como platos y, jadeando, dijo:

—Hinata, cuidado con lo que dices.

—Me reprendes por mi lenguaje y sin embargo seguro que recibes sus golpes en silencio.

—Soy su mujer, soy de su propiedad. La ley le da derecho a hacer conmigo lo que quiera, incluso a obligarme a satisfacerle cuando no tengo ganas. Algún día entenderás la verdad sobre el matrimonio.

—Dudo mucho que me case nunca. Pero si lo hago, no le daré a un hombre el control sobre mi persona.

—Sólo has conseguido evitar el matrimonio porque tu padre está enfermo y tu hermano está de viaje. En cuanto vuelva y asuma sus responsabilidades, incluidas las que a ti respectan, todo cambiará.

—No, eso no ocurriría nunca. Hinata a causa de la enfermedad de su padre se había vuelto mucho más fuerte que Ino a quien su matrimonio le había quitado cualquier rasgo de seguridad y confianza en sí misma, extraño para alguien que solía destilar aquellas cualidades. Aunque sí tenía que admitir que había ganado mucha independencia desde que Neji se fue. Su padre había empezado a enseñarle cosas a ella por temor a que su hermano no volviese de sus viajes. Desde que cayó enfermo, Hinata se había propuesto sustituirlo en el manejo de sus propiedades hasta donde le era posible. Sabía que su voluntariosa personalidad adquirida intimidaba a mucha gente y que algunos susurraban a sus espaldas, pero no pensaba dejar que el legado de su padre se deteriorase o se perdiera.

—Ya tengo veintidós años, Ino, y ningún hombre ha mostrado ningún interés por hacerme su esposa.

—Eso es porque el Demonio Uchiha te miró como si te estuviese haciendo suya en aquel baile, y tú le devolviste la mirada. Deberías haber bajado la vista, igual que las demás mujeres decentes. Fue él quien arruinó tu reputación.

Hinata esbozó una sonrisa forzada. Si Ino supiese que últimamente había hecho mucho más que mirarlo, que había aceptado su beso de buena gana, seguro que se moriría allí mismo.

—Estaba intentando intimidarme, y yo no me dejo intimidar fácilmente. Me pareció la oportunidad perfecta para demostrarles a todos que tengo carácter — contestó.

—Lo que demostraste es que te volviste obstinada. Y ningún hombre quiere casarse con una mujer obstinada.

—Entonces, ningún hombre podrá tenerme jamás, porque no pienso perder mis cambios que tanto me costaron para agradar a nadie.

—Cuando amas a alguien, haces cualquier cosa para ganarte su favor.

— ¿Incluso dejar que te pegue?

Ino se estremeció y, aunque ella lamentaba la dureza de sus palabras, no sabía qué más hacer para conseguir que su adorada amiga la escuchase; por su propio bien.

—Abandónalo, Ino. Déjale y vente conmigo. Nos iremos a la casa que mi padre tiene en el campo. Allí encontrarás refugio y estarás segura.

— ¿Tienes idea de lo furioso que se pondría? Me encontraría, Hinata, y me mataría por haberlo traicionado. No me cabe ninguna duda. Es un hombre muy orgulloso, y cuando algo amenaza su orgullo...

—Te pega a ti porque no tiene el valor de enfrentarse a sus debilidades.

—Tienes una opinión muy mala de él.

— ¿Por qué no debería tenerla? Yo sé lo que te hace. Tú te esfuerzas por esconderlo, pero temo que llegue un día en que no se pueda esconder.

—Hace cinco minutos me has preguntado si me besa. Sí que lo hace, y a veces es encantador.

— ¿Encantador? No. Un beso tiene que ser apasionado, tiene que hacer que te tiemblen las rodillas, que se te acelere el corazón... —Se le fue apagando la voz al tiempo que negaba con la cabeza. Se estaba dejando llevar por el recuerdo del beso de Sasuke.

—Hinata, ¿qué es lo que has hecho?

—Nada.

—Actúas de una forma muy extraña, y tu descripción... ¿has tenido algún escarceo amoroso?

—No digas tonterías.

—Entonces, ¿a qué viene este interés repentino por los besos?

—Sólo intento entenderte. ¿Qué es lo que te da él para que valga la pena?

—El deber de una mujer es estar junto a su marido.

Hinata apretó la mano de su amiga.

—Ino, yo no soy tu familia; no te voy a pedir que seas una buena hija y una buena esposa. Me rompe el corazón verte así.

Las lágrimas asomaron de nuevo a los ojos de la joven.

—Oh, Hinata, a veces me da tanto miedo... Dicen que su primera esposa era muy torpe y se cayó por la escalera. Y que la segunda resbaló en la habitación y se golpeó la cabeza en el suelo con tanta fuerza que se mató. Había oído todas esas historias y jamás dudé de su veracidad hasta que me casé. Kabuto es tan encantador cuando no está enfadado... Oh, pero cuando está molesto resulta completamente aterrador.

—Entonces déjale.

—¡No puedo! —espetó — . La ley no me protegerá. Él dirá que lo he abandonado y le entregarán a mi hijo. Mi familia se sentirá mortificada y no me apoyarán, y mi marido, cielo santo, Hinata, la furia que ha demostrado hasta ahora no será nada comparado con la que lo poseerá entonces. Lo sé con la misma certeza que sé que tu té se ha enfriado. Sería una desgracia para todos. Es mucho mejor que me limite a aceptar mi destino y me esfuerce por conseguir que no se enfade.

Hinata le soltó la mano y se echó hacia atrás.

—Oh, Ino, no puedo soportar lo que ha hecho contigo. Los abusos físicos son terribles, pero que haya conseguido destruir a la encantadora mujer que eras... Yo jamás podré perdonárselo.

Su amiga hizo una mueca y le cogió la mano.

—Sé lo obstinada que puedes ser, pero por favor nunca te enfrentes a él. No debe enterarse de que lo sabes. Si se siente amenazado... Cielo santo, Hinata, que Dios se apiade de nosotras.

—Por mí no sabrá lo mucho que lo desprecio.

Ino pareció relajarse y aflojó la presión con que cogía la mano de Hinata.

— ¿Podemos hablar de otra cosa? Ese asunto consigue afligirme. No me gusta saber que te preocupas tanto por mí.

—Olvídate de mis sentimientos, Ino. Te quiero. No importa lo que ocurra, eso no cambiará jamás.

—¡Mamá!

Un pequeño de cuatro años corría por el jardín dejando atrás a su niñera. Se dejó caer sobre Ino. Ella jadeó y palideció considerablemente.

—Cariño, no debes dejarte caer tan fuerte sobre mamá.

El niño pareció herido por la reprimenda. Hinata se dio cuenta de que su amiga estaba mucho peor de lo que dejaba entrever. Ino nunca regañaba a su hijo. Nunca.

—Inojin, ven a ver a la tía Hinata — dijo ésta — . Mi regazo necesita un niño.

Él se acercó corriendo y ella lo abrazó. Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que su padre empezase a volcar sus frustraciones en él.

Hinata volvió a casa a última hora de la tarde. ¿Cómo podría vivir con su sentimiento de culpa si Kabuto mataba un día a Ino? ¿Cómo conseguiría volver a mirarse al espejo si no hacía nada, sabiendo lo que estaba ocurriendo?

A pesar de tener muchísimos conocidos, amigos y sirvientes a veces se sentía terriblemente sola. Sólo a Ino podía confiarle sus preocupaciones. Sin embargo, no se atrevía a decírselo todo; su queridísima amiga ya tenía sus propios problemas, así que Hinata cargaba sola con sus preocupaciones y angustias.

Cansada y con el corazón encogido, subió la escalera y se detuvo ante la puerta de la habitación de su padre.

Desde que cayó enfermo, ella había conseguido una independencia de la que gozaban muy pocas mujeres. Al no estar allí su hermano para vigilarla, podía hacer lo que quisiera sin tener que darle explicaciones a nadie.

¿Tendría Ino razón? ¿Perdería su libertad si llegaba a casarse algún día? ¿O era verdad lo que ella decía y ningún hombre querría convertirla nunca en su esposa?

Su hermano la llamaba niña mimada en más de una ocasión. Aunque no es que él pudiese señalar a nadie: estaba conociendo mundo, pasándoselo en grande, viviendo el momento... mientras Hinata se había tenido que quedar allí a cuidar de su padre. Aunque, para ser justos, Neji no sabía que éste estaba enfermo.

Tras su primer ataque, cuando todavía podía hablar, le había dicho que no se pusiera en contacto con Neji bajo ningún concepto. El siguiente ataque lo había dejado mudo, sin poder comunicarse con nadie. Ahora, sencillamente, se estaba marchitando.

Hinata se dio un momento para recomponerse. No quería que su padre la viese llorando por su amiga, llorando por él, llorando por todo lo que ella sola no tenía la fortaleza o el poder de cambiar. Inspiró con fuerza, abrió la puerta y entró en la habitación. El olor de la enfermedad la asaltó de inmediato.

La enfermera, que bordaba sentada junto a la cama, se levantó en seguida. Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Miladi.

— ¿Cómo está?

—Bañado y arreglado, esperando su visita de la tarde.

Ella se acercó a los pies de la cama y sonrió a su padre. Le pareció ver alegría en sus ojos blanquecinos, pero tal vez sólo fuesen ilusiones suyas.

—Hace un día muy bonito. Debería pedirle a algún sirviente que te llevase al jardín.

Él no reaccionó a su sugerencia. Simplemente parpadeó.

Hinata se preguntó si se sentiría avergonzado o agradecido de que lo tuviesen que bajar. Resultaba muy complicado saber qué debía hacer.

—Natsu, antes de retirarte, pídeles a los sirvientes que lleven al jardín la otomana que está en el comedor de día, y luego dile a Kō que venga a bajar a mi padre.

—Si me permite el atrevimiento, milady, no estoy segura de que el médico esté de acuerdo. Eso podría hacerle más mal que bien.

—Si ocurriese algo, tendría que llevar su muerte sobre su conciencia. Con la de Kabuto podía vivir, pero con la de su padre...

Suspiró.

—Pregúntaselo al médico la próxima vez que venga a ver mi padre.

—Sí, milady.

Hinata tenía la sensación de que no podía hacer casi nada para proporcionarle comodidades.

—Me quedaré una hora con él — dijo — . Tómate ese tiempo libre.

—Gracias, milady.

Se sentó en la silla y cogió la mano de su padre. Éste movió la cabeza ligeramente para poder verla. Frotó con torpeza el anillo que ella había empezado a llevar en la mano derecha.

—Me he puesto el anillo de bodas de mamá. ¿Te parece bien?

Él emitió un sonido gutural. Hinata cogió uno de los pañuelos de hilo que estaban apilados en la mesita de noche y le limpió la saliva de la comisura de los labios.

—Me gustaría que me pudieses decir lo que quieres. — Deslizó los dedos por su largo cabello castaño —. Espero que no sientas dolor.

Suspiró y, antes de apoyar la espalda en el respaldo de la silla, cogió un libro de la mesita.

—Vamos a ver qué aventuras van a vivir hoy Oliver y Artful Dodger, ¿de acuerdo?

.

.

—Esperaba verte antes por aquí —dijo Suigetsu, dando la bienvenida a Sasuke a su establecimiento aquella noche.

—He estado unos días fuera.

—Tres días para ser exactos. Lo peor era tener que volver del infierno, enfrentarse al momento en que el licor ya había servido a su propósito y sus efectos empezaban a desaparecer. Entonces le dolía la cabeza, tenía el estómago revuelto y se sentía muy mal.

No estaba acostumbrado a que lo atacase la conciencia; resultaba extraño en un hombre como él, alguien que había hecho lo que había hecho. Y por la noche era mucho peor, cuando tenía que enfrentarse solo a sus demonios. Todo eso cambiaría cuando se casara con Karin. Ella lo distraería de sus sombríos pensamientos. Ella arrojaría luz en su oscuridad, sería su salvación.

—Dónde, ¿dentro de una botella?

—No creo que sea de tu incumbencia.

Suigetsu se encogió de hombros.

—Y no lo es. Sólo te lo pregunto para saber si quieres que te mande a casa otra caja de mi mejor Sake.

Odiaba tener que admitir sus debilidades, incluso ante su amigo.

—Sí, por favor. Esta noche, si puede ser.

—Dalo por hecho.

Sasuke era plenamente consciente de que Suigetsu lo vigilaba de cerca. También sabía que su amigo no le preguntaría el motivo de su última recaída, así que se sorprendió mucho cuando se escuchó decir:

—Hinata Hyūga vino ayer a visitarme.

Suigetsu frunció el cejo.

— ¿Hyūga?

—La hija del líder del clan Hyūga.

El otro arqueó una ceja.

—Vaya, vaya... ¿Ahora tienes compañía distinguida?

—Quería que matase a alguien.

Suigetsu arqueó ambas cejas.

—¿Y quién es el desafortunado?

—No me lo dijo.

—Supongo que te negaste.

—Supones correctamente.

— ¿Te preocupó que ella pudiera dudar de tu capacidad para hacer algo así?

Lo que a Sasuke le preocupaba era que la joven pensara que podía acceder a semejante petición. Sin explicaciones, sin justificación, como si fuese un hombre acostumbrado a mancharse las manos de sangre. Pero no iba a decirle todo eso a Suigetsu, así que mantuvo la boca cerrada.

El otro le dio un golpecito en el hombro.

—No te preocupes, amigo. No son mucho mejores que nosotros. La única diferencia es que nosotros lo sabemos, reconocemos nuestras faltas y admitimos que las tenemos.

—Se supone que yo soy uno de ellos, Suigetsu. — Pero la verdad era que jamás se había sentido cómodo entre la nobleza, nunca había pensado que aquél fuese su lugar.

—Pero los dos sabemos que no lo eres.

Su amigo era el único que sabía la verdad sobre su engaño. Sabía que había fingido recordar todo lo que el anciano le había preguntado.

—No, no lo soy.

—No entiendo por qué te sientes tan condenadamente culpable por ello.

—Al final me encariñé con el viejo. No me parecía bien engañarlo.

El anciano lo había amado porque creía realmente que era su nieto. Una cosa era engañar para obtener una moneda y que así no le doliese el estómago de hambre cuando se iba a dormir por la noche, y otra engañar a alguien para que le diese su corazón.

—Tú le hiciste feliz, Sasuke. No es muy común tener la oportunidad de hacer lo que tú hiciste por él: ese hombre murió contento y satisfecho, sabiendo que sus propiedades estaban a salvo en tus manos, y convencido de que eran a ti a quien pertenecían. Eso debería darte consuelo.

Lo intentaba. Lo intentaba con todas sus fuerzas.

—Me llevo a Karin a dar una vuelta.

Suigetsu sonrió burlón, aunque lo cierto era que todo en él era burla y seguridad en sí mismo. No dejó de mostrarse arrogante ni cuando estuvieron en la cárcel. Se comportó como si todo aquello no fuese más que un gran chiste, mientras que Sasuke jamás había pasado tanto miedo en toda su vida.

—Por fin lo vas a hacer, ¿eh? — preguntó.

—Sí, creo que ya me has ganado suficiente dinero.

—Nunca será suficiente, pero tienes razón. Estoy cansado de esa apuesta. Se ha vuelto muy aburrida. Ve y hazla feliz. Y, de paso, hazte feliz a ti.

—Ése era el plan de Sasuke. Atravesó el establecimiento, saludando a los conocidos que se iba encontrando en su camino hacia la parte de atrás, donde sabía que encontraría a Karin. Ésta se dedicaba a sus buenas obras durante el día, y por la noche ponía orden en los libros de Suigetsu. Estaba sentada ante el escritorio, con el pelo recogido en un moño y su habitual indumentaria poco seductora; sin embargo seguía siendo tan atractiva como siempre.

—Buenas noches, Karin.

Ella levantó la vista; esta vez sin asustarse. Era evidente que Sasuke había llegado antes de que se concentrase en los números.

—Esperaba verte antes; quería explicarte en qué voy a gastar el dinero que me diste.

—Estaba ocupado con otros asuntos. Además, ya te dije que no me debes ninguna explicación. En realidad, he venido a preguntarte si quieres venir a dar una vuelta conmigo en el carruaje.

—¿Para qué?

—He pensado que te vendría bien alejarte un rato de los libros de Suigetsu. Aún no hay niebla y Konoha puede resultar bastante impresionante por la noche. Me gustaría verlo contigo.

—Suenas muy misterioso...

—Últimamente no hemos pasado mucho tiempo juntos y, como sabes, me gusta mucho estar contigo.

—Te podría enseñar el hogar de los niños. Ya está casi listo.

—Me encantaría.

Mientras se levantaba, le dedicó aquella dulce sonrisa que a Sasuke le resultaba tan cálida. Él cogió el chal que colgaba de un perchero junto a la puerta y se lo puso sobre los hombros, luego le ofreció el brazo. Karin posó la mano sobre su antebrazo con timidez. Ninguno de los dos dijo una palabra hasta que llegaron al carruaje y el lacayo abrió la puerta. Sasuke la ayudó a subir y, cuando entró, la vio quedarse inmóvil. Esbozó una brillante sonrisa y lo miró por encima del hombro.

—Está lleno de flores.

—Sí, he pensado que te gustarían.

—Te deben de haber costado una fortuna.

A él no le pasó desapercibida la cariñosa reprimenda. A ella no le gustaba gastar con frivolidad, y cada vez que lo regañaba, Sasuke se sentía un poco mal por regalarle cosas.

—Me lo puedo permitir, Karin.

—Eres demasiado generoso.

A él no se lo parecía. Entró en el carruaje y se sentó delante de ella. La fragancia de las flores era abrumadora. Había colocado varios ramos a ambos lados de donde sabía que Karin se sentaría. Cuando regresaran, le pediría a su lacayo que la ayudase a llevarlos a su apartamento.

El carruaje empezó a avanzar por la calle y la tenue luz del quinqué de dentro le permitía distinguir a la joven. Siempre le había encantado observarla, y el interior del coche le proporcionaba una intimidad imposible de conseguir cuando ella estaba sentada ante aquellos libros de contabilidad. Se inclinó hacia adelante y le cogió la mano. Sabía que no era apropiado tocarla sin guantes, pero le pareció que ése era el momento perfecto para saltarse las normas. Había memorizado el soneto número veintinueve de Shakespeare para recitárselo, pero de repente sintió que debía confiar en sus propias palabras, por muy inadecuadas que le pudieran parecer.

—Karin, te adoro. Siempre te he adorado. ¿Me harías el honor de convertirte en mi esposa?

La sonrisa de ella se marchitó y sus dedos se tensaron alrededor de los de él. Negó con la cabeza con brusquedad.

—Sasuke, no puedo — susurró con voz quebrada. Podía advertirse el terror en su tono.

Le cogió las manos con más firmeza.

—Karin...

—Sasuke, por favor.

—Karin, déjame terminar.

Ella asintió.

—Ya sé que tu única experiencia —cómo decirlo sin aterrorizarla todavía más— fue un acto brutal, pero te aseguro que en mi cama sólo encontrarás ternura. Seré el hombre más delicado del mundo. Jamás te forzaré ni te apremiaré. Esperaré hasta que estés preparada. Todo saldrá bien entre nosotros, Karin. Te lo juro.

Vio lágrimas en sus ojos.

—Por favor, no llores, cariño.

Ella levantó las manos de Sasuke y le besó los nudillos.

—Ya sé que jamás me harías daño, pero tú eres un líder de clan y yo... —rió con amargura — , yo ni siquiera sé mi verdadero nombre. ¿Crees que hay alguna familia noble en Konoha que no sepa lo que le pasó a su hija? Me llamo Karin Uzumaki porque así es como me llamaba Orochimaru: «Karin, Uzumaki,* hazme un masaje en los pies», «Karin, Uzumaki, tráeme un vaso de Amazake». Por eso, cuando tu abuelo me preguntó cómo me llamaba, yo respondí Karin Uzumaki. Sólo era una niña. ¿Qué podía saber yo?

—No me importan tus orígenes — contestó él con brusquedad.

—Tú sabes quién es tu familia. Yo no tengo ni idea, y una dama que fuera a convertirse en noble debería saberlo.

Podría haberle dicho que él conocía tanto a su familia como ella a la suya, pero confesarle sus mentiras no lo ayudaría a ganarse su cariño. Más bien acabaría perdiéndola por completo. Karin siempre había sabido que él albergaba dudas sobre el anciano, pero no que esas dudas estaban justificadas; no sabía que él había hecho todo lo posible por convencerlo de que era su nieto. Nunca debía saber que había mentido, engañado y estafado al caballero para que éste viera lo que tanto deseaba ver. En aquel momento la muerte pisaba los talones de Sasuke y eso le había supuesto una poderosa motivación, pero incluso a pesar de esas circunstancias no creía que ella pudiese perdonarle haberse adueñado de tantas cosas que no le pertenecían. Ahora se había acostumbrado a todo aquello y no quería devolverlo. No tenía ninguna intención de devolverlo.

—Karin, no pienses que vas a convertirte en noble. Piensa que vas a convertirte en mi mujer. Eso es lo único que me importa.

—¿Cómo puedes decir eso, Sasuke? Cielo santo, tienes un escaño en la consejo de los Lores de Konoha. La responsabilidad de tu posición es abrumadora. Y en la mujer recae el deber de conocer todos los detalles de la etiqueta y demás normas de conducta social. Cuando tuviésemos invitados a cenar...

—No celebraremos cenas.

— ¿Y cuándo fuera presentada ante la Hokage? ¿Acaso tú sabes cómo tendría que vestirme? ¿Qué comportamiento debería o no tener?

—Podrías aprender. El anciano te dio algunas lecciones. Contrataremos profesores.

—Me enseñaron a leer, escribir, contar y a hablar adecuadamente. Pero por Dios bendito, Sasuke, tu abuelo nunca esperó que me convirtiese en noble. En seguida se dio cuenta de que yo estaba hecha para servir, no para que me sirvieran. — Hizo una pausa y añadió —: Por favor, no me pidas eso. Te lo debo todo, tú me salvaste la vida —las lágrimas se deslizaron por sus mejillas —; pero por favor, no me pidas que forme parte de tu mundo. Pensar en ello me aterroriza. Debe de ser una vida tan solitaria...

Ése era el principal motivo por el que Sasuke quería que ella estuviese a su lado. Porque estaba condenadamente solo. Algunos días, creía que se moriría de soledad, días en los que no podía imaginar nada peor que estar atrapado entre dos mundos. Vivir en uno pero pertenecer a otro.

—Karin...

—Por favor, no quiero hacerte daño, pero no puedo casarme contigo. Simplemente no puedo. Yo me destruiría.

—Eres mucho más fuerte de lo que crees.

—Pero no tan fuerte como tú. Yo jamás podría hacer las cosas que tú has hecho.

A veces, pensaba que hubiese sido mejor que le hubieran puesto aquella soga alrededor del cuello.

— ¿Hay algo que pueda decir para hacerte cambiar de opinión? —le preguntó.

Ella negó con la cabeza lentamente.

Sasuke suspiró, le soltó las manos y, dejándose caer sobre el respaldo del asiento, miró por la ventana. La niebla estaba empezando a levantarse. Parecía algo simbólico.

—Espero que no te importe que no vaya a ver el hogar de tus niños.

—Lo siento muchísimo.

—No, Karin, no sigas disculpándote. Sólo sirve para empeorar las cosas.

—Yo te quiero, ya lo sabes — añadió ella con dulzura.

Lo que sólo hacía que todo el asunto resultase mucho más insoportable.

Sasuke alineó sus pequeños soldados, agradecido de que Suigetsu le hubiese hecho llegar las botellas de Sake aquella noche, tal como había prometido. Luego se sentó en su sillón y empezó a beberse el contenido de la primera.

Karin le había rechazado y al hacerlo le había partido el corazón. No había aplazado el momento de pedirle que se casara con él por temor a eso, sino porque no estaba convencido de que la mereciera; siempre había creído que no era digno de ninguna mujer.

Pero que se hubiese negado a casarse con él porque temía la vida que llevaba... ¿Tan duro habría sido para ella vivir allí?

El anciano había acogido a Karin y a algunos de los chicos de Orochimaru tras descubrir que Sasuke los dejaba entrar a escondidas para darles de comer y que tuvieran un lugar caliente donde pasar la noche. Los vigilaba de cerca porque no confiaba del todo en ellos, pero contrató profesores y se preocupó de que les enseñasen a comportarse debidamente.

Entonces, ¿de qué tenía Karin tanto miedo? ¿Qué era lo que creía que no sabría hacer? ¿O tal vez había otros motivos en su rechazo que no quería decirle? ¿Era la oscuridad que anidaba en él con lo que ella no podía vivir y, sencillamente, era demasiado buena para admitirlo?

Tiró la botella vacía y cuando alargó el brazo para coger otra, vio algo debajo del sillón que tenía delante. Se puso en pie y la estancia giró a su alrededor. Arrodillándose, gateó hasta la butaca, metió la mano y rebuscó hasta dar con un objeto. Se dio la vuelta, apoyó la espalda en el sillón y miró lo que había encontrado.

Era el broche de lady Hinata. Debía de habérsele caído de la capa. Alguno de sus sirvientes no estaba siendo todo lo cuidadoso que debía al fregar el suelo, pero Sasuke no estaba particularmente enfadado por la falta de esmero. Sintió cómo una sonrisa asomaba en sus labios al recordar el orgullo de la joven, y lo sorprendida que se quedó cuando vio que él conocía su nombre.

Oh, sí, sabía muy bien quién era. Se había ocupado de conseguir esa información la primera noche que la vio. Incluso para el más leal de los sirvientes, su bolsillo estaba por encima de sus señores. Sólo tuvo que entregar algunas monedas y en seguida encontró a alguien dispuesto a esconderse con él entre los arbustos para mirar a escondidas por la ventana e identificar a la dama que señaló.

No le había sorprendido encontrarla en su biblioteca. Lo único que le había sorprendido era que hubiese tardado tanto en visitarlo. Aquella noche, en el baile, Sasuke sintió por ella una atracción inmediata, de una intensidad muy superior a cualquiera que hubiese experimentado hasta entonces.

Siempre había pensado que si hubiese conocido a Karin siendo ésta una mujer joven, la atracción que él hubiese sentido habría sido igual de poderosa, o incluso superior a la que le provocaba Hinata. Pero ambos se conocían desde niños, y el afecto que se tenían era de otro tipo.

Deslizó los dedos por el broche. Hinata era distinta. Hinata era...

Oyó una carcajada resonando a su alrededor; fue vagamente consciente de que él era el responsable del sonido.

Hinata era lo que necesitaba para conseguir lo que más deseaba en el mundo.

Continuará...


Espero les esté gustando esta adaptación es con mucho agrado que la hago, este es un libro bastante bueno. les explicaré unas cositas para que entiendan el por qué de algunos personajes y parejas.

1- Kabuto e Ino? wtf jajajaja bueno la explicación es simple, se requería una amiga para Hinata y qué mejor que Ino además que es un personaje que me encanta Ino pertenece a un clan respetable y de buena posición por encaja perfectamente, y bien por qué Kabuto, sin hacer spoiler y basada en este capítulo vemos que el esposo de ella es un completo maldito y pues Kabuto encaja mejor en ese personaje y mucho más para lo que se viene de aquí en adelante.

2- SasuKari? ustedes dirán "por qué? a mí no me gusta esa pareja, es horrible, por qué no pusiste a Sakutabla" bla bla bla... Karin aunque su personalidad no encaja con la de Frannie (personaje original) la escogí por el pasado que tanto en la serie como en el manga comparten juntos con Orochimaru por esto no escogí a Sakura porque ella realmente no tiene ese tipo de pasado con Sasuke además de que esa nunca rechazaría a Sasuke XD jajaja en cambio Karin ya superó a Sasuke y hasta se hizo amiga de Sakura y madrina de Sarada por ello preferí poner esa pareja.

Bueno si desean hacer preguntas por favor me dejan sus comentarios yo con gusto les contestaré :D

No vemos, besitos