Los personajes de Naruto no son de mi propiedad pertenecen al maestro Masashi Kishimoto, esta es una adaptación de la Obra de Lorraine Heath En la cama con el diablo.
5
Hinata mojó las hebras de su pincel en el tintero con decisión y sumo cuidado. Su padre no estaría de acuerdo con lo que se disponía a hacer, pero no tenía más remedio.
Querido hermano:
Espero que estés bien cuando recibas esta carta...
«Sólo espero que la recibas», pensó con cansancio.
... y que estés disfrutando de tus viajes.
Sin embargo, debo decirte que te necesito desesperadamente en casa.
Cuando volvió a mojar el pincel le temblaba la mano. Tenía un itinerario de viaje de sumamente calculado, pero no sabía si lo estaría siguiendo al pie de la letra. Presentía que debía ponerse en contacto con él, pero entonces empezó a dudar.
¿Cómo podía considerar siquiera pedirle a su hermano lo mismo que le había pedido a Claybourne? Neji no poseía una alma tan oscura como la del conde. Su hermano era amable y generoso, y ella lo quería mucho, aunque no soportara que, por ser unos años mayor, él se comportase como si su opinión fuese la única importante. Ése fue, precisamente, el motivo por el que se peleó con su padre.
¿Cómo cambiaría todo aquello a Neji? ¿Lo convertiría en un hombre como el Uchiha? ¿Quería ser la responsable de convertir un ángel en un demonio? Sin embargo, tenía tanto miedo de que Yakushi pudiese matar a Ino la próxima vez que le pusiera las manos encima...
El líder Uchiha tenía razón. Debía ocuparse del asunto ella misma. Pero, cielo santo, ¿dónde encontraría la fuerza para hacer algo así? ¿Y cómo lo haría? ¿Con un shuriken? ¿Con un kunai? ¿Con veneno?
¿Cuántas veces tendría que lanzarle aquellos artefactos shinobis? Hinata nunca había visto un cadáver, o por lo menos no lo recordaba. Su madre murió al dar a luz a una hija que no sobrevivió. Ella era sólo una niña cuando ocurrió y le pareció que estaba dormida. ¿La muerte era siempre tan apacible? A pesar de vivir en el mundo de los shinobis su padre nunca dejó que se uniera a las filas del Hokage por considerarlo un trabajo sólo para los de la rama secundaria de su clan.
Unos suaves golpecitos en la puerta la alejaron de sus taciturnos pensamientos. Su doncella, Natsu, asomó la cabeza.
—Lady Hinata, ha llegado una carta para usted.
A Hinata le dio un vuelco el corazón. ¿Sería de Ino? ¿Habría sucedido ya lo peor? ¿O sería de su hermano? ¿Estaría de camino a casa? ¿Había respondido por fin alguien a sus plegarias?
—Dámela, rápido. —Cuando alargó la mano para cogerla, su temblor aumentó. No tenía sello. La habían cerrado sólo con una gota de cera. Qué extraño. Deslizó el abrecartas de plata por debajo y la abrió.
Necesito verte.
A medianoche.
En tu jardín.
U.
¿U.? ¿Quién diablos... ?
Reprimió una exclamación.
¿Uchiha?
Volvió a doblar el papel a toda prisa y le preguntó a Natsu:
—¿Quién ha traído esto?
—Un muchacho.
—¿Ha dicho algo?
—Sólo que se trataba de un asunto urgente y que debíamos entregarle el sobre a usted con la máxima urgencia. ¿Va todo bien, milady?
Hinata carraspeó.
—Sí, todo va bien. Es sólo que estoy un poco intranquila. Creo que daré un paseo más tarde. Cuando vuelva, me ayudarás a desnudarme.
—Sí, milady. — La joven de la rama secundaria hizo una inclinación de cabeza y salió de la habitación.
Una vez a solas, Hinata volvió a abrir el sobre y releyó la nota. Cielo santo, había llamado a la puerta del diablo y ahora éste estaba llamando a la suya. Aquello no auguraba nada bueno, nada bueno en absoluto.
Volvió a doblar la carta y la escondió entre las páginas de un libro. Luego se levantó y empezó a pasear por la habitación. ¿Qué debía ponerse para aquella cita nocturna? Tal vez una capa, algo que la ocultase de los ojos curiosos. Aunque teniendo en cuenta que el encuentro sería en su jardín, los únicos ojos curiosos serían los de sus sirvientes, y les tenía prohibido salir fuera a aquellas horas.
Miró el reloj. Faltaban aún dos horas, dos horas de preocupación. Debería ser un poco lista e ignorar la cita.
«Necesito verte.»
¿Necesito? ¿No había dejado ya lo bastante claro que tenía cuanto necesitaba? Entonces, ¿qué podía ofrecerle ella?
¿Tal vez otro beso? ¿Habría estado dando vueltas en la cama durante todas aquellas noches igual que Hinata? ¿Había obsesionado sus sueños igual que él los suyos?
No podía negar que ansiaba su visita. A decir verdad, quería volver a verlo. Quizá la próxima vez que lo invitase a un baile, asistiría.
Se sentó, miró el reloj y esperó. Justo cinco minutos antes de la medianoche se levantó y se echó la capa sobre los hombros. Observó su reflejo en el cristal, se recolocó algunos mechones de pelo rebeldes y se rió de su necedad. El líder Uchiha apenas podría verla en la oscuridad. Y, en el fondo, a ella le daba igual lo que él opinara de su apariencia.
Pensó en ponerse los guantes, pero aquél no era precisamente un encuentro formal; no tendrían ningún motivo para tocarse. Suspiró relajada, cogió el quinqué de su escritorio y salió de la habitación.
La casa estaba muy tranquila y casi todas las luces se habían ya apagado. Estaba a punto de llegar al comedor de día, cuyas puertas daban al jardín, cuando oyó:
—Milady, ¿puedo servirla en algo?
Hinata se dio la vuelta y sonrió al mayordomo.
—No, gracias, Kō, No podía dormir. Sólo voy a dar un paseo por el jardín.
—¿Sola?
—Sí, es nuestro jardín. Es un sitio seguro.
—¿Quiere que le pida a algún lacayo que la acompañe?
—No, gracias. Me apetece estar sola. En realidad, procure por favor que nadie me moleste.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Como usted desee.
Hinata entró en el comedor de día y, una vez allí, se detuvo un momento para hacer acopio de determinación y aferrarse a ella con tanta fuerza como a la capa que vestía. En cuanto se sintió segura, cruzó las puertas del jardín.
Cuando daban fiestas, encendían las antorchas de ambos lados del camino, pero en esa ocasión no le había parecido que hubiese necesidad de armar tanto jaleo, o de gastar tanto gas. Sin embargo, a medida que avanzaba por el sendero, empezó a replantearse su decisión. No se había dado cuenta de lo oscuro que estaba más allá de los setos, las flores y los caballetes cubiertos de hiedra. Aquello le daba miedo, aquello...
—Lady Hinata.
Dio un respingo y se volvió de golpe. ¿Cómo podía ser que no lo hubiese visto allí de pie? Parecía haber surgido de las sombras de la noche como el mismísimo príncipe de las tinieblas.
—Me ha sobresaltado. —Se maldijo por hablar antes de que su corazón recuperase su ritmo normal. Su voz había sonado igual que la de su hermano cuando éste era adolescente.
—Discúlpeme —dijo Sasuke.
—Su tono no parece arrepentido. Me atrevería a decir que lo ha hecho a propósito.
—Tal vez. No estaba seguro de que fuera a venir.
—Su carta indicaba que tenía «necesidad» de verme. Y al contrario que usted, yo no suelo dar la espalda a los necesitados.
—Ciertamente.
Su voz sonaba ahora más ronca y Hinata se preguntó si le habría enviado un mensaje equivocado. Estaba molesta por la tranquilidad que él demostraba y el nerviosismo de ella. Inspiró profundamente y preguntó con aspereza:
—¿Qué es lo que necesita, milord?
—Paseemos, ¿de acuerdo?
—Pero sin salir del jardín.
—Por supuesto. Sólo quiero alejarme de posibles ojos y oídos curiosos.
—Echó a andar sin esperarla, y Hinata se apresuró para alcanzarlo.
—He dado instrucciones a mis sirvientes de que no nos molesten.
El conde se detuvo de golpe y ella casi se golpeó la nariz con su hombro cuando él se volvió. Era increíblemente alto y corpulento. Su mera presencia bastaba para hacer que a Hinata se le acelerase el corazón.
—¿Les ha dicho a sus sirvientes que se iba a reunir aquí conmigo? —preguntó con voz teñida de incredulidad.
—No, por supuesto que no. No me he explicado bien. Les he pedido que no me molesten a mí. Les he dicho que no podía dormir y que salía a pasear.
—¿Es algo habitual en ti? ¿Lo de no poder dormir? —preguntó, volviendo a tutearla.
Parecía sentir una sincera curiosidad, como si realmente se preocupase por ella.
—No, no es habitual —contestó. A menos que estuviese pensando en él; entonces, dormir le resultaba del todo imposible.
—Estoy seguro de que pronto lo será.
—¿Qué diablos quería decir con eso?
Sasuke reanudó el paseo y ella, a pesar de sus dudas, lo siguió. Se alegraba mucho de haber cogido el quinqué. No daba mucha luz, pero sí la suficiente para que pudiese verlo con claridad.
—Me gustaría hablarte de tu... proposición —dijo él, con tanta emoción como un trozo de carbón.
—No me pareció que estuviese interesado. — Hinata desconfiaba. Además de haber rechazado su oferta, la había hecho sentir como una tonta.
—Y no lo estaba.
—Pero ahora sí lo está.
—Pareces molesta. ¿Has encontrado a otra persona que quiera encargarse del asunto?
—Ojala fuese así. No había nada que deseara más que poder darse media vuelta y alejarse de él. Aquel hombre la inquietaba. Recordó sus cálidos dedos deslizándose por su cuello, acelerándole la respiración. Su ardiente boca devorando sus labios...
—No, no he encontrado a nadie.
—¿Te has ocupado tú misma de resolverlo?
—No.
—Entonces, tal vez podamos llegar a un acuerdo. Hay una joven con la que deseo casarme.
Hinata se paró en seco y se esforzó para que no se notara que esas palabras le habían sentado como una bofetada. ¿Y a ella qué si quería casarse? No le importaba. No le importaba en absoluto y, sin embargo, no podía negar que se sentía decepcionada. Hacía tantos años que soñaba con él... Aunque no era algo que hubiese elegido; aquel hombre simplemente se apoderaba de sus sueños como si le perteneciesen.
El líder Uchiha la estudió como si fuese un objeto curioso. ¿Qué emociones revelaba su rostro? Hinata confiaba en que ninguna. O tal vez sólo estuviese decidiendo cuánto debía revelar el de él, pero Sasuke se mostraba tan cerrado como un ataúd.
—El problema es que ella parece tener dudas al respecto —continuó él.
—¿Debido a su oscura personalidad, tal vez?
La luz del quinqué realzó su pícara sonrisa.
—Mi oscura personalidad, lady Hinata, es la principal razón por la que te sientes atraída por mí.
—Yo no me siento atraída por usted.
—¿Ah, no? No recuerdo que te enfadaras mucho cuando te besé. Estoy seguro de que te morías por dejarte llevar por esa oscuridad de la que tanto hablas.
—Usted no tiene ni idea de lo que yo deseo, milord. —Tragó saliva mientras luchaba por recuperar la compostura — . Si la joven tiene dudas, no puedo decir que me sorprenda.
—Lady Hinata, cuando se está negociando, no suele dar muy buenos frutos insultar a la persona de la que uno espera un favor.
—Sí, ya me lo explicó la otra noche. Disculpe si se ha sentido insultado. Ella no quiere casarse con usted, y ha decidido acudir a mí porque...
—Teme nuestro mundo. Cree que no encajará entre la nobleza.
—¿Una plebeya? ¿Iba a casarse con una plebeya? Aunque, pensándolo bien, ¿qué otras alternativas tenía? No había una sola dama que quisiera aceptar sus atenciones, y ningún padre ofrecería la mano de su hija en matrimonio a un hombre como Sasuke.
—Tampoco le he visto a usted muy interesado por encajar.
—Sinceramente, lady Hinata, hasta ahora, eso me importaba muy poco. Pero seguramente Karin y yo tendremos hijos, y no quiero que se hable de ellos a sus espaldas, como ocurre conmigo.
—Karin. Al pronunciar su nombre lo había envuelto en un manto de calidez. ¿Quién hubiese dicho que aquel hombre era capaz de albergar una emoción tan profunda como el amor?
—La gente no habla de usted a sus espaldas, milord. La gente no habla del diablo.
—Hinata, sé perfectamente que eso no es cierto. Si no, ¿cómo sabías que era a mi puerta adonde debías acudir para solucionar tu problema?
Pronunció su nombre con tanta intimidad que una dulce calidez se extendió por las entrañas de ella, que se sorprendió de la rapidez con que él se había hecho con el control. Tenía que recuperarlo.
Levantó la cabeza y le devolvió la sonrisa.
—Usted gana. Así que se quiere asegurar de que sus hijos sean aceptados por la aristocracia.
Era incapaz de imaginárselo como padre, y mucho menos como marido.
—Exacto. Pero antes de encargarme de ese problema, debo darle a Karin la confianza que necesita para que me conceda el honor de convertirse en mi esposa. Y ahí es donde entras tú.
—¿Yo?
—Necesito que le enseñes cuanto sea preciso para que pueda mezclarse entre nosotros con confianza. Cuando lo hayas conseguido, mataré a quien tú quieras.
—Ya no estoy segura de que sea el más indicado para llevar a cabo mi encargo con éxito, milord. El otro día, me dijo que nunca había matado.
—No. Dije que no había matado a mi tío.
Ella observó con atención aquellos familiares rasgos que llevaban tantos años colándose en sus sueños.
—¡Cielo santo! Así que no cree que sea el verdadero Líder Uchiha.
—Lo que yo crea o deje de creer no tiene ninguna importancia. El anciano lo creía y la Corona también. — Mostró las palmas de las manos —. Así que aquí estoy.
—Tiene un extraño sentido de la honestidad.
—Entonces, ¿trato hecho?
—Ha dicho que cumplirá su parte cuando yo haya cumplido la mía. Pero yo puedo tardar varios meses en conseguirlo. ¿Cómo sé que cuando acabe mantendrá su palabra?
—Tienes mi palabra.
—¿Su palabra de caballero?
—Mi palabra de sinvergüenza. ¿Nunca has oído hablar del honor entre ladrones?
—Oh, Dios, de repente, Hinata se dio cuenta de que estaba jugando a un juego muy peligroso.
—Aun así, usted me está pidiendo a mí mucho más de lo que yo le estoy pidiendo a...
Él la interrumpió, cogiéndole la barbilla con la mano enguantada y se acercó a ella. Hinata pudo ver cómo se le tensaban los músculos de la mandíbula.
—Tú me estás pidiendo que renuncie a lo poco que queda de mi alma. Una vez hecho, ya no habrá vuelta atrás. Lo único que te pido yo es que le enseñes a alguien a ser una buena anfitriona a la hora del té.
Ella tragó con fuerza, asintió y le contestó apretando los dientes.
—Tiene mucha razón. Ahora, si es tan amable de soltarme...
Pareció sorprendido al descubrir que la estaba agarrando. Bajó la mano.
—Disculpa. Yo...
—No se preocupe. No me ha hecho daño.
Sasuke se dio media vuelta y, si Hinata no hubiese sabido que él no era más que un fraude, habría jurado que estaba luchando con su conciencia.
—Sinceramente, milord, no estoy segura de que lo que necesito que haga pueda esperar tanto tiempo.
—Él la miró por encima del hombro, y la luz del quinqué realzó el tono plateado de sus ojos dándoles un brillo profano.
—Karin es muy lista. No estoy cuestionando su capacidad para aprender, sino tu capacidad para enseñar. Cuando esté seguro de que puedes cumplir tu parte del trato, yo cumpliré la mía.
—No pienso decirle el nombre de la víctima hasta que esté preparado para hacerlo.
—Estoy conforme con los términos del acuerdo.
—Y jamás le diré el motivo.
—Creo que, por lo menos, debería saber qué ha hecho para merecer la muerte.
Esas últimas palabras le encogieron a Hinata el estómago. Ella sabía muy bien lo que le estaba pidiendo y entendía cuáles serían las consecuencias. Si creyese que existía alguna otra forma de salvar a su amiga, sin dudar elegiría otro camino. Pero tenía muy claro que con Kabuto las amenazas no funcionarían. E Ino tenía razón: tampoco podían recurrir a la ley. Así que Hinata recuperó la compostura y dijo:
—Es personal.
—No me siento especialmente cómodo con ese punto del acuerdo en particular.
—El hombre al que mató, ¿por qué lo hizo?
—Tuve mis razones.
—¿Se merecía lo que le hizo?
—No, se merecía algo muchísimo peor.
—Le creo.
—Me importa un maldito cuerno que me creas o no.
Hinata dio un paso atrás.
—Me refiero a que acepto su palabra de que se lo merecía; ¿por qué no puede aceptar usted la mía cuando le aseguro que ese caballero debe morir?
—Verás, lady Hinata, tú vives en un mundo en el que las damas lloran porque no las invitan a un baile. Lo que tú consideras un insulto, a mí puede parecerme sólo una mera inconveniencia.
—Y como creció en la calle, cree que es el único que conoce la naturaleza oscura del hombre. Es usted muy presuntuoso.
—Yo he visto lo peor y lo mejor del ser humano. ¿Puedes tú afirmar lo mismo?
¿Podía? ¿Podía siquiera empezar a comprender los horrores que habría presenciado él?
—En este asunto en concreto, creo que puedo decir que he visto lo peor.
Sasuke asintió lentamente.
—Muy bien. Aceptaré tu palabra de que merece lo que le haré.
Hinata había creído que al escuchar eso se sentiría aliviada, sin embargo, las dudas se apoderaron de su corazón. Las desechó. No era el momento de sentir remordimientos.
Entonces, hemos llegado a un acuerdo. ¿Deberíamos ponerlo por escrito?
Aquel hombre, que rara vez demostraba emoción alguna, de pronto parecía horrorizado.
—¡Cielo santo, no! No puede haber ninguna prueba, nada escrito en ningún lado que me pueda llevar a la prisión de Konoha. Debes destruir incluso la nota que te he mandado antes.
—Entonces, ¿cómo cerramos el acuerdo?
—Nos daremos la mano. —Se quitó el guante de la mano derecha y se la tendió.
Ella se secó la palma en la falda antes de unirla a la del Uchiha. Sus largos dedos le rodearon la mano y la atrajo hacia sí; estaban tan cerca que podía ver a la perfección esos desconcertantes y exóticos ojos negros.
—Te has aliado con el diablo, milady. Espero que duermas mejor que yo.
El corazón de Hinata se aceleró. Él la soltó, se retiró ligeramente y empezó a ponerse el guante de nuevo.
—Tenemos que ser discretos. Haré que mi carruaje te espere en el callejón mañana a medianoche. Reúnete allí conmigo y te acompañaré donde esté Karin.
—Debe de quererla muchísimo para estar dispuesto a hacer todo esto.
Él giró un poco la cabeza y la miró fijamente a los ojos.
—No voy a hacer por ella nada que no haya hecho ya antes.
Publicado 04/01/2016
