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Karin Uzumaki salió del club Konoha´s. Fue ella quien sugirió ese nombre para un local tan falto de elegancia, como si las palabras pudiesen convertir el pecado en algo aceptable. Se dirigió a la escalera exterior que conducía a su pequeño apartamento. En realidad, éste estaba dentro del club, pero al entrar desde fuera, tenía la sensación de que dejaba atrás la decadencia para acceder a una vida mejor.
Lo cierto era que disponía de los medios suficientes para costearse una vivienda mucho más bonita. Los chicos de Orochimaru la trataban como una igual y compartían con ella los beneficios de sus negocios. Podría vivir en un palacio si quisiera, pero Karin nunca se quedaba el dinero que ganaba. Había otros que lo necesitaban más.
Cuando subía la escalera, percibió el agradable olor a tabaco aromatizado. Aquella fragancia era mucho más agradable que la que recordaba de cuando eran niños.
Ahora Suigetsu se podía permitir comprar el mejor tabaco del mercado, sin embargo, lo seguía fumando en la misma pipa de arcilla que había empezado a utilizar a los ocho años. No era extraño que todos ellos comenzasen a fumar y a beber a una edad muy temprana. Era algo que los mantenía calientes. La pipa formaba parte del pasado de Suigetsu; era un recordatorio de lo que había sido antes de que el abuelo de Sasuke les ofreciese la oportunidad de una vida mejor. Todos se habían llevado algo consigo.
Suigetsu sólo se quedó en la mansión Uchiha el tiempo suficiente para aprender lo que necesitaba y así poder conseguir lo que quería. Nunca fue feliz viviendo con el anterior Líder Uchiha. Pero, por lo que Karin sabía, jamás había sido verdaderamente feliz en ningún sitio; a excepción quizá de la poca alegría que demostraba estando con Orochimaru. Suigetsu era el más hábil de su pequeña banda: siempre era el que conseguía más monedas envueltas en sus correspondientes pañuelos, y el que se sentaba junto al fuego con el hombre. Orochimaru bebía sake mientras Suigetsu bebía sake también y fumaba en su pipa; cuchicheaban hasta altas horas de la noche. Desde pequeña, Karin se dio cuenta de que la opinión de Suigetsu era la única que Orochimaru valoraba.
—Hola, Karin —la saludó cuando ella llegó al rellano. Cuando no estaba en el club, nunca actuaba como el hombre de negocios que era allí. Sin embargo, seguía siendo muy astuto, y siempre sabía encontrar la forma de obtener el mayor beneficio.
— Hozuki. — Cuando eran jóvenes, solían llamarlo Hozuki en vez de Suigetsu. Éste era muy hábil para esquivar a quienes querían cogerlo, cuando se daban cuenta de que estaba rebuscando en sus bolsillos. Y los chicos le habían puesto su apellido por mote, perfecto para él.* Normalmente, era otro ladrón quien alertaba a la presa por falta de habilidad, y cuando eso ocurría debían desaparecer a toda prisa.
Suigetsu sólo había vuelto para ayudar a un ladrón menos diestro que él en una ocasión: lo había hecho por Sasuke. Fue la única vez en que cogieron a Suigetsu.
—Hace una noche muy bonita — dijo ella.
—Oh, sí, la niebla es condenadamente bonita. ¿Crees que hay algún lugar en Konoha donde no haya niebla en este momento?
—¿Te irías a vivir allí si lo hubiera?
—No creo. Dudo mucho que haya alguna aldea en ninguna parte donde pueda ganar más dinero que aquí.
—En la vida hay cosas más importantes que el dinero.
—No para mí.
Karin suspiró y contempló la niebla. Para ella era como la vida: la ayudaba a ver lo que estaba fuera de su alcance. No era infeliz, simplemente, sentía que en su vida faltaba algo importante.
Suigetsu dio algunas chupadas a su pipa y se quedaron en silencio durante un rato. Karin siempre había disfrutado de la compañía de éste aunque no hablasen. En realidad, era cuando más le gustaba estar con él. Suigetsu tenía el asombroso don de saber siempre lo que ella estaba pensando.
—¿Por qué no le dices la verdad en vez de inventarte todas esas excusas absurdas, Karin? —preguntó en voz baja después de un rato, como si Sasuke estuviese escuchando detrás de la esquina.
—No he podido, Suigetsu. No quería hacerle daño. No después de todo lo que ha hecho por mí.
—¿Hacerle daño? Lo que has conseguido es alargar todo el asunto. Y ahora ha metido una extraña entre nosotros para que te enseñe lo que ya sabes.
A ella se le hizo un nudo en la garganta.
—Ya sé que lo he enredado todo un poco. Yo le quiero, pero no me quiero casar con él. No quiero ser condesa. Sólo deseo hacer lo que quiero.
—Él no te impedirá hacer lo que te gusta.
—Sí, ya lo sé, pero no será lo mismo. ¡Oh, Dios! Tal vez debería casarme con él y dejar de preocuparme por hacerle daño, pero no creo que Sasuke llegase a ser realmente feliz conmigo. A veces, soñar con algo produce más satisfacción que conseguirlo.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Me he enterado de lo de tus malditas apuestas. ¿Por qué seguías animándolo a pedírmelo si sabes lo que siento? —preguntó, casi tan decepcionada con él como lo estaba consigo misma.
—Porque necesita saber la verdad y tiene que escucharla de tu boca. No se lo creerá de nadie más.
Dio una calada a su pipa y Karin se enfurruñó.
—Ella le gusta — continuó Suigetsu, adoptando un tono grave.
—Karin sintió una extraña punzada de... ¿qué? ¿Celos?
—¿Quién? ¿Lady Hinata?
Él asintió y volvió a chupar su pipa.
—Me ha advertido que me mantenga alejado de ella. Y no lo ha dicho de cualquier forma. ¡Maldita sea! Casi me pongo a temblar cuando se ha encarado conmigo.
Karin no estaba muy segura de cómo le sentaba saber eso. Debería sentirse aliviada, pero una parte de ella lamentaba la posibilidad de perder el corazón de Sasuke. Le había pertenecido durante tanto tiempo... Sin embargo, sabía que no podía retenerlo para siempre. No era justo para él. Por muchos sentimientos que ella albergase, lo suyo era el amor de una hermana por un hermano, no el de una mujer por un hombre.
—Tal vez se sienta responsable por haberla traído a nuestro antro de perdición y crea que la vas a corromper o a mancillar. Aunque no vivas con Orochimaru, sigues reclutando gente, y los atrapas gracias al lado más oscuro de Konoha.
Suigetsu sonrió con la pipa entre los labios.
—¿Y qué hay de malo en eso? Vamos a ir todos al infierno de todos modos. Lo mejor que podemos hacer es pasárnoslo lo mejor posible por el camino; y cuantos más seamos, mejor.
—¡Te pareces tanto a Orochimaru! ¿Sabes que acostumbraba a fingir que era mi padre?. —Se encogió de hombros — . Pensaba que cabía la posibilidad de que lo fuera.
Esperó, deseando que Suigetsu se riese de su absurda confesión. Era el que más tiempo había pasado con Orochimaru y el que más cosas sabía. Pero él se limitó a golpear la pipa contra la barandilla del rellano y dejar que la oscuridad del piso de abajo se tragara sus palabras.
—Buenas noches, Karin. Que duermas bien.
Desapareció escalones abajo. Su habitación estaba junto a la de ella, pero Karin sabía que hasta bien entrada la madrugada no se retiraría a dormir. Sabía muchas cosas sobre Suigetsu Hozuki.
No obstante, no lo sabía todo. Ninguno de ellos lo hacía. Todos tenían secretos incontables, pero sospechaba que los de Suigetsu eran los peores.
Sasuke entró a toda prisa en su biblioteca, cruzó la sala hasta la mesa, se sirvió una generosa cantidad de sake en un platillo y se lo bebió de un trago, deleitándose en la ardiente sensación. ¿En qué demonios estaba pensando para decirle a Hinata las cosas que le había dicho?
Empezó a llenar el vaso de nuevo. El día siguiente por la noche se metería el pañuelo en la boca para así no escupir todas aquellas irritantes tonterías...
Yo también tomaré uno de ésos si no te importa.
Sasuke se dio la vuelta de golpe tirando algunas botellas al suelo que se hicieron añicos. Estaba, a punto de saltar sobre el intruso...
Disculpa — dijo Juugo levantando las manos — . Soy yo.
Él se enderezó, abrumado por su reacción e intentando calmar su acelerado pulso. Estaba claro que se había vuelto muy confiado.
—Nadie me ha dicho que estabas aquí.
—He dado por hecho que no querrías que lo supieran. Me he colado en la casa. — Juugo avanzó hacia él—. ¿Estás bien? Nunca había podido acercarme tanto a ti sin que te dieras cuenta. Siempre has sido muy astuto, muy muy precavido...
—Estaba metido en mis pensamientos. — Se dio la vuelta y cogió una botella —. Estamos de suerte, parece que ésta no se ha caído. —Empezó a llenar un par de vasos — . Supongo que tienes algo que contarme.
—En realidad, no. Es una mujer bastante aburrida.
—¿Aburrida? ¿Hinata Hyūga? Esa dama es de todo menos aburrida. ¿Estás seguro de que estás siguiendo a la mujer correcta?
Juugo se rió.
—No me puedo creer que me lo preguntes. Soy el mejor en esto y lo sabes muy bien.
—No estaba fanfarroneando. Se estaba limitando a señalar hechos objetivos. Sasuke le ofreció un platillo vacío y le señaló uno de los sillones. Una vez se hubieron sentado, preguntó:
—¿Qué ha hecho hoy?
—No mucho. Ha visitado a la señorita Tenten y ha estado con ella unos diez minutos, y luego ha ido a casa de la esposa de Yakushi. A continuación, ha ido a la sombrerería a preguntar por un sombrero nuevo que le están haciendo, y ha encargado también un vestido. Por lo visto, está planeando asistir a algún baile. Estoy investigando para reunir todos los detalles. Ha vuelto a casa sobre las dos y ha estado allí hasta que tú la has recogido esta noche.
Sasuke reflexionó sobre la información mientras Juugo saboreaba su sake.
—¿Sabías que su padre está enfermo y que su hermano está de viaje por el continente? —preguntó luego su amigo.
Sasuke asintió.
—Algo he oído.
—Ahí hay algo que no encaja.
—¿A qué te refieres?
—Su padre está demasiado enfermo como para poder ocuparse debidamente de sus propiedades, ¿y su hijo está de viaje satisfaciendo sus placeres? Creo que tengo que investigar ese asunto.
—Su padre y su hermano no me preocupan. Concéntrate en la chica. Ella es lo único que me importa.
Se dio cuenta de lo que acababa de decir y se planteó explicarse mejor, pero en seguida rechazó la idea. Si insistía en ello sólo conseguiría darle más notoriedad al comentario. Dio un largo trago a su sake. La idea le resultaba muy tentadora, pero no podía permitirse el lujo de embriagarse aquella noche.
—¿Y qué pasa si la respuesta tiene algo que ver con su padre o con su hermano?
Sasuke suspiró.
—Haz lo que creas que es mejor, pero averigua a quién quiere que mate y por qué.
—¿Y si ella es la única que lo sabe?
—Se lo tiene que haber dicho a alguien.
—Tú no lo hiciste. No hasta que lo hiciste.
—No es verdad. Yo sí se lo dije a alguien. — A Suigetsu. Su confesor en cualquier asunto. Y, muy a menudo, la persona con quien conspiraba.
—A Hozuki. Se lo dijiste a Hozuki. Siempre confiaste mucho más en él que en cualquiera de nosotros.
—Él es quien me encontró temblando, muerto de hambre y de miedo. Estoy seguro de que me hubiese muerto si no se hubiese ocupado de mí y me hubiese llevado a casa de Orochimaru.
—Sabes tan bien como yo que éste nos pagaba por los reclutamientos. No fuiste más que tres peniques en el bolsillo de Suigetsu.
—¿Estás celoso de mi amistad con él?
—No seas ridículo. Sólo lo digo porque lo cuentas como si los motivos que lo llevaron a rescatarte fueran puros. Y no hay pureza alguna en Suigetsu.
—Pues te salvó el culo en más de una ocasión.
—Y le tengo aprecio, pero no confío en él, no del todo.
—Teniendo en cuenta cómo nos criamos y lo que aprendimos del mundo, ¿crees que alguno de nosotros confía plenamente en alguien?
—Yo confío en ti. Te seguiría hasta el mismísimo infierno sin preguntarte por qué me llevabas allí.
—Me acabas de dar la razón; yo soy en el que menos se puede confiar. Nadie es digno de una fe tan absoluta. Nadie es completamente puro. Lo que nos vuelve a llevar a Hinata Hyūga. Averigua todo lo que puedas.
Sasuke tenía la sensación de que era ella quien lo estaba llevando a él derechito al infierno, pero al contrario que Juugo, quería saber por qué.
Apuró su sake y se levantó para servirse otro.
—¿Cómo ha ido la lección de hoy? — preguntó Juugo mientras se levantaba y le acercaba también el vaso.
—Hinata no quiere hablar del tema. Dice que ya veré los resultados cuando llegue el momento. Esa mujer me saca de quicio como nadie. ¿Sabes que incluso se ha atrevido a cuestionar mi elección de esposa? Es una impertinente. Jamás he conocido a nadie como ella. —Se masajeó la sien—. Me provoca dolor de cabeza.
—Tú siempre has sufrido dolores de cabeza.
—Ahora hacía tiempo que no me ocurría. Tengo un remedio para aliviarlo. No te preocupes.
Su amigo dejó el vaso en la mesa.
—Me voy. Tal vez mañana tenga más suerte.
—Tal vez la tengamos los dos.
Hola Hola como este capi estuvo cortito en un rato subiré el otro mientras tanto disfruten de este
