Molly miró su pequeño y sencillo departamento por primera vez en mucho tiempo. Recorrió las habitaciones, tocó los muebles y se sentó en su sofá. Se cubrió la cara e intentó procesar lo que estaba pasando, pero entonces, sintió la puerta abrirse.
Era Jim. Lo miró y el hombre notó que algo había cambiado.
-¿Qué haces aquí? ¿Por qué no fuiste a casa? - Le preguntó, empujando la puerta tras él.
-Necesitaba… descansar un poco - Contestó la forense, dubitativa.
-¿Por qué aquí? - Preguntó Jim, sentándose junto a ella - ¿Qué pasó?
Molly se puso de pie casi en el acto y salió por el lado contrario al que el criminal se encontraba, limpiándose las escasas lágrimas que se habían escapado de sus ojos.
-Nada - dijo, mientras revisaba el correo acumulado.
-Molly… - solicitó él, parándose junto a la chica. - Sé que me he equivocado mucho, pero… nosotros somos más fuertes e importantes que esos detalles.
-Está bien - dijo la chica, mirándolo con una sonrisa de consuelo - es… Jim no puedo hacerlo. No… - cerró los ojos y tomó aire antes de decirlo: - No te puedo ayudar a matar a Sherlock.
El criminal se quedó mirándola por varios minutos en silencio. Su expresión mutaba del desconcierto total, pasando por la melancolía hasta el enojo, en un vaivén constante que iba y venía.
-Bien - dijo finalmente, inexpresivo. -No tienes que hacerlo. ¿Podemos ir a casa ahora? - Solicitó, casi con miedo.
-Me voy a quedar aquí - contestó ella, otorgando otra sonrisa en forma de excusa. -Además, así puedes ir y pasar la noche con Kitty.
Los ojos de la forense se llenaron de lágrimas y Jim miró al techo. Tomó aire y acarició la cara de su novia.
-No hagamos esto. No ahora… no ahora que te necesito más que nunca - le dijo, mirándola a los ojos.
-¿Para qué? Ella es más útil ahora - replicó Molly.
-Pero no la quiero. Nunca… ni siquiera sé de qué color tiene los ojos o… o qué música le gusta, o qué demonios ve en la tele. - Explicó el hombre.
-Tampoco sabías esas cosas sobre mí cuando empezamos a salir. - Replicó ella. - Así como yo creía que trabajabas en informática. La gente va aprendiendo esas cosas, Jim.
-No hay punto de comparación y lo sabes. - Refutó con firmeza.
-Si los hay Jim. Y muchos. - Expuso ella, enojándose - Tú, pretendiendo ser alguien completamente diferente. La chica inocente y romántica que cree en ti, la posición respecto a Sherlock.
-No es lo mismo. Molly, no puedes siquiera creer que… ella es un instrumento. Nada más. Incluso cree que mi verdadero nombre es otro.
-Y yo creí que tu verdadero trabajo era otro - replicó, alzando la voz un poco. -¿Cuál es la diferencia?
-Tú eres la diferencia. - Sentenció, serio - Tú sabes todo sobre mí.
-¡Porque yo lo descubrí! - Alegó la joven. -¿Qué ibas a hacer después conmigo?
Jim la miró en silencio. Frío. Molly se dio una vuelta y se llevó las manos al cabello, mientras intentaba respirar con mayor facilidad. Jim miró al piso y frunció los labios. Se acercó nuevamente a ella.
-Mírame. - Le dijo - Siempre me has descubierto, incluso cuando he querido ocultarte cosas. Mírame ahora y dime si de verdad me crees capaz de herirte de ese modo. - Agregó, tomando a la joven por los hombros.
-No lo sé - dijo ella, mirándolo a los ojos.
Jim la soltó lentamente y se pasó una mano por la cabeza, pensando en qué hacer para convencerla.
-Reconozco que quizás llegué demasiado lejos. Que aposté demasiado alto. Pero Molly, mi amor, al final, sigo siendo yo. Y la única razón por la que no dudé cuando se me presentó la oportunidad fue porque estaba seguro de que podía contar contigo - Explicó, con la mayor calma que pudo.
-Que suerte la tuya, de poder estar tan seguro - Contestó la patóloga.
-¿Mía? - Inquirió - de ambos. Nadie puede fingir por tanto tiempo.
-Tú puedes - Contestó ella, mirándolo inerte a los ojos -No me mires así. Deberías agradecerme de hecho. Es un cumplido.
-¿Así que esto es lo que pasa? Bien. Avísame cuando dejes de comportarte como una niña. Necesito a mi novia de vuelta. - Afirmó el hombre y se dio media vuelta.
Antes de salir, se detuvo en la puerta y sin mirar atrás dijo:
-En serio espero que ninguno de los francotiradores que tendré mañana sobre los amigos de Holmes esté muy desesperado. Sería una lástima que muera en vano.
-¿Ya lo notaste? ¿Cuánto crees que le tomará a él darse cuenta? - Cuestionó Molly, con un dejo de sarcasmo - Si hay más de una forma de detenerlos. Él no tiene que morir.
Jim volteó sobre sus talones y se acercó a la joven.
-Si de verdad me conoces, sabes hasta dónde estoy dispuesto a llegar- Sentenció, y volvió a acercarse a la salida.
Molly buscó algo precipitadamente en su bolso y cuando la encontró, detuvo a James.
-Toma. Supongo que ya no tengo que conservarla- Le dijo, extendiéndole la llave.
Jim miró el objeto y estuvo a punto de conmoverse, pero se recompuso y en un tono casi intimidante dijo:
-En esta historia, todo el mundo tiene un arma sobre la cabeza del otro. Quizás esa sea la tuya. Úsala si es necesario.
Y se marchó.
Molly se dejó caer en el piso e intentó aguantar sus lágrimas lo más que pudo. Tuvo éxito.
La joven decidió volver a Bart's, creyendo que aun podía ayudar a Holmes.
Molly se dirigía al laboratorio, y ahí, confundido con la oscuridad, se recortaba la figura alta y elegante de Sherlock Holmes.
-Te equivocas, ¿sabes? - Le dijo, sin mirarla. Casi melancólico - Sí cuentas. Siempre contaste y siempre confié en ti. Pero tenías razón, no estoy bien.
El corazón de Molly amenazaba con salirse por su boca, por lo que tomó un largo respiro y con determinación solicitó:
-Dime qué pasa.
El detective se acercó lentamente a ella.
-Molly... -Dijo, estudiando sus palabras - creo que voy a morir.
- ¿Qué necesitas? - Preguntó la forense, casi flaqueando
-Si yo no fuera todo lo que crees que soy... todo lo que yo creo que soy... ¿igual querrías ayudarme?
-¿Qué necesitas? - Repitió ella.
Holmes estaba muy cerca. La joven pudo sentir el aire que acompañó a las palabras que harían a su mundo interno dar vueltas.
-A ti. - Dijo él.
Entonces, el hombre se inclinó suavemente, buscando los labios de la patóloga. Pero Molly desvió la cara levemente, negándose. Sherlock lo entendió.
-¿Es muy tarde?
-Demasiado - contestó ella, mientras una lágrima recorría su cara. - Pero aun así quiero ayudarte. En lo que sea.
Se miraron a los ojos y comenzaron a elaborar el plan.
Molly volvió a su pequeño apartamento y dejó caer todas sus penas y miedos sobre la almohada. Se abrazó fuerte a ellas e intentó conciliar el sueño. Lo logró a duras penas.
Por la mañana se levantó y encontró a Jim sentado en su sofá. Estaba despierto y parecía no haber dormido en toda la noche. Se acercó sigilosamente y el hombre levantó la cabeza, mirándola. Y Molly entendió que por mucho que la lógica se interpusiese, esos ojos no podían mentirle. No a ella.
-¿Qué haces aquí? - Le preguntó, con cuidado.
-Sálvame - Pidió.
-Creí que tu… - Comenzó a conjeturar la joven
-Tengo miedo - reconoció interrumpiendo. - Tengo miedo sobre que tan lejos tendré que llegar - agregó con una sonrisa nerviosa.
-¿Qué quieres de mí? - Preguntó Molly, apretando los ojos.
Jim le explicó a grandes rasgos, mientras ella escuchaba atentamente y comenzaba a sentir miedo también.
-He leído que una bala alojada en la cabeza, disparada en el lugar preciso puede no ser mortal. - Expuso el hombre, con algo más de seguridad.
-Teóricamente es posible… pero las estadísticas son bajísimas y… aun así hay consecuencias - replicó la joven - daño cerebral, parálisis… Jim, tiene que ser el lugar preciso - Explicó.
-Por eso te necesito a ti - Afirmó, mirándola a los ojos - No sólo eres la persona en la que más confío, sino que además, eres la mejor patóloga forense que conozco. Ayúdame a encontrar ese sitio. - Pidió.
-Tenemos que hacer exámenes. Muchos. - Definió la joven, con firmeza.
Se pusieron en marcha y pasaron toda la mañana buscando y ensayando el punto preciso. El riesgo era alto, incluso considerando todas las precauciones y eventualidades que fueron encontrando en el camino.
-¿Qué va a pasar después? - Preguntó la forense, mientras revisaba una radiografía de la cabeza de Jim.
-No lo sé - Respondió el hombre.
-Jim… yo… - Intentó explicar ella, pero no supo que decir.
-Lo más probable es que tenga que desaparecer por un tiempo. Un largo tiempo… más del que Sherlock se va a tomar para desarmarme. - Replicó con una sonrisa nerviosa - Lo cierto es que no quiero… - tomó aire y lanzó de golpe: - no quiero que me esperes, ¿bueno?
Molly lo miró confundida y tomó su mano.
-Puedo ir contigo. Como siempre - Propuso.
-No podemos dejar que te vinculen conmigo, ¿recuerdas?
-Entonces… ¿Vamos a despedirnos por última vez? - Preguntó la chica, conmovida.
Jim asintió y la abrazó con fuerza, para luego dejarla ir lentamente. Molly recogió su mano y besó sus nudillos, posteriormente, la olió y mantuvo ahí.
-Lo voy a extrañar tanto - dijo.
-Asegúrate de que las manos del siguiente no huelan así. - Pidió - asegúrate de que sea bueno. Que no te haga las cosas horribles que yo te he hecho.
-Cállate - Pidió la joven, apretando los ojos. -No vuelvas a repetir eso, jamás. Porque incluso con todas esas horribles cosas, eres por lejos lo mejor que me pasó, Jim. - Lo miró y sonrió tímidamente. - Lo que es bastante triste, considerando que no es real.
Jim la volvió a abrazar y apoyó su frente en la de la joven.
-Si lo fue. Aun lo es. Es real… todo en nosotros lo es. - Declaró.
Un hombre llegó a avisarle a Jim que todo estaba listo y el criminal dejó a la joven. Molly luchaba con todas sus fuerzas para contener sus ganas de llorar, o de correr a retener a Jim, sin embargo no pudo evitar gritarle:
-¿No me vas a dar un último beso?
James se devolvió y la patóloga notó como se limpiaba una lágrima. Entonces corrió hacia él y se dieron un beso suave y delicado, sazonado por las lágrimas que salían sin parar de los ojos de la forense, que apretaba con fuerza la espalda del hombre contra su cuerpo, pero, inevitablemente ella terminó el encuentro, aun sintiendo la huella de los labios de Jim en los suyos. Se saboreó, como la primera vez que se habían besado y lentamente lo dejó ir.
Habían pasado más de seis meses desde la caída. Molly sabía que su intervención en el caso de Sherlock había sido efectiva, y que el detective estaba en esos momentos desengranando hasta el último indicio de la red de Jim. Le habría sido imposible fingir delante de John la pena por la situación si no fuese porque cargaba con un dolor que casi podía equipararse al del médico. Era incertidumbre. No había corrido la misma suerte con Moriarty; no sabía que había pasado, si también había conseguido engañar a la muerte o habían fallado. Las estadísticas estaban en su contra, pero ella lo conocía demasiado bien como para creer que se había equivocado. Una mañana, recibió una carta diferente en su correo. Tenía sólo su nombre escrito, sin remitente. Subió a su apartamento y abrió el sobre, desvelando una postal de la Plaza Roja en invierno. Al reverso, sólo una frase, escrita a mano, con puño tembloroso.
"¿Me extrañas?"
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