Los perros no siempre son buenos amigos del hombre
Realmente ya no sabía como hacerlo, lo había intentado todo, pero nada había funcionado. Llevaba más de dos meses intentando decirle a su amiga de la infancia todo lo que sentía por ella, pero parecía que ella ni siquiera se daba cuenta de lo que trataba de hacer.
La primera vez intentó ser directo, la invitó a dar un paseo y la llevó a la torre del reloj, el lugar donde se conocieron. Empezó diciéndole lo linda que estaba esa tarde, y finalizó diciendo un ``te quiero´´ con la cabeza algo bajada por el rubor. Pero cuando levantó la cabeza se encontró con que Aoko no estaba en frente de él. La buscó por los alrededores y la encontró un par de metros delante de él con un pequeño perrito en las manos.
Ahí fue cuando realmente comenzó su pesadilla.
Ese maldito perro no le dejaba acercarse a ella para nada.
Un día intentó darle un beso en la mejilla y antes de que pudiera rozar su piel el animal apareció en el suelo ladrándole. Al final tuvo que irse ya que ni la misma Aoko consiguió tranquilizarlo, al menos hasta que él se fue. Aunque realmente se había escondido y seguido, para intentar colarse más tarde en la casa de ella.
Estuvo un par de horas esperando su ocasión, pero vio dentro de la casa como el maldito chucho se había colado, y no solo eso, sino que encima se había colocado sobre el regazo de Aoko, quien ahora lo acariciaba.
Kaito miraba la escena bastante cabreado, hasta que de repente estornudó. Al final por estar ahí lo único que había ganado era un resfriado.
Y así pasaron los días sin que él pudiera si quiera acercarse a la casa de Aoko, ahora solo la podía ver en el instituto, y todo porque a ella le había dado pena el perrito abandonado.
Suspiró mientras se encaminaba a su casa solo, ya que ese día ``Kuki el Chucho´´ — como él lo había apodado — se había escapado de la residencia Nakamori para ir a por Aoko.
Y como no, el perro no lo quería ni ver.
No sabía como Aoko podía decir que era mono…Realmente estaba celoso de un perro…Eso si que era humillante.
Cuando llegó a su casa encontró a su querido ayudante Jii en la puerta esperándolo, para por lo que parecía ser enseñarle unos dardos de plástico nada peligrosos que había diseñado y hacían dormir a aquel que los rozase, pero al parecer no habían sido probados todavía, y no se sabía exactamente si funcionarían bien.
Pero Kaito ya sabía como probar la eficacia de esta nueva arma, que no solo le facilitaría el trabajo como Kid, sino que también le ayudaría a enseñarle al maldito perro quien era el único que podía tener el corazón de SU Aoko. La noche de ese mismo día fue a la residencia Nakamori y esperó pacientemente hasta que el perro apareciera, eso sí, esta vez llevaba un gran abrigo para no volverse a resfriar.
Al verlo llegar a la pequeña caseta que Aoko le había hecho el canino se echó para descansar hasta que su ama lo llamara para comer, pero antes de eso Kaito con mucho sigilo se acercó a una distancia razonable para que no lo oliera ni viera y desde allí lanzó en dardo, dándole al perro en el lado derecho del lomo, consiguiendo que al instante cayera dormido.
Seguidamente salió de su improvisado escondite y se dirigió a la puerta que conectaba la cocina con el patio. Sabía que Aoko mientras cocinaba dejaba la puerta abierta, ya que él siempre estaba ahí con ella esperando la cena, hasta que le fue imposible entrar en la casa.
Abrió la puerta silenciosamente y se encontró a la joven, pero no estaba cocinando como el pensaba, estaba mirando lo que parecía un álbum de fotografías, y si su vista no le engañaba el álbum era de ellos dos, uno que no había visto antes. La chica miraba las fotos con una gran sonrisa, realmente parecía estar feliz.
Al ver eso entró en la cocina en silencio, ella al estar tan metida en las fotos no lo vio hasta que él le tapó los ojos con las manos, asustándola momentáneamente hasta que pudo escucharle decir el típico ``¿Quién soy?´´.
— Kaito — pronunció ella apartándole las manos y mirando al joven de ojos azules con una sonrisa contagiosa — ¿Qué haces aquí? Creí que estabas enfadado conmigo…
— ¿Yo? ¿Por qué? — cuestionó bastante confuso.
— Porque ya no venías a cenar, ni almorzar, desayunar…— enumeró ella con los dedos.
— Eso es porque tú perro me odia — anunció cruzando los brazos.
— No te odia, solo te respeta — declaró Aoko con una sonrisa.
— Si claro…Ahora resulta que los perros ladran a las personas a las que respetan…
— A lo mejor le hiciste algo y por eso hace eso — dedujo ella.
— ¡Lo único que hice fue querer acercarme a ti! — exclamó el abrazándola, era ahora o nunca — No se si lo sabes, pero es difícil declararse a distancia.
— ¿De-Declararse? — interrogó ruborizándose.
— Sí — afirmó separándose un poco para mirarla.
— S-si qui-quieres decla-declarar que eres im-imbécil ya lo sabía — manifestó ella nerviosa.
— No ese tipo de declaración, sino esta — anunció acercando su cuerpo al de ella y comenzando a acercar sus labios poco a poco.
— Es-espera — alegó ella, aunque no hizo el intento de separarse.
— Shhh, no hables — ordenó mientras reducía la distancia, hasta que un ladrido se escuchó.
Giró la cabeza y miró hacia el suelo, encontrándose al causante de todos sus problemas esos días. Chasqueó la lengua resignado para volver a mirar a la chica que estaba completamente roja y le dio un pequeño y dulce beso en la frente antes la mirada del canino, que no parecía muy feliz de que Kaito se acercara a su ama.
— Parece que el beso de verdad te lo tendré que dar en otra ocasión — le susurró al oído retirándole algunos mechones de pelo del rostro — Hasta pronto — se despidió encaminándose hacia la puerta.
— Kaito — lo llamó Aoko, consiguiendo que el chico la mirara — Yo también te quiero — anunció acercándose al joven dándole un pequeño y suave beso en los labios, tomándolo por sorpresa.
Al parecer si que había conseguido algo esa noche, eso sí, después del beso ``Kuki el Chucho´´ lo estuvo persiguiendo bastante enfadado por toda la casa, y aunque se llevó un par de moretones esa realmente había sido el mejor día que había tenido hasta ahora, aunque seguramente podría haberlos mucho mejores, eso sí, sin la presencia del dichoso perro.
