Noche de Paz

Se tumbó en su cama y rápidamente se arropó con las sábanas. Esas noches eran terriblemente frías a su opinión. Sabía que era algo normal estando en Navidad, pero aún así no le gustaba ese frío que entraba por su cuerpo.

Intentaba cerrar los ojos y sumergirse en el mundo de los sueños, pero los recuerdos de esa tarde se lo impedían.

Suspiró tristemente al recordar la discusión que había tenido con el mago cuando sin ella preverlo el castaño le dio un beso bajo aquel muérdago que curiosamente se encontró encima de sus cabezas cuando paseaban por los amplios pasillos de la casa de Hakuba, donde se había celebrado una pequeña fiesta.

Después de aquello ella no se atrevía a mirar al ojiazul a la cara y se fue a hablar con el castaño y algunas personas más, algo que por alguna razón desató la furia del mago que después de gritarle algunas cosas y pegar un fuerte puñetazo al castaño se fue de allí.

Ella se disculpó por él para después seguirle, pero el joven ya no estaba y al parecer ni le abría la puerta de su casa ni le cogía el teléfono.

Realmente le sería difícil dormir aquella noche, por eso se había tomado una manzanilla para invocar al sueño, aunque sabía que no haría gran efecto, ya que por naturaleza le era imposible estar bien sin saber nada de su amigo.

Fueron tres horas las que tardó en caer bajo el efecto de aquella bebida ingerida, haciendo que se adentrase en el mundo de sus sueños.

Lo que ella no sabía es que una persona llevaba rato observándola desde su ventada, y que nada más dormirse abrió aquel cristal y entró en el cuarto. La vestimenta blanca en contraste con la luna hacía que aquella figura masculina pareciera aún más misteriosa de lo que ya era.

Con paso lento y sigiloso se situó junto a la chica que ahora entre sus sueños tenía un rostro pacífico, con aquellos cabellos rebeldes desparramados por la almohada.

La figura de blanco esbozó una dulce sonrisa y seguidamente procedió a quitarse su sombrero y monóculo, dejando a la vista el rostro de un chico de no más de dieciocho años de cabellera chocolate y ojos azules zafiros.

Con mucho cuidado se sentó en la cama y quitándose uno de sus guantes comenzó a acariciar con delicadeza el inocente rostro de su amiga, llegando a tocar suavemente aquellos labios rosados que esa misma tarde había logrado probar.

Miro hacia los lados asegurándose de que nadie vería eso y seguidamente se comenzó a acercar poco a poco a aquellos carnosos labios, aún sabiendo que lo que hacía no estaba bien.

Fue un beso de poca duración dado que no se podía permitir el lujo de despertarla dado que no quería empeorar la situación con ella. A pesar de que ella ya supiera su alter ego no creía que estuviera muy contenta de que él estuviera ahí. Suspiró y esta vez depositó un pequeño beso en su mejilla.

— Lo siento — susurró recordando la fría manera en que la trató esa tarde por sus dichosos celos.

Así como también el deseo de secuestrarla cuando fue a su casa, razón por la que no le abrió.

Volvió a colocarse el monóculo y el sombrero, y antes de partir se prometió que el día siguiente arreglaría todo con ella y le diría sus verdaderos sentimientos, para así no tener que robarle más besos, al menos sin que ella quisiera recibirlos o no lo supiera.

Y así, tal como llegó se fue, sin saber que la castaña ahora sonreía y abriendo sus ojos ruborizada supo que a partir de ese momento todo sería diferente entre ellos.