El Señor Estrecho
Un joven de castaña y alborotada cabellera se encontraba sentado en el sofá de su gran casa, con un libro entre manos, el comodín de su próxima actuación de magia.
Suspiró hastiado, llevaba varias noches sin dormir bien por culpas de quedarse hasta tarde con ese dichoso manual para hacer nuevos trucos de magia que, según él eran estúpidos, dado que sus trucos eran difíciles de hacer, pero poco sorpresivos.
De pronto escuchó un taconeo proveniente de la escalera, lo que le avisaba que su amada esposa estaba bajando a las dos de la madrugada para quien sabe qué, aunque por el ruido de tacones podría ser para salir por ahí, algo que si fuera verdad no le pensaba permitir, más yendo sola.
Centró su vista en el libro, oyendo cada paso que daba hacia él, hasta que finalmente pudo ver las piernas de su mujer con unos tacones negros. Subió la vista apresurado y ahí estaba, y no, al parecer no iba a irse de fiesta.
Su querida mujer vestía únicamente un conjunto negro de lencería que jamás había visto.
La contempló durante unos segundos, para después, con un gran esfuerzo volver a centrar la vista en su libro tratando de no tirarse encima de la castaña. Pero ella no estaba por la labor, por ello rápidamente le quitó el libro a su marido y lo tiró lejos de su alcance, impidiéndole cogerlo sentándose en su regazo, rodeándolo con sus piernas.
— Kaito — lo llamó alargando la última sílaba, para después apoderarse de los labios del mago — Vamos a la cama — pidió con ojos de ternero degollado.
— A-Aoko, necesito aprender a hacer esto para el próximo espectáculo — expresó con un gran esfuerzo intentando que ella se fuera pronto, porque sino sus esfuerzos serían inútiles.
— Necesitas descansar Bakaito — manifestó la chica dando cortos besos en su cuello, como siguiera así tendría que tomar una ducha fría — Aunque bueno, precisamente no descansaríamos de momento — sonrió con picardía haciendo que el chico tragara saliva.
— Aoko sabes que no te conviene hacer eso.
— ¿El qué? — cuestionó con inocencia poniendo su mejor cara de niña que no ha roto un plato en su vida.
— Seducirme de ese modo — respondió como si fuera lo más obvio del mundo ante una pequeña risita de ella.
— Sabes que quieres — susurró rozando sus labios con su oreja sintiendo el escalofrío de él, sintiéndose satisfecha.
— N-No, no quiero — negó él cerrando los ojos.
— Prometiste que no dirías más mentiras Kaito — musitó sonriente.
— No miento — aseguró de una forma poco creíble.
Ella en respuesta se levantó de donde estaba con cara satisfecha con lo que había conseguido, recogiendo el libro de magia del suelo, dirigiéndose con él a su dormitorio ante la mirada de Kaito.
En un punto de la escalera se detuvo y mirando a su marido sonrió.
— Sube de una vez al cuarto señor estrecho — recitó entrando finalmente en el dormitorio que compartía con el mago.
El ojiazul seguía paralizado en su lugar.
Finalmente soltó un suspiró y con una mirada oscurecida por el deseo subió rápidamente al lugar donde estaba su esposa. Él se lo había advertido, que no era bueno seducirlo de aquel modo, ella tendría que pagar las consecuencias. Aunque realmente le gustaría que hiciera eso más días.
El libro podría esperar.
