Lo siento

Un nuevo día había comenzado para la ciudad de Tokio. Las calles que hasta hace unos segundos permanecían desiertas ahora rebosaban de vida por donde se mirase, sobretodo en cierto teatro, donde aquella noche se llevaría a cabo uno de los acontecimientos más esperados, tanto por los civiles como por las caras importantes del evento.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo un apellido volvería a verse en esa ciudad, solo que ahora el nombre sería diferente…

— Señorito Kaito, es la hora — avisó un hombre mayor — de entre sesenta y setenta años — con barba y unas gafas mirando a un joven de nos más de diecinueve años que observaba por los grandes ventanales del hotel donde se hospedaba para el evento.

— Entendido Jii, gracias — sonrió débilmente aquel hombre observando al anciano con cariño.

— Señorito…— susurró el mayor viendo como salía de la habitación con aquel gesto de tristeza que había conservado su rostro durante los últimos días.

Kaito Kuroba se sentía solo. Antes de cumplir los dieciocho años saltó a la fama como un mago reconocido, lo que le obligó ha irse de Japón durante casi un año, estando durante todo ese tiempo sin ver a nadie de su círculo íntimo exceptuando a su asistente y amigo Jii. Al llegar de nuevo a Tokio tuvo la esperanza de que alguien fuera a verlo, pero era tonto engañarse. No había recibido llamadas, cartas ni nada. ¿Quién le aseguraba que alguien se tomara las molestias de ir a visitarlo?

— Espere señorito — pedía su asistente, saliendo disparado detrás de Kaito, consiguiendo que rápidamente se detuviera con una mirada extraña — Se olvidaba esto…

Una entrada a su espectáculo desde bastidores.

— ¿Qué significa esto Jii? ¿Acaso no se ha vendido? — interrogó extrañado.

— Es para que se la de a la señorita Aoko — sonrió amablemente el anciano — Ella ha estado muy preocupada por usted, y creo que tiene muchas ganas de verle, como usted a ella.

Aoko.

Hacia tiempo que no escuchaba ese nombre, y había preferido no pensar en ella durante su gira por Europa.

— No digas estupideces Jii — manifestó cerrando los ojos — Además es hora de mi ensayo.

— Su ensayo no es hasta dentro de seis horas — comentó sonriendo con autosuficiencia — Haga el favor de ir a verla, ¿qué le cuesta?

En menos de cinco minutos se preparaba para el reencuentro con su antigua amiga.

El calor no daba tregua en esos días, era algo que Aoko ya tenía muy claro, y por ello prefería no salir de casa a menos que fuera estrictamente necesario.

Habían pasado pocos días desde el comienzo de las vacaciones y en cierto modo eso la entristecía, ya que no tenía manera de distraerse. Sus amigas habían decidido ir a la playa, pero ella era necesitada allí, ya que su padre no había estado bien durante los últimos días, y prefirió quedarse para cuidarlo por si resultaba ser algo más grave que un simple virus.

Suspiró agotada. Aquellos días de calor eran totalmente insoportables incluso estando en casa con el aire acondicionado puesto a la vez que se abanicaba con una libreta mientras intentaba — sin éxito — leer un libro. Cansada de la lectura encendió la televisión encontrándose con la noticia del momento; ``La esperada llegada del gran mago Kaito Kuroba´´. Nada más ver el titular apagó de nuevo el aparato, intentando volver a concentrarse en la lectura y olvidarse de aquel estúpido mago que parecía haberse olvidado de todas las personas que le ayudaron y apoyaron para llegar a ser lo que era ahora. Era incapaz de recordar al ladrón de guante blanco con el odio con el que le gustaría hacerlo por dejarla allí sin siquiera haber tenido la decencia de despedirse, decirle al menos que se iba y no tenerla de nervios durante tantas noches en las que pensó que le podría haber pasado algo…Hasta que se dio cuenta de que solo se había marchado, y ella como una tonta lo extrañó durante cada día, cada minuto…Lo amaba, y por ello no podía evitar pensar en él, en sus bromas pesadas, su sonrisa pícara, la forma tan especial que tenían de meterse con el otro, sus ojos de ese azul que la invitaba a no dejar de contemplarlo y perderse en la profundidad de su mirada… Movió la cabeza para espantar esas ideas que en los peores momentos venían a su mente. Tenía muchas ganas de ir a su espectáculo y exigirle respuestas, pero las entradas se agotaron antes de que pudiera conseguirlas, ni siquiera pasar dos noches en una cola le dio ventaja suficiente para comprarlas, y él obviamente no iría a verla, de eso estaba segura.

Unos golpes en su ventana hicieron que saliera del hilo de sus pensamientos, tomando rápidamente un objeto duro — que resultó ser una fregona — para dirigirse a la ventana que no dejaba ver al ejecutor dado que esta tenía las cortinas delante. Al quitarlas sus ojos se abrieron, y una rabia empezó a crecer en ella al ver la sonrisa falsa que su antiguo amigo le dirigía. Sin duda abrió de golpe la ventana y lanzó un ataque con su fregona que su amigo esquivó torpemente saltando al alfeizar de la ventana, ella volvió a la carga haciendo que él fuera a parar al tejado, donde ella no podía llegar.

— ¿¡Se puede saber que demonios te pasa Ahoko!? — exclamó el joven desde lo alto.

— ¡Me pasa que llevo casi un año sin saber de ti algo que no sea lo que los periódicos publican! ¡TE FUISTE SIN DESPEDIRTE Y AHORA APARECES COMO SI NADA! — gritó fuera de control dejando caer la fregona en su ataque de rabia.

— Siento eso, pero no tuve el valor para…

— ¡Claro que no! ¡Solo eres un cobarde incapaz de reunir valor para algo que no sea en beneficio de ti mismo! ¡Eres un maldito bastardo! — habló mirándole con fuego en los ojos. No podía evitarlo, debía hacerle ver todo el daño que había provocado en ella con su partida.

— No pensé que te importara tanto…— murmuró sentándose en el suelo bajando la cabeza.

— ¡Cómo no me ibas a importar Bakaito! — manifestó dándose la vuelta, mirando el paisaje — Como no iba ha hacerlo si te amo — pensó mientras una lágrima traicionera escapaba de sus ojos, eliminándola en cuanto se dio cuenta de su existencia.

— Lo siento — se disculpó agarrándose con los pies al filo de la azotea, estando ahora en una posición en la que su cabeza quedaba abajo — No quería que fuera más duro, no hubiera tenido fuerzas para despedirme de todos.

Todos.

Claro, ella era una más.

— Pensé que yo era más que un ``todos´´ — suspiró mirándole, para después bajar la cabeza — Veo que me equivoqué.

— ¡Ahora es cuando te equivocas! — dijo alzando su voz, consiguiendo de nuevo su atención — Eres muy importante para mí, siempre lo has sido, sino no estaría ahora aquí.

— ¿Y por qué estás si se puede saber? — preguntó acercándose a él, quedando a escasos centímetros.

— Quería invitarte a esto — confesó sacando de su bolsillo la entrada especial que Jii le dio — Jii la guardó sabiendo que la única persona que debía de estar entre bastidores conmigo eres tú — sonrió dulcemente después de tanto tiempo observando como el tinte rojizo afloraba en las mejillas de su compañera que bajó la cabeza cohibida — ¿Qué me dices?

— Creo que podría ir, no tengo nada más que hacer hoy, así que servirá para matar el tiempo — fingió intentando agarrar la entrada, pero en un reflejo Kaito apartó la mano, dejando dudosa a Aoko — ¿Por qué no me la das?

— No esperarás que te de algo tan valioso gratis, ¿no? — cuestionó esbozando una sonrisa pícara, esas que Aoko tanto extraño.

— ¿Qué quieres si se puede saber? — interrogó poniendo los ojos en blanco.

— Eso lo eliges tú — anunció, tenía curiosidad por saber que le daría Aoko por ellas — Podría ser incluso un golpe con tu amada fregona.

— Tengo en mente otro tipo de pago — aseguró tomando el rostro del joven entre sus manos, depositando sus labios contra los del mago, que sorprendido abrió los ojos para después corresponder el beso, cuidando el no caer y estropear el momento.

Sujetó el rostro de Aoko por las mejillas acercándola más a sus labios, ya que la posición no era muy cómoda, pero aún así, a él le pareció perfecta.

Al cabo de pocos segundos Aoko se separó con lentitud con una sonrisa de autosuficiencia.

— ¿Crees que ese es suficiente pago? — preguntó inocentemente.

— Creo que si hicieras ese pago cada segundo sería suficiente — respondió tomándola por detrás de la nuca, volviendo a unir sus labios — Necesitaré esto muy a menudo — informó al separarse de nuevo.

— Espero que lo reclames cada poco tiempo — deseó la castaña sonriendo feliz.

Por la noche, al salir todos del espectáculo se comentó que jamás imaginaron que sería así, ya que los trucos del mago esta vez parecían que tenían un solo destinatario al que quería hacer feliz, haciendo de paso que un teatro entero sonriera al ver la majestuosidad de la magia empleada ese día.

Al día siguiente los periódicos publicaban un artículo sobre el suceso:

``El mago Kaito Kuroba sonríe por primera vez en una de sus funciones´´

Días más tarde también se conocería el romance que ahora vivía el mago con la hija de un policía que un pasado se encargó de intentar atrapar a un mago.