Recompensas
Era una tarde de verano muy calurosa en Tokio, por ello las calles estaban casi desiertas, excepto por dos jóvenes de secundaría que paseaban por ellas.
Uno de ellos era una chica de cabello castaño algo desordenado que vestía un vestido azul celeste hasta las rodillas. Ella iba caminando parándose en cada escaparate para mirar las prendas u objetos que había.
El otro era un chico de cabellera color chocolate bastante desordenada. Él vestía unos pantalones cortos y una camisa de manga corta, aunque esto casi ni se distinguía por todas las bolsas que cargaba.
Ellos eran Kaito Kuroba y Aoko Nakamori, una reciente pareja que a pesar del clima que invitaba a quedarse en casa con el aire acondicionado puesto habían salido de compras a petición de la chica.
Kaito había intentado negarse, pero no podía contra los ojitos que ella le ponía cuando quería algo, y además recientemente habían discutido por una de sus tantas tonterías, y por ello ella estaba menos cariñosa, hasta el punto de que le hacía la cobra cuando intentaba besarla, así que para intentar que se le quitara el enfado había aceptado acompañarla.
Realmente no era tan terrible cuando entraban a alguna tienda y ella se probaba la ropa y le pedía opinión, lo malo era cuando tenían que salir de negocio y se enfrentaban de nuevo al calor.
— Aoko hemos visto más de veinte tienda, ¿no podríamos parar ya? — pidió el joven ojiazul a su novia.
— Todavía quedan muchas tiendas que ver — se quejó ella haciendo una mueca de desacuerdo — Pero si quieres podemos hacer un descanso e ir a tomar un helado — ofreció ella.
Kaito no lo pensó dos veces y acepto la propuesta del helado.
Caminaron hasta un centro comercial donde entre bromas disfrutaron del fresco alimento, pero claro, eso no podía durar eternamente y con rapidez acabaron de comer.
— Aoko, ¿enserio que aún no podemos irnos? — cuestionó observando a la chica.
— Sí, aún no hemos acabado — contestó con simpleza levantándose de la silla.
En una décima de segundo a Kaito se le ocurrió un plan para enfadarla y conseguir irse a casa. Ya allí arreglaría su enfado, pero en esos momentos la prioridad era no morir por el calor.
Con rapidez y sin que Aoko lo previera se acercó a su oído y allí depositó un beso. Cuando Aoko se lo hacía a él le molestaba bastante, sin embargo al separarse Aoko solo rió.
— Idiota, para que se sienta mal debes saber hacerlo bien — comentó con una sonrisa ladina devolviéndole el gesto a su novio haciendo que él corriera por la salud de su oído.
Aoko rió viendo como huía. Aquel truco que le enseñó Keiko servía de maravilla. Se aseguraría de darle las gracias cuando la viera, y también de dar alguna recompensa a Kaito cuando se le pasara el terror. Después de todo a eso había ido ese día, a buscar alguna especie de recompensa.
