Hay otra

``El Gran Ladrón vuelve a escapar´´

``La policía pierde, el ladrón gana´´

``El conquistador de luna llena vuelve a sorprender´´

Esos y más eran los titulares de aquella mañana, donde de nuevo el hombre de traje blanco volvía a ser el protagonista. No había un periódico donde no estuviera su imagen en la primera hoja, y no era de extrañar. A fin de cuentas el robo del día anterior había sido el más difícil de todos.

La policía esta vez había obtenido una trampa mortal para guardar la hermosa gema que esa vez custodiaban. Sin embargo, por alguna razón desconocida el ladrón había logrado esquivar todas y cada una de las maquinas creadas única y especialmente para detenerlo.

El inspector Nakamori dio fe de que era imposible que hubiera habido una filtración. Confiaba en sus hombres y sabía que ninguno de ellos pudo abrir la boca en los treinta minutos en los que todos se enteraron del método de captura. Lo que no sabía ese hombre era que el espía y culpable del fracaso era el chico que comía todos los día en su propia casa y el mismo al que había confiado toda la información de esa noche. No sabía que sin él quererlo estaba dando información al mismísimo Kaito Kid.

Kaito Kid era el hijo que nunca tuvo, el que él sabía que algún día sería su yerno ya que sin duda que en un futuro su hija Aoko Nakamori sería la esposa de aquel al que él y todos conocían por Kaito Kuroba.

Pero, a pesar de las convicciones de Ginzo Nakamori, el joven en cuestión no sabía si eso algún día sería posible. Tenía una sospecha, y sabía que de ser cierta jamás podrían estar juntos.

Ese día, aquella mañana decidió que lo comprobaría…algún día. No sabía que ese día sería el mismo que el de la elección de hacerlo.

Alrededor del mediodía el timbre sonó. Al principio el castaño no sabía quien era, pero de pronto, al escuchar la fuerza de los golpes supo perfectamente que quien estaba al otro lado de la puerta era la persona en la que llevaba pensando durante todo el día.

Con pasos torpes se posicionó justo delante de la puerta y la abrió, pudiendo ver la cabellera castaña y alborotada de su amiga de la infancia, la que tenía en su rostro un gesto de evidente molestia.

— ¿Acaso te habías olvidado? — inquirió molesta por alguna razón que el ojiazul en aquellos momentos ignoraba.

— ¿De qué se supone que debía acordarme? — cuestionó rascándose la mejilla izquierda.

— ¡Imbécil! — exclamó la chica a la vez que con toda su fuerza golpeaba la mejilla izquierda de su compañero, dejándole una más que evidente marca roja — ¡Eres un idiota!

— ¡Ay! ¡Eso ha dolido tonta! — gritó con enfado.

— ¡Esa era la intención mago de cuarta! — voceó entrando el la casa del ilusionista — ¡Eres un embustero!

— ¿¡Me podrías explicar de una vez la razón y dejar de gritarme!? — preguntó alterado por la actitud de su amiga.

— Me prometiste que hoy…— murmuró siendo oída por el joven que en aquellos momentos se fijó por primera vez en el día en la vestimenta de su compañera y así se acordó al fin.

Hacía un tiempo fue San Valentín, y él en su ignorancia se comió el chocolate que ella preparó, sin embargo no fue Aoko la que se lo dio, más bien él se lo robó. Más tarde se enteró del verdadero significado de la fecha, y como compensación le prometió que en el día blanco la llevaría de nuevo al parque de atracciones. Ella — para su sorpresa — aceptó encantada. Claro que él no sabía que ese regalo había sido hecho únicamente para él.

Y precisamente ese sábado era el día blanco, y a él se le había olvidado. Aún así la actitud de la ojiazul le parecía exagerada. ¿Tanta importancia tenía para ella esa invitación?

— Lo siento me olvidé — se disculpó — Ayer no dormí bien y como acabe rendido se me olvidó por completo la fecha. Entiendo mi error pero, ¿por qué tanto escándalo?

— ¡Tú no lo entenderías! — exclamó con rabia dirigiéndose a la puerta.

— ¡Hey! ¡Espera! — pidió cayéndose de pronto llamando la atención de la joven que fue a socorrerlo.

— ¿Estás bien? — preguntó al mismo tiempo que veía como el chico sonreía con malicia, para cuando se dio cuenta ya estaba tirada en el suelo junto a él, o mejor dicho acorralada — Serás…

— Quiero que me digas porque te has puesto así, sé que es para enfadarse, pero lo que has montado no es típico de ti.

— A veces pienso que no sabes absolutamente nada de mí — comentó mirando hacia otro lado.

— Yo también. Hay veces que no te entiendo. Te conozco desde hace años pero hay ocasiones donde no sé que piensas ni que sientes — confesó acercándose a su rostro — Por ejemplo ahora, no sé tus pensamientos.

— ¿Acaso no es simple? — interrogó fijando su vista en los ojos zafiros del contrario — ¿Tan difícil te resulta entender lo que deseo?

— Sí…Eres un enigma. Pero al menos yo si sé lo que quiero — reveló mirando sus labios y sin pensarlo dos segundos, sin pensar en las consecuencias, en sus planes hechos durante aquella mañana la besó.

Aoko se sorprendió. No sabía que hacer. Jamás había besado a nadie, siempre había soñado con que Kaito fuera el que le diera su primer beso, y aunque en aquellos instantes su mayor sueño se estaba haciendo realidad no podía disfrutarlo tanto como lo hubiera deseado.

Kaito por su parte disfrutaba al máximo del sabor de los labios de su amada, los devoraba hasta que en un momento se dio cuenta de que no era correspondido. Se separó sin saber que hacer. Lo había arruinado todo.

— Kaito yo…— comenzó Aoko. Por fin podía decir lo que sentía sin miedo.

— Lo siento Aoko, no debí hacer eso — se disculpó levantándose y dándole la espalda.

— No pasa nada Kaito, porque yo…— intentó decir Aoko, quería que viera que ella sentía lo mismo que él. Que a ella ese beso le gustó tanto como a él.

— No, si que pasa Aoko — interrumpió, tenía que inventar algo, lo que fuera. No podía decirle lo que sentía, no hasta que hubiera descubierto la verdad — Es que yo…Estaba pensado en otra chica.

Sintió como si una daga le atravesara el pecho. Un fuerte dolor se instaló en todo su cuerpo mientras veía como el flequillo de Kaito tapaba sus ojos mientras él miraba hacia otro lado. Dolía, dolía mucho. ¿Cómo es posible que todos sus sueños se hubieran acabado en tan solo unos segundos?

— Entiendo — soltó finalmente bajando su mirada — Si no te importa prefiero irme.

Con rapidez se dio la vuelta y salió corriendo antes de que pudiera ver como lágrimas traicioneras se escaparan de sus ojos. Jamás pensó que amar podía doler tanto. Nunca volvería a querer a nadie, no pensaba volver a sufrir por un chico. Aunque dudaba que algún día volviera a enamorarse.

Kaito subió la mirada para ver como el amor de su vida huía de él. Sabía que había sido cruel pero hasta que no supiera la verdad no podía dejarse llevar por sus sentimientos.

La oscuridad hizo presencia en la ciudad. En una habitación una chica levantó su cabeza de su almohada. Había estado todo el día llorando hasta que se había quedado dormida.

No quería recordar, era doloroso.

Se levantó restregándose los ojos. Se miró al espejo para ver como sus ojos estaban rojos. Tenía un aspecto deplorable, aunque tampoco es que su interior estuviera mejor.

Iba a volver a dormirse para olvidar cuando de pronto sintió el viento a sus espaldas. Se dio la vuelta para ver con incredulidad como ahí, en el balcón el ladrón de guante blanco más famoso de todo los tiempos mirándola fijamente.

— Bonne Nuit Mademoiselle — saludó haciendo un gesto con su sombrero.

— Kid…— susurró sorprendida, cambiando su actitud en cuanto se dio cuenta de la situación — ¿Qué haces tú aquí?

— ¿No se alegra de verme señorita Nakamori? — dudó sonriendo ladinamente acercándose a pasos lentos a ella.

— ¿Por qué me alegraría ver al mayor enemigo de mi padre?

— A lo mejor porque soy algo más que el enemigo del inspector, ¿me equivoco? — interrogó tomando con salvajismo la cintura de la chica sin que ella pudiera preverlo.

— ¿De qué hablas? — preguntó intentando soltarse de su agarre.

— ¿Acaso no te atraigo? — cuestionó acercándose a sus labios.

— No…Para — intentaba escaparse, no podía permitir eso.

— Sabes que lo deseas — musitó estando a milímetros de besarla.

— No, por favor no — comenzó a jadear, las lágrimas comenzaban a brotar de nuevo.

Kid se sorprendió y la soltó. No podía obligarla a nada. Sin embargo no pudo resistir el impulso de abrazarla. No soportaba verla llorar.

— Lo siento, no quería incomodarte. Solo comprobar algo — explicó acariciando su cabello.

— Yo…Yo… — hipaba agarrándose a su americana. En esos momentos necesitaba eso, no quería estar sola con sus penas.

— Amas a alguien, ¿no?

— Eso ya no importa. Él no me ama a mí. Me besó pensando en otra — soltó sorprendiendo al mago. Para ser sincera ni ella misma sabía porque le contaba eso a un desconocido. Solo necesitaba soltar la causa de su tristeza.

— Te equivocas, él no pensaba en otra — habló haciendo que la joven mirara hacia su rostro — Solo quería asegurarse de algo. Pero ya sé lo que quería mi querida Aoko — declaró acariciando su rostro.

La joven, incrédula dirigió su mano hacia el monóculo retirándolo para revelar los ojos zafiros que siempre había observado en secreto. Viendo que el chico que tanto daño le había hecho era el mismo que el que había intentado consolarla.

— Tú…imposible…

— Te juro que tengo una explicación que justifica lo de Kid. Y sobre lo de esta tarde…Lo siento, creía que amabas a Kid — explicó sin dejar de sostenerla con sus brazos.

— ¿Cómo? — interrogó confundida.

— Creí que te habías enamorado de mi alter ego, y si hubiera sido así no hubiera sido capaz de darme una oportunidad contigo ya que sabría que el que te conquistó no fui yo, sino el ladrón que ha conquistado a miles de mujeres.

— Eres un tonto. Yo llevo enamorada de ti desde que tengo uso de razón. Si me hubieras dejado hablar esta tarde lo hubieras sabido so tonto — le regañó apoyándose en su pecho. El dolor por fin había remitido.

— ¿No estas enfadada por lo de Kid?

— Depende de la razón que me des. Pero ahora mismo eso no me importa. Aunque me enfadara no sería eterno, te amo demasiado — confesó ruborizándose al decir al fin esas palabras que había querido decir en su cita del día pero que se vio interrumpida por todo ese lío.

— Entonces, si es así…bésame — pidió tomando con delicadeza su barbilla acercando de nuevo sus labios, obteniendo esta vez un resultado muy distinto.

Aoko rodeó con sus brazos su cuello acercándolo más a ella. Esta vez no se quedó parada y correspondió al beso de su amado. Él por su parte mordió su labio inferior, queriendo hacer aún más profundo ese beso. Ella entreabrió los labios dándole todo el espacio que necesitaba rozando sus lenguas en un contacto más pasional de lo esperado.

Cuando el oxígeno se acabó no tuvieron más remedio que separarse a regañadientes dejando un pequeño hilo de saliva entre ellos que se rompió cuando se alejaron lo suficiente.

— Te amo Aoko — confesó mirándola fijamente a los ojos.

— Y yo a ti mago de cuarta — sonrió feliz — Por cierto, me debes una cita y un pago por tus dos mentiras.

— Entendido, lo haré encantado siempre que me perdones — rió tímidamente.

Esa noche durmieron juntos con las manos entrelazadas, ya que por lo menos de momento preferían no separarse del otro.