El comienzo de un amor

— Eh, ¿estas esperando a alguien aquí? — preguntó un niño de ojos azules con una gorra en la cabeza.

— Sí, estoy esperando a que salga mi padre — asintió la pequeña niña a su lado con un gesto de tristeza — Pero me dijo que tendría mucho trabajo y que no podría venir — explicó bajando la cabeza.

— Ten — habló el chico sacando una rosa como por arte de magia ofreciéndosela — Me llamo Kaito Kuroba encantado de conocerte — se presentó acercándole más la flor a la sorprendida chica con la intención de que la cogiera.

La pequeña parpadeó un par de veces hasta que finalmente con una sonrisa acepto la rosa con un pequeño rubor en las mejillas.

— Encantada. Soy Aoko Nakamori — saludó acercando la flor a su nariz para oler el perfume que esta emitía — Acabo de mudarme aquí.

— Lo sé — habló de pronto sonriendo con autosuficiencia — A lo mejor no te diste cuenta, pero somos vecinos. Nuestras casas están una al lado de la otra.

— Entonces tú ya sabías quien era.

— Sí, pensaba ir pronto a ver si querías venir a jugar conmigo a algún lado — confesó mirando al frente — Pero mamá me dijo que sería mejor esperar un poco hasta que te sintieras más cómoda en tu nueva ciudad.

— Entiendo…

— ¡Aoko! — se escuchó de pronto el llamado de un hombre desde unos metros más delante de ellos.

— ¡Papá! — exclamó la joven ilusionada al ver que al final la espera valió la pena, saliendo corriendo hacia él, olvidando al joven que a su lado sonreía triste por el poco rato que había pasado junto a su nueva amiga.

Cuando iba a mitad de camino, la chica se acordó de algo. Se dio la vuelta y se puso frente al chico.

— ¿Te parecería bien si fuésemos a jugar mañana? — interrogó con sus manos juntas haciendo gestos nerviosos.

— Sí, me encantaría Nakamori — afirmó sonriendo feliz.

— Llámame solo Aoko — pidió contenta.

— Entonces tú llámame Kaito.

— De acuerdo. Hasta mañana Kaito y…— de pronto se acercó y le plantó un tímido beso en su mejilla — Gracias por alegrarme.

La chica se fue corriendo de allí hasta los brazos de su padre, saltando a ellos con alegría.

El pequeño mago por su parte se quedó donde estaba, sorprendido por el beso de su nueva compañera. Sonrió feliz de haber podido hacer que ella finalmente sonriera, no sabía que esa sonrisa se volvería en su felicidad, y sus labios en su más cruel obsesión.