No te voy a dejar ir
— In nomine patris et filii et spiritus sancti — santiguó el cura cuando el ataúd ya había sido cubierto en su totalidad por tierra.
El cementerio fue vaciándose de gente, todos se fueron de aquel sombrío lugar, dejando solos en su agonía a un niño pequeño y a su madre que lo cargaba en brazos a pesar de su edad. El progenitor y su modelo a seguir había muerto, ahora no le quedaba nada…Solo había algo que le animaba.
— Kaito…no estés triste — habló desde el suelo una niña con dos coletas agarrada del brazo de su padre. Ella también tenía una expresión de tristeza.
— No…no estoy triste — sonrió con falsedad el niño ya en el suelo.
— No mientas, no es malo estar triste — explicó la chica abrazándose a su amigo — Yo siempre voy a estar contigo, te lo prometo.
Ante esa revelación las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Esa sería la primera vez que llorara frente a alguien que no fuera su madre o su padre. Se abrazó a su mejor amiga con todas sus fuerzas ocultando su rostro en su cuello. Ella acarició su cabello mientras él soltaba todo su dolor. Cuando su llanto terminó él se separó un poco de ella, quedando frente a frente.
— No se que haría sin ti — confesó siendo sincero con ella por primera vez, confirmándole lo importante que era que su vida.
— Estoy aquí para ti Kaito. Siempre juntos en las alegrías y las penas — sonrió con tristeza depositando un beso en su mejilla, para separarse con los ojos humedecidos — Tú me apoyaste cuando me mudé aquí, estaba sola y ahora yo estaré para ti. Hoy y siempre.
El niño volvió a abrazarla. No tenía duda, no la pensaba dejar ir nunca. La quería mucho, lo que no sabía es que aún no había descubierto que tan importante era ella en su vida.
