Incontenible

Una suave brisa agitó los cabellos castaños de la muchacha que en aquellos momentos parecía retener una gran tristeza o decepción que había sido provocada por el mismo joven que en aquellos momentos se recriminaba su torpeza a la hora de demostrar lo que verdaderamente sentía. Lo que había empezado con la decisión de la joven de avanzar en su relación de pareja había acabado de una manera terrible.

Todo empezó el día anterior, cuando Akako fue a visitar a Aoko después de su primer y no último viaje a Londres junto a Saguru.

— ¿Es bonito Londres? — preguntó curiosa la de ojos azules.

— Lo poco que he visto sí — respondió la pelirroja dejando algo extrañada a la castaña.

— ¿Lo poco que has visto? — repitió sin entender — Habéis estado allí dos semanas, no has podido ver tan poco. Según me dijiste ibais de vacaciones.

— Y hemos estado de vacaciones — aseguró con una sonrisa maliciosa — Solo que la mayoría las hemos pasado en la habitación.

— ¿En la habitación? — interrogó curiosa sin entender porque se perderían el hermoso paisaje de la capital inglesa hasta que Akako con un guiño hizo que entendiera, tornándose de repente las mejillas de ambas tan rojas como el pelo de la bruja — V-Vosotros lo h-habéis hecho.

— Sí — afirmó bajando un poco la cabeza — Es algo natural que después del tiempo que llevamos juntos diéramos el paso, aunque no lo habíamos planeado. Solo surgió sin más.

— Sé que lo es pero, aún somos muy jóvenes para eso, ¿no te parece? — comentó la castaña sin que los colores se le bajaran.

— Aoko, para eso no hay edad. Es simplemente cuando creas estar lista para dar el paso. No importa si estas lista a los diecinueve que a los veintiuno, solo tienes que hacerlo con la persona a la que quieras — explicó la de ojos rojos mientras recogía sus cosas para irse, ya que se le había hecho algo tarde — Ya seguiremos hablando otro día Aoko, debo irme a terminar algunos ``deberes´´ — explicó la bruja yéndose del lugar, tenía que terminar de realizar algunos de sus conjuros.

Al cerrar la puerta Aoko entró en una especie de ensoñación. Hacía tiempo que se había encontrado dándole vueltas a la cabeza sobre ese tema, más específicamente desde que el mago de cabellera alborotada y ella habían empezado a salir. Desde que era joven había sabido de parejas en su clase que con normalidad terminaban separándose, pero, además siempre escuchaba de boca de sus compañeras que sus madres les decían que ellas no sabían las obligaciones que tenía el tener pareja. En aquellos momentos ella no lo comprendió, pero con el paso de los años entendió cuales eran las obligaciones de las mujeres en una relación, al igual que supo también las de los hombres. Una de ellas y la más tabú en aquellos años era el sexo. A simple vista parecía que ella no daba importancia a ese tema, pero en algunos momentos ese tema salía a la luz, aunque con el paso del tiempo se volvió un tema banal siempre que no se hablara con seriedad. Sin embargo, ahora se veía pensando en lo que Akako había dicho. Eso era una necesidad natural que aunque ella no tenía no sabía si Kaito, al contrario que ella, ya tenía y reprimía, después de todo conocía bien al ilusionista, y sus actos diarios no podían ser definidos como inocentes.

Unos golpes en la ventana la sacaron de sus pensamientos, observando como una figura vestida de blanco y con una sonrisa en el rostro estaba al otro lado del cristal. Se sorprendió al ver el cielo oscuro y al mirar la hora se dio cuenta de que había estado dos horas sin darse cuenta de lo que pasaba. Sin darle más vueltas se levantó y abrió al ladrón que nada más entrar se tiró de espaldas a la cama.

— Te juro que hoy tu padre casi me pilla — suspiró cuando Aoko se sentó a su lado, retirando de su cara el monóculo y quitando el sombrero de la cabeza — Mañana tendré agujetas en todo el cuerpo por todo lo que me ha hecho correr.

— Seguro que solo exageras — habló acariciándole el flequillo con dulzura — Después de todo ya estás acostumbrado a esas carreras.

— Muy graciosa Aoko — sonrió falsamente viendo como la joven reía ante su mueca, suspiró — Al menos por lo menos tú te ríes…Y me encanta verte reír.

— No seas tonto — se sonrojó ante la frase del chico que se reincorporó sentándose, dejando reposar su cabeza en su hombro sin que ella dejara de acariciarlo.

— Según lo que sueles decir no puedo dejar de serlo — murmuró sin moverse con los ojos cerrados.

— Pareces un gato Kaito. Siempre vienes aquí en busca de mimos — sonrió escuchando como el ojiazul comenzaba a ronronear en broma.

— Recuerda que a mi alter ego también lo llaman Kid el gato por lo astuto que soy — le recordó sonriendo.

— No sé yo si es por lo astuto — comentó la joven riendo — A lo mejor es por lo cariñoso que eres, especialmente con las mujeres.

— ¿Es cosa mía o alguien está celosa? — articuló divertido mirándola directamente a los ojos.

— Será cosa tuya. Sabes que no me importa lo que hagas, sé que tu fin es solo robar las joyas.

— Sí, pero siempre acabo robando corazones — habló recibiendo un bufido — Sabes que no se pueden resistir a mí.

— No se pueden resistir a Kid — corrigió — Sin el monóculo pierdes puntos.

— No ante ti — le recordó — Eres la única que se ha enamorado del verdadero Kid, no de la sombra blanca.

— Lo sé…Sigo sin entender como me engatusaste — articuló llevándose las manos a la cabeza — ¿Estás seguro de que no le pediste a Akako un conjuro?

— Ya Aoko — avisó Kaito abrazándola — Dejemos esto, porque ambos sabemos como acaba.

— Contigo y una fregona ¿no? — inquirió correspondiendo el abrazo.

— Eso sobraba — rió depositando un furtivo beso en el cuello de la joven, haciendo que las mejillas de esta se volvieran escarlatas pero renunciando a alegarse de él.

En ese momento, por alguna razón la conversación de esa tarde con Akako volvió a su cabeza. Siempre ocurría lo mismo entre ellos, y se preguntó si Kaito necesitaría más de ella. Sabía a ciencia cierta que él jamás se lo diría.

A diferencia de lo que muchos creían Kaito respetaba al cien por cien a Aoko, jamás hacía o decía algo si sabía que ella no se sentiría cómoda con ello. A los ojos del resto Kaito era un niño travieso que tenía poco de inocente y que, sin duda utilizaría sus habilidades para conseguir lo que quisiera con todos. Que equivocados estaban.

— Ey Kaito — lo llamó suavemente Aoko levantando la cabeza, haciendo que sus miradas se conectaran, haciendo ella que volvieran a separarse a causa de la vergüenza que sentía en esos momentos — V-Verás, qu-quería preguntarte algo.

— Dime Aoko, soy todo oídos.

— Verás, ya sabes que estamos creciendo — como respuesta Kaito asintió aunque ella no lo viera — Y crecer trae cambios para todos, incluso para las parejas…

El rostro de Kaito se congeló ante la frase. ¿Acaso estaba diciendo lo que creía que estaba diciendo?

— Dilo sin rodeos — dijo apartándose de su lado, encaminándose a la ventana para que ella no viera su famosa cara de póquer descomponerse.

— Yo…quería saber si tú…— el alejamiento del chico no había ayudado a distraer sus nervios — Crees que debemos dar un paso más.

— ¿Qué paso? — cuestionó girándose, al parecer había comprendido mal las palabras de la joven.

— Ya sabes…eso — contestó como toda explicación bajando la cabeza. Los colores habían vuelto a subir a su rostro. Pero no era la única, Kaito no se encontraba mucho mejor después de entender la intención de sus palabras.

— ¿A-A qué viene eso? — interrogó girando la cabeza. Al final había logrado romper su siempre sereno rostro.

— Solo quería saber si tú querías…— comenzó siendo detenida cuando Kaito se acercó con rapidez a ella colocando un dedo en sus labios haciendo que todas las palabras que pensara decir desaparecieran en sus labios.

— Aunque yo quisiera no sería suficiente — habló sentándose de nuevo a su lado — De lo que estamos hablando es algo que debemos tener seguro los dos, no depende solo de lo que yo quiera.

— Entonces sí que quieres — notó la chica.

— A ver si te crees que estoy hecho de piedra — bromeó el muchacho tratando de quitarle hierro al asunto. No surtió efecto — Me gustaría saber por qué precisamente ahora te preocupa eso.

— No hay ninguna razón — mintió. Lo que ella había hablado con Akako era un secreto entre ellas.

— Mentirosa — susurró en su oído tomándola de la cintura — Eres la peor mentirosa del mundo. Aunque si no quieres decírmelo lo entiendo.

— Es un secreto Kaito. No es algo sobre lo que solo yo tenga posesión — aclaró bajando la cabeza.

— No creo que ahora estemos en condiciones de hablar sobre eso — suspiró — Ambos estamos cansados, será mejor que nos vayamos a dormir y mañana en frío hablemos de esto — dictaminó dirigiéndose a la ventana, siendo detenido por la mano de ella.

— ¿Por qué no duermes hoy conmigo? — interrogó moviendo los dedos nerviosamente — Mi padre no volverá y no quiero estar sola.

— ¿S-Solo dormir verdad? — preguntó sonrojado.

— ¡Por supuesto mago mal pensado! — exclamó ella aún más ruborizada que el ilusionista.

— Entiende que después de la conversación que acabamos de tener tengo derecho a dudar — se defendió él desvistiéndose de espaldas a ella. Sería incómodo dormir con el traje de ladrón.

— Si haces algo grito — avisó sin mirarle.

— Tampoco ayudaría mucho — respondió recibiendo una colleja en la cabeza. Mejor sería que se quedara callado un ratito.

Poco tiempo después, ambos estaban tumbados, mirándose fijamente ya que ninguno se atrevía a despegar la vista de los ojos del contrario. Fue al final Kaito el que rompió el contacto al atraerla a él para abrazarla, quedándose al fin dormidos mientras la joven no dejaba de pensar en lo que ese día había descubierto.

Al abrir los ojos vio como Kaito seguía a su lado durmiendo. Debía estar muy cansado para no haberse despertado por el exceso de luz que entraba por la ventana. Con sumo sigilo se levantó y corrió las cortinas para que la oscuridad volviera a reinar.

Viendo que Kaito no despertaría en un rato decidió ducharse mientras tanto, así cuando despertará desayunarían directamente. Se metió en la ducha y allí sin darse cuenta perdió alrededor de quince minutos como poco, ya que de nuevo los pensamientos volvían a cobrar vida dentro de su alborotada cabeza, tanto que se le olvidó por completo llevar su ropa al baño, por lo que ahora se vería obligada a ir a su cuarto solo con una toalla cubriéndola.

Ella pensó que Kaito aún estaría dormido así que al entrar hizo el mínimo ruido posible y se dirigió a su cómoda, sin embargo, al tomar sus prendar y girarse para volver a salir pudo ver que el mago la observaba con los ojos como platos y algo sonrojado. Ella solo pudo tragar saliva a la vez que el rubor carmesí pintaba sus mejillas.

— ¡Lo siento! — se disculpó el ilusionista tapándose los ojos al ver que su compañera estaba incómoda.

— No te disculpes, es culpa mía por haber olvidado cogerla — habló acercándose al joven — Además no sé de que te avergüenzas si ya viste todo lo que había que ver cuando fuimos a la montaña.

— ¿Qué? — cuestionó sorprendido. Era verdad que la había visto, pero era imposible que se hubiera dado cuenta.

— ¿Acaso crees que no sé diferenciarte solo porque te pongas una peluca y cambies la voz? — interrogó alzando una ceja — Creo que me subestimas querido.

— ¿Por qué no dijiste nada entonces?

— Sabía que no buscabas espiar…Además me di cuenta algo tarde — confesó avergonzada.

— Entiendo…— contestó desviando la mirada de la chica.

Un silencio sepulcral se instaló en la habitación. Aoko seguía tapándose con la toalla. Miró al mago quien estaba más que avergonzado. Sonrió ante ello — ¿Quién diría que el gran Kaito Kuroba se avergonzaría de esta situación? Normalmente buscas verme desnuda siempre y ahora sin embargo mírate.

— No es lo mismo — replicó sin mirarla.

Ella lo observó durante un breve periodo de tiempo, él seguía esquivando su mirada. En un impuso para que la mirara tomó su rostro y lo besó con pasión. Al fin tenía la atención del mago que sin dudarlo había respondido su beso y ella lo fue empujando hacia atrás hasta que ambos estaban tumbados en la cama, ella encima de él. Su toalla ahora se deslizaba por su piel, sus manos estaban ocupadas acariciando el torso del mago que ya sin ninguna vergüenza terminó de apartar la tela que cubría a la castaña.

Cuando Aoko estaba por tocar la tela de la única prenda que el ilusionista él se apartó de golpe sin razón aparente sin mirarla.

— ¡L-Lo siento! — se disculpó caminando hacia la puerta, para al final irse lo más rápido que pudo.

Aoko se quedó allí, parpadeando incrédula por lo que acababa de pasar. Con lentitud tomó la toalla para volverse a cubrir. Con su cabello tapó sus ojos, ¿por qué él se había ido? No lo entendía, según lo que hablaron la noche anterior él quería eso, y ella…Ella había descubierto que también lo quería. ¿Qué problema había entonces?

El día había pasado entre tareas del hogar y estudios para la ojiazul que había intentado no pararse a pensar ni un solo segundo en lo que había ocurrido. Sin embargo estar sola en casa todo el día conllevaba que eso fuera imposible. Al final del día cenó poco y se fue a la cama donde no pudo ni quiso evitar caer en los brazos de Morfeo, para así no tener que pensar.

En mitad de la noche un viento frío hizo que Aoko abriera los ojos con pereza para ver que parado en la ventana estaba el chico que ocupaba sus pensamientos, mirándola fijamente.

— Siento despertarte, pero necesitaba hablar contigo.

— ¿No podía esperar a mañana? — inquirió reincorporándose.

— No — negó acercándose a ella, ocupando su espacio personal, haciendo que la joven se sintiera incómoda — Era imposible que esperara hasta mañana. Llevo todo el día pensando en ti y en lo que ha pasado esta mañana.

— Pues no sé en que habrás pensado si no ha pasado nada — le recordó con una mirada fulminante.

— Te aseguro que no es porque yo no quisiera — reveló tomándola de la barbilla.

— ¿Y por qué entonces? — preguntó soltándose de su agarre y cruzándose de brazos.

— Yo…no quiero traicionar a tu padre — reveló observando los orbes zafiros de la castaña.

— ¿Cómo? — interrogó extrañada.

— Tu padre siempre me ha intentado apoyar. Cuando mi padre murió él…de alguna forma intentó asumir su papel y cuando mi madre se fue él siguió ahí…Ya me siento mal por provocarle tanto estrés, me sentiría mal si hacemos esto…Pero, tampoco creo poder estar mucho reteniendo mis necesidades.

— Kaito…— susurró acariciando su cabello — Eso es muy tierno.

— Pensé que dirías que soy gilipollas — rió dejándose acariciar.

— Yo no he dicho que no lo seas — bromeó abrazándole — Y sobre lo de la traición…No pienso que estés traicionando a nadie, en todo caso lo estaría haciendo yo. Pero tus razones para hacerlo y ocultarlo son buenas, intentas protegernos, y eso es la mayor forma de mostrar tu afecto por alguien.

— Cuando lo descubriste no dijiste lo mismo — comentó extrañado por la explicación de su novia.

— Al principio me dolió, pero pensándolo en frío me di cuenta que habría hecho lo mismo — explicó sonriendo — Sin embargo lo importante es que ahora estamos aquí, juntos.

— Sí, lo sé — suspiró acariciando su mejilla — Aún no me creo la suerte que tengo.

— Tenemos, aunque no lo diga a menudo yo también estoy muy agradecida de tenerte conmigo — confesó rodeando su cuello con sus brazos — Entonces…¿Seguimos lo de esta mañana? — cuestionó guiñando un ojo con picardía.

— ¿No tenías sueño? — inquirió con malicia.

— Se me ha pasado — sonrió — Soy toda tuya mago de cuarta — manifestó lanzándose a sus labios.

Poco a poco se fueron desprendiéndose de las ropas estando piel con piel. El calor comenzó a reinar. La pasión y gemidos de ambos se entremezclaban en el ambiente.

Caricias mutuas llenaban los cuerpos de ambos mientras los suspiros y gemidos complacían al contrario.

Los ojos zafiros de ambos se habían oscurecido debido al deseo mientras los cabellos castaños se pegaban a la frente por el sudor del ejercicio hecho.

La luna era la única luz del lugar, dándole a aquella escena un extraño contraste entre luz y sombra.

— Kaito — sonaba la voz femenina — Ya no puedo esperar más…— articuló con el sudor cayéndole por la sien.

— Aguanta Aoko — pidió el chico que en aquellos momentos estaba encima de ella, inclinándose hacia delante, dándole un suave beso en los labios que la joven acepto rodeando con sus brazos el cuello del mago.

— Te amo Kaito — confesó abrazándose a él, sin dejar espacios libres entre sus cuerpos.

— Y yo a ti Aoko. ¿Estás lista? — interrogó mirando fijamente aquellos ojos azules que tanto amaba.

Un tímido asentamiento fue la llave que finalmente hizo aquello, que ambos finalmente se unieran en uno, dejando atrás todo tipo de dudas. Dejando atrás sus identidades como Kaito Kid y la hija del inspector Nakamori. Siendo simplemente Kaito y Aoko, dos jóvenes que a pesar de todo se amaban más que nada.