¿La puedo amar más?

Una luz procedente de la ventana hizo contacto con los párpados de un castaño, que ante la molestia causada por la luz abrió sus ojos azules. Se tapó los ojos con el brazo para después mirar a su derecha, donde su esposa reposaba tranquilamente dormida. Esbozó una sonrisa tonta, aún no sabía como podía amarla tanto.

Se levantó de la cama y se decidió ha hacerle el desayuno, casi siempre era ella quien se lo hacía a él debido a su estricto horario laboral. Ser un mago conllevaba sacrificios, pero al menos el domingo lo mantenía única y exclusivamente para él y su vida en pareja.

Terminó con rapidez la tarea y volvió a la habitación, donde su esposa ya despierta seguía aún enrollada en las sábanas.

— Buenos días dormilona — saludó dejando la bandeja donde llevaba el desayuno encima de la cómoda, acercándose a ella dándole un beso en los labios de saludo.

— ¿Qué es todo eso? — cuestionó señalando la comida a la vez que se restregaba los ojos con las manos.

— Es tu desayuno. Bueno, vuestro — respondió acariciando el vientre de la chica — Cada vez queda menos…

— Solo cinco meses…— comentó con una sonrisa soñadora.

— Aunque sigo diciendo que tardaste en decírmelo — le recordó, rememorando aquella mañana de domingo de hace dos meses.

— Lo siento — se disculpó cuando en su mente se visualizó aquel día, en el que Kaito había tardado más en levantarse…

Lo miraba encandilada acariciando su flequillo castaño, su boca estaba semiabierta. Se rió interiormente ante esa costumbre que tenía desde que era un niño. Había pasado tanto desde aquello…y ahora estaban a punto de ser padres, aunque él aún no lo sabía. A pesar de que hacía algún tiempo desde que ella se enteró no se había atrevido a decírselo, entre sus largas jornadas laborales y sus miedos fue imposible, pero de ese día no pasaba.

Kaito, despierta — le movió ligeramente hasta que vio que sus ojos comenzaban a abrirse, dedicándole una de sus perfectas sonrisas.

¿Qué haces levantada querida? — interrogó abrazándola y tumbándola a su lado.

Verás, es que te tengo que contar algo — manifestó nerviosa, ¿cómo le sentaría?

Tú dirás amor — articuló fijando su vista en los orbes zafiros de su mujer.

E-Estoy embarazada — confesó viendo la expresión de sorpresa del joven que había abierto los ojos y la boca.

¿D-De cuánto? — preguntó sin cambiar su expresión.

De tres meses — reveló bajando la mirada.

¿¡Tres meses!? — exclamó con sorpresa levantándose de un salto — ¿¡Por qué has tardado tanto en decírmelo!?

Es que no sabía como te lo tomarías — expresó con sinceridad.

¿Creías que no me alegraría? — inquirió con una sonrisa en el rostro, ella lo miró feliz — Estoy muy contento. ¡Vamos a ser padres!

Sí — afirmó ella con una gran sonrisa — Te amo.

Y yo a ti — confesó dándole un beso, para después depositar otro en su vientre — Y a ti también — ambos sonrieron.

— Lo bueno es que no me lo dijiste a los nueve meses — bromeó recibiendo un golpe.

— Creo que me lo hubieras notado — le siguió ella abrazándose a su cintura.

— Pues sí — afirmó mirando su vientre y colocando una mano en el — Sería difícil no notar esas pataditas — manifestó sintiendo alguna, para después bajar y depositar varios besos — Hola, soy papá. En un mes al fin sabremos que serás.

— ¿Quién ha dicho que lo quiera saber? — cuestionó la castaña con la ceja alzada, él la miró extrañado — Quiero que sea sorpresa.

— Pero, yo quiero saberlo — articuló haciendo un puchero.

— Ya lo iremos viendo — aseguró para cambiar de tema — De momento dame ese desayuno, este pequeño no para, necesito fuerzas.

Él sonrió haciéndole caso, al fin y al cabo quería ayudarla lo más posible, y eso era lo mínimo que podría hacer. Vio sus sonrisas, el brillo de sus ojos, la alegría que desprendía…y se dio cuenta de que aunque creía que era imposible amarla más se había equivocado.