NI LOS PERSONAJES, NI LA HISTORIA DE CANDY CANDY ME PERTENECEN, PERO ÉSTE FIC, ES MI PEQUEÑO HOMENAJE A LA MISMA, TOTALMENTE CON FINES DE ESPARCIMIENTO.
16. Decisiones
Candy sintió que el mundo se detenía, ¿Había escuchado bien? Apenas unos días atrás Albert le proponía ser su novia y ahora ¿Le decía que la amaba? No el empresario exitoso, no el gran patriarca de un extenso y antiguo clan escocés, no el poderoso millonario William Andry, no el guapo caballero asediado por las señoritas de sociedad; quien estaba frente a ella era Albert, su Albert. El hombre. El hombre al que ella admiraba desde hacía tanto, el que era capaz de protegerla ferozmente y al mismo tiempo de mirarla de la forma más dulce, el que la hacía vibrar con un solo roce, el que le rompió el corazón devastadoramente al dejarla en aquél departamento, pero que con ese acto le había abierto los ojos, pues había caído en cuenta de que sin él, simplemente la vida no era igual, quería compartir con él su día a día. Lo necesitaba como el aire para respirar: Y él ¿La amaba? ¡Claro que lo hacía! Si se lo había demostrado casi toda su vida, confiaba en él, le creía por la sencilla razón de ella sentía exactamente lo mismo…
Se acercó a él, suavemente acarició su abdomen, fue subiendo hacia sus firmes pectorales, sintiendo tensar ligeramente su cuerpo al rozarlo y finalmente posó sus manos sobre los anchos hombros de su amado. Instintivamente, Albert acercó su rostro y sujetándola por la cintura empezó a besarla lento y suave, aumentando poco a poco el ritmo hasta volverlo ansioso y demandante, provocando en ambos la sensación embriagadora de la pasión. La chica, fue rompiendo el beso y sobre los labios de su chico susurró:
-Yo también te amo…
El rubio sonrió emocionado. Abrió los ojos y se reflejó en esas esmeraldas que le tanto le gustaban. Sus manos empezaron a recorrer la estrecha cintura femenina, al llegar a su espalda, sin pensarlo siquiera, empezó a acariciarla por debajo de la camisa del pijama. No pensó, por un instante, se dejó llevar por el deseo. La piel de su amada era tan suave y delicada que resultaba adictiva, quería más. Empezó a darle pequeños besitos en la mejilla, haciendo un camino sobre la mandíbula, Llegando al cuello los besos comenzaron a volverse húmedos, la sintió estremecerse mientras él se cegaba más y más. Ella enredó sus dedos entre el sedoso cabello de Albert, cediendo un poco a lo que ansiosamente, su cuerpo le pedía. Él, intrépidamente, empezó a recorrer con sus manos hacia arriba de su espalda, hasta llegar al broche del corpiño. Pero entonces, sucedió algo inesperado: la sintió temblar. El chico la miró tiernamente y comprendió que ese no era el momento. Ella merecía todo su respeto, y aunque la deseara de manera inmensa, a un nivel que jamás había sentido; debía detenerse. La amaba demasiado para tomarla así, sabiendo que a ella, la educación recibida a lo largo de su vida, le pesaría tarde o temprano y terminaría por arrepentirse. No, eso no era lo que él deseaba provocarle. Él quería que su primera vez fuera una experiencia especial, que la marcara positivamente, que sintiera todo el amor que tan profundamente le profesaba, quería hacerla feliz; y para ello, debía amarla haciéndolo libre, sin provocarle culpas ni remordimientos. No, definitivamente aún no era el momento. Le sonrió y retiró la mano de su piel desnuda, la abrazó contra su pecho acariciando su ensortijado cabello y le dijo:
-Mi pequeña, me debes una apuesta y debes pagarla
Candy se estremeció ante la declaración y se apretó más contra el cuerpo de su novio, buscando el calor y la seguridad que siempre sentía en ese lugar, pero Albert continuó hablando
- Quiero mostrarte algo, te va a gustar –añadió juguetonamente -No es lo que crees. ¿Vienes conmigo?
La rubia levantó la mirada y se reflejó en los hermosos ojos azules que adoraba, sabiendo que él respetaría sus decisiones, como siempre. Pero esa en especial, resultaba tan difícil. Anhelaba estar con él, demostrarle todo su amor, entregarse en cuerpo y alma; deseaba a ese hermoso hombre que tenía enfrente. Tan guapo, tan fuerte, tan varonil, con esas manos tan masculinas que una y otra vez soñaba sentirlas recorriéndola completamente. En la escuela de enfermería aprendió que esas sensaciones eran perfectamente normales y que incluso, tenían una explicación lógica y hasta científica. Pero entonces, ¿Porqué las voces de las monjas resonaban una y otra vez en su cabeza? Mejor era no pensar. La embargaban cientos de sensaciones diversas, así que se dejaría llevar; hasta donde él quisiera, pues Albert, su Albert acababa de decirle que la amaba, y siempre podría confiar en él.
El rubio se separó lentamente y la tomó de la mano. Con una pícara sonrisa la guió hasta afuera de la habitación y la dirigió rumbo a la escalera. Comenzaron el ascenso hacia el tercer piso, un lugar oscuro y silencioso.
-Bert, ¿A dónde vamos?
-Ya te dije, voy a mostrarte algo, no seas ansiosa, ya casi llegamos –le dijo el rubio divertido
-Pe… Pero ¿No es por aquí donde se parece el fantasma de capa y sombrero de copa? –preguntó algo temerosa. Sabía que era una historia para niños, pero en el fondo recordaba haber visto a alguien allí en aquélla ocasión cuando los Leagan le tendieron una trampa; aunque podía haber sido producto de la sugestión y el miedo del momento, consideraba innecesario repetir la experiencia, por si las dudas
El rubio no pudo evitar soltar una estrepitosa carcajada. Él conocía la mansión mejor que nadie y jamás había escuchado tal aseveración
-¿Qué se aparece quién?
Candy le contó a grandes rasgos la anécdota de lo que había ocurrido hacía ya tantos años, y aunque ya no era una niña, las historias de terror seguían haciendo mella en su interior, especialmente aquélla.
-Sé que tal vez no me crees Bert, pero yo sé que vi a alguien… O algo. A estas alturas de mi vida no quiero creer en fantasmas, pero yo sé lo que ví, o mejor dicho, no sé qué ví…
-Pequeña, te creo. Es más, te voy a contar un secreto. Algunas veces, cuando venía a Lakewood y los chicos estaban aquí, me hospedaba en ésta ala de la mansión, para que no me vieran. Recuerdo que en alguna ocasión justamente en una fiesta, escuché algo parecido a gritos, pero con la orquesta, no estaba seguro, así que salí a investigar; me puse la capa para pasar como un invitado extraviado en caso de encontrar a alguien del personal, pero a quien encontré fue a Anthony, así que me escondí y luego los ví bajar juntos. Princesa, me parece que el fantasma al que viste… Era yo
La rubia no daba crédito a lo que escuchaba, así que Albert era el culpable de sus absurdos temores de chiquilla. ¡Vaya, eso algún día lo tendría que pagar! Y ella se encargaría de torturarlo. Se reprendió internamente por el rumbo que tomaban sus pensamientos y las… Interesantes maneras de tortura que imaginaba.
-Albert, ¿Sabías que me traumaste de por vida? – dijo al fin riendo
-Lo lamento princesa, créeme que me hubiera encantado hacerme presente en esa y en tantas otras ocasiones… -comentó nostálgico
-¿Y esas estatuas de cera? Son algo tétricas ¿No? –señalándolas
-Concuerdo contigo. Y dicen los medios que yo soy excéntrico… Deberían haber conocido a mis antepasados – señaló entre risas
-Bueno, llegamos –abriendo la puerta de una habitación
-¡Pero si ésta es la habitación de los retratos! Donde me dijiste tu identidad –sonriendo expectante
-Así es, aquí pasaba mucho tiempo, pero te voy a enseñar porqué
El chico empezó a abrir la cortina del ventanal, para mostrarle a la rubia un espectáculo simplemente majestuoso
-¡Esto es bellísimo Bert, me encanta! –dijo Candy asombrada
-Sí, es muy hermoso. Me gusta el mirador, porque siempre me da la calma que necesito. Desde aquí en el día se ve el rosedal, parte del bosque y se alcanza a ver el lago, pero la noche es la más especial, porque gran parte del cosmos parece postrarse ante ti.
-¡Posees un gran tesoro! ¡Tienes muchas estrellas aquí para ti solo! –exclamó tan emocionada como una chiquilla
-Para nosotros, pequeña. Prometimos compartirlo todo ¿Recuerdas? ¡Te regalo todas mis estrellas!
-¡Bert!
El rubio pasó la mano por el hombro de la chica y así, abrazados mirando el firmamento en silencio, estuvieron un rato, llenándose de paz y disfrutando la compañía mutua. Al cabo de un rato empezaron a resentir el fresco que se filtraba por el ventanal y decidieron irse a dormir
Como a una niña, el chico la arropó y decidió despedirse pero la intempestiva chica nuevamente lo sorprendió:
-¡Quédate otro rato conmigo! O ¿Te encuentras muy cansado?
-Mmm, me temo que aún no pagas la apuesta…
-Bert, lo siento tanto, soy una cobarde. No te decepciones de mí, por favor –suplicó bajando la mirada
-Hey ¿Qué sucede? Aún no te digo lo que quiero, ¡Mal pensada! –le dijo bromeando mientras sostenía su mentón con la mano, haciendo que la rubia se sonrojara con el comentario ¿Tan obvia era?
- Mírame. Te amo, y cada paso, más demuestras tu valía, y me haces sentir más orgulloso de ti. Jamás podría decepcionarme. Ni siquiera debimos hablar para entenderlo ¿Cierto? Eso me encanta, que aún sin palabras estemos compenetrados. No es tiempo de correr si estamos empezando a caminar juntos. –provocando una tímida sonrisa en ella- Además, así me queda pendiente una apuesta que cobrarte, y la usaré para los fines que crea más convenientes… Cuando yo quiera
-Eres un coqueto, mi coqueto y me gustas… Muchísimo –se sinceró la rubia abrazándolo por el cuello
-¡Mi pequeño Bert! ¡Estás helado! Ven, tápate conmigo
Candy no tuvo que pedirlo dos veces, él inmediatamente se acostó a su lado y ella se acurrucó en su pecho. Y así, calientitos y abrazados, poco a poco fueron quedándose dormidos. Esa, probablemente sería la última noche que dormirían juntos en Lakewood…
Al día siguiente, las actividades en la casa habían vuelto a la normalidad. Paty y Annie llegaron a visitar a Candy y charlaron mientras Albert adelantaba algo de trabajo. Comieron juntos y Paty terminó por contarles acerca de sus deseos por continuar estudiando
-¿Por qué no entras a la Universidad de Chicago? Es excelente y además es una de las pioneras en aceptar mujeres. Podríamos solicitar brindarte una recomendación a nombre de la familia y además solicitar una a los Rockefeller, son amigos nuestros y los principales albaceas de la universidad. Piénsalo, Paty, sería una excelente oportunidad –aconsejó el siempre sabio Albert
-Podrías vivir conmigo Paty, en el departamento –sugirió la rubia
-O podrían vivir en la mansión –añadió el rubio- Seguro que los padres de Paty se sentirían más seguros si así fuera, además tendrían al chofer a su disposición. Platícalo con ellos.
Albert llevaba días insistiéndole a su novia que regresara a vivir a la mansión de Chicago, a su casa. Para saberla segura durante su ausencia. Pero terca, como siempre, ella aseguraba que continuaría en el departamento. En su departamento. La situación de Paty le venía como anillo al dedo al chico, pues sabía que Candy aceptaría si así convenía a su amiga.
Al siguiente día una emocionada Paty, confirmaba que sus padres aceptaban y costearían su decisión de estudiar en Chicago… siempre y cuando pudieran visitarla ellos y su abuela inesperadamente cuando así lo desearan. Sabían que su hija recién empezaba a recuperarse de una fuerte depresión a causa de su novio fallecido, así que cualquier cosa que la hiciera feliz, gustosos la aceptarían.
Annie se sentía un poco relegada, sus mejores amigas vivirían juntas en otra ciudad, y ella tenía que quedarse en Lakewood, entre aburridas obligaciones sociales con su madre y el extraño mal humor de su padre, quien en últimas fechas parecía estar siempre preocupado. Además, alejada de Archie, que para colmo, también se establecería en Chicago trabajando en la empresa familiar. Aún no se iban y ya comenzaba a sentirse triste, pero tímida como era, no quería exteriorizar sus sentimientos. Si algo había aprendido de Candy, era que las alegrías de la gente amada, constituían la propia. No les opacaría los planes con sus tonterías. Disfrutaría el tiempo que les quedaba juntas. Habían hecho planes para ese día y al siguiente regresaría a su casa, ansiaba ver a Archie, quien tendría que llegar al día siguiente.
Esa misma tarde, las chicas partieron rumbo al Hogar de Pony. Allí dormirían las tres para enseñarle a Paty el sitio donde habían crecido. Al día siguiente sería la fiesta para despedir a Albert y aún debían llegar a preparar los postres. Sería una agradable tarde de chicas.
Antes de partir, Candy abrazó fuertemente a su novio. Una pequeña parte de sus ser se arrepentía por dejarlo solo en su última noche en Lakewood. Pero él le aseguró con su amplia sonrisa que estaba bien, que esperaría verla al día siguiente de regreso y pasarían un pequeño rato juntos antes de su partida. Que disfrutara con sus amigas, ya que también dejaría de ver a Annie cuando regresara a Chicago.
Esa noche, el chico que desde pequeño había sido separado de su propia familia, y que tan acostumbrado estaba a seguir el camino por su cuenta, se sintió por primera vez en muchos años: solo. Y era una sensación que lejos de resultarle familiar, no le gustó en absoluto.
Al mismo tiempo, en otra ciudad, un apuesto joven sopesaba sus sentimientos. ¿Realmente había dejado de amar a Candy? ¿Había entregado completamente su corazón a la mujer que había elegido? ¿Era el momento de seguir adelante? ¿La amaba lo suficiente? Se imaginó compartiendo una vida, se imaginó lejos de ella. Y así, perdido en sus pensamientos, se daba cuenta de que un triste sentimiento se albergaba en su corazón: la soledad. Entonces, lo decidió; no quería seguir sintiéndola…
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¡No me odien, porfavor! Les prometo que cuando este par de golosos se atrevan, habrá valido la espera.
Mucho amor para todos mis lectores. En este proceso han alegrado cada uno de mis días. Los comentarios que me dejan me han ocasionado múltiples emociones: desde sonrisas, hasta lágrimas. No me canso de agradecer sus comentarios
Ojalá se animen a leer un song- fic que escribí hace poco, Manual para héroes o canallas con Neal y Terry como protagonistas y me comenten qué les pareció. Es muy cortito y está completo.
Lady Lyuva: Bendiciones preciosa. Gracias por tus comentarios
Dulcecandy42: espero no decepcionar, pero prometo que vienen cosas buenas
Kapezoa: gracias, que lindo que te guste
Juan: ¡qué emoción! El primer chico que me deja un comentario, el próximo va el martes
Victoria40: síii, gracias terrytanas, por hacernos el favorcito jajaja
Zafiro Azúl Cielo 1313: Me encantó tu comentario, gracias; me levantas el ánimo tú a mi
Clau Ardley: Preciosa, muchas gracias por las porras. Me encanta que sigas aquí
Verito: ¡tenías razón! Albert es un caballero y le tiene que dar el lugar que se merece el amor de su vida (al menos para la época, así debía pensar)
miluxD: Gracias amiguita, me siento muy, muy honrada por la dedicación de tu bello fic. Mucho éxito, te lo mereces porque es muy bueno
Gatita Andrew: Tienes razón, pienso igual, que el amor se siente, y se demuestra, lejos de convencionalismos sociales, papeles y etcéteras, pero también por amor, complacemos a nuestra pareja y el güero conoce muy bien a Candy como para saber cuáles son sus deseos. Me encanta que dejes comentarios extensos, no tienes idea cuánto los disfruto ;)
Nelly: pues al parecer los molestó… la voz de su conciencia jajaja
Stear´s Girl: Ya te extrañaba por aquí mi rockera amiga. Prometo que habrá golosuras, pero todo a su tiempo. Si fuera yo, ya me hubiera echado al rubio pero ni modo, aún no se me hace jajaja
Paulau2: Tienes razón, yo no la tendría jajjaa
Serena Candy Andrew Graham: Aquí está, y el próximo lo subo el martes
Máxima: toda una tentación…
Blackcat 2010: Tendremos que echarnos al plato al Güero porque Candy nadamás no se pone las pilas jijii, habrá que sacrificarse
Jexusmed: gracias por atreverte
