EL ELIXIR DE LA ETERNA BELLEZA
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
Esta historia participa en el "II Fest de La Noble y Ancestral Casa de los Black"
3
Cuando Draco pensó que todo era perfecto
Harry ha detenido momentáneamente el interrogatorio para revisar sus pergaminos. Draco le espera con impaciencia, pensando en lo despacio que lee el muy zoquete. Para no humillarse propinándole una patada en la espinilla, comienza a examinar con detenimiento aquella estancia.
No es gran cosa. Una habitación cuadrada, de techos altos y paredes pintadas en color crema. Los escasos muebles son de madera y el suelo de baldosines marrones absolutamente horrendos. Entiende que no es preciso dedicar demasiado dinero a la estética de un edificio público como aquel, pero no es de recibo que todo sea tan feo. Ni que lo hubiera decorado un trol, por Merlín.
—Debo suponer que los empleados de Justin cumplieron con su cometido.
La frase de Potter le provoca un pequeño sobresalto. Está mirándole otra vez y ha debido de toquetearse el pelo porque lo tiene hecho una auténtica calamidad. En serio, pobre Potter. Salvar el mundo para que el destino te lo pague de esa manera.
Draco comprende que está a punto de ponerse a divagar de forma absurda y se concentra en la conversación. Para eso está en el Ministerio, no para ejercer de decorador de interiores ni de esteticista.
—Si algo tenían Justin y los suyos es que eran realmente diligentes en el trabajo. Ni una sola vez fueron impuntuales o incumplieron las condiciones de nuestro acuerdo.
Con lo difícil que es encontrar gente seria y responsable, al final van y terminan saliendo rana. Vaya fastidio.
—¿Conocías a alguno de ellos?
—Alguno me sonaba de vista pero todos eran brujos hijos de muggles y nunca tuve ocasión de tratarlos. De todas formas, jamás intercambiamos más de dos palabras seguidas, siempre en relación con el trabajo.
Harry vuelve a asentir.
—¿Fue entonces cuando contrataste a Dennis Creevey?
Draco contiene un escalofrío y asiente, consciente de que ese fue uno de sus peores errores de todos los tiempos.
—Solía reunirme con Justin de vez en cuando. Casi siempre hablábamos de negocios pero poco a poco nos fuimos haciendo más cercanos.
Llegó a considerarlo su amigo, pero ya no. ¿Cómo iba a serlo después de lo ocurrido?
—¿Te lo recomendó él?
Draco asiente.
—Le comenté a Justin que necesitaba a alguien que nos ayudara a Robson y a mí con el almacenamiento de los productos y me habló de Dennis. Por lo visto, a su hermano lo mataron durante la batalla de Hogwarts y él decidió abandonar el mundo mágico después de eso. Creo que sus padres lo presionaron o algo parecido.
Potter pone cara rara, seguramente porque conoció al Creevey muerto.
—Decidió volver pasado un tiempo, pero como nunca terminó sus estudios no podía encontrar un empleo decente. Por eso empezó a trabajar con Justin haciéndole recados.
—¿Qué tipo de recados?
Draco rechina los dientes y se clava las uñas en la mano.
—Ya lo sabes, Potter.
Le parece que ese cretino está a punto de sonreír. Menos mal que no lo hace porque lleva demasiado tiempo conteniendo las ganas de pegarle.
—¿Lo sabías tú entonces?
—¡Pues claro que no! —A lo mejor ha sonado un poco más vehemente de la cuenta—. Lo que menos me apetecía era meterme en líos. Como te dije antes, sólo pretendía darle un nuevo giro a mi vida.
—Obviamente lo conseguiste.
¿Se está burlando de él? Draco abre la boca para mandarlo al infierno, pero es la voz de Potter la que sigue escuchándose. Pues menos mal.
—¿Cuál era el cometido de Creevey dentro de tu empresa?
—Como te dije antes, nos ayudaba a Robson y a mí con el embalaje y almacenamiento de las pociones. Producíamos una gran cantidad diaria y no podíamos perder el tiempo etiquetando y ordenando los viales —Draco hace una breve pausa, recordando lo satisfecho que se sintió con Dennis durante los primeros días—. La verdad es que era un empleado muy aplicado. Siempre llegaba puntual y jamás cometió ni el más mínimo error. Estaba muy contento con su desempeño.
—¿Establecisteis una relación más personal?
Draco se encoge de hombros y varía un poco su postura. ¿Cuánto tiempo llevarán ahí metidos? Empieza a parecerle una eternidad.
—Dennis era un chico simpático, aunque me molestaba un poco que se pasara todo el tiempo hablando de cosas muggles. Solía hacer comentarios sobre esa cosa que hacen de darle patadas a una pelota.
—¿Fútbol?
—Sí, creo que se llamaba algo así —Draco hace un gesto desdeñoso—. Y también hablaba mucho sobre películas, aunque entonces solía entretenerme.
Potter le mira con sorpresa y entorna los ojos muy lentamente.
—¿Te gusta el cine?
—Alguna vez he visto alguna película —Draco se envara y se apresura en añadir el resto de la información—. En casa de mi tía Andrómeda hay una televisión y un chisme para verlas. No te pienses que me muevo por el mundo muggle.
—Dios me libre de creerme algo así —Y sí, Potter no podría ser más sarcástico ni queriendo—. Me decías que Creevey hablaba sobre fútbol y cine. ¿Algo más que deba saber?
—Pues no sé —Draco hace memoria—. Siempre iba al trabajo con una mochila llena de pasteles rellenos con crema y cigarrillos. Tenía media hora para almorzar, así que en ese tiempo se salía a la calle para comer y fumar.
—¿Y ya está?
Draco pone los ojos en blanco y suelta un gran bufido.
—Si Dennis se hubiera comportado como un maldito psicópata, me hubiera percatado.
Potter no parece muy contento con su respuesta pero no continúa provocándole. Provocándole a su manera, se entiende.
—¿Cuándo te diste cuenta de que algo no marchaba del todo bien?
Draco recuerda ese momento como si lo estuviera viviendo de nuevo.
—Cuando me empezaron a llegar las quejas desde Italia.
A Draco nunca le había gustado ocuparse del correo. Acostumbraba a ser divertido cartearse con sus amistades con el único objetivo de cotillear sobre los demás, pero la parte de los escritos oficiales y las cartas del banco no le agradaba en lo más mínimo. Por desgracia, desde que había fundado su magnífica empresa no había parado de recibir misivas de ese tipo. Facturas, avisos de pago e impuestos ministeriales. Tan sólo se sentía un poco mejor cuando algún cliente le escribía para felicitarle por fabricar una poción tan excelente y maravillosa.
Esa mañana estaba revisando el correo en el gran salón trasero, el que tenía la chimenea de mármol blanco. Era domingo y, pese al gran ajetreo laboral, no pensaba ir a trabajar. Incluso los genios de las pociones necesitaban descansar una vez a la semana. Por ese motivo no pensaba abrir ni uno solo de los documentos relacionados con el negocio. En cambio se alegró bastante al descubrir que Pansy le escribía desde algún lugar del Pacífico, donde disfrutaba de su luna de miel.
La leyó con una sonrisa en la boca y así lo encontró su madre cuando se reunió con él, cerca de la hora de comer.
—¿A qué viene esa cara, hijo?
—Carta de Pansy.
En los últimos tiempos, aquel tema de conversación prometía diversión y buenos ratos. La nueva señora Greengrass tenía una lengua viperina y muy poca vergüenza. Narcissa Malfoy sonrió y se sentó a su lado.
—He visto un pájaro multicolor esta mañana, así que supuse que había escrito. ¿Cómo se encuentra?
—Mejor que nunca —Y Draco se alegraba por ello—. Dice que su nuevo esposo cumple a la perfección con sus labores conyugales.
—¡Draco!
—Y tú qué decías que era un aburrido. Si Pansy te hubiera escuchado…
—Sé más discreto —Aunque le dio un golpecito en el brazo, ambos sabían que el reproche no iba en serio—. ¿Han visitado ya los antiguos templos mágicos de Tailandia?
—Madre. Pansy y su esposo están recién casados. Pasan más tiempo en la playa y en la cama que haciendo excursiones —Puso la carta delante de los ojos de la mujer—. Puedes leer por ti misma los detalles.
Narcissa apartó el pergamino con un elegante giro de muñeca.
—Los jóvenes de ahora sois muy desvergonzados.
—Ya, claro. Seguro que los jóvenes de tu época eráis mucho más remilgados —Draco torció el gesto, sintiéndose con fuerzas para hacer aquella broma—. Ya me imagino a la tía Bella agitando las pestañas detrás de un abanico negro.
Draco había sufrido mucho por culpa de esa mujer. Incluso llegó a aborrecerla, horrorizado ante su mente perturbada y su alma podrida. Le había llevado bastante tiempo poder hablar sobre ella sin sufrir pesadillas nocturnas. Las bromas llegaron mucho después y a veces aún resultaba duro hacerlas. Su madre lo comprendía y le siguió el juego.
—No sé qué estás insinuando. Tu tía Bellatrix era todo un ejemplo para las jóvenes sangrepuras de su generación. Siempre hacía alarde de una educación exquisita, era discreta y jamás perdía los nervios.
En realidad Narcissa no estaba mintiendo. No en vano su hermana consiguió llevar una doble vida durante años. Hasta que la muerte del Señor Tenebroso la llevó a alcanzar la locura definitiva, se había mostrado en la sociedad como una jovencita refinada y de gran aplomo. De puertas para adentro era muy distinta, aunque pocas personas tuvieron conocimiento de ello hasta que se descubrió como la desquiciada obsesiva que terminó siendo.
—¡Claro! —Draco puso los ojos en blanco—. Y supongo que padre no intentó meterte mano durante vuestro noviazgo.
—¡Draco!
Se produjo un brevísimo instante de tristeza. Ambos sabían que si Lucius estuviera allí, hubiera concluido esa conversación asegurando que, de hecho, era Narcissa la que acostumbraba a toquetearle en cuanto se daba media vuelta. Pero él no estaba allí. Seguía en Azkaban, cumpliendo con una condena que ni su hijo ni su esposa podían calificar como injusta. No del todo, al menos.
Por más errores que hubiera cometido, nadie podía poner en tela de juicio que Lucius Malfoy adoraba a su familia. Durante años fue un buen esposo y un buen padre, pero se equivocó en demasiadas ocasiones y estuvo a punto de perderlo todo. Finalmente sólo le habían dejado sin libertad, un precio no demasiado caro teniendo en cuenta la deuda que había contraído con la sociedad mágica. Había ocasionado demasiado dolor.
Narcissa fue la que puso fin a la tensión examinando el resto del correo. Sabiamente no abrió ninguna de las cartas que Draco había separado, al menos hasta el día siguiente. Mientras apartaba sobres publicitarios y postales de algunas amistades antiguas, habló sobre los planes para la comida.
—La tía Andrómeda no estará. Ha quedado con algunas de sus amistades.
—¿Esas que no te caen nada bien?
—Por más imbéciles que me parezcan, no es a mí a quien deben simpatizar —Narcissa no levantó la vista, como si no le estuviera dando mucha importancia a sus palabras—. Entre nosotros, creo que está intimando con alguien.
Esa vez sí que le miró, sólo para descubrir cierto pasmo en su rostro.
—¿Con quién?
—No sabría decirte, pero reconozco ciertos gestos y miradas —La mujer sonrió con cierta melancolía—. Recuerdo que cuando empezó su relación con Tonks, los ojos le brillaban exactamente igual que ahora.
—¿Vas a preguntarle si tus sospechas son ciertas?
—No me parece lo más adecuado
—¿Por qué?
Narcissa se encogió de hombros.
—No quiero que se sienta presionada. Prefiero que me lo cuente ella, cuando esté preparada.
—¿Y si no lo hace?
—Entonces significará que no es nada serio y todo lo que está ocurriendo no tendrá importancia alguna.
Draco asintió, consciente de lo difícil que siempre había sido la relación entre las hermanas Black. Estaba claro que ahora que habían logrado reconciliarse, ninguna deseaba volver a la fría indiferencia de antaño.
—¡Ay, Draco! ¡Mira esto!
Su madre alzó ligeramente la voz, cosa absolutamente inusual tratándose de ella. Draco supo que lo que le había sobresaltado era importante y observó el sobre que le mostraba. Apenas pudo creerse lo que veía.
—¿Una vociferadora?
Llegaron unas cuantas de ésas después de la guerra. Muchas personas no estuvieron nada contentas después de que fueran absueltos por los tribunales mágicos y recibieron numerosos insultos y amenazas que por suerte nunca pasaron a mayores. Aún llegaba alguna de vez en cuando, pero jamás desde el extranjero.
—Ojalá pudiéramos tirarla sin abrir. Deberíamos ensordecer nuestros oídos con el hechizo que te enseñó Blaise.
Era una buena idea, pero para otra ocasión.
—No —Draco cogió el mensaje con ambas manos—. Viene de Italia. Si está relacionada con mi trabajo, quiero saber lo que dice.
Narcissa suspiró y le hizo un gesto para que procediera a abrir el sobre. Draco esperaba escuchar la voz de una mujer italiana enfurecida y acertó. Fue una suerte que hablara en su idioma materno y no entendiera gran parte de lo que le decía, pero sí la parte más importante.
—Mamá —Dijo cuando la vociferadora quedó completamente destruida—. ¿Esa mujer ha dicho que mis pociones son basura?
Narcissa asintió, un poco pasmada aún por la vehemencia de la clienta de su hijo.
—Mi italiano está un poco oxidado, pero sí que me ha parecido escuchar algo parecido.
Draco se sintió muy descorazonado. Era la primera vez en su corta vida empresarial que recibía una crítica tan devastadora. Su parte más mimada y egoísta le dijo que no hiciera caso y culpara de todo a una bruja chiflada, pero la más sensata habló más fuerte y le hizo comprender que debía averiguar qué estaba pasando allí. No quería tener clientes insatisfechos. Quería que todo siguiera marchando como hasta ese día.
—Es muy raro —Musitó para sí mismo—. Ha dicho que la poción rejuvenecedora le produjo alucinaciones y taquicardia. Es la primera vez que pasa algo así y no se supone que la poción tenga efectos secundarios tan graves. Ha debido producirse algún error —Draco meditó a conciencia y sacó una conclusión.— Tal vez Robson se equivocó con algún ingrediente.
Draco acababa de comprender algo horrible, pero su madre se adelantó.
—Eso significa que podría haber una partida completa en malas condiciones —Narcissa se había puesto muy tensa—. ¿Cuántos viales podéis rellenar con el contenido de un caldero?
—Normalmente cincuenta y siete —Draco se mordió el labio inferior—. Eso es horrible. Tendré que averiguar cuándo envié el pedido de esa señora y localizar a las personas que recibieron sus pociones al mismo tiempo.
Narcissa asintió. Había cierta satisfacción en su mirada, posiblemente porque aprobaba el modo en que su hijo estaba afrontando semejante problema. Draco podría haberse quedado bloqueado, pero su cerebro se puso en marcha enseguida en busca de una solución. Claro que no había contemplado otras opciones.
—Me parece muy bien que hables con Robson y hagas todo eso, pero existe otra posibilidad —Draco la miró de forma inquisitiva—. Tal vez se equivocaron en el puerto, confundiendo tu envío con el de otro cliente.
Draco asintió. Sí, también era posible. De hecho, prefería eso antes de descubrir que Robson o el mismo habían metido la pata de una forma tan dramática. Claro que eso tampoco solucionaba nada.
—Puede ser, pero seguimos en la misma situación. Si se equivocaron en el puerto, varios de mis clientes han recibido unas pociones que no son las suyas.
—Y que además producen un efecto de lo más curioso, ¿no te parece?
Había suspicacia en el tono de voz de su madre. Draco la conocía lo suficientemente bien como para saber lo que estaba insinuando.
—Existen pociones curativas que pueden producir efectos secundarios.
—También existen las pociones alucinógenas.
La explicación más sencilla casi siempre correspondía a la realidad.
—Tengo que hablar con Justin.
—Eso está más que claro, Draco.
El brujo se quedó pensativo, meditando sobre su relación comercial con el antiguo Hufflepuff. Hasta el momento todo había salido a la perfección. Justin era un hombre muy profesional que se rodeaba de gente muy eficiente y que tenía muchas posibilidades de triunfar gracias a su sentido de la responsabilidad y su saber hacer. No tenía por qué estar enterado de la clase de mercancía que sus clientes ponían en circulación, pero sí que debía averiguar si alguno de sus empleados había metido la pata. Se trataba de un error muy grave y Draco deseaba llegar hasta el fondo del asunto.
Lo primero que pensaba hacer era repasar su inventario de ingredientes y hablar sobre el asunto con Robson. Si se habían equivocado ellos durante el proceso de elaboración de las pociones, no tardarían en darse cuenta. Si tal y como suponía el error estaba fuera de su local, presionaría lo que hiciera a Justin y los suyos. También tendría que escribir una carta de disculpa a su clienta insatisfecha y, tal vez, hacerle llegar un lote gratuito con sus mejores productos.
Y debía hacer todo ello ya, aunque fuese domingo.
—Me pondré en contacto con Robson ahora mismo. No nos costará averiguar si el trabajo es nuestro o es de otro —Draco se levantó—. En caso de que se hayan equivocado en el puerto, escribiré a Justin esta tarde y procuraré que nos veamos lo antes posible. Y también me ocuparé de calmar los nervios de la clienta.
Su madre asintió y le sonrió. Pese a lo espinoso de la situación, se la veía relativamente contenta. Orgullosa.
—Me alegra que estés afrontando el problema con tanta celeridad.
—Es lo que tengo que hacer si quiero que mi negocio siga adelante.
—Yo diría que te estás desempeñando bastante bien —Narcissa amplió su sonrisa, se puso en pie y se acercó a él para darle un beso en la mejilla—. Lo suficiente como para hacer que me planteé con la posibilidad de delegar en ti un par de funciones.
A Draco le gustó mucho oír aquello, pero apenas dejó que se le notara.
—No sé si es el momento más adecuado. No lo digo por el problema que ha surgido, si no porque mi empresa va demasiado bien como para dejarla de lado. Estoy ganando mucho dinero.
—Es fácil ganar dinero alimentando la soberbia de las personas, pero en algún momento tus ingresos se harán más estables y dejarán de crecer —Narcissa se encogió de hombros—. Pronto pasará la novedad y tendrás menos clientes o tal vez te surja un duro competidor en el mercado. En cualquier caso, has dejado claro que estás preparado para afrontar responsabilidades y yo deseo demostrar que confío en ti.
—Gracias, mamá —Dijo él, ligeramente conmovido.
—Te dejo para que puedas trabajar. ¿Crees que llegarás a tiempo para comer juntos?
—No lo sé. Robson y yo tendremos que revisar bastantes cosas.
—Invítalo, es un chico agradable.
Draco asintió. Su madre abandonó el salón y él permaneció quieto un rato, respirando profundamente y preparándose para lo que estaba por venir.
Desgraciadamente, ignoraba que los problemas que le aguardaban en el horizonte eran mucho peores de lo que se podría haber imaginado nunca.
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