EL ELIXIR DE LA ETERNA BELLEZA

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en el "II Fest de La Noble y Ancestral Casa de los Black"


4

Cuando Draco vio el mundo hundirse bajo sus pies

—Robson y yo no tardamos en descubrir que el error no fue cosa nuestra.

Cosa que no le sorprendió en lo más mínimo porque él casi nunca se equivoca.

—En nuestro almacén teníamos los ingredientes que supuestamente debíamos tener, así que estaba claro que se habían equivocado en el puerto. Lo más lógico era pensar que alguno de los mozos de carga confundió una caja con otra, pero todo era algo más complicado.

Potter asiente y estira disimuladamente los brazos y las piernas. No parece estar demasiado cómodo en esa silla de madera y su acompañante no puede culparle. Ya podrían comprar un par de sillones de cuero para hacer los interrogatorios un poco más llevaderos, al menos aquellos que se llevaran a cabo con gente decente y civilizada. A los delincuentes no les iba a pasar nada por dejarse el culo en esos asientos duros como piedras.

—Intenté ponerme en contacto con Justin aquel mismo día, pero había salido fuera del país. Por lo que me dijeron, hizo una escapada romántica con Ernie.

Potter hace un movimiento un poco brusco y parpadea sorprendido.

—¿Con MacMillan?

—El mismo.

—Pero si está comprometido con una chica.

—¿Y qué? —Draco se cruza de brazos. Encuentra muy graciosa la actitud de ese bobo—. Todo el mundo mágico sabe que va a casarse con ella porque es beneficioso para ambos. Los asuntos de cama son una cosa bien distinta.

Harry tiene cara de no creerse que esas cosas pasen en el mundo mágico. Pobre tonto.

—No me mires así, hombre —Se encoge de hombros—. Son relaciones que funcionan bastante bien siempre que se traten con honestidad. MacMillan no es el primer homosexual que se casa para tener herederos y que mantiene relaciones con uno o con varios amantes.

De hecho, podría haberse puesto como ejemplo a sí mismo pero no considera necesario hablarle a Potter sobre sus preferencias sexuales. Ni son asunto suyo ni tienen nada que ver con el tema.

—¿Y el amor?

¿Qué clase de pregunta?

—Aunque tu adorado Dumbledore pensara lo contrario, el amor está sobrevalorado. En este mundo es más importante ser práctico —Hace una breve pausa y una puntualización muy importante—. Y la honestidad, obviamente. No puedes prometerle amor eterno a una mujer mientras metes en tu cama otra persona, ya sea hombre o mujer.

Potter suspira. Nunca ha tenido pinta de ser un experto en asuntos amorosos, aunque por lo visto su matrimonio funciona bastante bien. Parece sentir una gran devoción por su pelirroja esposa y ella se muestra encantada con ser la compañera del salvador del mundo mágico.

Por un segundo parece dispuesto a iniciar un debate sobre la importancia de estar enamorado, pero no pierde su profesionalidad y retoma el interrogatorio justo donde lo dejó antes de entrar en el terreno de los cotilleos.

—¿Cuándo pudiste hablar con Justin?

—Al día siguiente, por la tarde. Me recibió en su despacho y escuchó mi problema con bastante atención. Me prometió que me ayudaría a resolverlo todo en el menor tiempo posible.

—¿Notaste algo extraño en su comportamiento?

—En absoluto. De hecho, me pareció que su preocupación y sus buenas intenciones eran completamente sinceras. Hasta me dije que no tardaría demasiado en averiguar la verdad.

—Fue entonces cuando todo se complicó, ¿no es así?

Draco asiente y recuerda cómo todo se fue a la mierda.

—Me pilló de improviso. Nunca me imaginé que Dennis estuviera haciendo aquello.

Potter se remueve un poco más, mirándole con más interés que nunca.

—¿Qué pasó?

Draco suspira y poner todos sus pensamientos y recuerdos en orden. Es la parte más delicada de su narración y no desea omitir ningún detalle.

—Regresé al laboratorio después de hablar con Justin. Había dejado a Robson preparando una de nuestras pociones más sencillas y populares y cuando volví ya lo había introducido todo en los viales y se había marchado a comer. Me sorprendió muchísimo descubrir allí a Dennis.

—¿Qué te dijo?

—Que puesto que había mucho trabajado que hacer, había decidido echar un par de horas extra para tener todo el pedido preparado —Draco carraspea, la imagen de un Dennis pillado con las manos en la masa muy vívida en su memoria—. Nunca antes había hecho nada parecido, al menos que yo supiera, y no me conformé con su explicación.

—¿Qué hiciste?

—Iba a decirle que no tenía que echar horas extra cuando vi algo extraño en las pociones que estaba empaquetando. Las que Robson habían preparado eran de un color azul cielo muy particular. Un treinta por ciento de las que Dennis había etiquetado eran totalmente transparentes.

—¿Se lo dijiste a Dennis?

—Ojalá no lo hubiera hecho —Draco está a punto de estremecerse—. Yo no tenía manera de saber que se pondría hecho un basilisco. De hecho, no tenía ni idea de lo que estaba pasando allí porque no me dio tiempo a pensar demasiado en ello. En cuanto le pregunté a Dennis qué estaba pasando con esos viales, me atacó.

Potter asiente, consciente de que no le está mintiendo. De hecho, antes de llegar al Ministerio tuvo que ir a San Mungo para que le hicieran un par de curas.

—Me pilló totalmente desprevenido. Dennis intentaba desmayarme, pero erró con el primer tiro y destrozó un montón de viales vacíos que había a mi espalda. Por eso tenía algunos trozos de cristal clavados en el hombro.

Esa parte aún escuece un poco. Posiblemente su madre empalidezca cuando tenga ocasión de ver los últimos vestigios de sus heridas.

—Yo intenté sacar la varita, pero Dennis estaba como enloquecido y siguió lanzando hechizos hasta que acertó con uno —Y joder si tuvo mala puntería—. Debí darme un buen golpe en la cabeza porque cuando me desperté me dolía un montón.

—¿Dónde estabas?

Draco suspira. Por un momento cree bastante posible entrar en pánico pero entonces se dice a sí mismo que en su vida ha estado en lugares peores y con gente todavía más impresentable y logra mantenerse tranquilo.

—En un almacén repleto de cajas de madera y con láminas de cristal en el techo —Draco jamás se olvidará de ese sitio—. Ya os he dado la dirección.

—Claro, es verdad.

Draco se yergue por completo y se deja llevar por la curiosidad.

—¿Lo habéis registrado ya? —Potter hace un ruido poco comprometido—. ¿Habéis encontrado alguna pista? ¿Estaban allí esos cabrones?

—No puedo responder a ninguna de esas preguntas, Draco. Esa parte de la investigación es completamente confidencial.

Pues bien que él estaba contestando a todo lo que él le preguntaba, maldito fuera. Se muere de ganas por decírselo pero mantiene la boca cerrada por su propio bienestar.

—¿Quién estaba contigo?

—Dennis Creevey, obviamente —Potter asiente—. Había dos tipos con él. Eran empleados del puerto. Los había visto antes, cuando me reunía con Justin.

—¿Dijeron o hicieron algo?

Draco frunce el ceño un instante y llena los pulmones de aire.

—Dennis estaba muy enfadado. En cuanto me desperté, empezó a gritarme. Dijo que no tendría que haber estado en la tienda a esas horas. ¿Puedes creerlo, Potter? ¡Era mi local! Tenía todo el derecho a estar allí.

—Por supuesto.

—Él no se lo esperaba, por supuesto. Me acusó de haberlo estropeado todo y dijo que Justin estaría muy enfadado.

Fue tan estúpido al mencionar aquel nombre, que a Draco no le extrañó lo que pasó después. Potter sigue tomando notas y escuchando con atención.

—Los otros dos se pusieron bastante nerviosos cuando habló sobre él. Yo entonces no sabía de qué iba el asunto, pero supo que Justin tenía algo que ver. De hecho, por cómo reaccionaron los otros supuse que era el jefe.

—No tardaste mucho en comprobar que tenían razón.

Draco hace un gesto con la cabeza y descubre que las manos han empezado a temblarle un poco. No quiere que Potter le vea tan afectado pero tiene todo el derecho del mundo a tener el miedo metido en el cuerpo. Tan sólo han pasado unas horas desde que estuvieron a punto de matarle. Es más, si está vivo es por pura buena suerte, así que no le preocupa lo que ese bobo piense de él mientras narra la parte final de su historia.


—¿Qué estás haciendo, Creevey?

Ese imbécil debía estar pensando que Draco no podía oírle, pero no se habían alejado lo suficiente como para que los susurros no llegaran con claridad hasta sus orejas. Estaba tirado en el suelo, con los brazos inmovilizados en su espalda y la cabeza levantada a duras penas. Aún no le habían puesto un dedo encima, pero estaba bastante seguro de que esos tres zopencos estaban a punto de perder los nervios y, entonces, a lo mejor se llevaba algún que otro hechizo.

Mientras prestaba atención a lo que sus secuestradores se decían, intentó poner en orden sus pensamientos. Alguien estaba sacando pociones alucinógenas del país utilizando los fletes con su propia mercancía. Ese alguien resultó ser Dennis Creevey, a quien había descubierto con las manos en la masa en su propio laboratorio. Al ser pillado in fraganti, Dennis le había secuestrado y ahí estaba, recibiendo gritos y llegando a la conclusión de que Justin, su casi amigo Justin, estaba metido en aquel jaleo. De otro modo, Creevey nunca hubiera mencionado su nombre y los otros dos no se habrían puesto tan nerviosos.

—Tenemos que llamarle —Decía uno de los secuestradores—. Esto se nos está yendo de las manos.

—¡No! —Dennis chilló—. Yo sé perfectamente lo que hago.

—Claro. Por eso lo has traído aquí.

—¿Qué querías que hiciera? Me descubrió.

—Podrías haberte inventado alguna excusa, gilipollas.

—Y nunca debiste meter al jefe en este lío.

—¡Pero si sois vosotros los que pretendéis llamarle!

—Porque tú has dicho su nombre delante del puto Malfoy.

Se quedaron callados. Draco intentó girar la cabeza para poder mirarlos pero era francamente imposible. Cuando Creevey habló se estremeció puesto que su tono de voz no auguraba nada bueno.

—Yo me ocuparé de él. Justin no tiene por qué enterarse de nada.

Los otros dos se quedaron callados un instante. Se escuchó un ruido, como si alguien hubiera empujado a otra persona, y otra vez las voces.

—Ya sabemos cómo te ocupas tú de los problemas. Justin dijo que nada de muertos.

—Y yo os digo que no se enterará si tenéis la boca cerrada. Puedo cargarme a ese maldito mortífago y deshacerme del cadáver sin dejar ni una pista.

—Justin se daría cuenta de que su mejor socio ha desaparecido.

—Malfoy es un mortífago. Apuesto a que hay mucha gente dispuesta a cortarle el cuello.

Era horrible. Draco empezó a agitarse en un vano intento por escapar de allí. ¿Cómo podían estar planeando su asesinato tan tranquilamente? Además, no era un puto mortífago. Creevey había perdido la cabeza por completo. A lo mejor tenía una posibilidad mientras siguieran discutiendo. A lo mejor podía ponerse de pie y correr hasta la salida.

—¡Ey! ¡Estáte quieto!

No. Dennis acababa de darse cuenta de sus intenciones y le había dado tal patada en el pecho que apenas podía respirar. Y pensar que durante semanas lo había encontrado amable y digno de confianza. Se sintió como un tonto por haber caído en sus redes con tanta facilidad. Tenía la molesta sensación de que todo el mundo lo había estado utilizando. Y encima querían matarlo. ¿Algo podía salir peor?

—No vas a cargarte a Malfoy —Uno de los secuestradores había agarrado a Creevey por el brazo y tiraba de él—. Avisaremos a Justin y él lo arreglará todo.

Creevey gritó que se estaban equivocando, pero nadie le hizo caso. Alguien utilizó uno de esos teléfonos muggles y, tras intercambiar unas palabras con Justin, comunicó que no tardaría en llegar.

¿Qué esperar de él? Draco nunca tuvo la sensación de que fuera un mal tipo, pero estaba claro que andaba metido en asuntos muy turbios y a esas alturas del cuento cabía la posibilidad de que careciera por completo de moralidad. ¿Y si decidía cargárselo después de todo?

Si no le hubieran dejado totalmente enmudecido, habría intentado sobornar a sus captores. Ninguno de los tres tenía pinta de nadar en dinero y él era más rico de lo que pudieran imaginar. Debía resultar sencillo comprar su libertad, por Merlín. Lamentablemente no podía hablar. Estaba inmovilizado y enmudecido y era lo suficientemente listo como para saber que no tenía demasiadas opciones para escapar. Quizá pudiera jugar su última carta con Justin. Tenía que ser el más razonable de todos. Era el líder de esos memos. El líder solía tener la cabeza sobre los hombros y entendía de negocios.

Intentó calmarse y elaborar una estrategia, aunque no tuvo demasiado tiempo para lograrlo porque Justin no tardó en llegar. Draco no podía verlo bien desde el sueño, pero sí que distinguió su voz con total claridad. No estaba nada contento.

—¿Qué habéis hecho, estúpidos?

—¡Ha sido Dennis!

Uno no podía esperarse ni un mínimo de lealtad entre criminales. Pese a no poder verlo, Draco se imaginó a Justin acercándose al otro con la furia en los ojos. Podía sentir su enfado desde allí.

—¿Has secuestrado a Draco Malfoy?

—¡Me descubrió!

—¿Y has revelado mi identidad frente a él?

Un breve silencio. Una voz aterrada.

—Me descuidé.

Justin suspiró.

—Ocasionas muchos problemas y aportas muy poco.

El ruido que vino a continuación hizo que Draco se quedara sordo. Sonó como una explosión y seguidamente se escuchó un golpe seco, como de un cuerpo cayendo al suelo. Después, todo se quedó en silencio. Justin fue el primer en volver a hablar.

—Haced el favor de acomodar un poco mejor a nuestro invitado. No seáis mal educados.

Dos pares de manos lo alzaron en el aire y en cuestión de segundos estaba sentado en una silla, aún inmóvil. El cuerpo de Dennis yacía unos metros más allá, rodeado de sangre, y Justin se estaba acomodando frente a él. Se le veía muy tranquilo, como si estuviera acostumbrado a vivir momentos como ese a diario.

—Realmente no me gusta verte así, Draco.

Sonaba sincero, pero el aludido no podía prestarle atención. Estaba demasiado ocupando mirando a Creevey y asimilando el hecho de que otra vez vivía inmerso en una pesadilla.

—Está muerto —Señaló a Dennis con la cabeza.

Justin lo miró con indiferencia y se encogió de hombros.

—Nunca fue demasiado listo y su único atributo positivo era la magia. Tenía que pasar tarde o temprano.

—Pero… —Draco luchó por no tartamudear. No podía creerse lo que estaba ocurriendo. Era casi tan espantoso como cuando los mortífagos utilizaron su casa como hotel de cinco estrellas—. Era tu amigo.

Justin dejó de mirar a Dennis y sonrió. Había algo terrible en esa sonrisa. Con movimientos bastante elegantes, puso una pierna sobre otra y se encendió un cigarro.

—No te importará que fume, ¿verdad? —Draco pudo decir nada. Justin le dio una larga calada y expulsó el humo por la nariz—. Dennis nunca fue mi amigo. En Hogwarts apenas me fijé en él y cuando nos reencontramos no era más que un vagabundo solitario que se moría de hambre.

Draco abrió la boca pero fue incapaz de decir nada.

—Me contó que sus padres se habían muerto en un accidente y que fue desahuciado de su casa. Yo hice por él más que nadie en este mundo y me lo pagó siendo un auténtico imbécil —Justin dio otra calada—. Se metía en problemas constantemente y yo se lo perdonaba todo porque era un brujo, pero lo de hoy ha sobrepasado todos los límites.

Draco se sintió responsable de esa muerte durante una brevísima fracción de segundo. Justin seguía hablando, desvelando ante él una cara que resultaba incluso fascinante.

—Le advertí que tuviera cuidado al introducir nuestras pociones en tu mercancía y se dejó pillar. Le dije que jamás hiciera nada en contra de un brujo y te secuestró. Y encima quería matarte y ocultármelo. ¿Te parece normal?

Draco no dijo nada. Al menos ya era capaz de dejar de mirar el cadáver de ese desgraciado.

—Pero tú no te preocupes, Draco —Justin volvió a sonreírle—. Nadie sufrirá por esta muerte. Nadie echará de menos a Dennis.

Draco intentó decir que no estaba nada preocupado por eso, pero no pudo hablar.

—¡Ay, Draco! Perdona. Ahora mismo podrás darme tus opiniones. Sabes que las valoro muchísimo.

Y dicho eso, retiró el hechizo que le mantenía enmudecido. Draco tenía la cabeza llena de cosas que decir pero fue incapaz de armar una oración coherente. Al final, de su boca escaparon las palabras más lógicas dadas las circunstancias.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

Justin entornó los ojos y meditó durante casi un minuto. Al final, se puso de pie y dio una vuelta alrededor de su silla.

—Esa es una pregunta interesante —Se acercó a Dennis y, por algún motivo, decidió que lo mejor era cubrir su cuerpo con una sábana. A lo mejor le incomodaba saber que se lo acababa de cargar—. ¿Sabes por qué nunca debemos herir a los brujos?

Draco no movió un músculo, suponiendo que tendría su explicación de todas formas.

—Porque tratar con la justicia mágica es un engorro. Si no matas a ningún brujo, si no utilizas la magia para matar a los muggles, ni el mismísimo Harry Potter podría llevarte ante el Wizengamont para ser juzgado.

—Pues tú acabas de matar a Dennis.

Teme haber sido demasiado osado, pero Justin sólo asiente. Sigue sin parecer nada preocupado.

—Dennis llevaba mucho tiempo fuera de la circulación. Ha muerto de un disparo en un lugar muggle. No ha habido magia de por medio. Si los aurores intentaran arrestarme, me bastará con decir que su muerte está fuera de su jurisdicción porque, de hecho, lo está.

—¡Era un brujo!

—No me resultará difícil encontrar un resquicio legal para que eso deje de tener importancia —Justin se sentó de nuevo frente a él y le miró fijamente a los ojos—. Los Malfoy sabéis mucho de resquicios legales, ¿no? Ahí está tu padre, asesino confeso de decenas de personas, condenado a únicamente veinte años de cárcel. ¿Te parece justo?

Draco apretó los dientes y no quiso quedarse callado.

—Mi padre no tiene nada que ver con esto.

Justin le observaba con tanta intensidad que consiguió ponerle nervioso.

—Eso es cierto pero, ¿qué me dices de ti? —Hizo un gesto en dirección a su brazo—. Llevas una marca tenebrosa en el brazo y no pusiste un pie en prisión.

Draco recordó una vez más al chico idiota que un día fue, lo orgulloso que se sintió el día que tomó la marca y lo asustado que estuvo el resto del tiempo, hasta que el Señor Tenebroso murió. No era comparable a lo que acababa de pasar. Ni mucho menos.

—No es lo mismo.

—Eso dices tú —Justin apuró su cigarro y tiró la colilla al suelo—. Pero no estamos aquí para hablar sobre el pasado, si no para determinar qué va a ocurrir a partir de ahora.

Draco apretó los dientes. Estaba bastante convencido de que Justin era insobornable, así que intentaba pensar en otra forma de escapar. Mientras se le ocurría alguna idea, lo mejor era mantenerlo entretenido.

—¿Por qué haces esto?

La pregunta desconcertó a Justin, quien le miró inquisitivamente.

—¿Disculpa?

—Está claro que no necesitas el dinero, ¿por qué te dedicas a traficar con pociones prohibidas?

Justin pareció considerar que merecía la pena responder a esa pregunta, así que apoyó los codos en las rodillas y se preparó para contarle su historia, al menos en parte.

—Es lo que hacemos en mi familia, Draco —Sonrió, posiblemente orgulloso de sus hazañas—. Mi padre amasó una fortuna vendiendo heroína a los yonkis de Liverpool durante los ochenta. Mi abuelo fue contrabandista y durante años proporcionó armas a esos irlandeses de Belfast. Es lo que hacemos.

Draco no esperaba escuchar algo así. No sabía mucho sobre heroína ni sobre armas (ni siquiera sabía qué era un yonki), pero estaba claro que no eran negocios nada legales.

—Pero MacMillan dijo que tu familia era respetable.

Justin empezó a reírse. Parecía divertirse tanto que hasta le puso una mano en el hombro.

—Pues claro que somos respetables, Malfoy. Si tienes un montón de dinero, puedes comprar la respetabilidad sin necesitar nada más —Le guiñó un ojo con complicidad—. En tu familia sabéis mucho de eso, no lo niegues.

A lo mejor tenía razón. A lo mejor su padre había comprado el buen nombre de los Malfoy, pero eso no venía al caso.

—Pero, ¿por qué has seguido haciéndolo tú? Eres un brujo, Justin. Podrías haberte dedicado a otra cosa.

Justin se encogió de hombros y se encendió otro cigarro.

—¿Quién sabe? A lo mejor tienes razón, pero esto es lo que soy y me gusta. Mi único error fue pretender ampliar el negocio familiar al mundo mágico. Mi padre me lo advirtió y no le hice caso y sólo espero que no haya consecuencias —Otra vez le miró fijamente—. Lo cual me lleva a pensar en lo que voy a hacer contigo.

Draco tragó saliva. Era una pena que su cerebro fuese incapaz de producir una idea genial que le sacara de ese lío.

—Dijiste que matar brujos es un engorro.

Justin mostró todos sus dientes. Sí que tenía una sonrisa atractiva, sí.

—Pero borrarles la memoria no.


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