NI LOS PERSONAJES, NI LA HISTORIA DE CANDY CANDY ME PERTENECEN, ÉSTE FIC, ES MI PEQUEÑO HOMENAJE A LA MISMA, TOTALMENTE CON FINES DE ESPARCIMIENTO
24. Adaptándose
Cuando los Leagan llegaron a Florida, la vida de sus integrantes cambió radicalmente. Sarah Leagan, mujer frívola y superficial, tuvo que abstenerse de asistir a las fiestas de alta sociedad. Podía salir a tomar el té, jugaba canasta ocasionalmente, recorría las boutiques criticando las nuevas tendencias y gastando en más ropa de la que necesitaba. Pero le dolía perderse el cotilleo que siempre se daba en los grandes bailes y ostentosas cenas a las que acostumbraba asistir desde adolescente. Después de algunos meses, y una total frustración, una idea no dejaba de rondar su cabeza. Debía hacerlo para recuperar su vida. La ocasión ideal sería la gran inauguración del hotel. Trataría de que fuese lo menos humillante posible, pero debía hacerlo. Era su única oportunidad, ya que el maldito patriarca iba a estar presente y quién sabe cuándo regresaría. Lo único que esperaba era que no fuese demasiado tarde para su inocente hija, la pobre, se estaba perdiendo la posibilidad de encontrarse un buen prospecto de matrimonio por pasársela encerrada. Y lo que era peor ¡Trabajando y cuidando huérfanos! ¡Pobre de su niña! Peor castigo, no podrían haberle puesto, definitivamente, no se lo merecía. Había que actuar de inmediato. El mayor detonante, por supuesto, había sido la terrible visión de la tarde. Jamás un muerto de hambre podría pertenecer a su familia. Estaba segura, de que el aburrimiento y el tedio habían propiciado aquél encuentro, pero pronto, las cosas tenían que volver a la normalidad y de eso, se encargaría ella misma.
Neal, por su parte, sufría. Y sufría bastante. Él siempre había sido centro de atención en cualquier lugar que pisara. Su asidua asistencia a los grandes eventos de Chicago, lo hacían popular entre las jovencitas, y el no estar involucrado en negocios, lo hacían invisible para los padres de éstas. Resultaba perfecto para relaciones efímeras. Aunque él hacía mucho había decidido que no se casaría jamás con una esposa modelo, hueca, vacía y tonta como todas las chicas que lo habían rondado. Ahora, en Miami, enclaustrado en una universidad donde solo había 2 mujeres en todo el alumnado y en un hotel con frecuentes juntas, reuniones, y proyectos; era un tipo solitario. Absolutamente solitario. Ni siquiera podía entrar a una fraternidad a causa de su nula asistencia a convivios y reuniones; sus mismos compañeros lo consideraban un snob. Pero Neal Leagan no se dejaría intimidar por nadie. Podrían pensar que era un presumido o simplemente un inadaptado, pero todos sabían que era brillante. Tampoco es que tuviera muchas opciones, uno de los requisitos del tío William, para costearle la escuela, era mantener un promedio alto. Y el no tener otra cosa que hacer, le permitía devorar los libros recomendados por sus catedráticos, aunado a las prácticas sobre finanzas y negocios que realizaba en el hotel, los exámenes y trabajos, le resultaban pan comido.
Para su sorpresa, ahora extrañaba a esas mujeres bobas que siempre le presentaba Eliza, ya no para besarlas o escapar a manosearse en algún rincón; sólo para poder charlar un rato, o para sentirse algo apreciado. "¡Ah, cómo extrañaba aquella sensación de sentirse anhelado por otra persona!" Recordó que de niño siempre se sentía como ahora. Eliza y su madre eran muy unidas, en cambio, su padre constantemente estaba de viaje. Su vida era un poco más alegre cuando la tía abuela llegaba a vacacionar a Lakewood ya que sus primos, siempre lo invitaban a jugar con él. Por momentos, se sentía parte de un club, el club Andry. Pero muchas veces lo desesperaron, había cosas que nunca había entendido de ellos, como la seriedad y lo responsable que era Anthony, o su afición a algo tan vil como la jardinería; Archie siempre lo hacía sentirse inseguro con su elegancia, pero al menos con él se identificaba pues tampoco le gustaba ensuciarse; como a Stear, que se le daba bien treparse a los árboles cual simio, aunque tenía que admitir que a veces, sus cacharros resultaban divertidos, como aquél camper con el que casi atropella a Candy, logrando que se sintiera nuevamente fuera de lugar. Como olvidar cuando conocieron a Candy y la sobreprotección que le brindaban, la prefirieron sobre él cuando supuestamente había robado las rosas de Anthony.
Candy, hacía tanto que no se permitía pensar en ella, de todas las mujeres que conocía, tenía que ser justo la maldita pecosa de cabello ensortijado, quien se preocupara genuinamente por él. La que lo había ayudado y la que se había peleado con unos tipos por defenderlo. ¡Vaya que era fuerte! ¡Cuántas veces él mismo probó el poder de sus diminutos puños! Era una chica ruda, diferente a todas y linda, muy linda… Y justo ahora, cuando pensó que podía olvidarla al fin, se aparecía en el hotel. A punto estaba de amargarse permanentemente, pero esa chica le tenía deparada una sorpresa: Presentarle a la mujer más indomable que había conocido: Karen. Le resultaba todo un reto el simple hecho de platicar con ella. Era inteligente, astuta y muy hermosa. Al parecer, también era ruda, pero de una manera inusualmente sensual.
Lo malo, es que vivía en Nueva York. Lo pésimo, era que él no podía ausentarse ni de la escuela, ni del trabajo. No podía siquiera hacer gala de sus influencias para invitarla a ningún sitio. No conocía a nadie en la infernal Florida. Y el patriarca en persona se encontraba ahí, no podía siquiera intentar escaparse un rato. Tal vez, y solo tal vez, si se lo pedía, él le permitiría asistir al gran baile por la inauguración del hotel y entonces, podría invitarla…
Para el señor Leagan, la transición no resultó difícil, al contrario, se sentía en unas hermosas vacaciones. Trabajando con un horario establecido, comiendo diario con su familia, y realizando el negocio de su vida. El señor Andry, había sido muy generoso con él invirtiendo, permitiéndole invertir su propio capital en el proyecto en vías de independizarse, y además, brindándole el respaldo del apellido para asegurar créditos, clientes e inversionistas para el futuro consorcio, asegurándole con esto, que próximamente, su riqueza se incrementara en demasía. Debía corresponder a todas sus atenciones, respetando la decisión de obligar a sus muchachos a trabajar, entendía que al final, aquello les traería aún más beneficios, pues ambos, quedarían al frente del negocio y no dependerían de los Andry para vivir. Eliza, no terminaba de aceptarlo, así que con ella, debía tener mano dura. No podía vigilarla todo el tiempo, así que para asegurarse de realizar su cometido, solicitó la ayuda del gerente. Un hombre honesto y trabajador, que había obtenido el puesto en base a diversas pruebas, pues uno de los requisitos para el empleo, además de la experiencia, era demostrar la capacidad para sacar adelante el proyecto. El señor Leagan, encomendó la exhaustiva tarea de capacitar a su hija, so pena de perder el trabajo, pues en un futuro, ella debería ser jefa de personal y capacitar a los nuevos empleados conforme se requiriera, sin importar el puesto. El pobre James, se hallaba entre la espada y la pared, lo único afortunado de la situación es que tendría permitido tratarla como a cualquier miembro del personal, no como a la hija del dueño.
Eliza por su parte, se había negado de manera férrea a estudiar. Así que empezó su trabajo en el hotel pagando con creces, las hostilidades cometidas cuando adolescente, a los miembros del personal en su casa.
James tuvo que enseñarle él mismo a lavar los baños, a colocar adecuadamente las toallas, el papel higiénico, a tender las camas, a mullir almohadas, a barrer alfombras, a preparar canastas de regalitos con miniaturas de jabones, cremas, shampoo y sales de baño para los huéspedes; a acomodar los utensilios necesarios en los carritos de limpieza y a descargar la ropa de cama usada en la lavandería; y eso solo en las habitaciones. Pues aunque delegó la responsabilidad de adiestrarla en los menesteres del restaurante, ninguno de los cocineros, soportó sus desplantes, mucho menos las afanadoras, quien constantemente, terminaban llorando por su causa.
El muchacho, pensaba que poseía el peor empleo del mundo, pues Eliza, le hacía ver su suerte. Pero no podía darse el lujo de despreciar la oportunidad de trabajar para una familia tan acaudalada como los Andry. Así que día a día, se armaba con infinita paciencia para mostrarle a la pelirroja, la forma adecuada de hacer las cosas y que después, ella pudiera no solo exigirle al personal a cumplir bien su trabajo, sino enseñarles a realizarlo; pues para entonces, debería saber perfecto, como hacer las cosas. A pesar de todo, él no claudicaría, sabía muy bien cómo tratar divas, pues había crecido junto a una. Su pequeña prima, a quien consideraba más bien su hermana, quien desde adolescente fue víctima de la orfandad, y se había mudado con él y su padre. Tal vez aquél hecho, era lo que la había convertido de una dulce niña a una insufrible mujer: caprichosa y algo egocéntrica, pero muy inteligente, tanto, como para saber interpretar diversos papeles no solo en el teatro también en la vida real; escondiendo a toda costa, su fragilidad y mostrándose siempre, como una mujer fuerte y decidida, algo que por cierto, admiraba profundamente. La había invitado a la inauguración, pues a pesar de todo, ambos se apoyaban mutuamente como verdaderos hermanos. Él mismo, había viajado a Nueva York para el estreno de su primer protagónico en teatro, pues ahora vivía sola y desempeñaba su profesión con la misma pasión con la que vivía su día a día.
Eliza, por su parte, disfrutaba haciendo rabiar al joven gerente, pues estaba segura, debía tener bien claro que solo se trataba de un empleado. Lo que no sabía, es que aquél empleado, haría todo por conservar su trabajo, incluyendo obedecer los acatos del jefe. No se amedrentaba con gritos y no se conmovía con lágrimas. Debía ser frío y calculador.
Así pues, con el paso de los días, a la pelirroja, el tiro le fue saliendo por la culata, pues entre más se tardaba en realizar alguna tarea, más tarde podía irse a comer o a descansar. Tras innumerables berrinches, tuvo que aprender a lavar baños, los que a pesar de no haber huéspedes, eran usados por el personal, y de eso, se encargaba el mismo James, contando por supuesto, con el respaldo de la mano férrea del sr. Leagan, quien se tomaba muy en serio el hacer de su hija, una mujer trabajadora y dueña de su destino, como bien le había aconsejado el joven sr. Andry.
Eliza, había terminado pasándola muy mal, entre la humillación constante de tener que obedecer a un simple empleado, lo deleznable de tener que trabajar y aprender a realizar actos tan bajos como limpiar y el ser castigada con horarios extenuantes por no cumplir a cabalidad las tareas impuestas… Pero lo peor, era después, cuando debía asistir, en ocasiones hasta sin comer a causa del tiempo robado por el estúpido engreído de Klaisse, al orfanato. La pelirroja, había solicitado ayudar solo en tareas de oficina, pero una de esas tardes, su vida cambió.
Se encontraba inmersa entre documentos, intentando entender algo sobre los procesos de adopción, que poco a poco se iban volviendo más exigentes y con un marco de legalidad del que hasta el momento, carecían. Y vaya que ella sabía cuánto lo hacían, pues su misma familia había recogido una niña de un lugar similar para llevarla a trabajar con ellos, primero como una innecesaria dama de compañía y posteriormente, como sirvienta. Aunque no podía decir que se arrepentía en absoluto del trato dado a la huérfana, seguro que lo merecía. Había demostrado con creces lo arribista que era, ligándose al mismísimo patriarca. Siempre había sido así, primero Anthony, el mayor heredero de los Andry que conocían, luego, el hijo del duque, si la mosquita muerta bien sabía lo que hacía; pensaba, justificando su pasado proceder.
El sitio se encontraba cada día más lleno de niños, pues era de las pocas casas de cuna en el país, que contaba con el suficiente espacio para albergar a los huérfanos de la guerra. Cada día hombres y mujeres partían hacia el frente dejando atrás una familia, hijos, padres y hermanos… Pero no regresaban jamás. Eliza, se encontraba harta y asqueada de sobrellevar su situación. Trabajando todo el día en tareas que consideraba despreciables. De malas y sin comer, escuchaba sin parar un llanto que nada parecía poder controlar. Decidida de una vez a taparle personalmente la boca al mocoso chillón, y a soltarle una buena ronda de improperios a las incompetentes cuidadoras, salió de la oficina en la siempre se recluía. No conocía el lugar, ni a los infantes, pues había decidido tener el menor contacto posible con esos seres de inferior nivel, pero se guió por el insoportable sonido que había conseguido alterar sus nervios.
-¡Qué sucede aquí! ¿Por qué no pueden callar a ese niño de una buena vez? –gritó al encontrar el motivo de su enojo
-Señorita Leagan, disculpe pero es que no podemos calmarlo, ya lo alimentamos, lo cambiamos, lo arropamos y nada. No sabemos qué más hacer y francamente también estamos desesperadas
La pelirroja se acercó a la cuna, y se encontró con un pequeño de aproximadamente un año, aunque no podría decirlo con certeza, con la cabeza cubierta por un gorro rosa, los ojos llorosos y el rostro rojo cual fresa silvestre. Se atrevió a tocarlo y comprobó la sospecha inicial al verlo.
-¡Está ardiendo en fiebre! ¿Qué nadie se da cuenta?
-Señorita, nosotras no somos enfermeras, ninguna tiene hijos, la directora no se encuentra ¿Cómo vamos a saber?
-¡Argh! ¡Bola de ineptas! ¿Cómo pueden pagarles por cuidar niños si no saben ni lo básico?- regañó fúrica
Recordó cuando Candy había atendido a la tía abuela de una fiebre y el médico la había felicitado en su lugar, era obvio que esa niña requería el mismo tratamiento, así que procedió a quitarle el exceso de ropa, dejando al descubierto una pequeña mata de cabello dorado. Exigió lo necesario a las chicas que se hallaban a su alrededor y procedió a poner compresas de agua al bebé, provocando primero que gritos emergieran de su pequeña garganta y poco a poco calmándolo
-¡Sigan haciendo sus labores, yo estaré con esta niña! Me molesta de sobremanera que solo se me queden viendo sin ayudar en nada –Corrió a las tres chicas
-Sí, señorita, pero es niño –aclaró una jovencita antes de salir
-¿Niño? Usaba gorro rosa
-Los niños usan la ropa que les donan, sin importar el color señorita
La pelirroja no pudo evitar sentir algo de lástima por el pequeño. Se dignó a mirarlo mientras él la observaba atento con unos enormes ojos azules aún vidriosos. Entonces, tuvo un deja vú. Se sintió transportada al pasado. Su mente viajó rumbo a Lakewood, específicamente al portal de las rosas, donde un pequeño rubio de ojos azules lloraba otra vez, la muerte de su madre. Sintió un nudo en la garganta a causa de la impotencia de no poder consolarlo, ni hacer nada para aliviar su dolor. Habían pasado varios meses desde el deceso, pero ella sabía muy bien la causa de su tristeza. El chiquillo al sentirse observado, limpió sus lágrimas y le sonrió con ternura
-¡Eliza!
-¡Anthony! No estés triste, ven a jugar conmigo…
-No lo estaré. Y menos ahora que han venido a visitarme. Porque Neal también vino ¿Verdad? –dijo entusiasmado ofreciéndole una rosa que acababa de cortar
¡Cuántos juegos había compartido con ese pequeño querubín! Siempre portándose como un caballerito serio y educado. Hasta que llegaron los Cornwell. Debía reconocer que era divertido jugar con ellos, pues entre más grande era el grupo, mayores posibilidades había de diversificar los juegos, de encontrar cómplices en las escondidas o de tener súbditos en los bailes cuando la vestían como una linda princesa. Pero entonces se había sentido desplazada, pues Anthony, cada día se compenetraba más con ellos y disfrutaba jugar cosas de niños. Pocas veces tomaba el té con ella y nunca más le había obsequiado una rosa. Pero seguía siendo tierno y educado. Jamás la había rechazado y siempre le brindaba una encantadora sonrisa. ¡Cuántas veces la había defendido de las pequeñas bromas de Neal! Porque a los Cornwell, los acusaba con la tía abuela, pero a su hermanito no era capaz de provocarle un castigo. Anthony, siempre tan bueno y dulce, aún con esa sirvienta… Hacía tanto tiempo ya… Seguro a estas alturas estarían casados, y tendrían un bebé con los mismos ojos azules de él. Justo como esos ojos que la miraban atentos.
Con el paso de los días, Eliza supo que el pequeño había sido abandonado a las puertas del orfanato. Sin nombre, sin ninguna pista acerca de su origen. Ella por supuesto, propuso el nombre de aquél a quien tanto le recordaba: Anthony, y la directora aceptó, extrañada por el repentino interés de la chica.
Poco a poco, la pelirroja fue participando más en las actividades con los infantes, quien constantemente le brindaban palabras de agradecimiento, halagaban su belleza y elegancia e incluso le expresaban la admiración que despertaba en ellos una señorita tan refinada, logrando, por supuesto, elevar su ego y haciendo que secretamente, disfrutara su estancia en aquél lugar.
Pero la verdadera razón de su alegría, era el pequeño Anthony, quien notoriamente, la quería. Al verla, extendía los bracitos para que lo cargara, entre sus contadísimas palabras estaba "Liz" debía hallarse dormido a su salida o lloraba inconsolable.
Para James, el cambio fue notable. Seguía siendo la misma grosera caprichosa, pero obviamente trataba de terminar con sus obligaciones para no quedarse más de lo necesario. Cuando llegó el momento, ella misma capacitó al personal recién contratado. Su padre estaba orgulloso. Ella y James tenían una relación cariño - odio de franca competencia pero acompañada de cierta complicidad.
Entonces, ella lo decidió. Ya no era la hija de familia en busca de un marido que le solucionara el futuro. Ahora, era una mujer que trabajaba en la empresa familiar. Amaba ese hotel. Haría todo por conseguir el éxito de aquél sitio. No necesitaría que nadie la mantuviera. Ella era capaz de mantener a alguien…
Y así se lo expresó a su tío. Pero no contaba con que él estaba dispuesto a escuchar pacientemente toda la historia de su relación con el pequeño.
-Eliza, estoy gratamente complacido con el trabajo que has realizado aquí. Y con tu voluntariado. Pero creo que debes pensar las cosas con más calma –aconsejó de forma paternal el joven patriarca
-Pero tío, ya le expliqué. No puedo ser más clara. Quiero a ese niño, y lo quiero para mí. Pensé que usted mejor que nadie lo entendería
-Y lo hago. Pero debes estar consciente de que es una decisión que cambiaría por completo el curso de tu vida. Tú no me estás diciendo que quieres lo mejor para él. Me estás diciendo que lo quieres para ti. Ya no serías una señorita, serías una madre soltera, con las implicaciones que eso conlleva. No serías una soltera cotizada. Si un día decides casarte, y tu prometido no desea un niño ¿Por quién te vas a decidir? ¿Abandonarías a tu hijo? Recuerda lo que sucedió con Candy, ¡La convertiste en sirvienta! Teniendo una enorme mansión, ¡La enviaron al establo!
-Pero yo no adopté a Candy. Yo no pedí que la llevaran a mi casa. Yo no necesitaba que otra niña me robara la atención de… Quiero decir, yo era solo una niña. –balbuceó – Y al pequeño no lo adoptaría como mi hijo, sería algo así como mi protegido.
-Entiendo lo que tratas de decir, pero no creo que sea suficiente excusa para todas las humillaciones a las que sometiste a Candy, y respecto al niño ¿No crees que se merece una madre?
- Necesito su ayuda o alguien me lo va a ganar
-No puedo apoyar esta decisión, lo siento. Creo que tú misma no estás consciente de lo que solicitas. Si realmente amaras a ese niño al punto de desearle lo mejor, si me dijeras que estás dispuesta a renunciar a cualquier cosa por él. Si tuvieras el valor de olvidarte de aspiraciones sociales para dedicar tu vida a hacerlo feliz. Si entendieras lo importante que es para un niño crecer en el seno de una familia, entonces te apoyaría. Debes comprender, que el amor debe ser desinteresado. Tú lo quieres para ti, pero ¿Y si le estás negando la posibilidad de tener una familia amorosa? Por favor, piensa muy bien en todo lo que te he dicho y cuando estés segura del amor que sientes por él, y de lo que estás dispuesta a sacrificar, entonces hablaremos y ten por seguro, que encontraré la mejor manera de apoyarte.
La pelirroja salió furibunda de la oficina, pero pronto esa ira, desencadenó una crisis de llanto en el mismo pasillo ¿Cómo podía no verlo? Ella había cambiado, ella lo quería. Sollozaba incontrolable cuando se sintió rodeada por unos masculinos brazos, reconoció al instante aquella colonia barata: James
-¿Qué sucede? ¿Puedo ayudarte en algo?
-¡No! Suéltame imbécil, no tomes atribuciones que no te corresponden
-Lo… lo siento, no quería ofenderte, solo quiero que sepas que a pesar de todo lo que ha sucedido entre nosotros, puedes contar conmigo –dijo tomándole las manos
-Ja, ja, ja. ¿A pesar de las peleas diarias? O a pesar de tus malditas órdenes y humillaciones
-Respecto al trabajo, yo solo cumplo órdenes de tu padre y lo sabes. Y por las peleas… No me digas que no las has disfrutado –añadió con la voz enronquecida
-¿Qué? ¿De qué diablos hablas? ¡Estás bien orate!- contestó indignada
Pero para acrecentar su perplejidad, al joven no bastó con divertirse a su costa, sino que además, la besó con delicadeza en una mano.
Para su infortunio, una mujer, veía a lo lejos la escena, y con la sangre a punto de ebullición, se adentró sin tocar a la oficina de donde Eliza acababa de salir
-Sí, adelante. ¿A qué debo el honor? –preguntó sarcásticamente William
-Lamento la interrupción, pero me es urgente tratar algo con usted
-Claro –dijo señalando con la palma de la mano la silla frente al escritorio
-Primero que nada, es de su conocimiento que entre los eventos, se encuentra un baile por la inauguración, y he venido a pedirle que los muchachos, mis hijos, que tan duro han trabajado por el lugar, puedan exceptuar el veto impuesto y asistan –al notar su imperturbable rostro, añadió –Voy a hacerlo
-¿Perdón? –preguntó extrañado
-He dicho que voy a hacerlo. Su petición. Quiero recuperar mi vida. Lo haré durante el baile
-¿Estás consciente de lo que afirmas? Sería en el evento de mayor importancia para tu esposo, para la empresa…
-Lo he pensado, estoy segura. Lo repito, quiero mi vida de vuelta, y la de mis hijos también
-Así será entonces. Conoces el precio
Sarah Leagan salió poco después de aquella oficina. William seguía procesando los eventos del día cuando fue interrumpido por el sonido de la puerta, siendo Neal esta vez quien llegaba. Le solicitó amablemente poder asistir al baile, él aceptó sin comentarle los planes de su madre, ella misma debía comunicárselos.
¿Quién demonios pensaban los Leagan que era? ¿Un ogro? ¡Era su empresa, su momento de brillar! ¡No requerían pedirle permiso! Al menos, no en esa ocasión. Hastiado, se disponía a reanudar el trabajo, para tener un rato libre en la tarde y pasarlo con su novia, pero a tales horas, se hallaba famélico. Sentía el cuello pesado y sintió ganas de salir de allí. Cerró un momento los ojos intentando relajarse, para continuar su labor y concentrarse. Una junta, tres reuniones y charlas inesperadas con su familia, no iban a arruinarle los planes. Estaba dispuesto a terminar. Se lo había prometido a George, por eso, le había dado el día libre, el leal hombre había trabajado incansable en todos sus designios y debía descansar. Pero unos golpes en la puerta volvieron a sonar.
Resignado, se dirigió a la puerta dispuesto a inventar cualquier pretexto para poder reanudar sus obligaciones. Pero en cuanto abrió, se mordió la lengua y no quiso cumplir.
-¡Candy!
-¿Muy ocupado?
-Un poco –mintió, no había avanzado ni un ápice y las horas seguían corriendo
-Pues, señor Andry, ha trabajado toda la mañana. Pacientemente aguardé a la hora de la comida y nunca bajó. Así que he tomado una determinación
El chico sonrió, se veía tan linda intentando hacerse la digna. La conocía tan bien, que sabía de antemano que ese enojo, era todo ficción.
-¡No te rías de mí, que no te conviene!
-¿Ah no? Pero no te preocupes, si no me rio de ti, es solo que me da tanto gusto verte que no puedo evitarlo, mis labios se curvan solos. Debe ser algún mal
-¡Oh sí! ¡Tienes razón! Luces muy enfermo. Lo siento, pero como tu enfermera, debo prohibirte seguir trabajando por ahora. He venido a secuestrarte
-Ja, ja, ja. Me gustaría ayudarte, pero de verdad debería ponerme a revisar estos papeles y…
-¿Comiste?
-Desayuné muy bien
-¡Desayunaste hace diez horas!
Sorprendido, miró su reloj, comprobando lo dicho por su querida rubia, pasaban de las seis de la tarde.
-¿Tienes llave de este lugar?
-Sí, por estos días, fungirá como mi oficina privada, ya sabes, las ventajas de ser… Pues yo –afirmó apenado ladeando la cabeza
-¡No se diga más! Cerramos con llave y te vienes conmigo
-Cof, cof ¿Otra vez? –preguntó pícaramente haciéndola sonrojar
-¡Albert!
-¿Qué? Si tú misma lo propusiste
-Pues si ese es tu precio –dijo coqueta -¡Qué remedio! Pero vienes conmigo ya
Y sin más, se dio la vuelta saliendo de la habitación, dejando al rubio notablemente turbado. Volteó y alzó la ceja con una clara invitación a seguirla y el chico, no tuvo siquiera que pensarlo, tomó las llaves y salió casi corriendo detrás de ella
Pero las cosas no iban a ser tan fáciles. La enfermera se encontraba en realidad preocupada por su bienestar, así que primero, le pidió acompañarla a cenar. El rubio se dirigió al restaurante y le dijo al host
-Buenas tardes, soy William Andry
-Señor, buenas noches. Permítame un momento por favor
La chica se extrañó de qué Albert empleara su nombre para pedir una mesa, pero más se sorprendió cuando el elegante empleado, regresaba con una enorme canasta y se la entregaba
-Que lo disfrute, señor
-Gracias –contestó con una afable sonrisa
-¿Qué es eso Bert?
-No eres la única con sorpresas, vamos
Y brindándole la mano, la llevó a caminar en la playa
-¿Te había dicho lo hermosa que luces con el cabello así recogido?
-Gracias, puedes repetirlo cuantas veces lo desees –dijo fingiendo modestia y haciendo que el rubio estallara en carcajadas – la verdad es que hace un calor infernal y pues, ya me acostumbré a peinarlo así para el hospital
-¿Y eso?
-Nuevos protocolos –contestó alzando los hombros con indiferencia
Detalles así eran los que lo enamoraban cada día más. Su Candy era femenina, pero no vanidosa ni frívola. Caminaron por un buen rato, hasta que llegaron al lugar que el rubio tenía en mente
-Aquí es, vamos a sentarnos –extendiendo en la arena la manta que venía sobre la canasta
-¡Este lugar es bellísimo!
-Aquí desemboca el río Miami a mar abierto. El sonido es muy relajante, me pareció que podríamos disfrutar viendo el atardecer mientras cenamos
-¡Excelente idea!
-¿Te gusta? Algún día viviremos junto a un río, como antes en el departamento
-Bert, yo viviría en un jacal si es a tu lado – afirmó sonriente
Comieron disfrutando del paisaje, bromeando y compartiendo una amena charla como no lo hacían desde el viaje a Sudamérica.
-Empieza a refrescar, será mejor que volvamos
-Está bien, pero aún es temprano, ¿Vas a seguir trabajando?
-Mmm ¿Tenías algo en mente?
-No, pero me parece que tú sí
-¿En serio? –preguntó el desconcertado rubio intentando recordar
-Creo que insinuaste algo antes de salir de la oficina…
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Primero que nada, quiero agradecer a todos mis lectores, no me canso de leer sus comentarios, de emocionarme con cada palabra, con cada pequeña muestra de afecto. Gracias con todo mi corazón por seguir aquí.
Una disculpa por no actualizar como lo había acordado, pero estas dos semanas tuve unos problemillas con la lap, sin embargo, para compensar un poquito, este capítulo es un algo más largo de lo habitual.
Espero lo disfruten, y queden claras algunas cuestiones, supongo ya habrán deducido los planes de la señor Leagan. Así que estén pendientes del baile, porque es algo que debía suceder. Por otra parte, yo sé que Eliza es uno de los personajes más detestados y lo que varias esperaban, era un merecido castigo; a mi parecer, yo hubiese querido que entendiera la importancia de un acto de amor como lo debe ser una adopción. Lógicamente ella no cambia su actitud mágicamente, pues los principios buenos o malos con que nos educan, pesan y mucho, eso es algo que Albert sabe bien, por ello su respuesta. Espero sus comentarios, críticas, aportes, todo es bienvenido. Abrazos.
Karen: gracias a tí por empezar a comentar. Todos sus aporte son muy valiosos para mi.
Elisa: No te preocupes, ni me enojo, ni creo que seas una pervertida. Simplemente que por respeto a quien ha seguido el fic desde el inicio, no me gustaría cambiar la clasificación. Estoy en T y trato de mantenerme en el límite adecuado. Gracias por tu consejo, voy a intentar estirarlo un poquitín más. Saluditos
Serianta: por supuesto que ccontinuamos, esto se acaba hasta que diga Fin
Amy Ri-So : ja, ja, ja. Seguro así se quedó Albert, ya intenté explicar mi porqué, pero no te preocupes por el pobre niño, que el rubio no se toma las cosas a la ligera
Wendy : Gracias, muy lindas tus palabras. Ojalá continúes hasta el final conmigo
Flor Fritzenwald : Gracias amiga, y los rubios siguen con lo dulce del noviazgo. Creo que todos hemos pasado esas emociones
Clau Ardley: Ah que chismositos son los de tu trabajo eh? Lo bueno es que no saben que cierto güero provoca ganas de jugar. La verdad, a mi también se me antoja jejeje
Ran1982: ¡Qué emoción! Me halagas de sobremanera, no puedo aguantar las ganas de ver tu trabajo. Gracias
Magnolia A : Pues la gente egoísta es muy difícil hacerla cambiar, así que aunque para ella tal vez sea una buena intención, la esencia de las personas, sigue ahí
Sara: Ups! Lo siento, pero he dado mi versión de los hechos. Te hice caso en la extensión, espero te guste
CandyFan72 : No precisamente, ella lo quiere pero no está dispuesta a ofrecer más, lo importante para mí, es que comprenda, y a la larga, entienda lo que le hizo a Candy e incluso a Annie
Stear's Girl : Gracias, viniendo de la maestraza en golosuras, tus palabras son más que un halago. Morí de risa con lo de la raza maligna, pero mi Eliza no es taaaan inteligente, en el fondo, sigue siendo una voluntariosa. Ya en el próximo vuelve el susodicho, no lo extrañes
Yuukychan: Van a llegar, pero todo a su tiempo. Lo voy a escribir, no me voy a quedar con las ganas jojo
Blackcat2010: Annie y Archie, continuaban en la party, no ves que llegaron bien sanotes con su agüita de limón? Pero ya llegará su tiempo de portarse mal, que es lo más sabroso de estar chavito, huy me proyecté. Y conoces bien al güero…
Gatita Andrew: Pues estoy de acuerdo contigo, y Candy está mas que enamorada, así que empieza a demostrarlo y con muchas ganas. Amiga, me encantó lo de desgraciada vieja loca, no paro de reír nada más recordarlo. Aún falta por terminar el dilema de Eliza, pero solo estarán pocos días en florida, así que habrá que meter pedal
Verito: A mi es a la que altera las hormonas ese güero fogosón, por eso se me antoja escribir sus travesuras jajaja
MiluxD : ¿helado? Luego luego de golosota jajaja. Gracias Milu, a ver si no se te antoja más cuando lo leas corregido y aumentado, lo subo a finales porque se va para un festival
Nelly : Hay me siento culpable por volver a abandonar a mis rubios, pero, en el siguiente capítulo me desquito
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