2. Primeros meses en el castillo

Las semanas fueron pasando rápidamente y los alumnos de primero consiguieron adaptarse poco a poco. Las cinco nuevas alumnas de Ravenclaw se hicieron muy amigas e iban a todos partes juntas acompañadas, normalmente, de James Potter. El chico decía que quería cuidar de su prima pequeña, pero muchos se dieron cuenta de que, realmente, lo único que quería era ver a Lizzy. Era sorprendente el cariño que se habían cogido el uno al otro en tan poco tiempo. El primer día de clases, el chico fue a esperarla a la puerta de su sala común "para que no se perdiera" y no la dejó sola hasta que la dejó en su clase, incluso desayunó en la mesa de Ravenclaw, lo que provocó las carcajadas de Louis y Victoire. Desde ese momento, no se separaron el uno del otro. No era raro verlos pasear juntos o hacer sus deberes en los jardines, alejados de todos los demás. James no era el mejor alumno de su curso, pero siempre que veía que la Ravenclaw tenía algún problema, lo cual no sucedía muy a menudo, intentaba ayudarla como fuera.

- Odio Historia de la Magia. – Se quejó la chica levantando la cabeza de su redacción.

- Tú y todos. – James bajó su varita y le dedicó una media sonrisa. – Deberían jubilar de una vez a ese vejestorio.

- Pobre profesor Binns, no digas eso de él, no es su culpa ser tan aburrido. – Lizzy puso los ojos en blanco y el chico estalló en carcajadas, por lo que ella se sonrojó.

- Debería tomarse un descanso y marcharse de Hogwarts. – Añadió él. - ¿Dónde crees que van los fantasmas de vacaciones?

- No tengo ni idea, ¿a Italia?

- ¿Por qué allí?

- Hay ruinas, quizás se encuentre con más fantasmas. – A esas alturas de la conversación, la chica ya tenía la cara completamente roja. – Aunque quizás Grecia sea una mejor opción si es por eso.

James la miró durante unos instantes antes de volver a reír con fuerza. "Genial, Elizabeth", dijo con ironía una voz en su cabeza. Agachó la cabeza y volvió a centrarse en la redacción. No le gustaba que se rieran de ella, pero no había podido evitar decir aquello. Su madre tenía razón, tenía que aprender a pensar antes de hablar, no podía decir todo lo que quería sin más, tenía que controlarse.

- Lizzy, ¿no te habrás enfadado, verdad? – El pelinegro había dejado de reír y la miraba preocupado. Había notado su cambio de actitud y sabía que había hecho algo mal.

- No…

- Lizzy…

- Ya te he dicho que todo está bien. – Le cortó ella de forma seca. Él, sorprendido, frunció el ceño.

- Elizabeth, no soy tonto, ¿te ha molestado algo que he hecho?

Lizzy levantó la cabeza, enfadada. Odiaba su nombre y él lo sabía, ¿por qué la había llamado así? Le dedicó una mirada cargada de furia antes de empezar a gritar.

- ¡Lo que sucede es que no me gusta que se rían de mí, Potter! – Gritó con todas sus fuerzas, asustando un poco al chico. No se esperaba que alguien tan pequeño pudiera resultar tan amenazador. - ¡¿Estás contento ya?!

- ¿Pero cuándo me he reído de ti? – No entendía lo que pasaba.

- ¡Pues ahora mismo! Llevas toda la tarde riéndote, siento ser tan ridícula, ¿vale? – Lizzy recogió sus cosas rápidamente y se puso de pie. – Pero tranquilo, ya me voy. Búscate a otra de la que reírte.

La chica comenzó a andar, pero James la detuvo en seguida. La morena se libró de su mano antes de darse la vuelta.

- ¿Qué?

Él no sabía qué hacer. Nunca había conocido a nadie así. En su familia todo el mundo tenía mucho carácter, pero se había acostumbrado a que no le llevaran la contraria en el colegio. Los chicos lo admiraban y las chicas soltaban risitas irritantes cuando Fred y él pasaban, nadie se había enfrentado a él de aquella forma y ahí la tenía a ella. Una niña de 11 años, bajita - le llegaba por debajo de la barbilla – y de apariencia dulce, plantándole cara. Parecía frágil, pero él ya sabía que no lo era. Tuvo que tomar aire antes de contestar, lo miraba de una forma que daba miedo.

- Lizzy, no me reía de ti, sino contigo. – Murmuró. Ella arrugó un poco la frente y suavizó la expresión. – Me ha hecho mucha gracia tu comentario.

- ¿Crees que soy graciosa?

- Eres muy divertida. – Él sonrió.

- ¿Entonces no te estabas riendo de mí? – Su voz sonó temblorosa y James la miró con ternura.

- Claro que no, ¿por qué iba a hacer eso?

- No lo sé, es que creía que… - Negó con la cabeza. – Da igual, a veces me da la sensación de que se ríen de mí.

James suspiró. Sabía lo que le pasaba a Lizzy: era hija y nieta única, no tenía ningún familiar de su edad; nunca había ido a un colegio muggle por lo que no tenía amigos y, además, sus padres no la dejaban salir a jugar con los niños de su calle por miedo a que alguien descubriera sus poderes. Sabía que intentaba causar una buena impresión y que le daba pánico seguir estando sola.

- Pues no es así. – Se acercó un poco más a ella y colocó un dedo en su barbilla, obligándola a subir la mirada. – Lizzy eres genial, una de mis mejores amigos, ¿crees que alguien podría reírse de ti? ¡Pero si eres súper guay! Y eso que eres una chica… - Al escuchar eso, ella sonrió. – No te enfades conmigo más, por favor.

- No lo haré.

- Me alegro, porque das mucho miedo, Collins.

La Ravenclaw le pegó en el brazo, pero ambos empezaron a reír y volvieron a sentarse. Lizzy terminaba su redacción, mientras James practicaba unos hechizos.

- Oye James, ¿por qué no vas tanto con tu hermano como con Rose y conmigo?

La pregunta lo pilló de improviso. Se había dado cuenta de que la chica era muy curiosa – no en vano estaba en la casa de las águilas -, pero no creyó que le preguntara aquello de forma tan directa. Bajó la varita, pero no la miró.

- Es una serpiente. – Murmuró.

- ¿Y qué?

- Que yo soy de Gryffindor. – Contestó como si fuera lo más evidente del mundo.

- Y yo de Ravenclaw. – Con aquel simple comentario consiguió que James la mirara. La chica se encogió de hombros y él no supo que argumentar contra eso. – La casa en la que estamos no tiene nada que ver.

- Es distinto, mi hermano es un pesado, tú no lo conoces como yo. – Se defendió.

- Pues a mí Albus me parece muy simpático, siempre que viene a ver a Rose nos saluda a todas.

- Ya te he dicho que no lo conoces como yo, además, los hermanos que están en distintas casas normalmente pierden el contacto.

- Pues tus primos Victoire y Louis están en Ravenclaw y Dominique en Gryffindor y se llevan muy bien.

- Bueno pero, ¿has visto a sus amigos?

- Claro, también son agradables.

- ¿Agradables? – James enarcó ambas cejas. ¿Lizzy se había vuelto loca? Eran hijos de mortífagos, seguro que eran peligrosos.

- Eres muy prejuicioso, no puedes juzgarlos sin conocerlos. – Le reprendió ella.

- Incluso Rose se aleja de ellos.

- Sí, pero solo porque tu tío le dijo que tenía que ganarle a Malfoy en todo y que la desheredaría si se casaba con un sangre pura.

- Mi tío Ron es genial. – James sonrió, pero Lizzy negó con la cabeza.

- Me da igual, deberías tratarlo mejor, ¡hasta tu madre te lo dijo en aquella carta! – Le recordó ella.

- No debí enseñártela. – Él suspiró. Sus padres le habían escrito nada más enterarse de que su hermano había quedado en Slytherin diciéndole que estaban orgullosos y que él no debía meterse con él por su casa, pero puede que no les hubiera hecho mucho caso. – Es que Albus y yo siempre nos hemos llevado regular.

- Pero es tu hermano.

- Eso no tiene nada que ver.

- ¡James Sirius Potter! – Exclamó, sobresaltándolo. – Estás siendo muy egoísta, puede que tu hermano no quiera que os separéis de esta forma.

- Creía que habías dicho que no ibas a enfadarte más conmigo. – Se quejó.

- Pues no hagas que me enfade.

- Eres una cabezota, Collins. – La chica lo fulminó con la mirada.

- ¡Tú eres todavía peor!

- No grites. – Refunfuñó él. – Nos está mirando todo el mundo y no tienen por qué enterarse de todo esto.

- Me da igual. – Lizzy se cruzó de brazos. Siempre le habían dicho que levantaba mucho la voz, era algo por lo que siempre la reprendía su abuela Charlotte. – Si no hablas con él, me enfadaré contigo.

- No puedes hacerme eso.

- Lo haré. – La chica le dedicó una media sonrisa.

- Bueno, me lo pensaré... – Accedió él finalmente.

Lizzy lanzó un gritito y, tras recorrer a gatas el corto espacio que los separaba, lo abrazó con fuerza. El Gryffindor, al principio, se quedó quieto, sorprendido, pero en seguida la estrechó con fuerza. Ella no pudo evitar sonreír: se había dado cuenta de que James jamás haría nada que pudiera dañarla o enfadarla, se sentía completamente segura y a salvo junto al chico; él también sonrió: un sentimiento cálido recorría su cuerpo y, si para volver a sentirlo tenía que tragarse su orgullo, no dudaría en hacerlo. Aunque ninguno de los dos admitiría jamás aquello en voz alta.