Hetalia no me pertenece, le pertenece a Himaruya Hidecaz.

Esta es historia transcurre en un mundo extraño, aunque muchas cosas son parecidas al nuestro. Ya lo irán descubriendo.


capitulo 2 MEMORIAS DE FUEGO

A veces, Arthur no recordaba con claridad su infancia, eran recuerdos borrosos de épocas oscuras donde el hambre, la guerra y la muerte solían ser las únicas verdades que se conocían alrededor de su estrecho mundo. Recuerdos que se escurrían desde lo más profundo de un mar oscuro, buscando su camino hacia la lucidez en un intento vano de recordarle como era que se había convertido en lo que era.

También existía de vez en cuando la absoluta claridad, en la que el motivo de todas sus desgracias recaía en una sólida y única palabra… Bonnefoy. Los Bonnefoy habían sido el motivo de todas sus tribulaciones, por lo tanto no era nada extraño que buscara una muy merecida compensación; después de todo ¿no habían sido la cabeza de su clan quien le había asegurado, ahí… en aquel jardín ardiente, en medio de los cuerpos amortajados de sus familiares, mientras las llamas de la batalla consumían la ciudad y el lamentaba amargamente la pérdida de su significado para existir;… que si un día la sed de venganza era más poderosa que sus ansias por vivir, lo esperaría pacientemente en aquella vieja mansión sobre el mar?

El padre de Arthur siempre solía decir que la historia de un hombre comenzaba cuando este se volvía consiente del poder de sus decisiones, y la realidad de las consecuencias. Su padre era un hombre muy honorable, a pesar de su profesión poco valorada y lo peligroso que era comentarlo en público. Nadie fuera de su familia hablaba jamás de eso frente a un extraño; y a pesar de sus inconvenientes, llevaba con orgullo la insignia que lo acreditaba como un corsario y espía legalmente al servicio de la corona.

Pero siempre se les había prometido la seguridad de su familia, y la satisfacción de hacer lo correcto por su país. Aun así al final, fue su propio país el que lo vendió por un tratado de paz, que fracaso solo tres meses después de su ejecución.

En consecuencia a su muerte, su familia entera había sido acusada de traición, y habían sido objeto de incasables persecuciones que habían terminado por hacerlos huir de su propio hogar, y desterrarse a sí mismos al otro lado del reino, donde residían la única esperanza que su madre, una mujer de temperamento tenaz y belleza inconmensurable, tenía para mantenerlos con vida.

A pesar del déficit de sus memorias debido a su corta edad, Arthur a un recordaba a aquel hombre que los había recibido en la colina; una exuberante mansión propiedad antigua de su familia, pero que debido a un acuerdo de paz por parte de la corona, había terminado en manos de los Bonnefoy.

La antigua cabeza del clan de estos sin embargo, había tomado un profundo cariño hacia su padre cuando este era solo un niño, y después de que murieran sus abuelos, lo había criado junto a su hijo, convirtiéndose en su tutor. El hombre había muerto hace mucho tiempo ya, pero la nueva cabeza del clan, el hijo de este cuyo nombre era François, no dudo en recibirlos en su hogar, tras que su madre entro en contacto con él.

Recordó claramente su porte elegante, la sonrisa coqueta, y la mirada tan profunda y oscura, que lo hacía sentir escalofríos. Jamás pudo confiar en él, ni su hermano Owen, el más adusto de los Kirkland, quien a pesar de su silencioso carácter, siempre mantenía un ojo puesto sobre él.

Solo llevaban tres meses en la mansión, cuando Owen lo despertó en medio de la madrugada con una fuerte sacudida. Arthur recordaba sentirse muy confundido al despertar, y aún más después de mirar que la expresión siempre circunspecta de su hermano se había convertido en un rostro turbado y sudoroso. Tenía un corte en la ceja oscura, y la sangre fresca chorreaba por su rostro, sobre un ojo semí abierto en hinchado. Arthur no tuvo tiempo de preguntar qué era lo que pasaba cuando escucho la voz de Alistor, el mayor de sus hermanos gritándole a Owen que se diera prisa. Sin más Owen lo saco de tajo de la cama, y en un movimiento coloco su cuerpo pequeño sobre sus hombros. Arthur recordaba haberse quejado; no solo por lo incómodo y confuso que era todo, si no por el calor agobiante, y el humo que lo obligaron a toser mientras su hermano lo llevaba a cuestas a quien sabe dónde, corriendo por los pasillos.

En un intento más o menos exitoso de ver lo que sucedía a su alrededor, Arthur logro levantar la mirada, y ver justo detrás de ellos la cabellera roja de Alistor brillando contra el fuego, mientras corría con sus hermanos más pequeños, apenas unos bebes, entre sus brazos. Tenía una expresión muy diferente a la de Owen, estaba llena de ira, con los dientes apretados y seguramente rechinando, el ceño fruncido y aquella mirada verde que compartían ambos, con la promesa de causar dolor.

Finalmente descendieron por las escaleras; el humo y el calor aumentaron al llegar al recibidor, y las grandes puertas que llevaban al salón se hallaron imponentes frente a ellos como una barrera inalcanzable que se alzaba solo para impedirles vivir.

Alistor se adelantó y pateo la puerta en un intento de abrirla rápidamente, pero esta ni siquiera se movió. Se volvió un segundo hacia Owen y ambos se miraron fijamente, entonces Arthur y los gemelos fueron depositados juntos en el suelo de mármol, y mientras ambos chicos mayores empujaban las puertas hacia afuera, Arthur colocaba sus brazos alrededor de sus hermanos más pequeños, asegurándoles que todo estaría bien.

No supo cómo es que sus hermanos valientes se impusieron a esas enormes puertas, pero finalmente lograron abrirlas empujando. Tras ellas había un extenso salón en llamas, un infierno ardiente que tenían que pasar si deseaban sobrevivir.

Owen señalo una de las ventanas, había metro y medio de altura de diferencia hasta la tierra, pero podían pasar por ahí si lograban cruzar entre los cortinajes y paredes ardientes. Alistor asintió, asió nuevamente del suelo a los gemelos y Owen tomo de la mano a Arthur, y le obligo a correr tras ellos.

Arthur noto las ampollas en la palma de su hermano, y se preguntó como es que no las sentía; al volverse hacia Alistor, noto por primera vez la ropa ennegrecida las quemaduras de hombro, y un corte en su antebrazo derecho, que parecía superficial.

Todo sucedió en un borrón confuso. Se sintió ser casi arrastrado a través del fuego, lloro cuando las flamas lamieron sus piernas, y Owen lo cargo contra su pecho, sin dejar de correr tras su hermano mayor. Escucho el rugir de la casa ardiendo, escucho campanadas muy lejanas, las vigas crujiendo, cortinas cayendo en trozos ardientes, fue el momento más largo, fue una eternidad corriendo a través de ese infierno de fuego. Se sintió envejecer en él y morir en él, pero sin morir, y a sus hermanos, su desesperación, el sudor, el humo que se colaba en sus pulmones con el aire tan caliente que quemaba su garganta al respirar, los ojos le ardían y las quemaduras de sus piernas dolían tanto que las lágrimas forzaban a manar, solo para evaporarse casi al instante.

Y justo cuando creía que aquello nunca terminaría, que se encontraban atrapados en un bucle del profundo averno y jamás podría salir de él, sintió su cuerpo caer, sintió un golpe doloroso, y la suavidad de la tierra, se sintió flotando fuera del calor, cada vez más oscuro, frió y agradable sensación, y cuando por fin fue capaz de abrir sus ojos que picaban y lloraban sin controlarse, pudo vislumbrar la luz naranja cada vez más lejos, y la dulce oscuridad cubriéndoles con un manto frío y consolador poco a poco, cada vez más, hasta que cayó en la inconsciencia.

Los días que le siguieron a eso fueron muy oscuros y difíciles, sobre todo difíciles. Se habían refugiado en el bosque, pero el bosque siempre ha sido de una naturaleza dual, e impredecible; te da todo lo que le puedas arrebatar. Por suerte Alistor y Owen eran buenos cazadores. Patrick y Liam eran tan jóvenes que su supervivencia dependía completamente de ellos, mientras Arthur, que no era tan mayor como para sujetar una espada, ni tan pequeño como para no hacer nada, termino recolectando leña, buscando agua y hierbas justo como su mama le había enseñado.

Su madre era un tema del que nunca hablaban. Alistor fruncía el ceño y se mordía los labios hasta sangrar, para luego marcharse y perderse entre los árboles siempre que los gemelos lloraban por ella; y Owen parecía tan estoico, que ni una roca hubiese podido igualarlo. Pronto Arthur aprendió que era mejor no mencionar nada de ella; no importa cuánto la extrañara ni cuanto llorara por ella cada vez que se quedaba solo junto al rio, fingiendo que había ido a recoger más agua.

Se movieron mucho, durante mucho tiempo; luego comenzó la invasión; y las devastaciones provocadas por las naciones que provenían del continente. La tierra se caía en pedazos, y los pueblos por los que pasaban, si no estaban asolados y hasta el borde de cadáveres, entonces tendrían un aspecto miserable.

Fueron tiempos tan duros, que Arthur los rezagaba en lo más profundo de su memoria, pero había cosas que eran imposibles de olvidar.

Fue gracias a los inmigrantes que huían a borbotones de la capital, como Arthur se enteró de que los Bonnefoy habían traicionado al reino, y habían acorralado la ciudad corazón del país, con más de cincuenta mil hombres.

Fue en ese entonces que lo volvió a ver, a François Bonnefoy y su petulante porte; montando a caballo entre una multitud de pueblerinos asediados, que lo miraban atemorizados portando una armadura tan brillante que competía con la luz del sol. Traía una ridícula capa blanca sin una sola mancha en ella, y su maldita sonrisa cruel pintada en la tez perfecta, bajo una barba bien recortada.

Recuerda a Owen evitando que Alistor le brincara encima al bastardo que había asesinado a su madre, y había intentado matarlos a todos encerrándolos en una mansión en llamas; recuerda que lo había arrastrado de vuelta al bosque, con él y los gemelos siguiéndole de cerca, evitando ser vistos por los soldados.

Pasaron un tiempo más escondidos, pero Arthur sabia en el fondo su corazón que eso no duraría mucho tiempo, podía ver la mirada de Alistor, la mirada de alguien cuya sed de sangre era más poderosa que él sus ganas de vivir; y si Alistor se iba a enfrentar a Bonnefoy, estaba seguro de que Owen le seguiría, siempre lo hacía. Aun si eso implicaba dejar a un inexperto Arthur a cargo de sus pequeños hermanos.

Pero no tuvo que esperar a que los abandonaran, porque mientras la certeza de que marcharían a cometer un asesinato con cero probabilidades de cumplirse crecía,… François los encontró.

Arthur corto la línea de sus pensamientos, la oscuridad invadió la tragedia ocultándola; solo podía recordar esa sonrisa cruel y perfecta, la brillante armadura cubierta con la sangre de Owen, quien yacía boca abajo en el césped, la cabeza de Alistor bajo las finas botas de piel, con pedazos de carne sanguinolenta en las suelas, los cuerpos de los gemelos flotando en la fuente, inertes y fríos.

Y Arthur solo recuerda aquellos ojos fríos, el repugnante olor de la sangre y el azufre, el sabor metálico en sus labios, y la suciedad, mientras todo era consumido por el fuego, y la capital ardía a sus espaldas, con los ecos de los gritos y las suplicas, como si los dioses los pudiesen ayudar en ese momento. Y el hombre solo le sonrió y le dijo "ven por mí si te atreves, si tu sed de venganza es mayor que tus ansias por vivir, te esperare en aquella casa en la colina."

Y se fue, lo dejo botado en medio de la miseria cruel. Lo maldijo mientras sepultaba los cadáveres de sus hermanos, mientras cavaba la tierra con las manos hasta que estas ardían, mientras arrastraba sus cadáveres a las fosas húmedas, y les cubría los rostros de tierra y piedras. Lo maldijo mientras se marchaba, a la oscuridad del bosque y vivía casi como una bestia, hasta que unos cuatreros montañeses lo encontraron y le obligaron a trabajar para ellos. Lo maldijo cuando a los catorce años asesino a su líder, y los sometió a trabajar para él y lo maldijo a un más cuando se hizo del dinero suficiente para comprar un barco y reunir una tripulación que lo ayudase a saquear todos los puertos y barcos del este de Inglaterra, que estaban bajo el yugo de los invasores.

Su apellido se esparció por toda Europa, su tripulación y su flota creció, y antes de darse cuanta tenía su propia armada personal. Fue entonces cuando la corona vino a él, y le propusieron la restitución de sus propiedades y el titulo de capitán. Él ya era capitán, pero en la marina inglesa aquel título era un pase para llegar más cerca de su objetivo.

El odio fue el motor que lo movió durante décadas, hasta que conoció a aquella buena mujer, la que le dio un hijo y luego murió, tan rápido que Arthur comenzaba a olvidar su rostro. Pero el niño permaneció con él; el niño era la principal razón por la que hubiese querido olvidar todo; pero después de un tiempo se dio cuenta de que era inútil. No tendría suficiente, jamás tendría suficiente, mientras el recuerdo de esa sonrisa, y esas palabras siguieran haciendo eco en su mente.

Sin embargo ya era tarde, François Bonnefoy había muerto años atrás, y ahora su hijo mayor, un hombre con el que Arthur jamás había interactuado, era cabeza del clan. Eso no disminuyo la sed de venganza, pero si la satisfacción. Así que mientras quemaba aquella bella mansión junto a la playa y asesinaba a todos sus habitantes, se dio cuenta con serenidad, de que la crueldad de François, de alguna manera había sido transferida a su corazón.

No se detuvo cuando sus soldados violaron a las sirvientas, masacraron a los esclavos inocentes, o le prendieron fuego a las cabañas con familias enteras adentro. Cuando Francis Bonnefoy salió al jardín con espada en mano y la mirada fundida en ira sin embargo, la sonrisa de Arthur se volvió un poema. Puede que no fuera François, pero tenía el mismo aspecto y el andar petulante, sin embargo no existía la misma crueldad en sus ojos, pero existía, y eso era suficiente motivación.

Cuando atravesó su garganta sin embargo, de inmediato se instauro un vacío; la pobre hambruna de un lobo cuya presa fue insatisfactoria. Y luego el niño apareció… un retrato de algo que tercamente se negó a recordar. Se obstino en llevárselo, mintiéndose a sí mismo, diciendo que lo hacía por venganza.

Cuando la veracidad es más un reflejo de su propia desventura.


Ok, eta narración de debe sentir bastante diferente, considerando que la primera la realice hace demasiado tiempo, y solo cambie algunas cosas antes de publicarla. Así que lo siento por eso. También estoy tratando de controlar más mis signos de puntuación.