6. Hogsmeade
Era la primera salida a Hogsmeade del curso y los alumnos de tercero estaban muy emocionados. ¡Por fin podrían ir al pueblo! Los mayores les habían contado maravillas de aquel lugar y todo lo que allí había.
- ¡Qué ganas de ir por fin a las Tres Escobas! – Decía Eliza mientras se dirigían hacia el pueblo. – Me han dicho los de cuarto que es muy acogedor y que hacen la mejor cerveza de mantequilla del mundo.
- James dice que Honeydukes es genial. – Intervino Lizzy. – Todos los dulces que existen están allí.
- Y también podríamos ir a Zonko y Sortilegios Weasley. – Añadió Martha. Rose la miró con desaprobación y ella se sonrojó. – No es que vaya a comprar algo, pero siempre es bueno estar informada de las cosas que hay.
- Lo que tú digas. – Rose sonrió. – Yo tengo que comprar unas plumas nuevas y un poco de pergamino.
- Yo también, si quieres podemos ir cuando nos bebamos la cerveza. – Dijo Caroline amablemente.
- Pues entonces ya tenemos plan: primero nos tomamos algo y después cada una va de compras a un sitio. – Lizzy aplaudió un poco, lo que provocó que las demás comenzaran a reír. Siempre que se emocionaba hacía eso.
No tardaron mucho en llegar y fueron directamente a las Tres Escobas, que ya estaba llena de alumnos. Por suerte, encontraron una mesa al fondo y se sentaron. Caroline, Rose y Lizzy se acercaron a la barra y pidieron las bebidas mientras las otras dos les guardaban el sitio. Apenas tardaron unos minutos en servírselas.
- ¡Aquí tenéis! – La pelirroja soltó las jarras sobre la mesa con una sonrisa. – Brindemos por nosotras y nuestra primera salida juntas.
- ¡Por nosotras! – Gritó Lizzy feliz.
- ¡Por nosotras! – Repitieron las demás.
Entrechocaron sus jarras y dieron un largo trago. Saborearon la bebida y sonrieron. No habían exagerado al decirles lo buena que estaban. Comenzaron a hablar de sus primeras semanas de tercer curso, las optativas que se habían cogido y sus expectativas para aquel curso. Solo se vieron interrumpidas por la llegada de Albus.
- Hola Rose, hola chicas – Saludó con una sonrisa. Venía junto a sus tres compañeros de habitación: Scorpius, Theo y John.
- Weasley. – Gruñó Scorpius por lo bajo. – Chicas.
- Malfoy. – Replicó Rose fulminándolo con la mirada. No se soportaban el uno al otro y siempre competían para ver quién era mejor.
- ¿Lleváis aquí todo el tiempo? – Preguntó Al, intentando romper la tensión que se había instalado entre el rubio y la pelirroja.
- Sí, pero ya mismo nos iremos, queremos hacer más cosas. – Contestó Lizzy sonriendo. - ¿Necesitáis una mesa?
- La verdad es que sí. – El pelinegro se sonrojó.
- ¡Y yo que creía que habías venido a verme! – Rose le pegó en el hombro a su primo, aunque sonrió. – Ya te vale, Albus.
- También he venido a eso, no te enfades. – La abrazó y ella no opuso resistencia.
- Anda, dejad que nos terminemos esto y podréis sentaros. – Dijo finalmente.
- Sois las mejores.
Las cinco terminaron sus jarras de cerveza de mantequilla pero, justo cuando iban a levantarse, se acercó un camarero con otra bebida.
- Esto es para usted. – Dijo, dándosela a Lizzy.
- Yo no he pedido nada, debe ser un error. – Contestó arrugando la frente.
- Se la envía aquel joven de allí. – Señaló a una mesa y todos se giraron. James la miraba con una sonrisa y le hizo un gesto con la mano.
- Oh, muchas gracias. – La chica sonrió y él se fue. – Chicas, ¿os importa si me quedo aquí con James? Tengo que beberme esto y no quiero retrasaros. Que él me enseñe luego el pueblo.
- Como quieras, Lizzy. – Rose se encogió de hombros. Lo único que quería era salir de allí y alejarse de ese estúpido de Malfoy.
- Pues os veré en el colegio. – Les dedicó una última sonrisa antes de levantarse y dirigirse a la mesa en la que James estaba con Fred y Jordan. – Hola, chicos.
- Buenas, Lizzy. – Fred le sonrió. No entendía por qué su primo todavía no había intentando nada con ella, cada vez estaba más guapa y se mostraba más decidida.
- Gracias por la cerveza, Jamie. – Dijo sentándose a su lado. Le dio un beso en la mejilla y él se sonrojó.
- De nada. – Contestó con una sonrisa. – Quería haberte invitado antes, pero acabamos de llegar, hemos estado en Sortilegios Weasley.
- Qué raro, ¿no? – Dijo ella con ironía.
- Hemos comprado muchas cosas.
- Bueno, quien dice comprado… - Fred lanzó una carcajada. – Es la tienda de mi padre, tenemos pases VIP.
- Qué cara más dura tenéis. – Lizzy negó con la cabeza.
- ¿Y tú qué has hecho? – Se interesó por saber el pelinegro.
- Beberme una cerveza de mantequilla, están buenísimas por cierto. – Contestó la chica. – Hemos estado charlando, después de esto íbamos a mirar las tiendas y explorar un poco el pueblo las cinco pero, como me has entretenido, no te quedará más remedio que acompañarme y hacerme de guía. – Levantó un dedo, mandándolo callar antes de que pudiera pronunciar palabra. – No puedes negarte, Potter.
- No iba a hacerlo. – Él sonrió y ella no pudo evitar morderse el labio. – Tienes que dejar de ser tan impaciente, Elizabeth. Además, ¿por qué iba a negarme? No se me ocurre mejor plan para el día de hoy.
- Pues termínate eso rápido, tenemos mucho que ver.
Diez minutos más tarde los dos salían de las Tres Escobas. James comenzó a guiar a la chica a través de las calles. Primero fueron a Honeydukes donde cada uno compró una bolsa de chucherías – ella, grajeas en su mayoría y él, muchas ranas de chocolate –, después le enseñó la sucursal de Sortilegios Weasley donde se pasó cerca de una hora explicándole cómo funciona cada uno de los productos.
- No es porque mi tío sea el dueño, pero es la mejor tienda de bromas de todo Hogsmeade.
- ¿Y qué me dices de Zonko? – Lizzy enarcó una ceja y él le puso mala cara. Ella sonrió y siguió picándolo. – Dicen que es buenísima y lleva muchos años abiertas. Los grandes clásicos nunca mueren, ¿no?
- Ahora te llevaré y podrás comprobar que no tiene nada que ver. – Puso los ojos en blanco y ella volvió a reír.
Salieron de aquella tienda para dirigirse a la otra. James se empeñó en mostrarle a Lizzy las diferencias entre una y otra y la "poca calidad" de la mayoría de los productos, aunque finalmente tuvo que reconocer que tampoco estaba tan mal. Después de eso, fueron a la oficina de correos y pasearon sin rumbo fijo. No se detuvieron hasta llegar a la Casa de los Gritos.
- ¿Eso es…? – Lizzy abrió mucho los ojos. El chico asintió con una media sonrisa. Sabía lo que venía ahora. – Dicen que es una de las casas más encantadas de Gran Bretaña. Da un poco de miedo, ¿no crees?
- No está encantada, es todo mentira. – Dijo él.
- ¿Cómo lo sabes? – La Ravenclaw abrió mucho los ojos. – ¿Has entrado?
- Claro. – Él sonrió con autosuficiencia. - ¿Te atreves a colarte?
- Yo… - Lizzy palideció. Le daba miedo, además, aquello no estaba bien. No podían entrar así como así.
- Cobardica. – La picó él.
- ¡No es eso! – Se defendió. – Es solo que no está bien.
- Yo estuve el año pasado y ya te he dicho que no pasa nada.
- ¿Y cómo puedes estar tan seguro? – No quería enfrentarse a ningún fantasma furioso.
- Confía en mí. – Le tendió una mano. – Entra conmigo y te lo contaré.
Lizzy dudó antes de aceptar su mano. Sopesó los inexistentes pros y los muchísimos contras, pero finalmente accedió. Agarró su mano con fuerza y contuvo un suspiro. Aquello era una locura y, lo peor de todo, era que ya no había marcha atrás. Era demasiado orgullosa como para reconocer que tenía miedo. James la llevó hasta la puerta y ambos entraron. La casa estaba en pésimas condiciones. Todas las paredes estaban arañadas, los muebles destrozados y las pocas cortinas rasgadas.
- Bien, ya estamos aquí, cuéntame por qué estás tan seguro de que esta casa no está encantada.
- Tienes que prometerme que no dirás nada, no quiero cargarme la magia de este sitio. – Le advirtió.
- Te lo prometo, sabes que puedes fiarte de mí.
- El padre de Teddy, Remus Lupin, era un hombre lobo. Lo mordieron cuando era pequeño y sus padres creyeron que no lo dejarían entrar en Hogwarts, pero Dumbledore insistió en que debía venir a estudiar por lo que ideó unas medidas de seguridad especiales. – Explicó. – Difundió los rumores sobre este lugar y, a través de un pasadizo que llega aquí desde el sauce boxeador, lo traían todas las noches de luna llena. Sus amigos: mi abuelo James, Sirius Black, que creo que ya te he dicho que era el padrino de mi padre, y Peter Pettigrew se convirtieron en animagos ilegales para poder ayudarlo.
- Vaya…
- Por eso no me da miedo entrar aquí, porque sé que no pasa nada. – Se encogió de hombros.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Me lo contó Teddy, a él se lo contó mi padre.
- Es una historia muy bonita, no todo el mundo se arriesga tanto por un amigo. – Dijo Lizzy con una sonrisa. Apoyó su mano en su brazo y él también sonrió.
- Bueno, ¿quieres volver a Hogwarts utilizando el pasadizo?
- Has dicho que lleva hasta el sauce boxeador.
- Sí, pero sé cómo desactivarlo. – Tiró de su brazo, llevándola hasta la entrada. – Anda vamos, será divertido.
- Está bien. – Accedió ella con resignación.
Se dejó guiar por James que había empezado a hablar de los Merodeadores sin parar. Ya le había hablado antes de los legendarios James Potter y Sirius Black, pero parecía que aquel lugar lo había inspirado y no podía parar de hablar. Sonrió y decidió confiar completamente en él. Mientras estuviera con James, nada malo podría pasarle.
