7. Secretos familiares y oscuras maldiciones
James sabía que a Lizzy le pasaba algo raro aquella noche. La veía de lejos, cenando con las demás como siempre, pero con una sonrisa que, al menos para él, era completamente fingida y sin apenas prestar atención a sus amigas. Parecía sumida en sus pensamientos, estaba extrañamente callada y no podía dejar las manos quietas. Algo había sucedido y él iba a averiguarlo. Así que, cuando terminó de cenar, se quedó sentado junto a la puerta del comedor hasta que la vio salir. Venía sola, las otras probablemente no habrían terminado todavía. Otra mala señal para él. Se puso de pie rápidamente y la cogió del brazo, haciendo que se sobresaltara.
- ¡James! – Exclamó ella, llevándose una mano al pecho.
- Lo siento. – El chico le dedicó una media sonrisa. – No quería asustarte.
- No te preocupes. – Lizzy fingió otra sonrisa y James arrugó la frente. - ¿Quieres algo?
- Saber qué te pasa.
- No me pasa nada, ¿por qué dices eso?
- Elizabeth, nos conocemos, te he estado observando en la cena y…
- Eso es muy de acosador. – La chica puso los ojos en blanco.
- No, es solo que cada vez que miraba hacia delante veía la mesa de Ravenclaw y me he dado cuenta de que estabas demasiado callada. – Se apresuró a decir algo sonrojado.
- No me pasa nada. – Mintió ella. Claro que pasaba, pero no podía contárselo a nadie, se lo había prometido a su madre mucho tiempo antes. – No seas pesado.
- No te creo.
- Pues no lo hagas. – Lizzy consiguió que James le soltara el brazo y comenzó a andar hacia la torre de Ravenclaw.
- Espera, no te enfades. – James la siguió y, en seguida, se colocó a su lado. – Es solo que no me gusta que me mientan y creía que entre tú y yo no había secretos.
Ella suspiró. Era cierto que no había secretos entre ellos y que le encantaría quitarse aquel peso de encima, pero no podía hacerlo. Seguro que se reiría de ella y la miraría como un bicho raro si supiera la verdad.
- No puedo decírtelo, lo siento. – Susurró.
- Así que tenía razón, te sucede algo.
Lizzy se mordió el labio de forma nerviosa y le pegó un pellizco al dobladillo de su falda. No debía haber dicho aquello, pero es que estaba tan asustada en aquel momento… Ojalá pudiera contarle a James la verdad. Le gustaría que él la abrazara y le dijera que todo iba a estar bien, pero no podía hacerlo.
- ¿Es algo sobre tu familia? – Insistió él.
Ella asintió con la mirada fija en el suelo, incapaz de mirarlo.
- Venga, Lizzy, no diré nada, lo sabes perfectamente. – Murmuró James cogiéndola de la mano y obligándola a girarse hacia él. – Por favor, dime qué pasa, estoy empezando a preocuparme. ¿Es algo grave?
- Es…complicado. – Negó con la cabeza de forma nerviosa, todavía sin mirarlo. - No puedo, si mi madre se enterara, se enfadaría muchísimo.
- No lo sabrá nunca. – James estaba cada vez más preocupado y asustado. Algo grave le ocurría a su amiga y quería ayudarla como fuera. – Lizzy, no tienes por qué cargar con un secreto tan grande tú sola, tienes solo 14 años.
- Igual que tú. – Murmuró.
- En una semana tendré ya 15, pero ese no es el tema. – Puntualizó el chico. – Dime qué te pasa, estoy preocupado por ti.
Lizzy por fin levantó la vista y sus ojos se encontraron. James tenía la frente arrugada y una expresión angustiada en sus labios. Necesitaba decírselo, ya no solo por ella, sino por él. Siempre había sabido que tarde o temprano alguien se enteraría, trataba de ser muy cuidadosa, pero todo el mundo podía cometer errores. Y ella aquel día había cometido uno enorme.
- No puedo decírtelo aquí, cualquiera podría escucharnos.
- Tengo una idea.
Tiró de su mano y, sin dejarla hablar, la llevó hasta un pasillo en apariencia vacío. Lizzy frunció el ceño, ¿a dónde se suponía que iban?
- Espera y verás. – Dijo James, como si acabara de leerle la mente.
El chico pasó por delante de un trozo de pared tres veces y, de repente y para sorpresa de la Ravenclaw, una puerta apareció.
- Vaya…
- Lo sé, este castillo es impresionante. – James abrió la puerta y le indicó con la mano que pasara. Ella entró seguida de él. – Bienvenida a la Sala de los Menesteres.
- ¿La qué?
El Gryffindor le explicó entonces cómo funcionaba aquel lugar y su historia, le dijo que allí podría encontrar cualquier cosa perdida y también que, dependiendo de quién entrara y sus necesidades, cambiaba por completo. Ahora mismo parecía un dormitorio, pero cuando se reunía allí con sus primos era una sala llena de sillones, sofás, pufs…
- Aquí podremos hablar tranquilos.
- Está bien. – Lizzy suspiró y se sentó en el borde de la cama. James se sentó a su lado y le pasó un brazo sobre los hombros, tratando de darle ánimos. Tomó aire un par de veces antes de comenzar. – Mi bisabuelo materno-materno, el padre de mi abuela materna para abreviar, era un mago sangre pura que se enamoró de una muggle, mi bisabuela. Tenía una prometida y sabía que tenía que dejarla pues, después de haber conocido el amor, no estaba dispuesto a casarse con alguien por quien no sentía nada. Sus padres, los mismos que lo habían animado a comprometerse con ella debido a sus riquezas y al renombre de su familia, le dijeron que no tenían nada en contra de los muggles y que debía seguir su corazón, pero que, si decidía anular el compromiso, debía tener cuidado porque la familia de la chica era conocida por su afición a las artes oscuras. Él rompió el compromiso y se casó con mi bisabuela pero, tal y como sus padres habían temido, unos meses después la chica lanzó una maldición contra ella, que se sumió en un sueño del que a punto estuvo de no despertar jamás. No sé si sabía que estaba embarazada, supongo que sí, la cuestión es que esa maldición afectó al feto, mi abuela. Al principio se preocuparon mucho, pero ella nació bien, mi bisabuela estaba también perfectamente y parecía que nada pasaba. Pero cuando mi abuela cumplió cinco años comenzó a tener unas pesadillas horribles de las que le costaba despertar y que le provocaban una gran agitación. Despertaba a toda la casa con sus gritos y lamentos, pero nadie era capaz de despertarla a ella, tenía que hacerlo por sí misma y no lo lograba hasta que todo terminaba. Empezaron a darle pociones para dormir sin sueños, pero no funcionaban y, un día, mi abuela miró con horror un periódico muggle que estaba leyendo su madre y dijo que ella había soñado con eso. Hablaba de un terrible accidente en el que había muerto mucha gente. Lo entendieron todo. Durante el tiempo que estuvo dormida, mi bisabuela tenía horribles premoniciones y eso se había pasado a mi abuela.
- Lizz… - James la miraba con los ojos muy abiertos. ¿Estaba diciéndole lo que creía que estaba diciéndole?
- Déjame terminar, por favor. – Le pidió. Sabía que si se callaba, no sería capaz de terminar aquello. – Mi abuela ha vivido toda su vida con ello. Hay quien lo considera un don porque puedes ver el futuro, pero no es nada de eso, es una maldición. Cuando mi madre nació, todos temieron que lo heredera.
- ¿Lo heredó? – La interrumpió sin pensar. Lizzy sonrió levemente.
- Sí, cuando cumplió cinco años empezó a tener visiones mientras dormía. – Contestó la chica.- No había nada que hacer, aquello parecía una maldición hereditaria. Mi madre no se lo contó a mi padre hasta que ambos cumplieron diecisiete años y llevaban tres saliendo. Fue entonces cuando él decidió que se dedicaría a la investigación y creación de pociones. Quería encontrar algo que ayudara a mi madre y a cualquier posible hija que tuvieran. Antes de que lo preguntes, sabían que era una maldición que se transmitía de madre a hija porque el tío de mi madre no la tenía. – Lizzy suspiró. – Mi padre lo consiguió, hizo una poción que aletargaba el cerebro por completo y que bloqueaba las visiones. Mi madre lleva desde entonces tomándola y yo desde que tuve mi primera visión a los cinco años.
- Puedes ver el futuro. – Murmuró el chico tras guardar silencio unos instantes. – Tienes visiones, premoniciones.
- Nadie puede enterarse. – Lizzy subió las piernas a la cama y las abrazó. – Hoy estoy rara porque tengo mucho miedo, no me queda poción y sé lo que pasará en cuanto cierre los ojos. Hace mucho que no me pasa esto, la primera vez en Hogwarts. En mi casa suele haber de sobra para mi madre y para mí, mi padre hace mucha, también le envía a mi abuela, pero un par de veces nos ha faltado y no nos hemos dado cuenta hasta el último momento. La última vez tenía 10 años y te prometo que todavía veo esas cosas en mi cabeza, que no he podido deshacerme de ellas por completo.
- ¿Y qué vas a hacer?
- Mi plan es no dormir. – Me encogí de hombros. – Mi padre me enviará poción para un mes mañana, ha sido culpa mía, calculé mal, creía que me quedaba para hoy, pero no ha sido así. Tengo mucho miedo de quedarme dormida y ver otra vez esas cosas.
- Tranquila, ¿sabes qué vamos a hacer?
- No tienes que hacer nada, James, puedo apañármelas sola.
- Ni hablar. – Él le dedicó una cálida sonrisa. – Escúchame, vamos a dormir aquí los dos. Bueno, mejor dicho, vamos a pasar la noche en vela juntos.
- No puedes hacer eso, ¿cómo irás mañana a clase? – El gesto conmovió a Lizzy, pero no podía obligarlo a hacer algo así.
- Pues igual que tú. – Insistió él. – Venga, será divertido. Contaremos historias, nos reiremos, jugaremos a algo… Se nos pasará la noche en un vuelo y, si te quedas dormida, no estarás sola al despertar. ¿Qué te parece?
Quería decir que no, quería decirle que estaría bien sola y que no hacía falta que hiciera todo eso, pero sabía que era mentira. Así que se limitó a sonreír antes de contestar.
- Que eres el mejor del mundo.
Subieron primero a la torre de Gryffindor para que James cogiera el pijama y la capa de invisibilidad y, después, a la de Ravenclaw para que ella también pudiera cogerlo. Una vez volvieron a la Sala de los Menesteres, se cambiaron de ropa – uno en el dormitorio y el otro en el baño - y se sentaron sobre la cama, dispuestos a pasar toda la noche en vela. Lizzy sonrió al ver sobre la pequeña mesa, un termo lleno de café.
- Supongo que es verdad que te da todo lo que necesitas. – Dijo, señalándolo. – Una pena que no esté llena de poción.
- Venga ya, vamos a pasárnoslo muy bien. – James puso los ojos en blanco y, de repente, tuvo una idea. – Cuéntame qué es lo más patético que te ha pasado desde que llegaste a Hogwarts y no vale mentir.
- Pues… - La chica se puso completamente roja. – No se lo digas a Rose, se supone que nadie puede enterarse de esto.
- Está bien.
- Sabes que tu prima es aracnofóbica, ¿verdad?
- Claro, como el tío Ron. – James enarcó una ceja, curioso.
- Pero no sé si sabes que a mí me dan pánico todos los bichos. – Se mordió el labio después de decir aquello y él no pudo evitar reír. – No es divertido. El caso es que estábamos el año pasado las dos solas en el cuarto y, de repente, vimos una araña enorme corriendo por el suelo de la habitación.
- Creo que puedo imaginarme como sigue esto. – James estalló en carcajadas al imaginarse a ambas chicas gritando subidas sobre sus camas, diciéndole a la otra que hiciera algo. – Es una escena muy patética desde luego. ¿Qué pasó al final?
- Llegó Caroline, nos miró con resignación y la pisó diciendo que éramos unas exageradas y unas pavas. – Respondió ella uniéndose a sus risas. – Te aseguro que era una araña enorme, tenía hasta las lágrimas saltadas cuando Caro llegó y tú prima estaba llorando.
- Sois únicas desde luego. – Negó con la cabeza pero siguió riéndose sin poder parar de imaginar la escena.
- Ahora te toca a ti, ¡confiesa! – Dijo ella cogiendo la almohada y pegándole con ella mientras reía.
- Lo mío es muy patético. – Tomó aire antes de empezar a contar su historia. – Estaba en primero, era mi primera semana aquí, y me quedé dormido. Nadie me despertó, a Fred le pareció divertido que llegara tarde, y yo salí corriendo hacia el Gran Comedor para intentar comer algo antes de ir a la primera clase, aunque no sabía si me daría tiempo a llegar. Me vestí rápidamente y bajé, pero cuando entré al comedor, que ya estaba empezando a vaciarse, noté que todo el mundo me miraba y se reía. – Notó cómo se ponía rojo. Todavía se acordaba de lo humillante que había sido. – Se me había olvidado ponerme los pantalones.
- No es posible. – Lizzy estalló en carcajadas. – Es demasiado bueno para ser verdad.
- Por desgracia sí. – James suspiró. – Fue humillante.
- Ya imagino. – La chica no podía parar de reír y él, finalmente, se unió a sus carcajadas. Habían pasado ya tres años y ella tenía razón: había sido demasiado bueno, al menos para los demás.
Y así pasaron el resto de la noche, entre anécdotas, bromas, historias, juegos y café. Muchísimo café. Cuando dieron las siete, James llevó a Lizzy hasta la torre de Ravenclaw para que pudiera arreglarse y después se marchó a su dormitorio. Se dejó caer en la cama, agotado, pero se obligó a mantener los ojos abiertos. Si se dormía no podría ir a clase. Tenía muchísimo sueño, pero no se arrepentía de nada. Todo lo había hecho por Lizzy.
