12. El cumpleaños de James
- Esta fiesta va a ser una pasada. – Dijo Fred mientras almorzaban. – Hemos conseguido que los de último año compraran un montón de botellas de alcohol y todos los Gryffindor han dicho que van a ir.
- Y no os olvidéis de Lizzy. – Añadió James, apartando la mirada de la mesa de Ravenclaw, desde la que ella le lanzaba miradas y sonrisas. Sonrió sin poder evitarlo. Era su 16 cumpleaños y habían preparado una gran fiesta aquella noche.
- Por supuesto, ¿cómo olvidarnos de tu queridísima Ravenclaw? – Su primo puso los ojos en blanco. Se había dado cuenta de que llevaban unos meses un poco raros.
- Muy gracioso. – El mayor de los Potter puso los ojos en blanco.
- ¿Sabes en el lío en el que os podéis meter si la pillan en nuestra Sala Común, verdad? – Intervino Jordan, algo preocupado.
- Tranquilo, no la pillarán, todo saldrá bien y nos lo pasaremos genial. – El cumpleañero se levantó de un salto. - ¡Y ahora vamos, tenemos cosas que preparar antes de ir a clase!
Los otros dos también se pusieron de pie y lo siguieron fuera del comedor. Solo esperaban que el resto del día pasara rápido.
- ¡Ya era hora, Potter! – Exclamó Lizzy cuando el chico llegó a las escaleras que llegaban hasta la Torre Ravenclaw. Se detuvo unos instantes para recuperar el aliento, había venido corriendo desde la otra parte del castillo.
- Lo siento, se me ha hecho tarde. – Se disculpó.
- No te preocupes, ¡feliz cumpleaños otra vez!
La chica se levantó y lo abrazó con fuerza. Él rodeó su cintura con los brazos y, cuando fue a separarse de él, atrapó sus labios en un rápido beso. Tenía que aprovechar que ella había dejado de verse con aquel idiota de Slytherin y él con aquella chica de Hufflepuff. La Ravenclaw negó con la cabeza, pero sonrió.
- Eres incorregible. – Lanzó una alegre carcajada y sacó algo de su bolso. – Toma, esto es para ti.
- Ya me diste esta mañana la bufanda de las Arpías, no tenías que comprarme nada más. – Comentó él, abriendo el sobre. Sacó una moneda y arrugó la frente.
- No tienes ni idea de qué es.
- Ni la más remota. – Confesó, sonrojándose un poco.
- Apriétala un poco y piensa en mí. – Le pidió Lizzy mientras rebuscaba algo otra vez en su bolso. Él la miró extrañado, ahora sí que no entendía nada. Ella al ver su expresión, lanzó una carcajada. – Tú solo hazlo, Jamie.
- Está bien. – Cerró los ojos e hizo exactamente lo que ella le pidió. Cuando los abrió, pudo ver que ella tenía otra exactamente igual en su mano, aunque la suya brillaba. – Vaya.
- Lo sé, es genial, así si quieres verme, solo tendrás que hacer eso. La moneda se enciende y se calienta. – Le explicó. – Encontré el hechizo por casualidad en la biblioteca y me pareció original.
- Adoro que seas tan Ravenclaw.
- Lo sé. – Lizzy se echó el pelo hacia atrás e hizo un gesto "de diva" y ambos comenzaron a reír.
- Anda, vamos, no quiero llegar tarde a mi propio cumpleaños. – Le tendió un brazo a la chica y ella se aferró a él. – Por cierto, ¿te he dicho ya lo guapa que estás?
- No.
- Pues estás guapísima, Lizz.
Ella sonrió y arrugó la nariz. Se había puesto un vestido que le llegaba por encima de la rodilla azul marino, con la parte superior entallada y la falda suelta y con algo de tul. Se había recogido el pelo en un moño bajo del que se escapaban algunos mechones y llevaba unos tacones bajos y un bolso a juego.
- Anda, vámonos ya.
Juntos caminaron hacia la Sala Común de Gryffindor, donde la fiesta acababa de empezar. La chica se tapó los oídos mientras James decía la contraseña – cosa que él jamás entendería, ¿qué más daba si la sabía o no tratándose de ella? – y ambos entraron. La música retumbaba y la gente bailaba, bebía y gritaba.
- ¡Por fin llegas cumpleañero! – Exclamó Fred, acercándose a su primo y dándole una fuerte palmada en la espalda. – Y bienvenida a la fantástica Sala Común de Gryffindor, Lizzy, contamos con tu discreción.
- Descuida, Fred, no le contaré a nadie cómo tenéis decorado vuestro saloncito. – Contestó ella con ironía.
- Muy graciosa.
- Es un don. – Ambos se miraron durante unos instantes antes de estallar en carcajadas. James a su lado, puso los ojos en blanco.
- Pásatelo muy bien, ¿de acuerdo? ¡Hoy eres una leona más!
Dicho esto, se fue dando gritos y saltos hacia un grupo de chicas de quinto curso.
- ¿Vienes a por algo de beber? – Preguntó James.
- Claro. – La chica asintió y lo siguió hasta la mesa de las bebidas. Miró las botellas con el ceño fruncido. Nunca había bebido alcohol, así que no estaba muy segura de qué tomar. - ¿Qué me recomiendas?
- Agua.
- No tengo cinco años, Jamie, quiero algo un poco más fuerte. – Contestó ella tras poner los ojos en blanco.
- Cerveza de mantequilla, pues.
- ¿Recuerdas esa conversación en la que te dije que no podías tratarme como a Lily?
- Solo por encima, creo que hubo mucho más que palabras ese día. – Respondió él con una sonrisa provocativa.
- Por suerte estoy yo para recordártela. – Lizzy sonrió con autosuficiencia y no pudo evitar cruzarse de brazos. – ¿Tú qué vas a beber?
- Whisky de fuego.
- Que sean dos, entonces.
- Ni hablar, Collins, tienes solo 15 años, no puedes beber eso.
- ¿Te das cuenta de que tú acabas de cumplir 16, verdad? – La Ravenclaw entornó los ojos. – Estoy más que segura de que no es la primera vez que lo bebes.
Lo miró desafiante durante unos segundos, hasta que él suspiró, maldijo por lo bajo y sirvió dos copas de la bebida.
- Ten mucho cuidado, si lo bebes muy rápido se te subirá a la cabeza y empezarás a hacer tonterías. – La advirtió. – Una y no más, ¿eh?
- Sí, papá, lo que tú digas. – Contestó ella con voz de niña buena. – Deja de preocuparte por mí y diviértete. Estaré bien, soy mayorcita y sé cuidar de mí misma.
- Bueno, de todas formas no me alejaré mucho de ti.
- No te lo crees ni tú. – Ella negó con la cabeza y rió.
Al final Lizzy resultó tener razón, le perdió la pista a James apenas veinte minutos más tarde. Lo vio hablando con unos y otros, celebrando y riendo y, aunque ella se sentía un poco sola, en seguida comenzó a relacionarse con los Gryffindor. Empezó a hablar con Molly Weasley – con la que nunca había tenido mucha relación –, que le presentó a su grupo de amigas. Pronto comenzó a jugar a "Yo nunca" con ellas y a beber chupito tras chupito y copa tras copa. Notaba la cabeza embotada y veía todo a cámara lenta, pero al mismo tiempo sentía una sensación de felicidad y euforia incontrolables. La verdad es que no había bebido demasiado en el juego – no tanto como Molly, desde luego, o bien aquella chica había hecho demasiadas cosas para tener su edad, o bien ella había hecho muy pocas -. Buscó a James entre la multitud y lo observó durante unos instantes, pensando que no le importaría probar con él algunas cosas. Quiso acercarse al chico, pero se contuvo en el último segundo al ver que estaba hablando con otra. Una rubia muy guapa, probablemente de quinto curso.
- ¡Ven, Lizzy, vamos a bailar! – Gritó Molly entonces, subiéndose a una mesa sin poder parar de reírse.
Ella no tuvo que pensárselo. La siguió lo más rápido que pudo, evitando caerse por muy poco. Un chico que no conocía pero que no paraba de lanzarle miradas poco caballerosas tuvo que ayudarla a subirse.
- ¡Venga, vamos! – La animó dando saltos y contoneándose.
- ¡Esta fiesta es genial! – Gritó la Ravenclaw, completamente descontrolada, imitando a la otra chica.
- ¡Y yo que creía que eras una mosquita muerta como mi prima!
Ambas siguieron bailando, atrayendo cada vez más y más miradas. Pronto un grupo de chicos estaba frente a ellas, animándolas con sus gritos y haciendo comentarios indecentes sobre ambas.
- ¡James! – Fred se acercó a él y señaló hacia la mesa. – Mira, tenemos que hacer algo.
- Mierda. – Masculló él por lo bajo. Miró a la rubia y, con la disculpa pintada en su mirada, murmuró. – Lo siento, tengo que ayudarla.
Ella fue a replicar, pero él no le dio tiempo. James se abrió paso entre la multitud seguido por su primo, hasta llegar hasta donde las dos morenas bailaban.
- ¡Elizabeth Collins, baja inmediatamente de ahí! – Dijo, fulminando con la mirada a todos los que miraban con deseo a la chica.
- ¡Eres un aburrido, Jamie! – Replicó ella. – ¡Diviértete un poco!
- Deja de hacer eso. – Insistió él. – Venga, baja de ahí o te bajaré yo mismo.
- ¡Hazlo si te atreves!
No se lo tuvo que decir dos veces. Estiró los brazos, la agarró de la cintura y la bajó de la mesa, casi al mismo tiempo que Fred hacía lo mismo con Molly, que no paraba de patalear y quejarse. Lizzy se aferró a él, sintiendo como todo a su alrededor daba vueltas. Enredó los brazos alrededor de su cuello agarrándose a él todavía con más fuerza. Quería que parase. Él parecía haberse dado cuenta porque no la soltaba; ella seguía con los pies suspendidos a varios centímetros del suelo, notando cómo la sostenía por la cintura.
- James…
No pudo decir más. Notó una sacudida y se tuvo que tapar la boca.
- Mierda, Lizzy, no.
El chico empezó a correr hacia el baño y no la soltó hasta que quedaron enfrente del váter, momento en el que ella no pudo contenerse más y empezó a vomitar. James le apartó los mechones de pelo que le caían en la cara y trató de no mirar. La chica vomitó hasta que no le quedó nada en el estómago antes de comenzar a sollozar.
- Todo da vueltas. – Murmuró, tratando de sentarse.
- Te dije que no bebieras, ¿cuántas copas te has tomado?
- No lo sé, creo que al menos seis o siete, no las he contado, bebía lo que me daban, y también chupitos, hemos jugado a un juego y… - Sollozó. – Haz que pare, James.
- Ojalá pudiera, – Susurró él. – pero te lo mereces, así aprenderás a controlarte.
- James, no tengo la cabeza para lecciones morales.
- Lo sé, por eso lo hago. – Negó con la cabeza y la ayudó a levantarse. – Te sacaré de aquí, tranquila.
- No, es tu fiesta, no puedes irte.
Él volvió a negar y la cogió en brazos, dejando que reposara su cabeza en su pecho. Sabía exactamente lo que Lizzy necesitaba.
Cuando se despertó, se dio cuenta de que estaba en una cama que no era la suya, que le dolían la cabeza y el estómago, que tenía malestar general y que apenas recordaba la noche anterior. ¿Dónde estaba? Un rápido vistazo le permitió reconocer la Sala de los Menesteres pero, ¿cómo había acabado allí? Y, lo más importante, ¿con quién? Miró rápidamente bajo las sábanas. Estaba en ropa interior y no vio ninguna mancha extraña, así que suspiró aliviada.
- ¿Tan poco te fías de mí, Elizabeth? Soy un caballero, solo te quité el vestido para que no se arrugara.
- James.
Claro, ¿quién si no? Empezó a recordar la fiesta, todo lo que había bebido, cómo se puso a bailar con Molly y cómo él la sacó de allí.
- Por Merlín, qué vergüenza. – Murmuró, tapándose la boca.
- Anoche te descontrolaste mucho, debiste hacerme caso cuando te dije que bebieras solo agua.
- No sé qué me pasó. – Se excusó ella. - ¿En qué momento se me ocurrió contonearme delante de esa panda de niñatos?
- Si no hubieras estado tan mal, me habría pegado con la mitad de ellos por mirar de esa forma a mi Lizzy y a mi prima. – Confesó él.
- Siento que tuvieras que irte de tu fiesta por mi culpa.
- Tranquila, ya me había divertido bastante y tú me necesitabas. – James se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla.
- Gracias.
- No tienes por qué dármelas, hice lo que sabía debía hacer. – Sonrió. - ¿Y qué has aprendido después de esta noche?
- Que no debería volver a beber alcohol en toda mi vida y que tu prima Molly es una malísima influencia, aunque me lo pasé genial con ella, pero no le digas eso a Rose.
Ambos empezaron a reír sin poder evitarlo debido al comentario. James la abrazó y ella se acurrucó un poco en sus brazos.
- ¿Quieres bajar a desayunar?
- Ni en broma. – La Ravenclaw palideció y volvió a sentir arcadas.
El chico volvió a reír. Desde luego, había sido una noche para no olvidar.
