13. Visitas sorpresa

Aquella cálida mañana de verano Lizzy estaba sola en su casa, viendo la tele. Adoraba aquel invento muggle, le encantaba ver series y películas sentada en el sofá. No entendía cómo los magos podían vivir solo con la radio, era un auténtico aburrimiento. Por suerte para ella, su abuela Anne siempre había tenido una televisión en su casa – gracias a su bisabuela que era muggle – así que su madre estaba tan acostumbrada como ella a aquel aparato. Estaba viendo una película antigua que le encantaba, Sweet home Alabama, cuando la chimenea se encendió. No tardó más de dos segundos en reaccionar. No esperaba visita, así que se puso de pie y apuntó con la varita. Todavía no podía usar la magia fuera del colegio pero, ¿y si era una emergencia?

- ¡Buenos días!

Suspiró aliviada y bajó el "arma" al reconocer aquella voz.

- ¿Qué haces aquí, James? – Preguntó con una media sonrisa mientras se acercaba a él.

- ¿No puedo venir a ver a mi querida amiga? – Replicó él, quitándose todavía los restos de ceniza de la ropa.

- Claro que sí, pero no me lo esperaba.

- Por eso es una sorpresa. – Sonrió antes de abrazarla. – Te echaba de menos así que pensé, ¿por qué no me paso por su casa? Sé que tu madre no viene hasta la hora del almuerzo y que tu padre los miércoles no trabaja en casa.

- Me tienes demasiado controlada, en serio, ¿qué clase de acosador eres? – Dijo la Ravenclaw riendo.

- Ninguno, es que hablas demasiado, deberías aprender a no revelar tanta información personal por tu propia seguridad, Collins.

Lizzy negó con la cabeza y se separó un poco del chico.

- Pues bienvenido a mi casa.

- ¿Qué estabas haciendo? – El chico miró con curiosidad la tele.

- Veía una película. – Ella se encogió de hombros.

- Oh, la televisión, me encanta ese invento muggle. – James rió. – Todavía recuerdo cuando le regalamos una a mi abuelo Arthur. Creía que iba a llorar de la emoción.

- Ya me imagino. – Lizzy volvió a reír. Había echado mucho de menos a James y eso que solo hacía tres semanas que no se veían. - ¿Quieres un tour guiado?

- Me encantaría.

Salieron del pequeño salón y entraron al comedor, donde había una mesa de cristal con ocho sillas. De allí pasaron a la cocina, donde también había una mesa, aunque esta era de madera y más pequeña.

- Aquí solemos comer mis padres y yo, lo de fuera es para cuando vienen mis abuelos o algún familiar. – Comentó. – Algunas veces viene el tío de mi madre o las tías de mi padre, cuando están en Reino Unido, claro.

Él asintió. Sabía que tanto su abuela paterna como su abuelo materno eran hijos únicos, que el tío de su madre se fue durante la Primera Guerra Mágica a Italia porque su esposa era nacida de muggles y no había vuelto, salvo para visitar a su familia y que su padre tenía dos tías, una soltera y la otra casada y con dos hijos, pero ambas vivían en Alemania, a donde huyeron temiendo también a Voldemort.

- No suele venir mucha gente. – Murmuró, aunque se encogió de hombros. Ya estaba acostumbrada a estar sola, aunque le encantaría tener una familia como la de James, tan grande y unida. Él quiso decir algo, pero ella lo cortó rápidamente. – Bueno, sigamos con la visita.

Le enseñó el aseo de aquella planta y el recibidor antes de subir al piso de arriba, donde estaban los dormitorios y el despacho de su madre. Le señaló cual era el de sus padres y le enseñó el de invitados, antes de abrir la puerta del suyo.

- Bienvenido a mi mundo.

James sonrió. Ese dormitorio era muy Lizzy. Las paredes eran verde claro – su color favorito – y las cortinas y adornos, lila. Tenía varios marcos de fotos repartidos por las estanterías, el escritorio y la cómoda, además de uno más grande colgado en la pared – le encantó verla de pequeña, tenía unos mofletes adorables -. Había también muchos libros, cosa que no le extrañó ya que la chica era una gran aficionada a la lectura. Su cama estaba llena de peluches y él no pudo evitar reír al ver a la mascota de las Arpías entre ellos, ¿cómo no iba a tenerla? Pero, desde luego, lo que más llamó su atención fue el pequeño papel que estaba pegado junto a su cama:

"Para Lizzy, con cariño

Ginny Potter"

- No puede ser verdad. – Empezó a reír. - ¿Todavía lo tienes? Creí que ya lo habrías quitado.

- ¿Y por qué iba a hacerlo? – La chica se sonrojó. – Ya sabes que tu madre es mi jugadora favorita pero, por favor, no se lo digas, me moriría de la vergüenza.

- ¿Más que cuando te envié por Navidad la camiseta firmada? – Preguntó él, enarcando una ceja.

- Más o menos igual. – Contestó ella, tras pensar unos instantes, con la frente arrugada.

- Pues entonces ya veré, aunque estoy seguro de que le haría mucha ilusión saberlo, siempre me habla muy bien de ti.

- Si apenas me conoce.

- Lo sé, - James se encogió de hombros. – pero siempre que te ve en el andén, o en la Madriguera dice que le pareces una chica muy agradable, simpática y educada. Si la hubieras visto cuando estuviste en casa el año pasado…

Lizzy sonrió. Le gustaba que su ídolo pensara eso de ella, no todos tenían la suerte de poder conocerlo tan de cerca como ella. "Y tan de cerca", dijo una voz en su cabeza. Se preguntó si James estaría viéndose en aquel momento con alguna chica, pero decidió dejar la pregunta para más tarde, ahora tenía que terminar con aquel tour.

- ¿Seguimos o quieres cotillear algo más?

- Podemos seguir. – El pelinegro sonrió. – Me gusta tu habitación, quizás venga a visitarte a menudo.

- Anda, vamos. – Se puso de espaldas para que él no viera el sonrojo que se extendía por sus mejillas. – Continuemos con la visita.

Volvieron a la planta baja y, desde allí, tomaron la escalera hasta el sótano. Le enseñó la biblioteca y él no pudo evitar abrir la boca. Debía haber cientos de libros, se notaba que prácticamente todo el mundo era Ravenclaw en aquella familia.

- Mi madre tiene una colección impresionante de novelas muggles. – Comentó ella. – Y también hay muchos tratados sobre pociones, la pasión de mi padre.

- Es impresionante, ¿se la has enseñado alguna vez a Rose?

- Sí, me costó mucho sacarla de aquí. – Lizzy sonrió al recordar aquella escena. – Ya solo nos queda una sala, pero no sé si puedo enseñártela.

- ¿Qué es?

- El laboratorio.

- ¿Dónde tu padre inventa pociones nuevas?

- No, donde cocinamos. – La chica puso los ojos en blanco. – Claro que sí, Jamie. ¿Quieres verlo?

- Podría ser interesante, pero no quiero ponerte en ningún compromiso.

- Mientras no digas nada…

- No lo diré, ni aunque tus padres me interroguen. – Levantó la mano derecha de forma solemne. – Te lo prometo.

- Está bien, pues vamos.

El laboratorio no era cosa del otro mundo, solo era una habitación llena de calderos, recipientes, ingredientes extraños y muchísimos papeles. David Collins era muy desordenado y, en lugar de tener todos los apuntes en un mismo lugar, los tenía repartidos por toda la habitación.

- Al fondo está su despensa, pero ni siquiera yo puedo ver qué hay dentro así que, supongo que este es el fin de la visita. – Lizzy cerró la puerta con cuidado. Esperaba que su padre no se diera cuenta de nada, no le gustaba que nadie entrara ahí a no ser que él se lo pidiera. - ¿Volvemos al salón?

- Por supuesto.

Los dos ascendieron en un tenso silencio que James solo se atrevió a romper al terminar de subir las escaleras.

- Oye, Lizz, me preguntaba si te estás viendo con alguien ahora. – Murmuró, algo nervioso y esperando que la respuesta fuera negativa.

- No, desde aquel último chico no he salido con nadie más, ya sabes que apenas tengo relación con mis vecinos muggles y no he visto a nadie del colegio desde que terminamos. – Ella se encogió de hombros. Sabía que si le preguntaba aquello era porque él tampoco tenía a nadie. - ¿Y tú?

- Yo tampoco.

Ambos sonrieron y se besaron. James condujo a Lizzy hasta el salón, besándola con la misma pasión de siempre. Había echado aquello de menos, menos mal que había decidido ir a verla. Siguieron besándose hasta que la tumbó en el sofá y se separaron para tomar un poco de aire. Lizzy se mordió el labio, un poco nerviosa, antes de enredar sus manos detrás de su cuello y tumbarlo sobre ella. Él volvió a besarla y comenzó a acariciar su pierna, siguió subiendo hasta llegar a su camiseta. Casi sin pensarlo, tiró un poco hacia arriba y empezó a quitársela.

- ¿Y si viene alguien? – Preguntó ella notando los besos del chico en su clavícula.

- Todavía es temprano.

Ella asintió y no pudo evitar suspirar. Tiró también de la camiseta de él y comenzó a acariciar su torso. Siguieron besándose y acariciándose sin parar. Cada vez iban más lejos y eso, a veces, asustaba a la Ravenclaw. Notó la mano de James temblorosa en el botón de su pantalón. ¿Hasta dónde estaban dispuestos a llegar? No quiso pensar en ello, así que se dejaron llevar hasta que escucharon un "crac" y una voz procedente de la cocina.

- Cariño, ya he llegado.

- ¡Mamá! – Exclamó Lizzy, poniéndose de pie mientras se vestía y acercándose a la puerta que unía el salón y el comedor mientras James terminaba de colocarse su camiseta y ella estiraba la suya. – No sabía que hoy llegarías tan pronto.

- Ya he terminado de revisar los artículos, así que me han dicho que podía salir antes. – Respondió ella, extrañada por el comportamiento de su hija, entrando en la sala - ¿Por qué…? ¡Oh, vaya!

- Hola, señora Collins. – Saludó el chico al darse cuenta de que ya lo había visto.

- No sabía que teníamos visita. – Comentó la mujer. - ¿Qué estabais haciendo?

- Es que James ha venido a darme una sorpresa, hacía mucho que no nos veíamos y se ha pasado por aquí. Ha llegado hace apenas media hora. – Explicó Lizzy tratando de mantener la calma. No podía permitir que su madre la pillara, precisamente ella no. – Estaba viendo una película y James se ha puesto a verla conmigo.

- ¿Sweet home Alabama? – Preguntó la mujer al reconocer las imágenes del televisor.

- Ya sabes que es una de mis películas favoritas.

- Genial. – Mary Collins se encogió de hombros, aunque en su interior estaba un poco nerviosa. Sabía que James y su hija solo eran amigos, pero no le parecía bien que hubiera ido a visitarla precisamente el único día que pasaba toda la mañana sola. Era bastante sospechoso – ¿Quieres quedarte a comer, James?

- No, gracias, debería volver ya a casa, no les he dicho a mis padres que iba a venir y no quiero que se preocupen. – Se puso de pie con naturalidad, pero sus palabras no habían hecho más que poner a la mujer aún más nerviosa. – Ha sido un placer verla y, Lizz, nos veremos pronto, escríbeme.

- Por supuesto, adiós Jamie.

- Adiós.

Dicho esto, el chico se metió en la chimenea, lanzó un puñado de polvos flu y desapareció.

- Cielo, sabes que me da igual que invites a tus amigos, pero la próxima vez avísame antes.

- Mamá, ya te he dicho que se ha presentado sin avisar.

- ¿Y por qué no se lo habrá dicho a sus padres? – Mary quiso que el comentario sonara despreocupado, pero no consiguió engañar a su hija, que la miró con el ceño fruncido.

- Porque ambos están trabajando y no vuelven hasta la hora de comer, seguro que se le ocurrió y lo hizo sin más. – Suspiró. - ¿No te fías de mí?

- Sí que lo hago, pero…

- James y yo solo somos amigos. – Le dolía mentirle a su madre de aquella forma pero, en parte, era verdad. No era su novio, no podía decirle lo que realmente sucedía.

- Lo sé, cariño, lo sé. – La mujer suspiró y trató de olvidar todas sus sospechas. - ¿Qué te apetece comer hoy?

Se dirigió hacia la cocina seguida por su hija, que suspiró y sonrió levemente. Había estado demasiado cerca de descubrir la verdad, pero aquella visita le había alegrado lo que quedaba de semana.