17. Bromas y castigos

Si la noche que Lizzy pasó en el número 12 de Grimmauld Place durante las vacaciones le hubieran dicho que acabaría sentada en el despacho de la directora el primer día de clase después de Navidad, no habría accedido jamás a ayudar a James en aquella broma.

- ¿Y bien?

La directora les había preguntado ya tres veces que por qué habían hecho aquello, pero los dos seguían guardando silencio y es que, ¿cómo iba a decirle la Ravenclaw cómo se dejó convencer por el chico? Suspiró levemente, rememorando la noche en la que James le explicó su plan.


- Lizzy, despierta.

Se estremeció al escuchar cómo susurraba en su oído y se movió un poco de forma perezosa. Todavía tenía sueño, no quería levantarse tan pronto.

- ¿Qué hora es? – Preguntó en un susurro.

- Las seis.

- ¿Qué? – Abrió los ojos y se incorporó. - ¿Pero a ti qué te pasa? Te dije que tenía que volver antes de que las demás se despertaran, pero esto es demasiado.

- Me encanta tu buen humor mañanero. – Comentó él con ironía, sentándose junto a ella en la cama. – Es que me he desvelado y estaba aburrido. Tengo que contarte una cosa.

- Espero que sea importante.

- Necesito tu ayuda para una broma. – Le dedicó una sonrisa, pero ella enarcó una ceja y esta se borró de sus labios.

- Ni hablar, ya me han castigado este curso, no puedo permitirme otro más, mis padres me matarían. – Negó con la cabeza. – Además, estoy segura de que Fred y tú podéis apañároslas bien solitos.

- Es una broma en solitario. – Puntualizó él. – Mi primo no sabe nada y realmente me gustaría contar con una experta en pociones como tú.

- Tú estás en séptimo, sabrás más cosas que yo.

- Mi padre no es el investigador más importante de los últimos cincuenta años. – Añadió James con una sonrisa. – Venga, nadie tiene por qué enterarse, no van a descubrirnos.

- No sé yo… - Lizzy suspiró y él puso cara de pena, consciente de que podría ablandarla. – A ver, ¿qué es lo que quieres hacer?

- Había pensado pringar a todos los de Slytherin durante el desayuno, sé que si mezclas ciertos ingredientes consigues una mezcla viscosa que se adhiere a la piel y eso es exactamente lo que quiero crear. – Explicó el pelinegro. – Lo colocaría durante la noche.

- ¿Qué ingredientes, Jamie?

Él comenzó a enumerarlos lentamente, tratando de recordar el orden exacto y las cantidades mientras ella lo miraba, con la nariz arrugada y asintiendo lentamente. Cuando terminó se encogió de hombros.

- Creo que eso es todo.

- No funcionará. – Dijo Lizzy entonces. – Es muy probable que explote, sería una mezcla altamente inestable.

- ¿Cómo lo sabes? – Arrugó la frente. – Lo encontré así, venía en un libro.

- Y los libros también se equivocan a veces, además, ¿te fijaste en las advertencias?

- ¿Advertencias?

- Lo que yo decía. – La chica sonrió. – Hay un ingrediente que podría estabilizarla y que, además, haría que fuera más efectiva.

- Explícate.

- Colorearía la piel y solo un antídoto podría quitar el color.

- ¿Y qué ingrediente es? – Preguntó él, nervioso.

- No vas a encontrarlo, es muy raro, solo unas pocas personas tienen acceso a él. – Contestó ella.

- ¿Personas como tu padre?

- Sí, pero… lo mejor será olvidarlo. – Lizzy se dejó caer de espaldas y cerró los ojos. Aquello era una locura y se podían meter en un buen lío. – Ya te he dicho que no voy a ayudarte.

- Nadie tiene por qué saber que tú has colaborado. – Insistió acercándose a la chica y comenzando a repartir besos por su cara y su cuello. – Venga, Lizz, hazlo por mí, será divertido, nunca hemos hecho algo así juntos.

- Te he echado una mano alguna que otra vez. – Trató de quejarse ella mientras él levantaba un poco su camiseta y comenzaba a acariciarle la barriga.

- Por favor, Lizzy. – Siguió repartiendo besos y ella lo fulminó con la mirada.

- Estás jugando sucio.

- ¿Por qué dices eso? – Sonrió y la besó. Ella se resistió unos instantes, pero en seguida empezó a mover sus labios con la misma pasión que él. Cuando se separaron, volvió a preguntarle. – ¿Me ayudarás?

- No. – Sonrió, pero dejó que volviera a besarla. – Mi respuesta seguirá siendo la misma hagas lo que hagas.

- ¿Pero por qué no? – Se dejó caer al lado de ella y bufó con frustración. ¿Por qué tenía que ser tan cabezota?

- Porque no.

- Me harías muy feliz. - Insistió James.

- Y ambos acabaríamos castigados. – La Ravenclaw negó con la cabeza. – Olvídalo, Jamie.

- ¿Qué quieres? Te daré lo que sea si me dices qué ingrediente es.

- ¿Lo que yo quiera? – Lizzy enarcó una ceja. A lo mejor aquello le interesaba. - ¿Cualquier cosa?

- ¿En qué estás pensando, Collins? – Preguntó él con cierta preocupación.

- Quiero ver tu patronus. – Pidió ella, con decisión.

- No.

- ¿Pero por qué no? ¿Tan ridículo es? ¿Es un pygmy puff?

- No es nada de eso. – Negó con la cabeza y trató de no ponerse rojo. Le daba mucha vergüenza que ella viera lo que era. – No puedo hacerlo, Lizz.

- Si lo haces te enseñaré el mío cuando volvamos a Hogwarts y te ayudaré con la broma.

James levantó la cabeza y la miró. No sabía que podía hacer ya un patronus, aunque conociéndola no le resultaba raro. ¿Qué forma tendría el suyo? ¿Y si…? Su corazón se aceleró.

- Te prometo que en cuanto lleguemos al castillo te lo enseñaré, así veremos los dos al mismo tiempo.

- No vale echarse atrás.

- No lo haré. – El Gryffindor sonrió y volvió a besar su cuello lentamente, haciendo que ella se estremeciera y se diera completamente por vencida. - ¿Me ayudarás entonces?

- Creo que no me queda otra.

James no contestó sino que se limitó a unir sus labios con fuerza otra vez. Todavía era temprano y podían aprovechar aquellas últimas horas antes de que los demás se despertaran.


- ¿Nadie va a contestar? – La directora estaba empezando a perder la paciencia y ambos lo sabían.

- Fue idea mía, directora. – Contestó James finalmente. – Le pedí ayuda a Lizzy para preparar la poción, pero ella no sabía para qué era. No la castigue a ella, soy el único culpable.

- Eso no es verdad, no tienes que protegerme. – La Ravenclaw lo miró antes de enfrentarse a la mirada de la directora. – Yo sabía lo que James planeaba y lo ayudé de forma voluntaria.

- Me espero este comportamiento del señor Potter, ya estamos acostumbrados, pero no de alguien como usted señorita Collins, la tenía por alguien responsable, aunque supongo que me equivocaba. – La chica bajó la mirada, avergonzada. – Siempre hemos confiado en usted, pero a partir de ahora las cosas cambiarán, ¿cómo sé que es la primera broma en la que participa? ¿Y si ha estado ayudando al señor Potter desde su primer año en este escuela?

- No lo ha hecho, directora. – Se apresuró a decir James. – Lizzy y yo nos llevamos muy bien y…

- Eso es más que evidente. – Lo interrumpió la mujer. – He notado que usted ha estado implicado en el ochenta por ciento de los castigos de la señorita Collins.

- Sí, bueno, lo que quiero decir es que la convencí para que me ayudara porque era algo que jamás habíamos hecho juntos. – Terminó de explicar él. – Y me costó muchísimo, debe saberlo, ella no quería pero la conozco muy bien y al final - La miró de soslayo y vio que tenía los labios apretados. – lo conseguí.

- ¿Cree, señor Potter, que eso mejora la situación?

Después del pequeño discurso de James, tuvieron que soportar dos horas y media de charla de la directora. Lizzy sentía unas fuertes ganas de llorar y lograba contenerse a duras penas al escuchar lo decepcionada que estaba la mujer con ella. No debería haberlo hecho, no debería haber accedido por mucho que James le hubiera ofrecido. Además, desde que había visto su patronus estaba completamente desconcertada, apenas había podido pegar ojo aquella noche, sin parar de darle vueltas a todo. No se había esperado algo así, no sabía que le daba vergüenza precisamente por eso.


- A la de tres los conjuramos, ¿vale?

Estaban en la Sala de los Menesteres el uno frente al otro, con las varitas extendidas. Lizzy había dejado la poción sobre la mesa para demostrar que había cumplido con su parte del trato, así que ahora solo les quedaba eso. Ella asintió, nerviosa, y él contó.

- Expecto patronum.

Una imponente águila no tardó en surgir de la varita de James, al mismo tiempo que un fiero león salía de la de Lizzy. Ambos se quedaron boquiabiertos mirando el animal que había conjurado el otro. Él suspiró, no había andado muy desencaminado. Se fijó entonces en ella, que se había quedado paralizada.

- Bonito patronus. – Comentó, intentando sacarla de su shock. - ¿Puedo saber en qué estabas pensando para conjurarlo?

- Pues supongo que, más o menos, en lo mismo que tú. – Murmuró ella tras unos segundos de silencio. Sus miradas se cruzaron. – ¿Un águila? ¿Por eso no querías que lo viera?

- Son unos animales muy nobles según dicen. – Respondió él, tratando de evitar responder su segunda pregunta.

- No me has contestado.

- ¿Tú no me dijiste que sabías hacer uno para que no viera que era un león?

- Supongo que ambos sabemos las respuestas. – La chica se sentó en la cama, todavía sorprendida. Llevaba unos días un poco nerviosa y eso no la tranquilizaba precisamente. Esos patronus tenían que significar algo, no podían ser casualidad. – Flipé mucho cuando lo vi la primera vez. Al principio fue como: me encanta, es muy yo, pero luego me paré a pensar y me di cuenta de que no era solo por mí, sino también por ti.

- Me pasó lo mismo. – James se sentó junto a ella. – Me pareció majestuosa y perfecta, pero luego pensé automáticamente en ti. Supongo que verla me recuerda a ti y que tienes mucho que ver con la forma. Apareces en la mayoría de mis pensamientos felices.

- Y tú en los míos.

Los dos sonrieron poco a poco y su incertidumbre acabó por convertirse en carcajadas. Pronto hablaban de lo increíble que era que sus patronus se complementaran así, que representaran al otro. Les había costado mostrarlos, pero al final había merecido la pena. Ya habría tiempo para preocuparse después.


- Ya pueden marcharse pero, recuerden, todos los viernes, sábados y domingos hasta mayo tendrán que limpiar el colegio, sin excusas.

- Sí, directora. – Respondieron al mismo tiempo.

Se pusieron de pie pero, justo cuando iban a salir por la puerta, la voz de McGonagall volvió a sonar.

- ¿Podría quedarse un minuto más, señorita Collins?

- Sí, claro. – Se dio la vuelta, con el ceño fruncido y espero hasta que James hubo salido para acercarse de nuevo al escritorio y volver a hablar. - ¿Qué sucede?

- Debe saber que es una de mis opciones para ser Delegada el año que viene.

- Sé que va a ser Rose.

- Pero si la señorita Weasley no pudiera o renunciara por cualquier motivo, usted podría serlo, no está muy atrás, es una de las primeras en mi lista así que ándese con ojo. – Sonrió levemente. – Sé que el señor Potter y usted tienen una relación muy… especial, – La chica enrojeció al escuchar aquello. – pero intente comportarse lo que queda de curso.

- Sí, directora. – Respondió. Le sorprendía escuchar aquello, siempre había asumido que la próxima Delegada sería Rose y nunca se había planteado la posibilidad de serlo ella, aunque, siendo sinceros, no estaba muy segura de si quería serlo. Eso sonaba a mucho trabajo extra.

- Esto repercutirá negativamente, lo lamento.

- No se preocupe. – Asintió lentamente. - ¿Puedo marcharme ya?

- Sí. – Lizzy volvió a andar hacia la puerta. - ¡Oh, una última cosa! Recuerde que el Ministerio nos pide los expedientes de los alumnos que solicitan trabajar para ellos y que tienen muy en cuenta el comportamiento.

No respondió. Salió de la habitación rápidamente, decepcionada consigo misma. Se había olvidado por completo de eso y no quería ni pensar en ello. Solo esperaba no haber tirado todos sus sueños por la borda.

- ¿Lizz?

James la estaba esperando, pero ella pasó de largo y ni siquiera lo miró. Estaba demasiado molesta con él, por haberlo propuesto, y todavía más consigo misma, por haber aceptado, como para ser amable. Ese patronus podía salirle muy caro.