21. Comida en casa de los Collins

Lizzy no paraba de dar vueltas por su cuarto, muerta de nervios. Todavía quedaba una hora para la comida, pero ya llevaba un rato preparada. Se había puesto un vestido informal de color azul y unas sandalias y llevaba el pelo recogido en una trenza que se había ya rehecho unas seis veces. Miró otra vez su reloj. En media hora había quedado con James, esperaba que él estuviera más tranquilo que ella.

- ¿Estás ya lista? – Preguntó su madre, asomándose al dormitorio.

- Llevo ya un rato preparada, ¿qué tal estoy?

- Muy mona. – Mary Collins sonrió. – Relájate, solo es una comida.

- Con la abuela Charlotte, ¿te he comentado ya que odia a James? Solo se han visto una vez y aprovechó para amenazarlo, ¡y ni siquiera sabía que estábamos saliendo!

- Ya sabes que siempre ha dicho que tenía planes para ti.

- Eso me da igual, mamá, no puede ir por ahí diciéndole a mi novio que se aleje de mí. – Se cruzó de brazos. – Es completamente irracional. ¿Viste qué cara puso cuando se lo conté y le dije que vendría a comer?

- Sí, pero estaremos nosotros y tus abuelos, entre todos podremos mantenerla a raya. – La mujer abrazó a su hija, que suspiró. – Saldrá bien.

- Eso espero. – La chica miró su reloj otra vez. Todavía faltaban quince minutos, pero ella ya no podía esperar más. – Voy a ir a por James ya.

- De acuerdo, nos vemos allí a en punto, no lleguéis tarde.

- No te preocupes.

Lizzy cerró los ojos y se concentró en la casa de los Potter. Apareció directamente en el salón – era una de las pocas privilegiadas que tenía completo acceso a la casa de la familia –, donde Lily y Albus veían la tele. La pelirroja se sobresaltó, pero en seguida sonrió al reconocerla.

- Hola, chicos. – Saludó.

- Qué guapa, cuñada. – Comentó Lily. – James está arriba arreglándose todavía.

- Lo imaginaba, me he adelantado un poco y la puntualidad no es su fuerte. – Puso los ojos en blanco. – Aunque hoy no podemos llegar tarde.

- Me ha dicho que iba a comer con toda tu familia. – Dijo Albus, mirándola con curiosidad.

- Así es, en la Mansión Collins. – Murmuró la chica.

- No sabía que tenías una mansión. – El pelinegro enarcó una ceja. En realidad, no sabía demasiado de la novia de su hermano, solo lo que ella contaba en Hogwarts, pero muy poco relacionado con su familia.

- No es mía, es de mi abuela paterna. – Explicó. – Cuando se cambió el apellido, cambió también el nombre de la casa. No tiene sentido, lo sé, pero según ella sí y yo prefiero no discutirle, es una cabezota. – Se mordió el labio y volvió a mirar la hora.

- ¿Quieres algo, Lizzy? – Preguntó lentamente Lily. – Pareces ansiosa.

- Es que esto va a ser un desastre. – Murmuró. – Lo odia, ella lo odia.

- ¿A James?

- ¿A quién si no? – Negó con la cabeza. - ¿Podría subir? ¿Están vuestros padres?

- Han salido hace poco, tienes vía libre.

- Genial, gracias chicos.

Subió rápidamente las escaleras y abrió la puerta del dormitorio de James sin llamar. El chico se giró al escucharla. Estaba desnudo de cintura para arriba y, frente a él, había dos camisas levitando. Suspiró de alivio al verla.

- Menos mal que has llegado, ¿cuál me pongo?

- ¿No crees que hace un poco de calor para una camisa de manga larga?

- ¿Y qué me pongo entonces? – Su voz denotaba su nerviosismo. Quería causarle buena impresión a la familia de la chica, demostrarles que no era ningún niñato. Los padres de ella se lo habían tomado muy bien, su madre había dicho incluso que ella ya se lo había imaginado, y sabía que la señora Douglas, su abuela materna, se lo tomaría igual, pero Charlotte Collins… - No puedo llevar una camiseta.

- Déjame ver tu armario, ¿no tienes ningún polo?

- Sí, un par de ellos. – Abrió la puerta y dejó que ella mirara dentro. Tras rebuscar un poco, sacó un polo azul celeste y se lo dio.

- Este te quedará bien, confía en mí y date prisa, no podemos llegar tarde.

- No es mi intención desde luego, aunque no creo que pueda caerle peor. – Negó con la cabeza.

- No le hagas caso, ya le ha quedado claro que no voy a aceptar un matrimonio concertado por muy buen partido que sea Giorgio y que te quiero a ti, tanto si le gusta como si no.

- Así que me odia todavía más que la última vez. – Lanzó una carcajada irónica. – Genial.

- Tú solo sonríe, yo me encargaré del resto, ya sabes cómo es: una sangre pura que cree que puede seguir imponiendo sus rígidos cánones.

- Todavía me sorprende que se casara con un nacido de muggles.

- Anda, termina de una vez, tenemos prisa.

- ¡A sus órdenes, señorita!

James terminó de prepararse en apenas un par de minutos y bajó junto a la chica a la planta baja. Lily y Albus seguían viendo la tele, pero dejaron de prestarle atención en cuanto la pareja cruzó la puerta.

- Decidles a papá y mamá que no sé cuándo volveré, pero que probablemente estaré aquí para cenar. – Pidió el mayor a sus dos hermanos que lo miraban con una sonrisa divertida. – Y dejad de hacer eso, dais grima.

- Es que me parece increíble que hayas sentado la cabeza y que vayas a conocer a tu familia política, ¿quién lo habría dicho hace un año, James? – Comentó Albus ganándose una mirada de reproche de su hermano.

- Dejadlo tranquilo, anda, está nervioso. – Pidió Lizzy mientras se mordía una uña, arruinando su manicura. Miró la pintura y se encogió de hombros antes de llevársela otra vez a la boca. Como si a ella eso le importase.

- Seguro que os va genial. – Dijo Lily. – Además, todos saben que estáis hechos el uno para el otro.

- Gracias, hermanita, pero eso no hará que miré con mejores ojos a Lorcan.

- Encima que me alegro por ti…

- Bueno, nosotros nos vamos. – Volvió a coger a Lizzy de la mano. – Cuando tú quieras.

La morena asintió y cerró los ojos. Se concentró en la casa de sus abuelos durante unos instantes y, en seguida, ambos aparecieron en el enorme vestíbulo. James abrió la boca, un poco sorprendido. No se esperaba aquel suelo de reluciente mármol, ni tampoco aquella gran lámpara de araña que colgaba del techo.

- ¡Lizzy!

La vocecilla lo sobresaltó y no pudo evitar enarcar una ceja al ver a una pequeña elfina doméstica frente a ellos. Llevaba un gracioso vestido rosa fucsia y una diadema en la cabeza. La morena sonrió y se agachó un poco para hablar con ella.

- Meldi, ¿cómo estás?

- Muy bien, ¿y tú?

- Un poco nerviosa, ¿sabes a qué he venido, verdad?

- ¡A presentarle a los señores a su novio! – Miró a James de reojo. - ¿Es él?

- Sí, déjame presentarte a James Potter. – Se giró un poco para mirarlo con una sonrisa. – Jamie, esta es Meldiæ, Meldi para los amigos.

- ¡Es un placer conocerle por fin, señor Potter! – Exclamó, estrechándole la mano ante su sorpresa.

- Llámame James. – Consiguió decir.

- La señora lleva días como loca, ha sido realmente divertido. – Lanzó una carcajada. – Tus padres y los señores Douglas ya han llegado, están todos en el salón así que supongo que lo mejor será que os unáis a ellos cuanto antes. Yo me voy a terminar la comida.

- Gracias, Meldi.

La elfina desapareció y ambos se miraron. Lizzy sonrió de forma nerviosa y James volvió a enarcar una ceja.

- ¿Una elfina doméstica?

- En realidad hay cinco, pero todos son elfos libres y tienen su salario. – Explicó rápidamente. – Todo es completamente legal.

- ¿Sabe esto mi prima?

- No, ni va a saberlo, ni tampoco tu tía Hermione. – Suspiró. – Mira James, a mí tampoco me gusta que los elfos sean criados, pero me encargué personalmente de liberarlos a todos cuando tenía seis años y hacen esto porque quieren.

- ¿En serio? – Preguntó, asombrado.

- Me parecía una crueldad que no pudieran decidir dónde trabajar ni lo que hacer. – Contestó ella. – El salario es bueno y mis abuelos los tratan bien y los mantienen, así que supongo que no es algo tan malo, ¿no?

- Lizz, ¿cuánto dinero tiene tu abuela?

- No se lo he preguntado nunca, pero creo que no quiero saberlo. – Se encogió de hombros. - ¿Entramos?

- Supongo que no nos queda más remedio.

Volvieron a entrelazar sus manos y caminaron con paso decidido hasta el salón principal, donde ya estaba el resto de la familia de la chica.

- Hola a todos. – Saludó Lizzy nada más entrar.

En seguida los seis adultos se pusieron de pie y comenzaron a saludarlos. Los primeros en acercarse a James fueron sus suegros, seguidos de los señores Douglas y, finalmente, el matrimonio Collins.

- Creí haberte dicho que te mantuvieras alejado de ella, Potter. – Murmuró Charlotte mientras lo saludaba fingiendo una sonrisa.

- Su nieta no es un objeto que pueda usted mover a su antojo. – Contestó él. – Créame, no estoy haciendo nada que ella no quiera.

- Pues verás…

- El almuerzo está servido.

Un nuevo elfo doméstico había aparecido en la puerta y todos comenzaron a seguirlo hacia el comedor. James suspiró. Salvado por la campana. Una vez en el inmenso comedor - ¿para qué querrían una mesa tan grande y tantos candelabros? – se sentó junto a su novia y la cogió de la mano bajo la mesa.

- Los elfos sirven por el lado derecho. – Murmuró ella. – Y los cubiertos se utilizan de fuera hacia dentro.

- De acuerdo. – Respondió él, un poco sorprendido. ¿Para qué tanta etiqueta en una comida familiar? En la Madriguera comían a veces con las manos y aquí tenía tres tenedores distintos.

- Si tienes alguna duda pregúntame.

- Vale.

- A mí tampoco me gusta la etiqueta. – La voz de Anne Douglas los sobresaltó a ambos. La abuela materna de la chica los miraba con ternura.

- Yo, bueno, es solo que… - James notó cómo se ponía rojo. – No estoy muy acostumbrado que digamos.

- Pues es algo básico y muy importante, los modales son lo primero, ¿Elizabeth nunca te lo ha dicho? – Intervino Charlotte, fulminándolo con la mirada.

- Creo que me lo ha comentado alguna vez.

- Probablemente, sí. – Añadió ella con una nerviosa sonrisa. La cosa no empezaba bien. – De todos modos, solo le estaba recordando algunas cosas, no pasa nada, no estamos comiendo con nadie de la realeza que pueda escandalizarse debido a nuestros errores, ¿no crees, abuela?

- Sí, supongo que tienes razón. – La mujer sonrió a su nieta. – Pero no nos demoremos más, estoy hambrienta. – Miró hacia el elfo doméstico. – Ya podéis comenzar a servir la mesa.

- Como usted mande, señora.

En seguida llegaron dos elfinas empujando un carrito lleno de cuencos de una especie de crema de verduras. Pusieron uno delante de cada uno antes de marcharse.

- Espera hasta que ella empiece. – Murmuró Lizzy. Había cogido la primera cuchara, pero todavía no había probado bocado.

- ¿Por qué?

- Tú solo hazlo, le encantará.

James asintió e hizo lo que la chica le había pedido. Charlotte lo miró gratamente sorprendida y, con un gesto, le indicó que comenzara. El chico suspiró. Iba a ser una comida muy larga.


Después de tomar dos platos más y el postre, los ocho charlaban animadamente de nuevo en el salón mientras servían el té.

- ¿Así que te han cogido en el Puddlemere United? Eso es impresionante. – Dijo Anne después de que James les contara la reciente noticia.

- La verdad es que estoy muy contento. – Dijo. – El entrenador, Oliver Wood, conocía a mis padres y escribió a mi madre preguntándole si me interesaba la vacante. Su hijo está en el equipo de Ravenclaw con Lizzy y me había visto jugar, así que le había comentado que era un buen buscador y estaba interesado en jugar de forma profesional. Hice unas pruebas y me han cogido. – Explicó, ya mucho más relajado. – Mi única pena es que ese equipo es el gran enemigo de las Arpías y yo siempre he sido un gran seguidor suyo. Por desgracia, es exclusivamente femenino.

- No esperes que te anime el día que juguéis contra ella. – Murmuró Lizzy.

- Mi madre y tú contra mí, será genial. – Contestó él con ironía haciendo que la chica lanzara una carcajada.

- Encantador. – Charlotte se puso de pie y se acercó a la joven pareja. – Así que mi nieta ha decidido que un chico que quiere dedicar su vida a perseguir una pelotita es mejor que el hijo de un importante embajador.

- Abuela. – La voz de Lizzy sonó amenazante, pero la mujer la ignoró y continuó hablando.

- No, cielo, creo que cometes un gran error. Giorgio es un chico encantador y está loco por ti, estaría encantado de convertirte en su esposa. Es un chico educado, tiene unos modales impecables y un puesto de trabajo asegurado en el Ministerio. Te dará la vida que toda dama debería tener y no la que este individuo te proporcionará.

- No voy a casarme con Giorgio, te lo he dicho antes y te lo vuelvo a decir ahora. Es un buen chico, pero yo estoy enamorada de James y me da igual lo que digas, ¿sabes? Le quiero y voy a estar con él le moleste a quien le moleste, bastante tiempo hemos estado ya separados. – Replicó, levantándose. – ¿Crees que precisamente a mí me importan los modales y el dinero? ¡Por favor! James es buscador y a mí me parece estupendo porque tanto él, como todos los demás, debemos perseguir nuestros sueños.

- Elizabeth, no sabes lo que estás diciendo.

- Oh, por supuesto que lo sé, abuela. – Sonrió con autosuficiencia. – Aprendí esto de ti: si quieres algo, lo coges. Por la sangre Selwyn, ¿no? Voy a hacer exactamente lo mismo que hiciste tú. Quiero a James y eso es lo único que me importa, además, tengo solo 17 años, ¿de verdad creías que accedería a atarme a alguien tan pronto? Estamos en el siglo XXI, las cosas han cambiado. ¿Quieres desheredarme? Me parece perfecto, no necesito tu dinero, trabajaré para ganar el mío propio. Así que ahora, tanto si me disculpas, como si no, me voy al jardín a volar un rato porque, perdona que te diga, las chicas también podemos jugar al quidditch.

Dicho esto, salió de la sala con paso acelerado y la cabeza alta. James no tardó en seguirla, nervioso por todas las miradas que estaba recibiendo. La alcanzó en la puerta y la cogió del brazo.

- ¿Qué ha sido eso?

- ¡Me da igual lo que diga, estoy harta! – Gritó ella, realmente enfadada, saliendo al jardín. - Me la pela completamente su opinión, ¿sabes? ¡Me la pela!

- Esa no es una forma muy apropiada de hablar.

Anne los había seguido y los miraba con preocupación. Su nieta suspiró y relajó los hombros.

- Abuela, ya lo has visto, no atiende a razones.

- Lo sé, Charlotte siempre ha sido así. – Suspiró. – Le costó aceptar a tu madre más de lo que ella dice, pero finalmente lo hizo y sé que pasará lo mismo con James. No hay más que veros juntos para saber que estáis hechos el uno para el otro.

- Es que ella cree que yo debo ser una dama y me frustra. – Negó con la cabeza.

- Bueno, quiso educarte para eso. – La señora Douglas mantenía el mismo tono de voz tranquilo. – Por suerte también estaba yo para enseñarte a ser una auténtica guerrera.

- Si me permite decirlo, señora Douglas, Lizzy tiene una técnica perfecta y es una luchadora genial. – Comentó James.

- Lo imagino, le he enseñado todo lo que sé. – La mujer sonrió. – Y llámame Anne, ya eres de la familia.

- Abuela…

- Ya verás cómo se le pasa, tú solo entra dentro y procura no decir expresiones malsonantes, ¿te imaginas que hubiera sido tu madre la que hubiera aparecido cuando tú estabas diciendo que te la pelaba la opinión de tu abuela? Te habría reprendido, ambas lo sabemos y, si hubiera sido Charlotte, no quiero ni imaginármelo.

- Eres la mejor.

Lizzy la abrazó con todas sus fuerzas y James sonrió con ternura. Sabía que la chica quería a su abuela Anne con locura y que era una de las personas más importantes de su vida.

- Volved dentro, a lo mejor ya se ha tranquilizado un poco. – Sugirió cuando se separaron.

- Lo dudo mucho, la conozco bien y esto no se le pasará. No va a aceptarlo jamás.

- Pues ahí te equivocas, Elizabeth.

Los tres se volvieron. Charlotte acababa de aparecer y avanzaba hacia ellos con paso elegante, pero firme.

- ¿Te importaría dejarnos a solas, Anne?

- Todos tuyos, Charlotte.

- Está bien. – Esperó hasta que la otra mujer se hubo marchado para empezar a hablar. - ¿Tú la quieres, Potter?

- Muchísimo, señora Collins. – Se apresuró a responder él.

- ¿Le harás daño?

- No, ni permitiré que nadie se lo haga, aunque ella no necesita protección.

- Ya, Anne la ha enseñado bien. – Puso los ojos en blanco antes de seguir. - ¿La respetarás?

- Claro.

- Bien. – Suspiró y se giró hacia su nieta. - ¿Tanto lo quieres, Elizabeth?

- Tanto y más, abuela. – Confesó ella. – Estoy enamorada de él desde siempre y no voy a permitir que nada nos separe.

- Y supongo que es tu última palabra.

- Nada de lo que digas o hagas me hará cambiar de opinión.

- Supongo que debería avisar a los Cavalli entonces, deben buscar una nueva esposa para Giorgio. – La mujer negó con la cabeza. – ¿Sabes? Me has recordado mucho a mí antes. Cuando yo me enamoré de tu abuelo estaba prometida con otro y mis padres creyeron que me había vuelto loca, pero les dije que solo estaba dispuesta a estar con él así que recogí mis cosas y me marché de esta casa. Tardaron tres meses en encontrarme y en ese tiempo decidieron que lo mejor sería darme su permiso para casarme con quien quisiera, sin importar su sangre. Supongo que es un poco igual, ¿no? Siempre he creído que mis decisiones eran las correctas, pero a veces también puedo equivocarme. No me gusta este chico para ti, creo que te mereces a alguien mejor que se gane la vida con algo de provecho y no sobre una escoba, pero como sé que lo quieres y es tu última palabra, lo aceptaré.

- ¿En serio? – Los dos chicos abrieron mucho los ojos, incapaces de creerse aquello.

- Sí, me he arrepentido de todo en cuanto has salido por esa puerta, esa discusión ha sido tan parecida a la que yo tuve que no he podido evitar darme cuenta de que nada de lo que haga podrá hacerte cambiar de opinión. – Charlotte suspiró. – Es la sangre Selwyn. Además, tu padre jamás me habría perdonado arruinarte tu felicidad y es el único hijo que me queda, no puedo permitir que se enfade conmigo.

- Gracias, abuela.

- Supongo que tendré que acostumbrarme, pero si te trata mal en algún momento o no te respeta, será lo último que haga. Tú eres una dama y debe tratarme como tal.

- Ya, bueno, no lo soy, podría asustar a un tabernero con mi lista de insultos.

- ¿Lo sabe tu madre?

- No. – Negó con la cabeza.

- Lo convertiremos en nuestro pequeño secreto, pues. – Ambas sonrieron. – Elizabeth, eres mi única nieta y te quiero más que a nada en este mundo, no quiero perderte por una tontería, debes saber que si insistía en el matrimonio con Giorgio era solo por tu bienestar, pero aceptaré a James o a quien tú elijas siempre que te haga feliz.

Lizzy abrazó a la mujer que no tardó en devolverle el gesto. Cuando se separaron, acarició su mejilla antes de volver al interior de la casa.

- Supongo que no ha estado tan mal. – Murmuró entonces la chica.

- Bueno, sigo vivo y parece que no va a entrometerse así que, supongo que todo está bien. – James sonrió.

- ¿Sabes qué? Me he dado cuenta de una cosa.

- Dime.

- Hoy no me has dado ningún beso. – La morena se cruzó de brazos y lo miró con ojos de cachorrito. – Estás perdiendo tu romanticismo, Jamie.

- Eso lo soluciono pronto.

Se acercó a ella y la besó. Al final no había sido un día tan malo.