29. Independencia

James llevaba apenas diez minutos esperando cuando vio a Lizzy aparecer. Llevaba una elegante falda azul marino, una blusa blanca y el pelo suelto. Sonrió sin poder evitarlo, aunque arrugó un poco el ceño al ver al chico que venía con ella. Era la primera vez que lo veía, pero parecía que los dos se llevaban bastante bien – o eso dedujo por las risas de ambos –, a lo mejor también trabajaba allí. Se acercó un poco y carraspeó, tratando de llamar la atención de su novia.

- ¿James? – Lizzy abrió mucho los ojos al verlo y salió corriendo hacia él, tirando su maleta al suelo. Él la rodeó por la cintura y la estrechó entre sus brazos con fuerza. Se besaron y se sonrieron antes de que ella volviera a hablar. – ¿Qué haces aquí?

- Te echaba de menos y hoy no tenía entrenamiento así que pensé que sería una buena idea venir a recogerte. – Contestó él. – ¿Qué tal tus tres semanas en Alemania?

- Genial, es un país muy bonito, pero – Suspiró y se puso un poco roja. – me quedé en blanco en medio de una reunión, se me olvidó completamente el alemán. ¡Qué vergüenza!

- Venga, no sería para tanto, seguro que saldrías del paso, además, todo el mundo habla inglés. – Le quitó importancia y ella le dedicó una media sonrisa. – Seguro que los has dejado a todos impresionados.

- Eso espero. – Miró hacia atrás y le hizo un gesto al chico que se había quedado quieto en su sitio, sin saber muy bien qué hacer. – Pierre, viens ici!

- Qu'est-ce qu'il se passe, Belle ? – Preguntó, acercándose.

- Il est James, mon petit-ami.

- ¡El famoso James! – Exclamó con acento francés, tendiéndole la mano. Él se la estrechó y le sonrió. – He oído hablar mucho de ti estas semanas.

- Espero que cosas buenas.

- Muy buenas. – Pierre lanzó una carcajada. – Lizzy es una chica genial y es bastante fácil trabajar con ella.

- Es que tú eres demasiado bueno y no te gusta llevarme la contraria. – Comentó ella antes de poner los ojos en blanco. – Pierre trabaja para el Ministerio francés, ha estado en las mismas reuniones que yo y ahora tiene que pasar unos días aquí en Reino Unido antes de volver a su casa.

- Este estilo de vida puede resultar duro algunas veces, pero a mí me encanta ser diplomático y viajar. – Comentó el francés. – Aunque después de este viaje espero poder pasar al menos un par de semanas con mi familia, mis amigos y mi novia.

- ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? – Se interesó por saber James.

- Unos cinco años, desde que terminé mis estudios en Beauxbatons. – Explicó él. – Por experiencia puedo deciros que los primeros viajes siempre son los peores, después te acostumbras.

- Oye, que yo he estado muy bien. – Se quejó ella. – Me lo he pasado genial y eso que era un viaje de trabajo.

- ¿Y no me has echado de menos? – James puso carita de cachorrito abandonado y ella no pudo evitar sonreír.

- Mucho, cielo.

- Pues entonces te alegrará saber que tengo una sorpresa para ti. – Le guiñó un ojo y ella enarcó una ceja con curiosidad.

- ¿Qué pasa?

- ¿Tienes algo que hacer ahora?

- Subir unos papeles al director del Departamento. – Contestó ella, muerta de curiosidad. – No tardo, es solo dejarlos allí.

- Pues entonces aquí te espero. – Sonrió ampliamente al ver cómo ella apretaba un poco los labios.

- No vas a decirme nada, ¿verdad?

- Exactamente.

- ¿Pierre, vienes conmigo? – Le preguntó al francés, ignorando a su novio.

- Sí, claro, tengo que hablar con tu jefe. – Él se encogió de hombros. – Un placer, James, espero volver a verte pronto.

- Claro, cuando quieras.

Los dos se marcharon y él, después de coger la maleta de ella, apoyó la espalda contra la pared, un poco nervioso. ¿Pensaría Lizzy que estaba loco? Seguro que sí. Sus padres habían estado a punto de sufrir un infarto al enterarse de lo que planeaba. Llevaba esperando al menos veinte minutos, sumido en sus pensamientos, intentando mantenerse completamente sereno, cuando la chica volvió.

- ¡Ya estoy! – Exclamó mientras corría hacia él. James sonrió y negó con la cabeza, se notaba que estaba muerta de curiosidad. - ¿Vas a decirme ya qué pasa?

- Sí, supongo que sí. – Sacó una venda de su bolsillo y ella arrugó la nariz.

- ¿Y eso?

- Tienes que ponértela. – Dijo él con tranquilidad.

- ¿Por qué?

- Porque es una sorpresa. – La estiró un poco y se puso detrás de su novia. – Venga, ¿confías en mí?

- Hombre…

- ¡Lizz!

- Que sí, Jamie, que sí confío en ti. – La chica lanzó una carcajada. Era tan fácil picar al chico. - ¿Cómo no voy a hacerlo después de todos estos años?

- Pues entonces déjame ponerte esto. – Le colocó la venda sobre los ojos y la ató bien. Se puso delante de ella y agitó un par de veces las manos, para comprobar que no veía nada antes de cogerla de las manos. – Vamos a desaparecernos, ¿vale? Y tranquila, yo llevo tu maleta.

- Vale, te sigo.

Se concentró en el lugar al que quería ir y ambos se desaparecieron. Aparecieron en seguida en medio de un pequeño salón-comedor. James soltó las manos de Lizzy y tomó aire. Solo esperaba que no lo llamara loco.

- Voy a quitarte la venda ya.

- Cuando quieras, me muero de curiosidad. – La morena sonrió y él se tranquilizó un poco. Era Lizzy, por supuesto que iba a pensar que estaba loco, pero se lo diría riendo, lo besaría y después le daría todo su apoyo.

- Allá vamos.

Se colocó detrás de ella y le quitó la venda lentamente. Ella parpadeó un par de veces antes de sonreír levemente y observar con atención la habitación. Era bastante sencilla, solo tenía un sofá, un sillón, un mueble con una televisión y una mesa larga con seis sillas. En la pared había un par de cuadros de paisajes. Se dio la vuelta e interrogó a su novio con la mirada.

- Bienvenida a mi apartamento.

- ¡No! – Se llevó una mano a la boca y abrió mucho los ojos.

- Sí. – James se encogió de hombros. – Soy un jugador de quidditch profesional, no puedo seguir viviendo con mis padres.

- No me lo puedo creer.

- Pues créetelo. Además, así tendremos más intimidad. – La chica empezó a reír al escuchar aquello. – Oye, que es verdad, que entre tus padres y los míos últimamente no tenemos ni un momento para nosotros solos.

- Menuda locura, – Negó con la cabeza. – independizarte así como así. ¿Estás seguro de que eres capaz de vivir solo?

- Bueno, tampoco voy a estar tanto tiempo solo. – Se encogió. – No te estoy diciendo que te vengas a vivir conmigo porque todavía es muy pronto, pero mi casa es tu casa, así que espero que prácticamente vivas aquí. Si a ti te parece bien, claro.

- Me parece genial.

Lo besó con pasión y él la agarró por la cintura. La acercó más a su cuerpo y ella apoyó su mano en su hombro. Cuando rompieron el beso se puso de puntillas y se acercó a su oído.

- Y digo yo, esta casa tendrá más habitaciones, ¿no?

- Sí. – Contestó él, un poco confuso. – Una cocina, un baño…

- ¿Un dormitorio? – Se alejó de él y lo miró con una media sonrisa.

- Oh. – Sonrió. Por cosas como esa, salía con ella.

- Habrá que estrenarlo, ¿no?

La besó antes de cogerla de la mano y conducirla hasta el amplio dormitorio con cama de matrimonio y armario de cinco puertas. Lizzy sonrió al verlo. Estaba claro que le faltaba decoración, pero era bastante acogedor.

- Podría acostumbrarme a pasar las noches aquí.

- Espero que lo hagas.

Volvió a unir sus labios, dispuesto a estrenar por todo lo alto aquella habitación. Le mordió el labio a Lizzy mientras ella metía las manos bajo su camiseta. Justo acababa de tumbarla en la cama cuando escucharon un "crac" y una voz que los hizo detenerse en seco.

- ¿James? ¿Estás en casa?

- Repite ahora eso de que te independizabas para que pudiéramos tener intimidad. – Murmuró la morena, aguantando la risa.

- Ni una palabra, Collins. – Puso los ojos en blanco y ella lanzó una carcajada. James suspiró, resignado. - ¡En el dormitorio, papá! Puedes pasar.

James se puso de pie y se colocó la camiseta, mientras su novia seguía tumbada en la cama, con los pies apoyados en el suelo y conteniendo la risa a duras penas. El hombre se asomó al marco de la puerta y les dedicó una media sonrisa nerviosa. Menudo momento había elegido para venir a ver a su hijo.

- Siento interrumpir, no sabía que ya habías vuelto de tu viaje, Lizzy.

- Acabo de llegar. – Explicó ella, sentándose. – James ha venido a recogerme al Ministerio y me ha traído directamente aquí.

- Y ella no me ha llamado loco.

- Nosotros tampoco. – Se apresuró a decir su padre. – Solo te dijimos que lo veíamos un poco precipitado y que eras muy joven.

- También que no aguantaría ni tres días seguidos por mi cuenta. – Puntualizó el chico. – Y ya llevo aquí cuatro.

- Eso son cosas de tu madre, no mías. – Harry rió y agitó la cabeza. – Y, hablando de ella, he venido a decirte, bueno a deciros, que vinierais a comer esta noche a casa. Caroline y Lorcan también vendrán.

- Por mí bien, así me ahorro cocinar.

- James, has comido todos los días en casa desde que te mudaste. – Dijo su padre, haciendo que él se sonrojara y la chica empezara a reír.

- Papá, no hacía falta que Lizzy lo supiera.

- No pasa nada, cielo. – Se puso de pie y le pasó un brazo por la espalda. – Si en el fondo todos sabemos que no podrías vivir sin tu madre.

- Es que es la mejor. – Murmuró él.

- Harry, yo creo que iré pero no estoy segura, todavía no he visto a mis padres y a lo mejor les sienta un poco mal que pase la noche fuera después de tantos días fuera de casa.

- Como tú veas, no tienes más que venir si te apetece. – El hombre sonrió. – Y ahora, me marcho, tengo cosas que hacer. Os veo esta noche.

Los dos se despidieron de él y se miraron durante unos instantes antes de estallar en carcajadas. ¿Por qué la gente se empeñaba siempre en interrumpirlos en los peores momentos?

- Me ha gustado como ha sonado eso de pasar la noche fuera, Elizabeth.

- Hombre, sigo diciendo que habrá que estrenar este apartamento…

Lo besó otra vez, dispuesta a terminar lo que habían empezado pero, antes de que hubieran podido hacer nada, una pequeña mariposa plateada apareció en la habitación y los dos tuvieron que separarse. Lizzy maldijo por lo bajo. ¿Qué quería su madre ahora?

- Cuando quieras puedes pasar por casa, ¿sabes Elizabeth? Me alegra mucho ver que nos has echado de menos. ¿Te esperamos para comer o piensas pasar otra semana más fuera?

El patronus desapareció y ella suspiró. Parecía que sus familias se habían puesto de acuerdo para incordiarles.

- Creo que tengo que irme.

- Yo diría que sí. – James suspiró, un poco frustrado.

- ¿Vienes conmigo? Puedes comer en mi casa, así me ayudas a convencerlos de que tu madre se ofenderá si no voy a cenar a su casa y luego, bueno, les comento que estaba viendo tu apartamento y les digo que no voy a ir a dormir.

- Van a poner el grito en el cielo.

- Soy mayorcita, sé lo que me hago.

- Espero que lo entiendan y no quieran matarme. – Él sonrió y la besó otra vez. - ¿Nos vamos, entonces?

- Cuando quieras.