30. La boda de Teddy y Victoire

- Tengo una pinta horrible. – Lizzy suspiró y se dio la vuelta. – ¿Has visto que ojeras?

- Es lo que suele pasar cuando pasas la noche sin pegar ojo. – Contestó James, poniéndose la chaqueta y mirándola con una sonrisa.

- Sabes que es por el jet-lag, hace 24 horas estaba en Estados Unidos. – Replicó ella, girándose y mirándose otra vez. – ¿Tengo que salir con esta cara de verdad?

- ¿Lo haces solo para que te diga que estás guapísima? – Se acercó a ella y apoyó sus manos en su cintura. La vio cerrar los ojos en el espejo antes de girar la cabeza para mirarlo. – Porque lo estás.

- No, sabes que no soy de esas, lo digo porque es lo que esta cosa me está diciendo.

- Pues entonces deja de mirarte porque estás perfecta. – Atrapó sus labios en un beso y le dio la vuelta, apoyando su espalda contra el espejo. Ella apoyó una mano en su hombro y la otra en su espalda, pegándolo más a ella.

- Deberíamos irnos ya… - Murmuró Lizzy cuando se separaron unos milímetros para coger aire. Notaba la mano del chico jugando con la parte baja de su vestido y quería quedarse así durante un rato, pero ambos sabían que tenían que bajar. Él puso cara de pena y ella no pudo evitar reír. – Eres el padrino y yo una de las damas de honor, quizás hagamos falta para algo.

- Eres una aburrida, Lizz.

- No, es solo que siempre llego tarde a todas partes por tu culpa y estoy un poco harta de las miradas de "sabemos lo que habéis estado haciendo". – Le sacó la lengua y arrugó la nariz.

- Pero si son divertidísimas. – Replicó el pelinegro, con ironía.

- Sí, claro. – La morena puso los ojos en blanco y se separó de él. Se miró una última vez en el espejo para comprobar que su recogido seguía intacto y sonrió. A lo mejor James tenía razón y estaba guapa incluso con ese vestido de princesa corto, rosa y de tirantes. – Anda, vámonos.

James se miró también una vez más antes de salir de la mano de Lizzy. Era 10 de agosto y aquel día se celebraría en la Madriguera la boda de la mayor de los Weasley, Victoire, y Teddy Lupin, que era prácticamente un hermano para los Potter. Bajaron hasta la planta baja donde ya estaba todo el mundo y se despidieron con un rápido beso ya que, mientras James debía ir con los demás padrinos a ver al novio, Lizzy tenía que ir con las otras damas de honor. Al principio, cuando Victoire se lo propuso, se puso como loca de contenta, pero después se había dado cuenta de que ser dama en aquella boda no era algo precisamente exclusivo. En total eran 11: Rose, Dominique, Lily, Lucy, Molly, Roxanne, Emma, Caroline, dos de sus amigas y ella. Suspiró. Su vestido iba a ser desde luego el más repetido, solo esperaba que no hubiera mucha más gente de rosa o aquella boda parecería monocromática. Pegó en la puerta del dormitorio donde sabía que la chica se estaba preparando y pasó en cuanto le dieron permiso. Rose y Lily ya estaban allí, por lo que se acercó rápidamente a ellas.

- Qué puntual, ¿y esa novedad? – Le preguntó su cuñada, dedicándole una sonrisa pícara.

- Estoy adiestrando a tu hermano.

- Ha sonado como si fuera una mascota. – Rose rió al decir aquello.

- Bueno… - Las tres estallaron en carcajadas. – No, ambos sabíamos que era un día importante y que no debíamos llegar tarde.

- Pues no porque Vic parece tranquila, pero no quieres verla enfadada. – Murmuró su amiga. – No se lo deseo a nadie.

- Ha heredado el mal genio de la tita Fleur y el carácter de la abuela Molly y el tito Bill. – Explicó la otra. – Habéis hecho bien en daros prisa.

Caroline no tardó mucho en llegar y unirse a ellas mientras la rubia terminaba de arreglarse. Victoire estaba un poco nerviosa, pero no demasiado ya que sabía que aquello era lo que quería hacer y que Teddy era el hombre de su vida así que, ¿para qué asustarse? Cuando por fin acabó, muchos suspiraron. Estaba realmente guapísima. Llevaba un vestido blanco con falda amplia y el busto, separado de esta por un lazo, estaba lleno de pequeñas flores. Fleur tuvo que secarse unas lágrimas y Bill le dedicó una tierna sonrisa a su primogénita.

- No puede creerme que este día haya llegado. – Le dijo. – Para mí sigues siendo la misma cría que corría por la playa y jugaba con sus muñecas.

- Papá, tengo ya 24 años.

- Para él siempre serás su niñita rubia. – Dominique puso los ojos en blanco y lanzó una carcajada.

- Y tú mi pequeña pelirroja, no lo olvides. – Replicó el hombre dedicándole una carantoña a su hija mediana.

- ¿Qué hora es? – Preguntó ansiosa la novia. – ¿Salgo ya?

- Todavía quedan veinte minutos, ¿por qué no me dejas hacerte unas fotos primero?

La rubia asintió y Bill sacó la cámara, dispuesto a inmortalizar aquel momento tan importante para su familia. Después de retratar a su hija con todos los presentes en la sala y sola, miró su reloj y sonrió.

- Ya es la hora, cariño, ¿vamos?

- Sí.

Salieron todos y los invitados ocuparon sus sitios entre el público. Teddy se colocó recto y, a su lado, James no pudo evitar lanzar una carcajada. Las damas de honor comenzaron a recorrer el pasillo, en parejas. Caro y Lizzy salieron las primeras y los dos Potter no pudieron evitar quedarse embobados mirándolas. El mayor le guiñó un ojo a su novia y ella amplió su sonrisa sin poder evitarlo. Se colocaron en su sitio mientras el resto de damas seguía entrando. La última fue Rose – que, al ser la principal, iba sola – y, justo después, apareció Victoire del brazo de su padre. El metamorfamago sintió que su corazón se saltaba un latido. Estaba preciosa, radiante y tan impresionante como siempre. Bill le dio un beso en la mejilla a su hija y le dedicó una pequeña mirada de advertencia al chico antes de soltarla.

- Estás increíble. – Murmuró, apretando un poco su mano.

- Tú también. – Rió de forma nerviosa antes de girarse hacia el oficiante. – Vamos a ello.

El hombre empezó a hablar sobre el amor, el matrimonio, la fidelidad, la madurez, el paso tan importante que estaban a punto de dar; les recordó las obligaciones que contraerían a partir de aquel momento, todo lo que cambiaría mientras ellos sonreían y sus familiares los miraban emocionados. Andrómeda Tonks lloraba, al igual que Fleur y Molly Weasley. Cuando llegó el momento de los votos, Teddy tomó aire y miró a la rubia fijamente a los ojos.

- Vic, creo que ya lo sabes todo, que te lo he dicho una y mil veces a lo largo de todos estos años. Me enamoré de ti sin proponérmelo, pero estoy completamente seguro de que fue la mejor decisión de mi vida. Te quiero como a nada más y no puedo imaginarme ni un solo día, una mañana, una luna llena, un 2 de mayo sin ti. Quiero pasar toda mi vida a tu lado, lo sabes perfectamente, te lo he dicho ya muchas veces y todavía recuerdo cómo me llamaste loco la primera vez que lo hice.

- Teddy, tú tenías 16 años y yo 14, ¿cómo iba a creerte? – Lanzó una carcajada. – Dijiste que cuando nos casáramos me lo recordarías.

- Exactamente lo que estoy haciendo. – Sonrió. – No voy a alargar esto más porque no quiero aburrir a nadie y porque, bueno, no hay suficientes palabras en el mundo para decir lo muchísimo que te quiero y lo feliz que me hace esto. Solo quiero, por último, prometerte que siempre estaré a tu lado y que no dejaré que nada ni nadie nos separe jamás porque, Victoire, eres la mujer de mi vida.

- Qué mono. – Se sonrojó un poco y tomó aire antes de empezar con sus votos. – Edward Remus Lupin…

- No me gusta como empieza esto. – Murmuró él.

- Calla, tonto. – Vic negó con la cabeza. – Eres el hombre de mi vida y no sabes cuántas veces doy gracias por la luna llena que aquel día nos unió. Te quiero y no quiero ni pensar en una vida sin ti, sin tus sonrisas, sin tus ojos que, aunque cambian de color, siempre tienen la misma esencia, sin todo lo que provocas en mí. Prometo quererte cada día, quiero seguir siempre junto a ti, quiero tener hijos y muchos nietos a tu lado, formar una gran familia contigo. No me arrepiento de nada de lo que hemos vivido y lo único que quiero es poder seguir creando recuerdos maravillosos juntos. Al igual que tú, ya te lo he dicho todo infinidad de veces y no quiero aburrir a nadie. Entre nosotros sobran las palabras, así que, ¿para qué alargarlo? La cuestión es que, Teddy, estoy completamente enamorada de ti y hoy soy la chica más feliz del mundo.

Los dos se sonrieron un poco y más de un suspiro se escapó entre el público. James miró a Lizzy, que tenía la vista fija en los novios y una sonrisa tierna, y se dijo que cuando se casara con ella, también escribiría sus propios votos para que jamás pudiera olvidar lo mucho que la quería.

- Bien, pues si eso es todo, yo os declaro marido y mujer. – El oficiante sonrió. – Puede besar a la novia.

Teddy sacó entonces su varita y la agitó, haciendo que un montón de mariposas de luz comenzaran a revolotear alrededor de ellos, antes de posar su mano en la cintura de su ya esposa y besarla con ternura mientras todos aplaudían.

- Les presento al señor y la señora Lupin.


La fiesta fue larga, pero no faltó la diversión. James y Lizzy estaban sentados en la misma mesa que Rose, Scorpius, Albus, Caro, Fred, Lily, Lorcan y Hugo y no pararon de charlar durante toda la comida.

- No os vais a creer lo que me pasó el otro día nada más llegar al Ministerio de Magia de Estados Unidos – Empezó a contarles la morena a sus amigos en un momento determinado. Sentía los ojos pesados y sabía que si no hablaba acabaría quedándose dormida así que, ¿qué mejor que una anécdota divertida para evitar eso? – Vino a recibirme una chica, Rachel, y después de saludarme me dijo que le sonaba mucho mi nombre. Yo le comenté que quizás sería por mi padre, que era un investigador importante y ella dijo que no estaba segura, pero en seguida cambiamos de tema. El caso es que acabamos hablando de quidditch y yo le dije que era seguidora de las Arpías…

- Pobre Jamie, ¿algún día lo animarás? – La interrumpió Fred, lanzando una carcajada.

- Lo primero, yo lo animaré siempre, incluso cuando juegue contra mi equipo, aunque ese día prefiera que pierda. – Puntualizó ella, enarcando una ceja. – Y lo segundo es que solo yo puedo llamarlo Jamie.

- Lo ha dicho ella, no yo. – James se encogió de hombros y sonrió.

- Bueno, el caso es que me dijo que a ella le encantaba el Puddlemere, especialmente desde que tenía un nuevo buscador. – Miró a su novio que abrió un poco la boca. – Empezó a hablarme de lo buenísimo que estabas y lo increíble que eras y yo a duras penas podía contener la risa.

- ¿Y qué hiciste entonces? – Le preguntó.

- Le dije que te conocía personalmente y que eras también simpático o, al menos, lo eras de vez en cuando. – Negó con la cabeza. – Cuando me preguntó que por qué te conocía, le dije que era tu novia y se puso completamente blanca, la pobre no sabía dónde meterse, no podía parar de reír, de verdad.

Todos estallaron en carcajadas y James deslizó un brazo alrededor de la cintura de la chica antes de besarla.

- ¿Te pusiste muy celosa?

- Sabes que odio los celos.

- Una cosa no quita la otra. – Volvió a besarla. – Qué mona la chica, ¿quieres que le envíe un autógrafo?

- Ni se te ocurra. – Lizzy sonrió sin poder evitarlo.

Siguieron charlando animadamente durante toda la comida y, cuando esta se terminó, todos salieron a la pista de baile. James y Lizzy bailaron durante un rato hasta que la chica, demasiado cansada como para poder seguir, se dejó caer en una silla. El chico cogió dos copas de champagne y la siguió.

- ¿Estás bien, Lizz?

- Me estoy quedando dormida. – Cogió la copa y se la bebió de un trago, arrugando la cara debido al amargor. Nunca le terminaría de gustar aquella bebida, pero quizás la ayudara a mantenerse despierta.

- ¿Quieres dar un paseo?

- Vale.

Se levantó y salieron de la carpa. Ya había anochecido y empezaba a refrescar, pero aquello no le molestaba a ninguno de los dos. Caminaron en silencio hasta que llegaron al árbol bajo el que siempre acababan tumbándose. El pelinegro se quitó la chaqueta y la extendió en el suelo para que pudieran sentarse sin marcharse. Lizzy se acurrucó con él y cerró los ojos, estaba demasiado cansada.

- Odio a tus fans, Jamie. – Dijo ella casi en un susurro, sin ser realmente consciente de lo que decía debido al sueño.

- ¿Por qué? – Preguntó, acariciando su mejilla con dulzura.

- Porque me da miedo que me dejes por alguna de ellas. – Confesó. – Muchas son guapísimas y están dispuestas a cualquier cosa por tu atención. No quiero que me dejes.

- ¿Cómo puedes si quiera pensar eso? – Negó con la cabeza. – Sabes que te quiero y que eres la única para mí. Me dan igual las demás.

- Lo sé, pero a veces me preocupo.

- Te adoro, Lizz, no lo dudes ni un momento. – Agachó la cabeza para rozar sus labios y se dio cuenta de que estaba prácticamente dormida. – Está bien, nos vamos a casa.

La cogió en brazos y volvió a la carpa, para avisar a sus padres y despedirse de los novios. Victoire y Teddy no pudieron evitar reír al verlos y Harry y Ginny les dedicaron una sonrisa comprensiva.

- Está agotada, llevaba más de 24 horas sin dormir. – Les explicó. – Voy a dejarla en el apartamento, quizás me pase otra vez dentro de un rato.

- Como quieras. – Su madre sonrió. – Estaremos aquí casi toda la noche.

- Sí lo sé por eso lo… - Guardó silencio al notar que la chica se removía un poco en sueños y se quejaba. Notó cómo se tensaba por completo. Lizzy no soñaba, solo tenía visiones y, estaba seguro, no se había tomado la poción. Tenía que sacarla de ahí antes de que alguien lo descubriera. – Bueno, que me voy ya.

No esperó más y se desapareció. Se sentó en la cama, todavía con ella en brazos y comenzó a acariciar su pelo lentamente, tratando de tranquilizarse. Jamás la había visto durante una de sus visiones, siempre se tomaba la poción y el único día que no se la tomó – el mismo que le contó el secreto – pasó la noche en vela, así que no podía evitar estar asustado. Lizzy empezó a removerse, cada vez más agitada y a quejarse más fuerte.

- Lizz, tranquila.

Siguió acariciando su pelo y repitiendo aquello una y otra vez, a pesar de que sabía que no le serviría para nada. Cada vez se movía más y sus gritos aumentaron. James la agarró con más fuerza para que no se cayera y rogó porque aquello acabara pronto. Verla así y saber que no podía hacer nada por ayudarla lo estaba destrozando. Después de lo que parecieron horas, Lizzy abrió los ojos y se incorporó rápidamente, con la respiración entrecortada y el corazón amenazando con salírsele del pecho.

- Tranquila, estoy aquí. – La abrazó y ella asintió lentamente. – Todo está bien, ya ha pasado.

- Lo siento…

- No digas tonterías. – Le dio un beso en la frente y otro en los labios. – No es tu culpa.

- No tendrías que haber visto esto.

- ¿Por qué?

- Ahora pensarás que soy una lunática o algo así, no debe ser muy agradable. – Se incorporó completamente y se movió un poco para quedar completamente sentada sobre sus piernas. – Y encima me he quedado dormida y te he hecho venirte antes de la boda.

- Estabas agotada, es normal que te durmieras, además, si quiero volver, puedo hacerlo en un rato. – Sonrió de forma tranquilizadora. – Venga, cámbiate que yo te traeré la poción y un poco de agua.

- No me hace falta tomarla ya, solo puedo tener una visión cada noche. – Le explicó poniéndose de pie. – Estoy a salvo hasta mañana.

- ¿Qué has visto? – Se atrevió a preguntarle mientras ella comenzaba a cambiarse.

- Una guerra muggle, no sé exactamente cuál. – Murmuró, apartando la vista. – Una explosión, unos soldados… Nada agradable desde luego. – Lizzy se puso una camiseta de James de forma casi inconsciente (tenía un par de pijamas y camisones allí, pero en ese momento necesitaba sentir su olor para saber que estaba a salvo) y se tumbó en la cama. – Deberías irte ya o te perderás la diversión.

- No hasta que te duermas. – Se quitó los zapatos y tumbó junto a ella, que iba a protestar pero se lo pensó mejor y se apoyó en su pecho. No iba a tardar mucho en dormirse, seguía cansada, así que no le quitaría mucho tiempo y le gustaba dormirse abrazada a él.

- Oye Lizz, ¿recuerdas lo que me has dicho antes? – Ella lo miró con los ojos entornados, sin saber exactamente a qué se refería. – Lo de que te preocupaba que me fuera con alguna fan.

- Sí. – Se sonrojó. No debería habérselo contado.

- A mí me preocupa a veces que me dejes por algún diplomático. – Confesó a media voz. – Sé que es una tontería, pero no puedo evitar pensar que encontrarás a alguien más listo que yo con el que puedas hablar de cualquier cosa, alguien que comparta tus pasiones.

- ¿Qué? – Se incorporó un poco. – ¿Cómo puedes pensar eso?

- Pues igual que tú, son celos tontos.

- No podemos ponernos celosos ahora, nosotros nunca hemos sido así, durante muchos años soportamos vernos con otros. – Dijo Lizzy. – No te voy a dejar por nadie, eres el amor de mi vida, nadie es mejor que tú para mí. Además, también eres muy listo, no sé por qué dices eso y se puede hablar contigo de cualquier cosa, especialmente porque sabes escuchar perfectamente.

- ¿De verdad?

- No seas tonto, Jamie. – Lo besó. – Nada de celos.

- Nada de celos.

- Yo también te adoro.

Volvieron a besarse y la chica se acomodó otra vez, dejando que él acariciara la zona de pelo detrás de su oreja. Pronto ambos se quedaron dormidos, olvidando que la fiesta seguía en la Madriguera y dejando a un lado las inseguridades. Estaban juntos y nada ni nadie podría separarlos.