31. Un paso más

Enero 2026

El sonido del despertador los despertó a ambos. James se quejó y Lizzy se dio media vuelta y se tapó la cabeza con su trozo de almohada.

- Apaga eso. – Le pidió.

- Es el tuyo. – Replicó él, girándose para el otro lado.

- Oh, es verdad.

La chica estiró el brazo y, después de golpear dos veces el aire, consiguió apagar el molesto ruido. Resopló antes de incorporarse y cogerlo para mirar la hora. Las ocho y media. Tenía que darse prisa.

- Tengo que irme.

- ¿A qué hora tienes que estar en el Ministerio? – Preguntó él, incorporándose también. Se frotó un poco los ojos y la miró de reojo mientras calculaba el tiempo que podía aprovechar con ella antes de que se marchara a Japón.

- A las diez, pero tengo que pasar por casa antes o mis padres volverán a echarme en cara que vivo aquí.

Puso los ojos en blanco y los dos rieron, aunque ambos sabían que aquello era verdad. Desde que James se había mudado, un año y medio antes, Lizzy y él prácticamente vivían juntos. La chica pasaba días y días allí, venía de sus viajes y se iba directamente al apartamento, dormía allí unas cinco veces a la semana e incluso había decorado gran parte del piso. Decían que no vivían juntos, pero todos sabían que era cuestión de poco tiempo y un par de maletas – y no muy llenas –. Los padres de ambos, aunque especialmente los de ella, les lanzaban continuos comentarios e indirectas debido a esto. La verdad era que estaban bastante molestos, decían que eran demasiado jóvenes para eso, pero a ellos no les importaba.

- Voy a ver si tengo algo decente que ponerme.

Lizzy se levantó y estiró un poco el camisón, que dejaba casi ver su ropa interior. James, sin poder evitarlo, le dio una pequeña palmada en el culo y lanzó una carcajada, lo que provocó que ella le enseñara el dedo de en medio mientras se dirigía hacia el armario y la cómoda. Sonrió un poco al ver la foto de ellos dos en Atenas que adornaba el mueble y abrió, casi al mismo tiempo, el primer cajón de este y la puerta del armario.

- ¿Cómo puede ser que tenga más ropa aquí que en mi casa?

- A lo mejor tus padres tienen razón y te has mudado sin avisar. – Contestó él, medio en broma medio en serio.

- Eso será. – Negó con la cabeza y empezó a mirar la ropa. – ¡Mi falda negra! – La cogió y se la enseñó al chico. – Creía que la había perdido en mi último viaje.

- Estaba en la ropa sucia, la lavé hace una semana o cosa así, creía que la habrías visto.

- Pues no, pero voy a ponérmela con la blusa rosa palo y la chaqueta negra. – Respondió, cogiendo ambas cosas y un conjunto de ropa interior y empezando a cambiarse. - Cogeré el abrigo luego, espero que no haga demasiado frío.

- Tranquila, seguro que vas preciosa y hará buen tiempo, no te preocupes por eso ahora. – James carraspeó un poco. – Y, oye, hablando de eso de que te has mudado sin avisar, he pensado que, bueno, ya que la mayoría de tus cosas están en el piso, duermes aquí casi todos los días y, ¿por qué no decirlo?, prácticamente vivimos juntos, ¿por qué no te vienes a vivir de verdad conmigo?

- ¿Qué? – Lizzy abrió mucho los ojos y dejó la falda a medio subir. ¿Había escuchado bien? ¿Acaso James acababa de proponerle que se mudara a su apartamento?

- Solo si quieres, Lizz. – Se apresuró a añadir él. – Sé que somos jóvenes pero, ¿si no haces las locuras a los 20, cuándo vas a hacerlas?

- Yo… no lo sé. – Respondió con sinceridad. No se esperaba aquello, no se lo había planteado nunca. – Necesito pensármelo un poco, es un paso muy importante, las cosas cambiarían, creo, y… no lo sé, James.

- Tú piénsatelo, tómate todo el tiempo que necesites. Mi oferta seguirá en pie hasta que digas que sí. – Sonrió antes de dejarse caer de nuevo de espaldas en la cama.

Lizzy se mordió un poco el labio y sonrió. La idea de vivir con James la atraía mucho, pero al mismo tiempo le parecía bastante arriesgado. Además, seguro que sus padres se lo tomarían mal, ya le recriminaban todo el tiempo que pasaba en el apartamento de su novio, ¿cómo reaccionarían si llegara y les dijera que se independizaba? Le dirían que era demasiado pronto, pero por otra parte… No sabía qué hacer, tendría que aclararse en el viaje. En silencio, terminó de vestirse lo más rápido que pudo, cogió algo de ropa para los próximos días y se acercó a la cama, donde James todavía estaba tumbado.

- Si no te levantas pronto, llegarás tarde al entrenamiento. – Le comentó, sentándose a su lado y cogiendo una de sus manos entre las suyas. – Cuando vuelva, te contestaré, ¿de acuerdo? Será solo una semana y media.

- Ya te he dicho que te tomes todo el tiempo que necesites, no voy a cambiar de opinión, Lizz. Quiero vivir contigo, me gusta despertarme a tu lado por las mañanas y que lo compartamos todo. – Le acarició la mejilla lentamente y ella se sonrojó un poco. James sonrió sin poder evitarlo. Le parecía guapísima cuando se sonrojaba. – No se me ocurre nada más perfecto que tú y yo viviendo juntos. Piénsatelo, ¿vale?

- Sí, lo haré. – Le dio un beso lento y dulce. – Te quiero.

- Yo también a ti. Nos vemos en una semana.


Lizzy se apareció en el vestíbulo del Ministerio y subió corriendo al Departamento. Quería entregarle aquel informe cuanto antes e ir a su casa, tenía muchas cosas que hacer, ¡por fin había llegado el día! Saludó a la secretaria y pegó en la puerta de la oficina de su jefe.

- Adelante.

- Buenos días. – Saludó con una sonrisa.

- Me alegra ver que ya está de vuelta, señorita Collins. – El hombre se puso de pie y le estrechó la mano. - ¿Todo bien?

- Sí, el nuevo ministro japonés es muy simpático y me ha dicho que quiere mantener una relación cordial con nosotros. – Explicó, apoyando las manos en el respaldo de la silla, pero sin sentarse. – He elaborado un informe, como siempre. – Lo sacó del bolso y se lo dio. – Ahí está todo, pero si cree que falta algo, avíseme y lo añadiré.

- Excelente, como siempre.

- ¿Puedo marcharme ya?

- ¿Tiene mucha prisa? – Enarcó una ceja.

- Bastante. – Lizzy sonrió y sintió una punzada nerviosa en el estómago. – Aunque si tengo que quedarme, lo haré.

- No, puede marcharse, lleva muchos días fuera de casa así que supongo que querrá ver a su familia y, bueno, descansar, debemos tener en cuenta el cambio horario. – El hombre lanzó una carcajada. – Hasta mañana, señorita Collins.

Ella se despidió y salió del despacho rápidamente. Recorrió los pasillos tirando de su maleta, cada vez más nerviosa, aquello era una locura, pero estaba dispuesta a hacerlo. Nada más llegar al vestíbulo se desapareció y apareció a los pocos segundos en el salón de su casa. Estaba vacío, pero dedujo que su padre estaría abajo y su madre no tardaría en volver de la redacción. Estaba segura de que les extrañaría verla tan pronto, acostumbrados como estaban a que siempre fuera directamente al apartamento de James. Se mordió el labio y tuvo que reprimir una sonrisa. Aquello iba a ser un bombazo.

- ¿Hola? – Preguntó. - ¿Hay alguien en casa?

Nadie respondió, así que dejó la maleta y bajó hasta el laboratorio de su padre. Pegó suavemente y abrió la puerta. Él miró hacia la puerta, sorprendido.

- ¡Cielo!

- Hola, papá. – Ella entró en la sala mientras él se quitaba los guantes y las gafas de protección. Lo abrazó y ambos sonrieron.

- No te esperábamos tan pronto. – Dijo. – ¿Qué haces aquí?

- ¿No puedo venir a ver a mis padres antes que a mi novio?

- No sueles hacerlo. – Fingió cara de ofendida y él lanzó una carcajada. – Todos sabemos que es verdad.

- Bueno, sí, es que… tengo algo importante que deciros y no podía esperar. – Soltó sin más. – ¿Sabes si a mamá le queda mucho?

- No, debe estar al llegar. – Arrugó el ceño. – ¿Qué ocurre?

- Os lo cuento ahora a los dos. – Lizzy se encogió de hombros. No quería tener que repetir la historia dos veces, además, si tenía que enfrentarse a ambos, prefería hacerlo al mismo tiempo. – ¿En qué estás trabajando?

- En una poción curativa nueva. – Contestó tras guardar silencio unos instantes. – Todavía es un prototipo, pero si va bien, podremos regenerar tejidos dañados por células malignas en apenas unas horas.

- ¿Te puedo echar una mano?

Él asintió y ella se puso la bata y el resto del equipo. Charlaron un rato, mientras mezclaban ingredientes y apuntaban las distintas reacciones, hasta que escucharon unos golpes en la puerta. Esta se abrió lentamente y Mary Collins se asomó.

- ¡Vaya! – Exclamó sorprendida al ver a su hija. – No esperaba verte aquí, creí que habrías dejado tu maleta y habrías salido corriendo al apartamento de James.

- Tenía que venir a… una cosa. – Murmuró ella. Se quitó los guantes y protecciones lentamente, con la mirada fija en la mesa y sintiendo los ojos de su madre clavados en ella. Lentamente, se acercó a ella y le dio un abrazo. – Es algo importante.

- ¿Qué ocurre? – Le preguntó en un susurro.

- ¿Subimos arriba y os lo digo mejor sentados? – Sonrió de forma nerviosa.

Sus padres intercambiaron una mirada preocupada, poniéndose en lo peor. ¿Qué tenía que decirles su hija? Los tres subieron hasta el salón en silencio. Lizzy estaba cada vez más y más alterada, pero su decisión era firme. Sus padres se sentaron en el sofá y ella se quedó de pie, junto a ellos. No sabía cómo empezar, nunca había hecho algo así.

- ¿Qué sucede? – Insistió su madre.

Ella tomó aire y decidió contarlo directamente. Ya tendría tiempo después para dar explicaciones.

- Me voy a vivir con James.

- ¿Qué? – Dijeron los dos al mismo tiempo, con los ojos muy abiertos.

- Pues eso, que hemos decidido irnos a vivir juntos, me lo propuso antes de marcharme a Japón, lo he estado pensando y voy a decirle que sí. – Dijo. – De hecho, he venido a recoger mis cosas, quiero darle una sorpresa.

- Pero, sois demasiado jóvenes y es muy precipitado. – Se quejó su padre. – No puedes, sería un error.

- Papá, prácticamente vivo allí, vosotros mismo lo decís. – Respondió tratando de mantener la calma. Sabía que no sería fácil

- Pero es distinto, antes tus cosas estaban aquí y en teoría seguías bajo este techo.

- Estoy de acuerdo con tu padre, sois demasiado jóvenes para dar ese paso. – Intervino su madre. – Vivir juntos es demasiado, implica muchas cosas.

- No voy a quedarme embarazada si es lo que te preocupa. – Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera pensarlas siquiera pero, una vez hecho el daño, lo único que pudo hacer fue cruzarse de brazos y mantener una expresión decidida.

- No soy tonta cariño, como si os hiciera falta vivir juntos para eso. – Dijo enarcando las cejas y haciendo que su hija se sonrojara un poco. – Y más te vale, no creo que quieras destrozar tu vida, apenas tienes 20 años.

- Y es por eso por lo que no deberías irte a vivir con James. – Su padre suspiró. – No podemos obligarte a quedarte aquí, eres mayor de edad y ganas tu propio dinero, pero te recomendamos que no lo hagas. Vivir con alguien no es fácil, discutiréis a todas horas y os pelearéis, todavía sus muy jóvenes y tenéis mucho carácter, deberíais esperar.

- Papá, sé que voy a pelearme con él porque, bueno, me encanta discutir con James. – Sonrió levemente y dejó caer los brazos. – Me gusta gritarle hasta quedarme sin voz para luego empezar a reír como dos idiotas, me encanta escucharle quejarse cuando vuelve del entrenamiento y el señor Wood ha sido especialmente duro con él, me gusta todo de él. Sé que será difícil, pero quiero hacerlo, además, ¿si no haces las locuras a los 20, cuándo se supone que vas a hacerlas? – Dijo, citando la frase que su novio le había dicho. – Estoy enamorada de él, sé que es el momento adecuado y, de verdad, me gustaría contar con vuestro apoyo. Eso sí, no voy a pediros dinero. Entre mi sueldo y el de James podemos apañarnos de sobra.

- Vaya…

Los dos se miraron. Su hija ya era mayor y sabían que iba a hacerlo quisieran ellos o no y que, si se enfrentaban, los tres lo pasarían mal. David suspiró con resignación al ver la respuesta a todo en los ojos de su esposa. No quería que su pequeña se marchara de casa, pero sabía que la decisión ya estaba tomada y que no podía hacer nada.

- Si es lo que queréis, adelante. – Mary sonrió. – Las puertas de esta casa siempre estarán abiertas por si quieres volver.

- Gracias. – Lizzy abrazó a sus padres con fuerza. – Nos irá bien, ya lo veréis.

- Solo os pido que tengáis mucho cuidado.

- Lo tendremos, mamá. – La morena se separó y les dedicó una amplia sonrisa. - ¿Me ayudas a recoger? Quiero llegar cuanto antes al apartamento.

La mujer asintió y siguió a su hija hasta su dormitorio acompañada de su marido, que tenía la mirada gacha. Lo cogió de la mano y le dedicó una media sonrisa. Su pequeña, se había hecho mayor.


Una hora más tarde, Lizzy esperaba en la puerta del apartamento de James con varias maletas, dos bolsos y un montón de cajas. Tomó aire y llamó al timbre. Quería que fuera una sorpresa auténtica, así que había subido todo aquello desde el callejón en el que se había aparecido hasta allí – con ayuda de sus padres, por supuesto, aunque estos ya se habían marchado –. James no tardó en abrir y se quedó boquiabierto al verla allí.

- ¿Sigue en pie tu oferta?

En lugar de responder, se acercó a ella y la besó. Enterró las manos en su pelo y ella no pudo evitar sonreír en medio del beso. Cuando se separaron para tomar aire, ambos se miraron a los ojos y rieron.

- Supongo que eso es un sí.

- Acabas de hacerme el chico más feliz del universo.

Volvió a besarla antes de ayudarla a meter todas las cosas en el apartamento. Aquello era increíble, James era consciente de que no sería fácil, de que discutirían mucho – empezando por las cosas, ¿cómo podía haberse traído tantas y dónde se suponía que iban a guardarlas? -, pero habían dado un paso muy importante en su relación aquel día y eso era lo único que le importaba en aquel momento.