32. El peor día de Lizzy
Agosto 2027
Albus apareció en el salón del apartamento de James y Lizzy con la angustia pintada en la cara. Su hermano, que estaba barriendo en ese momento, soltó la escoba y lo miró, sin comprender qué hacía allí y por qué parecía tan asustado.
- ¿Qué ocurre? – Le preguntó.
- ¿Estáis los dos en casa?
- Sí, Lizzy está en la cocina, ¿la llamo?
- No hace falta. – Dijo ella mientras salía de aquella habitación secándose las manos con un trapo. - ¿Qué pasa, Albus?
- Tenéis que venir a San Mungo conmigo ya. – Tomó aire. – Ha explotado el laboratorio de tu padre, Lizzy.
- ¿Qué? – Se notó palidecer y tuvo que agarrarse a la pared para no caerse al suelo.
- Tanto él como Lily están ingresados, no sé nada más, pero daos prisa.
Antes de que pudiera decir nada más, los dos chicos se desaparecieron y él no tardó en seguirlos. Aparecieron en el vestíbulo del hospital y el mediano de los Potter los condujo hasta la planta donde estaban ambos. Lizzy sentía la cabeza embotada y el corazón a punto de salírsele del pecho. No podía haberle pasado nada a su padre, tenía que ser todo una falsa alarma. James, a su lado, no estaba en mucho mejor estado. Lily había estado trabajando con David Collins desde que terminó Hogwarts – hacía ya poco más de un año –, gracias a la ayuda de Lizzy que consiguió que su padre aceptará, por primera vez en su carrera, una ayudante y posible compañera de investigación. Corrieron hasta que vieron a sus familiares frente a una puerta cerrada.
- ¡Mamá! – Lizzy abrazó a su madre, que no paraba de llorar. - ¿Qué ha pasado? ¿Cómo está papá?
- No lo sé, no nos dicen nada, solo que tenemos que esperar. – Contestó la mujer, aferrándose con fuerza a su hija.
- ¿Cómo está Lily? – Preguntó James nada más llegar junto a sus padres.
- Sigue en observación. – Respondió Ginny con preocupación. – Hasta que no pase un rato, no nos dirán nada.
- Solo nos queda esperar. – Harry suspiró y paseó su mirada entre su hijo y su nuera, que seguía tratando de tranquilizar a su madre aunque se notaba que aguantaba las lágrimas a duras penas. – Saldrán de esta, ya lo veréis.
Poco después, llegaron los señores Collins, los señores Douglas, los Scamander y algunos de los Weasley. El pasillo estaba lleno de gente y los sanadores los fulminaban con la mirada, algo molestos, aunque ellos los ignoraban. Estaban demasiado preocupados como para darse cuenta de eso. Un rato más tarde, Victoire salió de la sala y les indicó tanto a Mary Collins, como a Ginny y Harry que la siguieran. Lizzy y James se miraron el uno al otro y los siguieron también.
- Chicos, no deberíais…
- Vic, por favor. – Le pidió su primo, dedicándole una mirada suplicante. – Podemos escucharlo, ya no somos dos críos.
- Bueno, está bien. – La rubia suspiró. – Lily está fuera de peligro, el impacto no le dio de lleno, así que solo tenía una leve conmoción, pronto podréis pasar a verla.
- Menos mal. – Ginny suspiró aliviada.
- Pero el señor Collins sigue inconsciente, le hemos administrado algunas pociones y seguimos examinándolo. – Continuó explicando. – No sabemos si se recuperará, las próximas horas serán determinantes, lo lamento mucho.
Mary comenzó a llorar de forma desconsolada mientras su hija luchaba por mantenerse entera. James la abrazó y ella enterró su rostro en su pecho antes de empezar a llorar y temblar.
- Tranquila, se pondrá bien, ya lo verás. – Susurró, acariciando su pelo con ternura. Se alegraba de que su hermana estuviera bien, pero no podía evitar seguir preocupado por su suegro. David era un buen hombre y no se merecía aquello.
- Tú eso no lo sabes… no puedes saberlo.
- Confía en mí, sé que saldrá de esta. – Le dio un beso en la cabeza antes de rodear sus hombros con su brazo y llevarla hasta una silla cercana.
- Mi madre…
- Tus abuelos están con ella, tranquila. – Contestó al ver que los padres de la mujer estaban sentados junto a ella y trataban de consolarla.
- Por Merlín, tiene que ponerse bien, tiene que sobrevivir, no entiendo qué ha podido pasar, él siempre tiene muchísimo cuidado, nunca había tenido un accidente. – Murmuró Lizzy rápidamente. - ¿Y si no se recupera? ¿Y si se…? – Enterró el rostro entre las manos y volvió a sollozar.
- Ni lo pienses, Lizz.
- Ni siquiera recuerdo qué fue lo último que le dije…
- Lizz, se va a poner bien. – Insistió él.
Le apartó las manos y le limpió las lágrimas con delicadeza. Ella lo miraba asustada, con el labio inferior temblando y él la besó en la frente antes de volver a abrazarla y acomodarla sobre su pecho. Sentía una gran impotencia, no sabía qué hacer para aliviar su dolor, no se le ocurría nada para calmar a la chica. Ojalá pudiera hacer que todo estuviera bien.
Una hora más tarde, Harry y Ginny pudieron entrar a ver a su hija. James, Albus y Lorcan intentaron entrar también, pero los sanadores se lo impidieron. Estuvieron dentro unos quince minutos y salieron con una sonrisa tranquila, aunque un poco pálidos.
- ¿Os ha dicho que ha pasado? – Preguntó lentamente Mary Collins, acercándose a la pareja. - ¿Sabéis algo?
- Sí, nos lo ha contado. – Respondió Harry con preocupación. – Dice que un ingrediente que añadió a la poción hizo una reacción rara y el caldero empezó a chorrear y expulsar gases hasta que finalmente explotó. David la protegió de la explosión, por eso ella solo ha sufrido una conmoción y él se ha llevado la peor parte. Mary, tu marido ha salvado la vida de mi hija y yo… no sé cómo agradecérselo, jamás podré hacerlo, nunca podré demostraros todo lo que os debo.
La mujer no contestó. Se dejó caer en una silla y asintió lentamente mientras su hija se ponía de pie. Todos la miraron y ella negó con la cabeza.
- Necesito tomar el aire, no puedo seguir más tiempo aquí. – Murmuró. James se puso de pie para acompañarla, pero ella lo detuvo. – No. Quiero estar sola.
Él se quedó quieto, sin saber muy bien qué hacer mientras la chica salía de aquel pasillo apresuradamente. Se sentó de nuevo y su madre fue junto a él. Lo cogió de la mano y le dedicó una media sonrisa.
- Lily quiere veros, bueno, quería veros a ambos. – Murmuró.
- No me lo va a perdonar en la vida.
- No creo que esté enfadada contigo. – Trató de animarlo. – Solo necesita despejarse un poco, son muchas emociones, su padre está muy grave.
- Si no hubiera salvado a Lily no lo estaría. – Negó con la cabeza, realmente asustado. – Por Merlín, mamá, espero que David se ponga bien.
- Lo único que podemos hacer ahora es esperar, cariño. – Ginny le apretó con más fuerza la mano. – Deja de torturarte, tú no puedes hacer nada, y entra a ver a tu hermana, creo que quiere hablar contigo. Explícale que Lizzy ha salido fuera, creo que teme que esté furiosa con ella.
- Vale. – Se puso de pie y, tras dedicarle una última sonrisa a la mujer, se dirigió hacia la habitación donde Lily lo esperaba.
Era su quinto cigarrillo desde que había subido a la azotea. No sabía que se podía fumar tanto y tan rápido, pero la ansiedad iba a matarla. Llevaba desde que había empezado a trabajar en el Ministerio sin probar el tabaco, pero no había podido resistirse. Necesitaba eso, algo que la tranquilizara, que la ayudara aunque solo fuera durante unos minutos. Su padre estaba al borde de la muerte y no podía evitar culpar un poco a Lily. Sabía que no era su culpa, que no había echado ese ingrediente a propósito, pero era lo que sentía. Escuchó unos pasos a su espalda y apagó el cigarrillo antes de volverse. James acababa de salir a la azotea y la miraba desde una distancia prudencial con gesto serio.
- Quiero estar sola.
- Lo sé, pero empezaba a preocuparme. – Miró la cajetilla. – ¿Me das uno?
- Creía que ya no fumabas.
- Tú tampoco. – Se encogió de hombros y extendió la mano. Ella sacó otro antes de tirarle la caja. Cuando James cogió uno, sacó un mechero y encendió ambos. – He estado hablando con Lily.
- ¿Y cómo está? – Intentó sonar preocupada, pero supo que su voz había sonado fría nada más terminar la frase. Suspiró. James no se merecía aquello, solo esperaba que la entendiera, no era un momento fácil para ella.
- Un poco mejor, dicen que en un par de días le darán el alta, todavía tienen que hacerle algunas pruebas. – Contestó. – También está preocupada por tu padre, se siente muy culpable, dice que es la única responsable de todo lo que le ha pasado y que no podrá perdonárselo jamás. – La chica hizo un gesto irónico de forma inconsciente y él suspiró. – Dice que no sabe cómo va a mirarte a la cara a partir de ahora, que entiende que estés enfadada con ella. Antes quería hablar con los dos, pero al ver que he entrado solo yo se ha puesto casi a llorar.
- No estoy enfadada con ella, pero no puedo verla de momento. – Confesó. Dio otra calada al cigarro antes de seguir. – James, dile que no es su culpa, que no podemos evitar los accidentes y que no quiero que se sienta culpable, pero ahora mismo no puedo mirarla y fingir que no la culpo por lo que le está pasando a mi padre. – Una chispa de culpabilidad la recorrió.- Sabes que quiero a Lily como si fuera mi propia hermana, pero todo esto… es demasiado para mí.
- Se lo diré, no te preocupes. – Se acercó un poco más a ella, pero se quedó quieto, sin saber muy bien si abrazarla o no. Bajó la mirada antes de volver a hablar. – Ya no sé qué hacer o decirte, Lizz. Ojalá pudiera hacer algo para aliviarte, pero sé que no puedo.
- A no ser que sepas cómo curarlo, no creo que puedas hacer nada. – Suspiró y terminó de recorrer la distancia que los separaba. Posó una mano en su barbilla y lo obligó a mirarla. – Tú solo quédate a mi lado.
- En lo bueno y en lo malo, amor.
- Qué cursi. – Sonrió levemente y el corazón de James se aceleró al lograr eso. – Nunca me habías llamado amor.
- Siempre hay una primera vez para todo. – Tiró la colilla y la pisó antes de acariciarle la mejilla con ternura. – No pienso moverme de tu lado, no te dejaré sola.
- Gracias.
Lizzy también apagó su cigarrillo y lo abrazó con fuerza, dejando que él acariciara su espalda y le susurrara al oído que la quería y que todo saldría bien. Se mordió un poco el labio. James podía ser el ser más dulce del universo cuando se lo proponía. Estuvieron así durante un tiempo, aunque ninguno de ellos podría decir cuánto, hasta que escucharon que alguien entraba en la azotea, momento en el que se separaron.
- No creo que a tu padre le haga mucha gracia saber que fumas. – Dijo Anne Douglas mirando a su nieta con preocupación. - ¿Todas esas colillas son tuyas?
- Menos una que es de James. – Confesó ella. – Ojalá pueda echarme la bronca, pero no estoy segura de eso, abu.
- Los médicos están hablando con tu madre y tus abuelos, deberías bajar. – Dijo entonces. – Sé que no quieres escuchar malas noticias, pero si sigues aquí tampoco podrás escuchar las buenas. Además, tu madre te necesita, ya no eres una niña pequeña, no puedes esconderte aquí arriba hasta que todo pase.
- Tiene razón, Lizz. – Murmuró James. – Tenemos que volver con los demás.
- Pero, ¿y si…? – Negó con la cabeza.
- ¿Y si no? – El chico sonrió levemente. – Vamos, tienes que saberlo.
Lizzy finalmente asintió y, cogida de la mano de su novio, siguió a su abuela de nuevo hacia el interior del hospital. Cuando llegó, vio que su madre y sus abuelos hablaban con Victoire y un médico de unos cincuenta años. Se quedó quieta en el pasillo, sin saber qué hacer, ¿debía acercarse o esperar a que terminaran? La rubia movió entonces la cabeza y la vio. Le dedicó una cálida sonrisa y le pidió que se acercara con un gesto. Ella asintió, se soltó de la mano de James y lo hizo, temblorosa.
- ¿Qué ocurre?
- Tu padre se ha despertado. – Anunció la mayor de las Weasley. – Va a ponerse bien, ya ha pasado lo peor.
- ¿De verdad? – Sonrió ampliamente y pegó un pequeño salto. – ¿Se va a recuperar?
- Sí. – El médico le sonrió con ternura. – Podréis entrar a verlo en seguida. Es un hombre muy fuerte, pocos habrían sobrevivido a esto.
Dicho esto, los dos volvieron a la habitación mientras Mary abrazaba a su hija. James la veía desde lejos con una amplia sonrisa. Al fin había pasado todo lo malo.
Cuando por fin pudieron entrar a la habitación, Lizzy se lanzó a los brazos de su padre rápidamente, aunque con mucho cuidado – no quería hacerle daño –.
- Mi pequeña… - David acarició la cabeza de su hija con delicadeza, mientras esta volvía a llorar. – No llores, cielo, estoy bien.
Ella quiso contestar, pero fue incapaz. Su madre posó una mano en su hombro y la apartó un poco, para poder hablar con su marido.
- Menudo susto nos has dado. – Dijo, tratando de contener las lágrimas. – Creía que no iba a volver a verte.
- No ha pasado nada, ha sido solo un tonto accidente. – Él suspiró. - ¿Lily está bien? Tengo que decirle que no ha sido su culpa. Debería haberla prevenido.
- Sí. – Contestó su hija. – Está bien, ya hablarás con ella, pero se lo diré, no te preocupes.
- Por cierto, ¿por qué hueles a tabaco? – Arrugó un poco la frente y Lizzy se mordió el labio, mientras notaba las miradas de su madre y abuela fijas en ella. – ¿Has fumado?
- Bueno, puede que un poco. – Murmuró. – Pero lo importante es que estás bien, papá.
David negó con la cabeza pero no insistió, al igual que los demás. En un momento como aquel, eso no tenía apenas importancia. Lizzy cogió la mano de su padre y le dedicó una cálida sonrisa, tratando de aguantar las lágrimas. Su padre estaba bien y eso era todo lo que importaba.
