33. Los "mejores" niñeros del mundo

Noviembre, 2029

- ¿Seguro que podréis haceros cargo?

Victoire los miraba con expresión preocupada y Teddy a su lado no parecía mucho mejor. James, con el pequeño Remus de poco más de un año en brazos, los fulminó con la mirada y Lizzy, cruzada de brazos a su lado, enarcó ambas cejas.

- Confiad un poquito en nosotros. – Dijo la chica. – Tenemos ya una edad y somos responsables.

- Bueno, eso de responsables… - Teddy suspiró.

- A ver, si no confiáis en nosotros, ¿por qué nos llamáis? Hay más gente en esta familia. – Replicó James, un poco molesto.

- Es que Rose estaba ocupada. – Contestó Victoire.

- Y tus padres.

- Y los míos.

- Y Albus.

- Y Louis.

- Y Lily.

- Y Hugo.

- Y Lucy.

- Y…

- Vale, vale, lo entendemos. – El chico bufó. – Somos vuestra última opción. Lo que me extraña es que no lo hayáis suspendido directamente.

- Es una de las pocas ocasiones que nos quedan antes de que nazca el bebé. – Explicó Vic, acariciándose el abultado vientre. – No podíamos desaprovecharla, aunque ganas no nos han faltado, creedme.

- ¿Cuándo sales de cuenta? – Preguntó Lizzy, mirándola con el ceño fruncido.

- En enero.

- Qué locura, de verdad. – Negó con la cabeza. – Tener dos hijos, ¡y tan seguidos!

- Algún día querrás ser madre y me entenderás. – Respondió la rubia, riendo.

- No, nunca lo entenderé. – La morena puso los ojos en blanco. – No pienso tener críos. Me gustan, pero solo si son de otros.

- Bueno, ya veremos. – James la miró con cara de niño bueno.

- Ni ya veremos, ni nada. – Sonrió y se encogió de hombros. – Sabías dónde te metías cuando empezaste a salir conmigo, Potter.

- Una preciosa discusión, pero nosotros tenemos que irnos. – Teddy negó con la cabeza y se acercó a su hijo para darle un beso. – Pórtate bien, peque.

- Volveremos pronto. – Vic también lo besó en la cabeza antes de dedicarles una última advertencia a James y Lizzy. – No quiero que hagáis nada que pueda traumatizarlo, ya entendéis a lo que me refiero.

- ¡Vic! – Exclamó su primo, ofendido. – Sabemos comportarnos, ya no somos dos adolescentes.

- Simplemente os advierto. – La rubia suspiró. – Solo tenéis que entretenerlo un poco, bañarlo y darle la cena, después lo acostáis y eso es todo. No volveremos muy tarde.

- Disfrutad, Remus se queda en buenas manos. – James los acompañó hasta la puerta con una sonrisa, mientras la pareja seguía intercambiando miradas de preocupación. – Venga, no pongáis esas caras, soy su padrino, pienso cuidarlo muy bien.

Finalmente, los dos salieron y el chico cerró la puerta. Remus en sus brazos lanzaba pequeñas carcajadas.

- Parece que papá y mamá te han dejado solo con nosotros. – Murmuró entonces. Se dirigió al sofá y se sentó ahí, todavía con Remus en brazos.

- ¿Quieres ver una película de dibujos animados? – Preguntó Lizzy, sentándose a su lado.

- Mi prima y Teddy no tienen televisión en casa. – Contestó su novio.

- Con razón ya van por el segundo bebé… - Murmuró ella por lo bajo. Al ver la mirada interrogante del chico, negó con la cabeza y agitó la mano quitándole importancia. – No he dicho nada.

- ¿Por qué no vas a por algunos juguetes al cuarto de Remus? – Sugirió él, decidiendo que lo mejor sería hacer como si no hubiera entendido su comentario.

- Sí, será lo mejor.

Lizzy sonrió y subió a la planta superior, donde estaban los dormitorios. Entró en el del pequeño y cogió una caja llena de juguetes, entre los que estaba la pequeña escoba que James y ella le habían regalado por su cumpleaños – y que había enfurecido a Victoire que había dicho que aquel no era un regalo apropiado para un niño de un año –. Bajó con todo eso y lo soltó en medio del salón. El pequeño, al verlo, se soltó de los brazos del chico y, tras acercarse a la caja, empezó a sacar unas y otras cosas entre risas y palmadas.

- ¿La escoba? – James enarcó una ceja al verla y le dedicó una sonrisa maliciosa. - ¿Quieres que lo enseñemos a volar?

- ¿No crees que Vic nos matará si se entera?

- ¿Crees que Remus puede hacer una frase tan larga él solito?

- Puede decírselo de muchas maneras. – Respondió ella, mirándola un poco preocupada. – No sé, Jamie.

- Será divertido y no va a pasarle nada, tendremos cuidado. – Tiró un poco de la chica para sentarla sobre él. Le dio un par de besos en el cuello antes de susurrar en su oído. – Además, el pobre necesita una mala influencia, sus padres son demasiado perfectos.

- Creo que esta es una de las cosas que se supone no debemos hacer. – Murmuró ella, mirándolo de lado.

- No, yo no creo que sus padres eviten esto. – La besó y ella sonrió. - ¿Salimos fuera entonces?

- Pero que conste que ha sido idea tuya.

- ¡Venga, Remus, nos vamos al jardín!

James cogió en brazos al niño, que lanzó una carcajada, y agarró la escoba antes de salir fuera. Teddy y Victoire vivían en una preciosa casa en el campo que habían empezado a construir poco después de su boda, rodeada de jardines y lo suficientemente alejada de todo como para poder volar sin temer que alguien los descubriera. Lizzy encendió las luces con un movimiento de varita mientras el chico montaba al pequeño sobre la escoba.

- Vamos a enseñarte a volar, ¿vale? – Le dijo.

- ¡Sí! – Exclamó el pequeño, aunque su padrino dudaba que supiera realmente lo que había querido decir.

- Tened cuidado, chicos.

- Dile a Lizzy que es una aburrida y una pesada, Remus.

- Pesada. – Le dijo con su vocecilla infantil, sacándole la lengua.

- No pongas al niño en mi contra. – Fulminó con la mirada a su novio. – Además, yo soy muy divertida.

- ¿Nos dejas volar tranquilos?

Lo insultó por lo bajo para que Remus no pudiera escuchar sus palabras antes de hacerle un gesto con la mano, indicándole que hiciera lo que quisiese. El pequeño se elevó un par de metros del suelo y empezó a dar vueltas, aunque tambaleándose un poco a los lados. James no se apartaba de su lado, por si el pequeño se caía, pero este en seguida cogió bastante soltura y el mayor se relajó. Pronto Lizzy se acercó también y empezó a jugar con ellos: Remus la perseguía entre risas, seguido a su vez por James mientras la chica le hacía carantoñas y fingía correr tan despacio como aquella escoba.

- ¡Venga, Remus, píllala! – Lo animaba el pelinegro dedicándole miradas cariñosas a la chica. - ¡Tú puedes!

- Uyy, qué miedo. – Respondía ella, fingiendo estar asustada y provocando las carcajadas del niño.

Su juego continuó durante un rato hasta que, de repente y sin que ninguno de los dos pudiera hacer nada, Remus resbaló de la escoba y se calló al suelo.

- ¡Remus! – Exclamó Lizzy, corriendo hacia él.

- Mierda. – James lo levantó del suelo mientras el niño lloraba. – ¿Dónde te duele, peque?

- El… el… bazo… - Consiguió decir entre sollozos.

Empezaron a examinárselo con cuidado, pero parecía que lo movía con normalidad y no tenía ninguna herida.

- Lo mejor será llevarlo dentro. – La chica se mordió el labio. – A simple vista diría que no es nada, pero prefiero verlo con un poco más de luz.

James asintió y, tras apagar las luces del jardín, volvió al salón donde volvieron a examinar al niño que seguía llorando.

- Yo creo que no tiene nada. – Concluyó Lizzy, con la preocupación pintada en el rostro. – Le saldrá un cardenal, pero ya está.

- ¿Y entonces por qué llora? – James negó con la cabeza. Estaba realmente alarmado.

- Pues por el susto y el golpe. – Lizzy lo cogió en brazos con cuidado y empezó a mecerlo con suavidad. – Venga, ya pasó, corazón, todo está bien.

Poco a poco, se fue calmando y su novio la miró agradecido. Sabía lo mucho que le costaba a su novia coger a niños en brazos. La chica le acarició un poco el pelo y le dio un beso en la cabeza que hizo que el pequeño lanzara una carcajada.

- Ya está todo bien.

- Creo que este niño está enamorado de ti. – Comentó James, medio en broma, medio en serio.

- Lógico, tiene buen gusto. – Respondió ella con su habitual chulería.

- Creída. – Se acercó a ella y, con cuidado de no aplastar al niño, la besó. – ¿Deberíamos ducharlo ya? Ya mismo tendremos que prepararle la cena.

- Está bien, pues vamos a ello.

Los dos subieron a la planta de arriba y empezaron a llenar la bañera. Lizzy estaba empezando a quitarle la ropa a Remus cuando este comenzó a retorcerse y negar con la cabeza.

- ¡No! – Se quejó.

- ¿Cómo que no? – Miró a su novio sin saber muy bien qué hacer.

- No quero.

- ¿Pero por qué? Si bañarse es muy divertido. – Insistió ahora James, agachándose junto a él.

- Poque no.

- Venga, es muy guay, ya lo verás. – Dijo la chica. El pequeño volvió a negar con la cabeza y se cruzó de brazos. – Anda, Remus, hazlo por nosotros.

- Si no lo haces, mamá y papá se van a enfadar mucho. – Trató de chantajearlo el pelinegro. – Y no nos van a dejar cuidarte más.

- ¡No!

- Joder, es cabezota como él solo, debe ser el gen Weasley. – Murmuró Lizzy. Tenía que pensar en algo, ¿qué podría hacer para que el niño accediera a ducharse? Y, de repente, tuvo una idea. Quizás no era la mejor, pero era lo único que se le ocurría. Sacó su varita y apuntó al agua. - ¡Mira, Remus!

Empezó a hacer que algunos chorros subieran y bajaran y él lanzó una carcajada.

- Si te metes dentro, sigo; pero, si no, no.

Apenas tardó un minuto en decidirse y unos segundos en empezar a estirar los brazos de forma nerviosa para que lo desvistieran. James le quitó la ropa y lo metió en la bañera mientras la morena seguía con aquel pequeño juego, entreteniéndolo. Lanzaba chorros de un lado a otro y el pequeño chapoteaba, sin dejar de reír, mientras el chico lo bañaba con cuidado. Lizzy lo miró unos instantes y, casi sin pensar, desvió uno de los chorros hacia él, dándole en la cara. Remus rió y James tuvo que reprimir una maldición.

- No has hecho eso. – Le dijo a su novia.

- Oh, sí, Jamie. – Ella rió y volvió a mojarlo.

- Tú te lo has buscado. – James sacó su varita y creó una pequeña ola que la empapó por completo.

Y así empezaron una pequeña batalla de agua. Se atacaban el uno al otro sin parar de reír, al igual que Remus que estaba encantado con el espectáculo. Después de un rato de lucha y acercamientos, y sin saber muy bien cómo, James inmovilizó a Lizzy contra el suelo y le sujetó los brazos, dándolo todo por finalizado. Ella tenía la respiración acelerada y él no pudo evitar besarla con pasión. Cuando se separaron, Lizzy palideció.

- Creo que esta es una de las cosas que Victoire quería que evitáramos, además, ¿quién está vigilando a Remus?

James se levantó de un salto y corrió a sacar al pequeño de la bañera. Solo a ellos dos se les ocurría dejar sin supervisión a un niño de un año cuando estaba en el agua. La chica cogió la toalla y lo envolvió en ella antes de cogerlo y que él la abrazara.

- Te toca limpiar este desastre.

- Ni en broma, has empezado tú. – James enarcó una ceja. – Límpialo mientras yo visto a Remus.

- Se ha venido conmigo, me prefiere a mí. – Le sacó la lengua.

- ¿Y si lo vestimos entre los dos y recogemos esto cuando se quede dormidito? – Sugirió él, utilizando una de sus características sonrisas.

- Pero no vale escaquearse. – Le advirtió ella.

- No lo haré. – James sonrió. – Venga, vamos a su cuarto a ponerle el pijamita y a secarnos nosotros.

Se dirigieron entonces al dormitorio del chico, lo cambiaron de ropa y bajaron a la cocina, donde sacaron la papilla que Victoire le había preparado a su hijo, además de la pizza que había dejado para ellos. Sentaron a Remus en su trona y pusieron la comida a calentar.

- Mira lo que hay aquí: - James sonrió y sacó un bol de la nevera. – fresas. Dice Victoire que cojamos las que queramos, ha dejado una nota.

- Dame una, anda, pero mójala en azúcar, chocolate o algo antes.

Lizzy se sentó en la encimera y el chico rebuscó en la alacena hasta encontrar un bote de crema de chocolate. Ella abrió la boca y él, después de untar un poco la fresa, se la acercó para que pudiera darle un bocado. Después de que la mordiera, él se comió el resto. Ella cogió otra, la mojó también en chocolate, y se la acercó pero, cuando James fue a morderla, ella quitó la mano y se la comió ante su ofendida mirada.

- ¿Qué? – Preguntó, con la boca llena.

- Eso es trampa.

Lo besó en respuesta y él sonrió, sin poder evitarlo. Sus labios sabían a fresa y chocolate. Profundizó un poco el beso y se acercó más a ella, sin importarle nada más. Enterró la mano en su pelo mientras ella se aferraba al cuello de su camiseta. Cuando se separaron, con las respiraciones entrecortadas, ambos se dieron cuenta de que seguían en la cocina de la casa de Teddy y Victoire y que Remus los miraba, sin entender muy bien qué pasaba.

- Definitivamente esta es una de las cosas que teníamos que evitar. – Murmuró el chico.

- Totalmente.

Lizzy bajó de la encimera y comprobó cómo iba la comida. Sirvieron la papilla a Remus y, sorprendentemente, consiguieron que se la comiera casi entera y prácticamente sin protestar – aunque tiró un poco al suelo y la pared, que ellos decidieron limpiar más tarde –. Después de eso lo llevaron a su dormitorio y lo acostaron. Lizzy le cantó una nana que hizo que se quedara dormido al instante – cosa que sorprendió a James, ya que su novia no era precisamente una buena cantante –.

- ¿Bajamos a cenar nosotros? – Le susurró James al oído mientras ella lo arropaba una última vez.

- Sí, vamos.

Se llevaron la pizza al salón y se la comieron entre risas. Cuando terminaron – y después de decir que luego recogerían la cocina –, se acurrucaron en el sofá un poco. La verdad era que estaban agotados y eso que solo habían sido unas cuantas horas.

- ¿Sigues queriendo tener niños después de eso o empiezas a comprenderme?

- La verdad es que creo que tú y yo no seríamos unos buenos padres. – James suspiró. – Qué desastre.

- No entiendo cómo tu prima y Teddy pueden estar a punto de tener el segundo con ese diablillo que tienen arriba y eso que creo que, dentro de lo que cabe, Remus es bueno. – Puso los ojos en blanco. – Un hijo tuyo y mío podría ser una auténtica fiera.

- Sería mezclar demasiados genes perversos.

El chico lanzó una carcajada antes de besar a su novia. Ella le siguió la corriente y, antes de darse cuenta, estaba sentada a horcajadas sobre él y los besos se habían vuelto más pasionales. Justo entonces, la puerta de la casa se abrió y ellos se separaron.

- Por Merlín, decidme que no habéis hecho eso delante de mi hijo. – Dijo Victoire dedicándoles una mirada de desaprobación.

- Por supuesto que no. – Se apresuró a responder James. – Hemos mantenido una distancia de seguridad todo el rato, ¿verdad, cielo?

- Sí, claro, no nos hemos besado ni nada de eso. – Lizzy asintió, intentando aparentar tranquilidad, aunque los otros dos se miraron, sin creerse lo que les habían dicho.

- Voy a subir a ver cómo está. – Dijo Teddy.

- ¿Ha ido todo bien? – Les preguntó la rubia mientras tanto.

- Sí, hemos estado jugando, lo hemos bañado, le hemos dado de cenar y después lo hemos acostado, tal y como nos pediste. – Contestó su primo.

- Ya veo que habéis dejado todos los juguetes esparcidos por el salón y… un momento. – Los miró muy seria y señaló. - ¿Qué hace aquí abajo esa escoba? ¿No se os habrá ocurrido ponerlo a volar, verdad?

- Bueno, nosotros… - James bajó la mirada y Lizzy sonrió de forma nerviosa.

- ¡Tiene un año!

- Pero no le ha pasado nada. – Intervino la morena. – Está bien.

- Sí, solo ha sido un golpecito sin importancia.

- ¿Golpecito? – Victoire parecía furiosa.

- Oh, sí, es que se ha caído pero estaba a poca altura y lo hemos cogido en seguida. – Se excusó el chico mientras su novia lo fulminaba con la mirada.

- ¡Sois unos malditos irresponsables!

- ¡¿Qué se supone que le ha pasado al baño?!

Teddy bajó las escaleras y les dedicó una mirada enfadada. Ellos intercambiaron una rápida mirada. Se les había olvidado aquello completamente.

- Yo creo que lo mejor será irnos, ¿verdad, Lizz?

- Ni se os ocurra moveros de aquí. – Vic los fulminó con la mirada. – Es que no habéis recogido si quiera vuestros platos.

Se dirigió a la cocina y los dos maldijeron por lo bajo. Aquello iba a ser un desastre.

- ¡Por Merlín! – La rubia salió echa una furia. – No os vais a ir de aquí hasta que la cocina quede impecable, al igual que el baño.

- Pero Vic…

- Pero nada, James Sirius, y tú ni te atrevas a replicar, Elizabeth. A limpiar, ya.

Refunfuñaron un poco, pero le hicieron caso y no volvieron a casa hasta que todo estuvo limpio. Se disculparon una última vez y se desaparecieron, dejando a Victoire y Teddy solos. La chica suspiró, un poco más tranquila.

- Solo espero que nunca tengan hijos. – Le dijo a su marido que no pudo evitar reír.

- Por el bien del propio crío, yo también lo espero.