34. Proposición

James terminó de recoger el apartamento justo cuando escuchó unas llaves en la puerta. Lizzy había pasado dos semanas en Nueva Zelanda representando al Ministerio de Magia y él se había comprometido a mantenerlo todo en orden. La última vez que estuvo fuera encontró el salón completamente destrozado a su vuelta y eso le costó una semana durmiendo en el sofá al chico y una larga charla sobre la importancia de madurar y lo peligroso que podía resultar probar productos nuevos con su primo dentro de su apartamento. Pero aquel día las cosas eran distintas. Todo tenía que estar perfecto, nada podía estropear sus planes. Cuando la puerta se abrió, corrió a recibirla, con una sonrisa nerviosa.

- Hola, preciosa. – Se acercó a besarla, pero ella lo apartó bruscamente y le enseñó un periódico con cara de enfado. Al parecer sus planes acababan de trastocarse.

- ¿Me puedes explicar qué es esto? – Le preguntó.

- No sé a qué te refieres. – Mintió él.

- Claro que lo sabes. – Señaló un titular pequeño en la portada. – "Rumores de infidelidad: James Sirius Potter y su nueva conquista". ¿Quieres que te lea el artículo?

- No hace falta. – Murmuró James, bajando la vista. – Mi madre me envió una copia cuando salió.

- ¿Y, entonces, por qué te haces el tonto? – Negó con la cabeza. – Dos semanas, James, he estado dos semanas fuera y ya dicen que estás con otra.

- Es Rita Skeeter, sabes cómo es, nunca cuenta nada que sea verdad, además, no le caemos bien y siempre está inventando cosas para separarnos. – Contestó preocupado. – Sabes que no deberías hacerle caso.

- Es que estoy harta. – Lizzy por fin cruzó la pequeña entrada y pasó al salón, donde se sentó en el sofá. – Cada vez que me voy pasa lo mismo.

- Pero tú confías en mí, ¿verdad?

- Claro, pero… - Tragó saliva. No quería parecer una loca celosa, pero era la vigesimosegunda vez que le sucedía. – Nada más salir del ministerio se me han acercado dos periodistas para preguntarme si seguíamos juntos y si los rumores eran ciertos. – Enterró la cara entre las manos durante unos segundos y se obligó a tomar aire. - ¿Por qué te han relacionado con esa chica, James?

- Era una fan que se me acercó después del último partido. – Explicó. – Me hice una foto con ella y le firmé un par de autógrafos pero, cuando se iba a ir, resbaló y yo la agarré antes de que llegara al suelo, ¿no querrías que la dejara caerse, no?

- Claro que no, ¿por quién me tomas? – Sus miradas se cruzaron y James se dio cuenta de que tenía los ojos un poco llorosos. - ¿Cómo te sentirías tú si cada vez que volvieras después de estar con la selección o de alguna concentración del equipo te asaltaran periodistas enseñándote artículos en los que dice que yo estoy con otro y preguntándote si lo hemos dejado?

- Supongo que como tú ahora mismo.

- Me voy a dormir un rato, estoy agotada del viaje y creo que tengo un poco de jetlag. – La chica se levantó y se dirigió al dormitorio, sin darle si quiera un beso a su novio.

- Lizz…

- Estoy bien, sé que no me estás engañando. – Se apoyó en el marco de la puerta y le dedicó una media sonrisa. – Solo déjame dormir, ¿vale?

- Como quieras.

La chica cerró la puerta y James suspiró. Sacó una cajita pequeña del bolsillo y le dio un par de vueltas. Después de aquello, tenía que idear algo muy bueno para pedirle matrimonio.


- ¿Te queda mucho, Lizz?

- Es la primera vez en tu vida que tienes que esperarme, no seas impaciente, Jamie. – Respondió ella desde el baño. – No es mi culpa haber salido tarde del trabajo.

- Está bien, pero date prisa.

James suspiró. Estaba atacado, pero de ese día no pasaba. Había pasado ya una semana desde su pequeña discusión y parecía que todo había vuelto a la normalidad. Aquella noche iban a, supuestamente, salir a cenar los dos solos, pero el pelinegro tenía otros planes. Solo esperaba que la cosa fuera bien y ella dijera que sí.

Cuando Lizzy por fin salió del baño, él lanzó un silbido. Estaba guapísima. Llevaba un vestido rosa palo de manga larga y cintura entallada, con una falda que caía suelta y le llegaba un poco por encima de la rodilla y unos tacones negros bajos.

- Sé que sigo siendo un bombón, pero gracias por el piropo. – Le guiñó un ojo y se apartó el pelo, que llevaba suelto, hacia atrás antes de coger su bolso y guardar en él su varita.

- Anda, vámonos, tengo que pasarme un momento por un sitio antes de ir al restaurante. – Respondió él, negando con la cabeza y dedicándole una media sonrisa.

- ¿Por dónde? – Ella enarcó ambas cejas.

- Si te lo dijera, no querrías venir. – James comenzó a reír y ella hizo un gesto de disgusto.

- ¿El estadio? ¿No pasamos ya bastante tiempo allí? – Suspiró. Le encantaba el quidditch pero a veces le parecía que el chico pasaba más tiempo allí que en el apartamento aunque, claro está, no es que ella pasara mucho más tiempo allí. Se mordió el labio de forma casi imperceptible al pensarlo. Aquello iba a cambiar muy pronto, pero no se lo diría a James hasta después de cenar.

- Venga, será solo un momento. – Le tendió la mano y ella la aceptó, resignada.

En seguida se aparecieron al final del pasillo que conducía al campo de juego. Lizzy giró la cabeza hacia el lado al notar que la mano de James la soltaba, pero él ya no estaba allí. Arrugó la frente, extrañada, y miró hacia ambos lados, pero no había ni rastro de él.

- ¿James? – Lo llamó. – James, ¿dónde estás? Esto no tiene gracia.

Nadie contestó pero, de repente, una pequeña flecha de luz se encendió en el suelo. Señalaba hacia el campo. Ella la miró dubitativa sin saber muy bien qué hacer. ¿Debía seguirla?

- ¿James, estás ahí? – Volvió a preguntar.

Suspiró. Estaba claro que no iba a contestar y que no le quedaba otra que salir fuera. Sacó la varita del bolso – por si acaso – y recorrió el pequeño pasillo. Una vez fuera una serie de luces se encendieron y ella se acercó. Formaban un rectángulo y rodeaban una nota: "Atrápala por los viejos tiempos.". Lizzy frunció el ceño al leerla. ¿Hablaba de lo que creía que estaba hablando? ¿No querría que…? No pudo terminar la pregunta pues una snitch pasó por delante de ella, como si estuviera burlándose. Por supuesto que tenía que cogerla, ¿cómo había podido ponerlo en duda tratándose de James? Miró hacia ambos lados hasta encontrar una escoba. Sonrió y la apuntó con la varita.

- Accio escoba. – Dijo haciendo que esta volara hacia su mano rápidamente.

Guardó su varita y dejó el bolso sobre el césped y se montó con cuidado. Nunca había volado con vestido y, además, hacía bastante que no jugaba al quidditch. Ya todos habían crecido y apenas jugaban en las reuniones de la familia Weasley. Se elevó y comenzó a recorrer el campo lentamente, concentrándose en encontrar la bola dorada. Apenas tardó un par de minutos en verla. Se lanzó lo más rápido que pudo hacia ella y comenzó a perseguirla. La snitch era rápida y ella había perdido mucha práctica, pero sus dos años de buscadora en Hogwarts habían servido para mucho. Se agarró a la escoba con una mano y se echó hacia delante hasta que sus dedos rozaron la pelota y, finalmente, la atrapó. Se estaba colocando bien en la escoba cuando notó como la snitch comenzaba a vibrar en su mano. Abrió la palma, asustada, y vio como poco a poco se iba abriendo. Su expresión cambió por completo al ver que un anillo salía de su interior.

- ¿Ja…James? – No podía creérselo. ¿Aquello era…? ¡Por Merlín! Se estaba empezando a poner nerviosa y notaba cómo temblaba.

Miró hacia el campo y un suspiro escapó de sus labios. Una frase acababa de escribirse con luces: "¿Quieres casarte conmigo?". Y allí estaba él, con una sonrisa nerviosa pintada en la cara. No tardó en descender, ni bajar de la escoba que tiró hacia un lado. Avanzó a paso lento hacia el chico, sin saber qué hacer o decir.

- Lizzy, sé que lo nuestro nunca ha sido fácil, la mayoría de las veces ha sido porque somos ambos unos cabezotas y podemos llegar a ser unos idiotas, pero, al final, siempre hemos conseguido sobreponernos a todo y mira qué lejos hemos llegado. – Empezó a decir. – Hemos reído y llorado juntos, hemos vivido miles de aventuras, miles de noches románticas y de tardes discutiendo por tonterías. Sé que a veces es difícil porque tú viajas mucho y yo siempre estoy con el equipo, que a la gente le gustan los rumores y que a menudo es difícil soportarlos, pero…

- He pedido un traslado. – Soltó ella, de repente. – Voy a dejar de ser representante, me voy a quedar en la oficina de Londres recibiendo a los embajadores extranjeros. Apenas tendré que viajar a partir de ahora, solo tendré que hacerlo por asuntos muy importantes.

- ¿Qué? – James abrió mucho los ojos. – Pero si a ti te encanta viajar.

- Ya he viajado mucho, me apetece estar aquí, iba a decírtelo después de la cena. – Sonrió.

- Eso es genial y, bueno, no sé muy bien por dónde iba… – Ambos rieron. – La cuestión es que te quiero con locura y sé que eres la mujer de mi vida, siempre lo has sido, lo sé desde que te conocí con 12 años. Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado así que, - Cogió la snitch de la temblorosa mano de ella, hincó una rodilla en el suelo y la miró directamente a los ojos. – Elizabeth Collins, es una proposición tengo que utilizar tu nombre completo, lo siento.

- ¡James!

- Está bien – Volvió a reír, nervioso. – Lizzy, ¿quieres casarte conmigo?

- Sí, James, claro que quiero casarme contigo.

Notó como una lágrima descendía por su mejilla y se la quitó rápidamente, mientras él se levantaba y le ponía el anillo en el dedo. Y entonces ambos se besaron, temblorosos, nerviosos, llenos de amor y de esperanza, conscientes de que les quedaba por delante toda una vida.

- Pero no me pienso poner tu apellido. – Comentó ella riendo cuando cortaron el beso.

- Eso me da igual, vas a casarte conmigo y eso es lo único que importa. – James la miró con ternura antes de volver a besarla.

De repente, empezaron a salir una especie fuegos artificiales de las gradas que, una vez en el aire, se transformaron en pétalos de rosa que caían sobre la pareja. Se separaron riendo para volver a besarse una y otra vez. Se susurraron lo mucho que se querían hasta que se hizo demasiado tarde para ir a cenar y decidieron volver directamente a su apartamento, conscientes de que empezaba una nueva etapa en sus vidas.