35. Preparativos

Lizzy retocó por décima vez el centro que había colocado en la mesa del salón y James no pudo evitar sonreír al verla.

- ¿Quieres tranquilizarte, Lizz?

- Estoy muy tranquila, pero es que quiero que esto salga bien. – Respondió la chica, quitándose la pinza con la que se había recogido el pelo. – A ver, repasemos, ¿la comida está lista?

- Sí, todo preparado, solo tenemos que sacarla cuando todos hayan llegado.

- ¿Y vienen todos, verdad?

- Sí, tus padres, los míos, mis hermanos, Lorcan, Caro, tus abuelos y los míos.

- Genial. – Lizzy tomó aire y se dirigió a la cocina mientras estiraba su vestido. – Esto va a salir bien.

- Por supuesto. – La siguió y la agarró del brazo, deteniéndola. – Va a salir genial, todos se van a alegrar por nosotros. Incluso tu abuela Charlotte.

- Eso espero. – Miró el reloj y vio que apenas quedaban unos minutos para que fuera la hora. – Deben estar al llegar, mejor vayamos al salón a esperarlos.

El mayor de los Potter asintió y la siguió fuera. Vio cómo ella se quitaba el anillo y lo guardaba en su bolsillo – hasta que terminara la comida no iban a anunciarlo y no querían que alguien se diera cuenta y revelara la sorpresa antes de lo previsto – y sintió una punzada de nervios en su estómago. Le había dicho que todos se lo tomarían bien pero, ¿y si no? No tuvo tiempo de pensar la respuesta, pues de repente los padres y abuelos de la chica aparecieron en medio del salón, seguidos por su propia familia apenas unos segundos más tarde. Tras intercambiar los saludos de rigor, les pidieron que se sentaran a la mesa mientras ellos traían la comida.

- Empieza el espectáculo. – Lizzy sonrió y James asintió.

Colocaron varios platos de entrantes y se unieron a la conversación. De forma despreocupada, aparentando que nada pasaba y que aquel almuerzo no tenía ningún motivo especial. Cuando terminaron con eso, sacaron el pollo al horno con patatas que habían preparado entre los dos y que Molly alabó – aunque, siendo sinceros, no estaba tan bueno como el que ella preparaba –, y continuaron con su despreocupada charla: Lorcan les contaba qué tal iban sus investigaciones; Albus, el último caso en el que estaba trabajando; Caro, cómo le iba en San Mungo; Ginny y Mary las últimas novedades del Profeta… No pararon de charlar y reír durante toda la comida.

- ¿Todos habéis terminado ya? – Preguntó Lizzy después de un rato, cuando creyó que ya todo el mundo había acabado. Al ver que asentían se puso de pie, seguida de James. – Vamos a por el postre.

Ambos entraron en la cocina y se miraron, cada vez más nerviosos.

- Ha llegado el momento. – Murmuró él.

- Sí. – La chica se mordió el labio. – Sacamos la tarta y, antes de servirla, lo anunciamos, ¿verdad?

- Exactamente. – James tomó aire. – Vamos a ello.

Sacaron el dulce de la nevera y sonrieron antes de salir. No querían que los demás sospecharan.

- Esperamos que os guste. – Dijo el chico, dejándola sobre la mesa, pero quedándose de pie, al igual que ella. – La hemos hecho nosotros, es de chocolate.

- Mi favorita. – Comentó Lily con una sonrisa.

- Sí, lo sabemos. – Lizzy miró al pelinegro y él asintió. Lentamente sacó el anillo del bolsillo y se lo colocó en el dedo. – Bueno, supongo que a algunos os habrá parecido un tanto sospechosa nuestra invitación a comer.

- Podéis pensar que tenemos algo que contaros.

- Y no os equivocáis. – Tomó una bocanada de aire antes de seguir. – La verdad es que James y yo tenemos algo importante que anunciaros.

- ¿Qué es, cielo? – Preguntó Anne Douglas, dedicándole una sonrisa de ánimo a su nieta.

- Pues, - Levantó la mano con el anillo y una exclamación ahogada resonó en el salón – vamos a casarnos.

La reacción no se hizo esperar, todos se pusieron de pie y corrieron a abrazarlos y felicitarlos.

- ¡James, qué alegría! – Exclamó su madre, abrazándolo. Había temido tantas veces no ver a su hijo sentar la cabeza de forma definitiva que no podía evitar emocionarse. - ¡Mi niño se casa!

- Mi pequeña… - David abrazó a Lizzy con fuerza. – No sabes lo mucho que me alegra esto, estoy deseando llevarte al altar.

- ¡Tía, no me lo puedo creer! – El grito de Lily hizo que se separara de su padre. La pelirroja se acercó a ella dando saltos, seguida de una también muy emocionada Caroline. - ¡Os vais a casar por fin! ¡Llevo años esperando este momento!

- ¿Seréis mis damas de honor, verdad?

- ¡Por supuesto!

- Oye, Albus, ¿serás uno de mis padrinos? – Le preguntó su hermano, con una media sonrisa.

- ¿De verdad? – El mediano de los Potter abrió mucho los ojos. No se esperaba aquello. James asintió y él también sonrió. – Por supuesto que sí.

- Parece que al final te has salido con la tuya, Potter. – Charlotte Collins negó con la cabeza, pero le dedicó una cálida sonrisa a su nieta. – Espero que seáis muy felices.

- Gracias, abu. – Su nieta la abrazó, feliz. Incluso ella lo había aceptado.

Poco a poco fueron recuperando la compostura y todos volvieron a sus asientos. Anne Douglas miró entonces a su marido con una sonrisa y estiró la mano.

- Me debes dinero.

- ¿Abuela? – Lizzy la miró con los ojos muy abiertos y ella se encogió de hombros.

- Lo siento, es que llevaba muchos años esperando este momento. – Su marido resopló y sacó varios galeones de su cartera.

- Te recuerdo eso de todo lo mío es tuyo.

- Eso no quita que hayas perdido. – Le guiñó un ojo y su marido sonrió. – Creer que tu nieta se casaría con ese italiano y no con James, debería darte vergüenza.

- Desde luego… - Lizzy suspiró, pero todos empezaron a reír debido a la ocurrencia.

- Me gustaría haceros una pregunta. – Dijo entonces la abuela paterna de la chica, tras carraspear para atraer la atención de todos los allí presentes. - ¿Dónde vais a celebrar la boda?

- Pues todavía no lo hemos pensado. – La morena frunció el ceño. – ¿Por qué?

- Eres mi única nieta, me gustaría mucho que te casaras en la Mansión Collins.

- Bueno, tenemos que pensárnoslo, todavía no hemos empezado a preparar nada, no tenemos siquiera la fecha, no hemos avisado a nadie…

- Si os casáis ahí, os pagaré la boda completa y la mitad de la luna de miel.

James y Lizzy intercambiaron una rápida mirada antes de contestar, al mismo tiempo.

- Hecho.

- Genial. – La mujer sonrió con autosuficiencia.

- ¿Y cuándo habéis pensado casaros? – Preguntó entonces Harry. - ¿Habéis hablado de alguna fecha?

- Bueno, sí, queremos casarnos en mayo. – Su hijo apretó un poco los labios antes de seguir. – El día dos.

- Sabemos que es viernes, pero nos parece una buena fecha. – Añadió la chica. – Siempre que a los demás os parezca bien. Hemos pensado que la boda podría ser por la tarde, así todo el mundo podría venir después del trabajo.

- El dos de mayo. – El hombre enarcó las cejas, pensativo.

- Si no te parece bien…

- A mí me parece una buena fecha. – Arthur Weasley sonrió. – Siempre es un día malo para todos nosotros, estaría bien que por una vez se celebrara algo grande.

- Si no os parece bien ese día, nos casaremos el tres, no nos importa, de verdad. – Insistió Lizzy. – Sabemos que sería una fecha muy controvertida.

- A mí no se me ocurre mejor fecha para casaros, desde un punto de vista periodístico, por supuesto. – Intervino Mary Collins. – Se ve que es una fecha pensada y escogida con cuidado, por unos motivos determinados. Y como madre te digo que te cases el día que tú quieras y que me parece un bonito homenaje a tu tío hacerlo ese.

- Es lo que queremos, homenajear a los que ya no están. – Confesó la chica. – Y, por cierto, mamá, ¿podrías anunciar mañana esto en la columna de sociedad del Profeta? Te regalamos la exclusiva.

- Mucho mejor que te la lleves tú a que Rita invente algo y trate de arruinarnos la boda. – El pelinegro puso los ojos en blanco, pero todos sabían que estaba hablando en serio.

- Pues muchas gracias entonces, solo diré que os habéis comprometido, no daré ninguna otra información, de eso ya se encargarán las revistas de cotilleos.

Sirvieron entonces el postre y brindaron por la futura unión. La cuenta atrás había comenzado.


Los siguientes meses fueron una completa locura. A James jamás se le olvidarían las caras de sus primos y tíos cuando lo anunció, ni a Lizzy la de sus amigas. La mayoría no se esperaba aquello de ellos dos, pero se alegraron muchísimo y no dudaron ni un instante en ayudarlos a prepararlo todo. Las revistas de cotilleo no tardaron en hacerse eco de la noticia y era habitual que una legión de periodistas los persiguiera a todas partes: a los entrenamientos, al Ministerio, a las distintas tiendas a las que iban… Intentaban averiguar el máximo posible, desde la fecha – que únicamente sabían los invitados – hasta el color de los vestidos de las damas de honor. La boda se convirtió en uno de los eventos del año, estaban invitados políticos importantes, embajadores, diplomáticos, jugadores famosos de quidditch y héroes de la Segunda Guerra Mágica entre otras celebridades que la pareja conocía.

Lizzy fue a comprar su vestido acompañada solo de su madre y su abuela Anne, que le regaló el traje como regalo de bodas, – lo que provocó las protestas de Lily, Rose y su abuela Charlotte – y se decantó por uno de un blanco inmaculado, palabra de honor, con falda amplia de tul, un cinturón de pedrería y la parte superior del pecho y parte de la espalda de transparencia, con algo de pedrería. Cuando los demás – su padre, abuelos y amigas – lo vieron, quedaron maravillados. Era el vestido más bonito que habían visto jamás y a la morena le sentaba genial, aunque la señora Collins no pudo evitar comentar que, quizás, no debería llevar un vestido tan blanco después de tanto tiempo viviendo con James. Su algo nuevo eran unos sencillos pendientes; su algo viejo, una pulsera que sus padres le habían regalado muchos años antes; su algo prestado, una horquilla adornada con un pequeño brillante que le había dejado su suegra y su algo azul, la liga.

James, por su parte, se compró un traje oscuro y elegante y una corbata roja; además, su padre le regaló los gemelos que él mismo había llevado en su boda y que había encontrado en la cámara de Gringotts de los Potter – al igual que el anillo que Lizzy llevaría hasta el día de la boda y que él había cogido de su casa sin pedir permiso –. Cada día que pasaba estaba más ansioso, necesitaba que el día de lo boda llegara cuanto antes aunque, por otra parte, solo con pensar en ese día, se le encogía el estómago y se le cortaba la respiración.

De las invitaciones, las pruebas del menú, la tarta y la decoración apenas tuvieron tiempo de encargarse debido a sus respectivos trabajos por lo que tuvieron que hacerlo sus padres – aunque siempre pensando qué les parecería y consultándolo todo con ellos –. De lo que sí se encargaron, especialmente Lizzy, fue de la organización de su súper luna de miel. Habían conseguido cuadrar las fechas y estarían un mes fuera, disfrutando de sus primeros días de casados lejos de sus familias.

Y así, el dos de mayo fue acercándose poco a poco, trayendo al mismo tiempo miedos y emociones, nervios e inseguridades, anhelos y sueños. Aquella fecha sería muy diferente para todos aquel año y, para ellos, para siempre.

- ¿Estás nerviosa? – Le preguntó James una noche, apenas una semana antes de la boda.


- Un poco. – Confesó Lizzy, tumbándose de lado para poder verlo mejor. - ¿Y tú?

- También. – El chico sonrió. – Pero va a salir bien, será un día increíble. Tengo muchas ganas de ver tu vestido, mi madre y Lily dicen que es precioso.

- No quiero que te crees unas expectativas demasiado altas, pero sí, lo es. – La morena se mordió un poco el labio. – Y ya verás lo que me han regalado Molly y Dominique. Tus primas están locas.

- ¿Debería asustarme? – Enarcó una ceja, sin saber muy bien qué pensar.

- No, te va a encantar. – Notó cómo se sonrojaba al pensar en los conjuntos de lencería que las dos chicas le habían traído aquella misma mañana. – Pero no puedo decirte nada más, es una sorpresa.

- Miedo me dais. – Se acercó a ella y la besó. – En siete días serás la señora Potter.

- Señora Collins. – Replicó la chica antes de volver a besarlo. – No pienso cambiarme el apellido, no puedes hacer nada para convencerme.

- Bueno, todavía queda una semana. – James le dedicó una media sonrisa y ella arrugó la nariz. Sabía que jamás sería una Potter y no le importaba, pero no podía evitar provocarla un poco. – Anda, no pongas esa cara y vamos a dormir, mañana nos espera un día muy largo, tenemos que terminar de organizarlo todo.

- Supongo que sí. – Contestó ella, aunque volvió a besarlo, ahora con más pasión. Él sonrió y le siguió la corriente, dejando que se subiera sobre él y comenzara a deshacerse de su ropa, consciente de que todavía les quedaba un buen rato para irse a dormir. Cuando se separaron, le acarició el costado y sonrió.

- Solo siete días, Lizz.

- Solo siete días, Jamie.