37. Luna de miel
- Bueno, contadnos, ¿qué tal os ha ido todo?
Rose les dedicó una sonrisa y ellos dos intercambiaron una mirada. ¿Qué cómo había ido todo? Aquella era una muy buena pregunta.
- Bien. – Contestó finalmente Lizzy, mirando a la pelirroja que había ido a visitarlos junto a Scorpius. – España es genial.
Llegaron el día 3 a mediodía a Madrid, donde un representante del Ministerio español los recibió. Supuestamente, Lizzy no solo iba de vacaciones, sino también a llevar unos papeles para el ministro español.
- Lizzy Collins. – Le dio dos besos a la chica y estrechó la mano de James antes de empezar a hablar en español. – Te sienta genial la vida de casada.
- La boda fue hace menos de 24 horas, no digas tontería. – Contestó ella, riendo, en un perfecto español. – Raúl, te presento a mi recién estrenado marido, James Potter. – Miró al chico, que le dedicaba una mirada de incomprensión, y cambió al inglés. – James, este es Raúl Rodríguez, representante del Ministerio.
- Encantado.
- El buscador estrella del Puddlemere United, todo un placer. – Cambió al inglés y asintió levemente. – Supongo que tendréis muchas ganas de empezar el viaje. Nuestro país es maravilloso, ¿alguna vez has visitado España, James?
- No, es la primera vez, pero Lizzy me ha contado maravillas así que estoy ansioso.
- Será un mes genial y el ministro me ha dicho que él mismo se ha encargado de organizaros los transportes, porque queríais viajar como los muggles, ¿cierto?
- Así es. – La morena sonrió. – Queremos conocer el país a fondo y creemos que esa es la mejor manera. Tenemos una ruta por las ciudades más importantes y después pasaremos una semana en la playa.
- Seguro que os lo pasáis de maravilla.
- Por cierto, y antes de que se me olvide, aquí tienes los documentos que nos pedisteis. – Los sacó del bolso y el hombre los aceptó con una sonrisa.
- Perfecto. – Contestó. – ¿Hacia dónde vais primero?
- Pues vamos a pasar cuatro días aquí, viendo Madrid y los alrededores. – Contestó Lizzy. – Después vamos a Santiago en tren y allí cogemos un coche y conducimos por Castilla y León.
- Os he hecho una lista de lugares que no os podéis perder y comidas que debéis probar sí o sí. – Le dio una carpeta y los recién casados sonrieron. – También está dentro la lista de hoteles en los que hemos reservado. Todo está dentro del presupuesto y lo único que tenéis que hacer es pagar antes de iros.
James abrió los ojos, sorprendido. Con razón Lizzy le había dicho que no tenía que preocuparse más que por elegir los lugares y los hoteles que más le gustaran.
- Tu mujer es muy lista y ha hecho que esto parezca un viaje de trabajo. – Lanzó una carcajada. – ¡Y lo único que ha tenido que hacer es traer unos papeles!
- Unos muy importantes. – Puntualizó ella, aunque también sonrió. La verdad es que había utilizado todos los trucos del manual para no tener que preocuparse apenas ni por las estancias, ni por el transporte. – Pero sí, puede que tengas un poco de razón.
- ¿Necesitáis que os acompañe al hotel o algo?
- No te preocupes, no está muy lejos y creo que sé llegar. – La chica sonrió. – Muchas gracias por todo, ya te contaré qué tal.
- Sí, el mes que viene creo que tengo que ir a Londres, espero verte por allí.
- Por supuesto, avísame y nos tomamos algo. – Le dio otros dos besos. – Nos vemos pronto, Raúl.
- ¡Disfrutad de la luna de miel, parejita! – Exclamó él. – Y encantado de conocerte, James.
Después de eso fueron al hotel, soltaron sus cosas y empezaron su viaje. Visitaron el Museo del Prado, el Palacio Real, el Escorial, todo el centro de Madrid y se perdieron por el Retiro. Visitaron todos los rincones que pudieron, subieron a los tejados más altos para disfrutar de las vistas y tomaron bocadillos de calamares, cocido – a pesar del calor – y churros con chocolate. Después de eso, cogieron un tren y fueron a Santiago, donde pasaron la noche del día 7 al 8. Visitaron la Catedral y comieron marisco – bueno, al menos James lo hizo, a Lizzy le dio mucho asco y fue incapaz de probar nada –. Luego, tal y como habían dicho, cogieron el coche. Su primera parada, aunque también de un solo día, fue León donde visitaron la Catedral y las pinturas de San Isidoro; de ahí, a Burgos, donde también aprovecharon su día para visitar la Catedral, las Huelgas Reales y el centro; su siguiente parada fue Segovia, donde vieron el Acueducto y el Alcázar antes de dirigirse, al día siguiente, hacia la preciosa Salamanca, cuyo centro histórico con sus catedrales, las universidades, la Casa de las Conchas y la de Lis entre otras cosas, los dejó asombrados. Probaron todos los productos típicos de aquella zona: cochinillo, judiones, embutidos, carnes asadas… y disfrutaron de los paisajes en cada viaje en coche. A James le encantaba ver a Lizzy cantando a todo pulmón, con la ventana abierta, y riendo sin parar. Bajaron después a Mérida para ver las impresionantes ruinas romanas y, después de descansar otra noche ahí, bajaron hasta Sevilla. James se quedó prendado del sur, del arte de la gente, de las tapas y del sol. Pasaron allí dos maravillosos días y visitaron todo lo que pudieron: la Giralda, la Torre del Oro, los Reales Alcázares, el Parque de María Luisa, las Setas… Disfrutaron de cada momento antes de coger un avión dirección Barcelona. En los siguientes tres días visitaron toda la ciudad: la Sagrada Familia, el Parque Güell, las Ramblas, la Casa Miró, la Casa Batlló, el Barrio Gótico… y comieron fabes, butifarra, pan con tomate y, por supuesto, crema catalana – aunque a James le pareció demasiado dulce –. Cada vez estaban más cansados pero, aún así y a pesar de que cada mañana les costaba más salir del hotel, continuaron con su viaje. La siguiente parada fue Zaragoza, a la que llegaron en tren para pasar dos días. Visitaron El Pilar, la Catedral, las ruinas romanas y la Aljafería y tomaron carnes asadas y frutas de Aragón. De allí, fueron hasta Pamplona, en coche esta vez, y aprovecharon el día para ver la Catedral, el Archivo General de Navarra, el Ayuntamiento y todo el casco histórico. James confesó que le encantaría ir a los Sanfermines y Lizzy no pudo evitar poner los ojos en blanco. Su marido – qué raro le sonaba aquello – estaba completamente loco. Continuaron su viaje hacia Bilbao, donde pasaron dos días, vieron el Guggenheim, la Catedral y todo el casco histórico y comieron pintxos. De allí cogieron un tren a Toledo, que los dejó asombrados. Era una ciudad parada en el tiempo. Se perdieron por sus callejuelas como en ninguna otra ciudad, visitaron los monumentos que se encontraron e hicieron una visita panorámica, para poder ver la ciudad desde enfrente. Por desgracia, pasaron solo un día en aquella ciudad, al día siguiente cogieron otro tren destino Valencia, donde volvieron a quedarse dos días. Visitaron la Ciudad de las Artes y las Ciencias, todo el centro histórico, la Catedral, la Basílica de la Virgen de los Desamparados, las distintas puertas, las plazas… y, además, aprovecharon para comer paella y helados de todos los sabores. La siguiente parada, ya en coche otra vez, fue Murcia aunque nada más llegar al hotel, se quedaron allí hasta bien entrada la tarde, demasiado cansados para seguir. Al día siguiente, volvieron a montarse en su coche y viajaron hasta la Costa del Sol, donde pasarían los últimos días. Aquel día se relajaron en la piscina y disfrutaron del buffet libre del hotel, realmente agotados. Necesitaban más que nada descansar. Al día siguiente fueron a Málaga capital, donde visitaron el Museo Picasso y todo el centro – la calle Larios, la Catedral cariñosamente llamada "La Manquita", el Teatro Romano, la Alcazaba – y comieron espetos. Al siguiente día volvieron a descansar y, al otro, fueron a Cádiz. Condujeron hasta el Puerto de Santa María y, desde allí, cogieron un barco hasta la capital – que mareó a Lizzy, pero que le encantó a James –. Visitaron la Caleta, se perdieron por las pequeñísimas calles del centro, descubriendo así muchos lugares y comieron pescaíto frito. Su último día de descanso llegó y ya solo les quedaban un par de días en España. Recogieron las cosas y fueron a Granada que los dejó simplemente impresionados. Se arrepintieron de haber cogido solo una noche de hotel allí pues apenas les dio tiempo a ver una parte de la ciudad: el centro histórico, el barrio del Realejo, la Alhambra – aunque no por dentro –, el Paseo de los Tristes, Triunfo y el Mirador de San Nicolás. Aquella noche salieron a tapear y descubrieron que, si Granada era preciosa de día, de noche era pura magia. "Volveremos", le prometió Lizzy a James cuando regresaban al hotel, después de dar un largo paseo bajo las estrellas. Aquella última mañana se levantaron cansados y algo tristes; por un lado, tenían ganas de regresar para poder descansar, pero por otra… les daba mucha pena terminar. Condujeron hasta Córdoba, donde soltaron el coche y visitaron la Mezquita, el Alcázar de los Reyes Católicos y toda la zona de la judería. Regresaron a casa después de cenar – un buen salmorejo, por supuesto – y se fueron a la cama sin deshacer si quiera las maletas. Ya tendrían tiempo para aquello más tarde.
- Vaya, suena increíble. – Contestó Rose después de escuchar el extenso relato de los chicos. Para ser sinceros, se habían pasado todo el día anterior sin salir de la cama y esa mañana solo se habían levantado porque habían recibido el patronus de Rose diciendo que iba a verlos. – Me alegro mucho por vosotros, parecen unas vacaciones idílicas.
- Lo fueron, todo fue genial, no ha habido ni un solo momento malo. – Mintió James.
Todo fue perfecto, excepto que casi se divorcian el séptimo día de viaje.
- Estamos perdidos, Elizabeth. – Dijo el chico por decimoquinta vez, aunque sin dejar de conducir por aquella carretera de montaña.
- Que te digo que no, tú sigue. – Insistió ella, cruzada de brazos y con un mapa sobre sus rodillas. – Hazme caso, por aquí se llega antes.
- Llevamos tres horas conduciendo por en medio del monte, es evidente que esto es cualquier cosa menos un atajo. – James bufó. Por el pequeño capricho de Lizzy de coger aquella carretera estaban ahora así. – ¿Por qué no nos desaparecemos y ya?
- ¿Y dejar el coche aquí? Ni hablar.
- Pues entonces, ¿qué quieres que hagamos?
- Tú sigue, creo que ahí hay una señal. – Contestó ella, cada vez más molesta. ¡Ni que fuera su culpa que aquella carretera les hubiera sacado a otra parte!
Efectivamente, había una señal y poco a poco fueron saliendo del monte, aunque seguían sin ver nada a su alrededor, solo una pequeña carretera secundaria – o de menor categoría incluso –.
- ¡Te lo dije, sabía que por aquí no era! – El chico no podía más, estaba a punto de perder los papeles. Se sentía realmente estresado. – ¡Elizabeth, estamos perdidos!
- ¡Deja de gritarme! – Chilló ella tirando el mapa a los asientos de atrás y encarándolo. – Ya llegaremos a algún sitio.
- ¿A dónde? Llevamos horas dando vueltas. Si hubiéramos cogido la autovía, ya llevaríamos un rato en Burgos, pero no, la señorita conocía un atajo.
- No ha sido culpa mía, yo no sabía que íbamos a acabar así. – Replicó ella. – Además, tú podrías colaborar un poco en lugar de solo quejarte.
- Ah, claro, culpa mía, ¿cómo no? – El pelinegro resopló. – Porque yo fui quien decidió viajar como los muggles y recorrer España de esta forma.
- Si tan pocas ganas tenías de venir a este viaje podías habérmelo dicho antes, nos quedan todavía muchos días aquí y no sé si tengo ganas de soportar tus caras largas. – Contestó Lizzy, cada vez más enfadada. ¿Qué le pasaba a James?
- Es que no quería contradecirte por este mismo motivo, tienes un humor horrible.
- ¿Qué yo tengo un humor horrible? ¿Y tú qué? No eres Miss Simpatía precisamente.
- ¿Sabes qué? Estoy harto, en cuanto lleguemos al hotel me marcho a casa, si es que algún día salimos de esta maldita carretera hacia ninguna parte en la que nos hemos metido por tu culpa.
- Para el coche. – Le ordenó ella, de repente.
- ¿Qué?
- ¡Que pares el puto coche James!
Él lo hizo de mala gana, sin entender muy bien qué pretendía la chica. Cuando este estuvo completamente quieto, Lizzy abrió la puerta y se bajó.
- ¿A dónde se supone que vas? – Le preguntó. Lo que le faltaba, ahora se comportaba como una cría pequeña.
- ¡No lo sé! – Contestó, empezando a andar sin mirarlo. - ¡Lejos de ti!
- Elizabeth sube al coche, esto puede ser peligroso. – Lo arrancó, bajó la ventanilla y, una vez se puso a su altura, comenzó a seguirla a su misma velocidad.
- ¿Por qué? – Replicó, todavía con la vista fija en el frente. – Tú mismo has dicho que estamos en medio de la nada, ¿qué va a pasarme?
- No tiene gracia, sube de una vez.
- No estoy bromeando, tú puedes irte y hacer lo que quieras, yo seguiré a pie hasta llegar a Burgos.
- Eres una cabezota. – Maldijo por lo bajo. – Sube al coche de una maldita vez, Elizabeth.
- No quiero.
- Que subas.
- Ya te he dicho que no, deja de insistir, no voy a ir a ninguna parte contigo.
- Elizabeth.
- ¿Sí?
- Por favor. – Se detuvo y lo miró. – No creo que sea seguro que andes sola por una carretera que da a Merlín-sabe-dónde y por la que no pasa prácticamente nadie. Sube.
Detuvo el coche y le abrió la puerta. Ella, tras resoplar y protestar un poco más, se sentó en el asiento del copiloto. James reanudó la marcha, mientras ella subía las piernas a su asiento y comenzaba a llorar. Pasaron un rato en silencio, sin decir nada. Él tenía la vista fija en la carretera y ella trataba de acallar sus sollozos. Siguieron así, hasta que Lizzy no pudo más.
- ¿Así es como van a ser las cosas a partir de ahora? – Él la miró de reojo, animándola a seguir. – ¿Vamos a pasarnos todo el día peleando por cosas así?
- No lo sé. – Confesó él. - ¿Crees que no hemos tomado la decisión correcta?
- No lo sé. – Contestó ella, temblando ligeramente. ¿Estaban hablando de divorciarse? Si apenas llevaban una semana casados…
- No estamos perdidos por tu culpa, bueno, en realidad sí, pero me da igual. – Detuvo el coche para poder hablar cara a cara, total, nadie iba a pasar por allí. – Es solo que me preocupa no saber dónde estamos, me estresa mucho.
- Siento haber sugerido esta ruta. – Dijo finalmente la chica. – Está claro que no era un atajo y que solo nos ha hecho dar vueltas por en medio de la nada.
- No quiero discutir así contigo.
- Hoy hace justo una semana que te prometí que esto no sería fácil, pero que conseguiríamos salir adelante. – Sonrió levemente. – Lo siento.
- Yo también.
- ¿Me dejas conducir un rato? – Se secó las últimas lágrimas. – Quizás yo encuentre la salida de este laberinto.
- Todo tuyo.
Bajaron del coche para intercambiar los asientos y, sin poder evitarlo, se abrazaron y besaron mientras se decían lo mucho que se querían. No podían rendirse tan pronto por una pelea tonta, sabían que estaban hechos el uno para el otro, solo necesitaban un poco más de paciencia.
- Bueno, hubo una cosa que no fue perfecta. – Lizzy se puso completamente roja y James la miró con el ceño fruncido. ¿No se suponía que lo del coche iba a quedar en secreto? – El señorito me obligó a hacerme un test de embarazo.
James suspiro aliviado. Era solo eso.
- ¿Estás embarazada? – Rose abrió mucho los ojos, sorprendida.
- ¡Por supuesto que no! – Respondió Lizzy. – Es que en Mérida hacía muchísimo calor y casi me desmayo. Se asustó tanto que creyó que hasta podía estar embarazada y cuando llegamos al hotel tuve que demostrarle que no.
- Lo pasé muy mal, ni siquiera podía entenderme con la gente porque tú eras la que hablaba su idioma. – Protestó él.
- Sí, recuerdo que tratabas de decirles eso mientras yo estaba sentada en el suelo. – Le sacó la lengua. – Fuiste muy dulce.
- Pues como siempre, cielo.
- Por Merlín, ¿vais a estar siempre así a partir de ahora o son solo los efectos inmediatos de la luna de miel?
- Probablemente volvamos a ser los de siempre en unos días no te preocupes. – Lizzy lanzó una carcajada. – Ha sido un mes increíble, de verdad, tenéis que visitar España.
- Pero os habrá salido por un ojo de la cara.
- La verdad es que no hemos pagado nada. – La morena bajó un poco la vista y su amiga arrugó la frente. – Es que mi abuela Charlotte nos pagó la mitad y la otra mitad, bueno…
- Vendimos la exclusiva de la boda a Corazón de Bruja. – Terminó James por ella.
- ¿En serio? – Scorpius comenzó a reír.
- Sabíamos que iba a haber periodistas de todas formas así que pensamos que, para que otro se llevara el dinero, mejor nos lo quedábamos nosotros así que les enviamos algunas fotos y contestamos unas preguntas. – Explicó Lizzy. – Creo que la entrevista sale en un par de días.
- No nos la perderemos.
- Y, por cierto, hemos traído regalos para todos. – James agitó su varita e hizo que una bolsa flotara hasta él. – Íbamos a dároslos a todos al mismo tiempo, en la Madriguera, pero ya que estáis aquí, aprovechamos.
- No teníais que haberos molestado. – Dijo Rose, antes de abrir la bolsa y coger el paquete con su nombre. – Este es para ti, Scorp.
Scorpius les dedicó una sonrisa antes de abrir el suyo y encontrarse con un delantal de lunares y volantes que lo dejó completamente descolocado y sin saber qué decir. Rose lanzó una carcajada mientras sacaba un pequeño adorno de Toledo y una paellera con un paquete de arroz.
- Eso es porque nos estamos auto-invitando a comer paella en tu casa. – Explicó la morena. – Cocináis mejor que nosotros, sabemos que lo haréis bien.
- Sí, la receta viene dentro así que… - El pelinegro paró al ver que su prima se estaba quedando pálida. – Rose, ¿estás bien?
- Disculpadme un segundo.
Dejó las cosas en el sofá y corrió hacia el baño.
- ¿Qué le pasa? – Le preguntó Lizzy a Scorpius. - ¿Se encuentra mal o algo?
- Ahora cuando vuelva os lo explicamos.
La pelirroja no tardó en volver y, después de disculparse, se dejó caer de nuevo en el sofá, un poco menos pálida.
- Tenemos algo que contaros. – Empezó a decir entonces, cogiendo la mano de su marido. – Estoy embarazada.
- ¿Embarazada? – Su amiga palideció. – ¿Como con un bebé?
- Sí, Lizzy, exactamente con eso.
- ¡Enhorabuena! – Exclamó James, levantándose para abrazar a ambos. – Me alegro mucho por vosotros.
- Por Merlín, ¿estáis locos? – Lizzy negó con la cabeza. - ¿No creéis que sois un poco jóvenes?
- Venga, sabes que a los dos nos hacía mucha ilusión ser padres. – La pelirroja le puso cara de pena y ella sonrió. - ¿No vas a felicitarme?
- Supongo que sí. Felicidades, Rose. – La abrazó finalmente. – Y a ti también, Scorpius. Más te vale cuidarla como nunca hasta que nazca el bebé. ¿De cuánto estás por cierto?
- De dos meses, me enteré mientras estabais en la luna de miel aunque todavía no se lo hemos dicho a mucha gente, solo a nuestros padres, Hugo, Albus… - Explicó ella. – Ya sabéis.
- En cuanto tenga cuatro meses se lo contaremos a los demás, así que esperamos vuestra discreción.
- La tendréis, tranquilos. – Lizzy rodeó los hombros de su amiga con su brazo. – Vas a ser mamá, Rose.
- Y tú acabas de volver de tu luna de miel. – La pelirroja sonrió y, aunque la pregunta iba claramente dirigida a la morena, miró a su marido. - ¿Quién nos lo iba a decir?
- Quién nos lo iba a decir. – Respondió ella, mirando también al suyo, que le dedicó una cálida sonrisa. Nunca podría equivocarse si elegía a James.
