38. Sorpresas inesperadas
Lizzy miró su reloj y comenzó a recoger sus papeles rápidamente. Ya casi era la hora, debía darse prisa. Cogió su bolso, se puso el abrigo y el gorro de lana y salió de su despacho. Recorrió los pasillos rápidamente, con la mirada fija en el suelo y el corazón martilleándole con fuerza en el pecho. Necesitaba saber que no pasaba nada, aunque sabía que eso no era verdad. Estaba a punto de llegar al vestíbulo cuando una voz la detuvo.
- Lizzy, ¿dónde vas? – Levantó la cabeza y su mirada se encontró con la de Rose.
- A San Mungo, tengo prisa.
- ¿Qué te pasa? – La pelirroja comenzó a caminar detrás de ella, que aceleró el paso. - ¡Elizabeth Collins no hagas correr a una embarazada!
La morena se detuvo, resignada y dejó que su amiga se acercara a ella. No pudo evitar sentir un escalofrío al ver su abultada barriga. Rose estaba enorme y es que le quedaba apenas un mes de embarazo.
- Ahora en serio, ¿estás bien?
- Sí, solo tengo nauseas y mareos. – Dijo, tratando de sonar despreocupada, aunque no consiguió engañar a su amiga.
- ¿De cuánto es el retraso?
- Dos meses y una semana. – Lizzy suspiró. – Estoy cagada, Rose.
- ¿Tanto tiempo y no te has hecho un test de embarazo? – La pelirroja abrió mucho los ojos, incapaz de creerse aquello.
- Tenía la esperanza de que me bajara, James y yo siempre tenemos mucho cuidado porque yo no quiero tener hijos. – Explicó. – Pero es que hace dos meses y unas tres semanas…
- Por Merlín. – La abrazó y la morena se relajó durante unos instantes.
- Me voy corriendo, no quiero llegar tarde. – Dijo cuando se separaron. – Tengo la tarde libre, luego te envío un patronus y te cuento pero, por favor, que esto quede entre nosotras. No quiero que nadie lo sepa todavía.
Se despidieron con una pequeña sonrisa y Lizzy continuó su camino hacia el vestíbulo donde se desapareció. No tardó en aparecer en San Mungo y dirigirse hacia la zona de consultas. Se sentó en una silla, rogando por no encontrarse con nadie conocido que pudiera hacerle preguntas indiscretas.
- ¿Elizabeth Collins?
Se levantó en cuanto escuchó su nombre y se apresuró a entrar en el despacho donde el sanador la esperaba.
- Buenas tardes, señora Collins. – La saludó con una sonrisa amable.
- Buenas tardes. – Contestó ella, cada vez más nerviosa.
- Tome asiento, por favor. – Se sentó en una de las sillas y el hombre continuó. – ¿Qué sucede?
- Pues verá, últimamente he estado sufriendo mareos, nauseas y vómitos, especialmente por las mañanas y al oler comida. – Empezó a contarle. – Estoy muy cansada, me siento hinchada y, además, no me viene el periodo desde hace algo más de dos meses.
- ¿Mantiene relaciones habitualmente?
- Sí, con bastante regularidad de hecho. – Contestó, tratando de no sonrojarse.
- ¿Y usa protección?
- Siempre, pero hace unos dos meses y tres semanas tuvimos un descuido. – Suspiró. – Creo que estoy embarazada.
Después de eso pasó un par de horas en el hospital haciéndose pruebas y esperando los resultados. Cuando volvió a casa se dio cuenta de que estaba temblando y de que le costaba respirar. Apareció en el salón, que estaba desierto. Si no recordaba mal, James aquel día no llegaría hasta la hora de la cena, cosa que a ella le vendría muy bien. Tenía muchísimas cosas en las que pensar. Se tumbó de espaldas en el sofá y trató de aclarar su mente que, desde que había salido de la consulta, era un torbellino de ideas y emociones. Sus ojos comenzaron a cerrarse y ella negó con la cabeza, tratando de despejarse. Tenía que pensar, no podía dormirse, pero sus ojos se cerraban una y otra vez y, antes de darse cuenta, se había quedado profundamente dormida. Solo despertó cuando notó la mano de James en su hombro y escuchó su voz en su oído.
- Despierta, Elizabeth, todavía no es hora de dormir.
- ¿Cuándo has… llegado? – Preguntó ella mientras bostezaba y se incorporaba un poco.
- Ahora mismo. – Contestó, sentándose junto a ella. – Últimamente estás muy cansada, ¿te encuentras bien?
- De eso precisamente quería hablarte. – La chica tomó aire y se armó de valor. – He estado en el médico hoy por el cansancio y los mareos que me están dando últimamente.
- ¿Y qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Es algo grave? – Preguntó ansioso. – Lizz, no me asustes.
- Sí, no es nada… malo.
- ¿Entonces? – Enarcó una ceja.
- James, ¿tú te acuerdas del día que ganasteis ese torneo a nivel mundial? – Le preguntó, decidiendo cambiar de estrategia. No era capaz de decírselo directamente, tenía que preparar un poco el terreno.
- Sí, claro, ¿por qué lo preguntas? – Contestó, extrañado.
- ¿Te acuerdas de lo que pasó en los vestuarios?
- Sí. – Lanzó una risilla al recordarlo y su mujer negó con la cabeza.
- ¿Recuerdas si utilizamos protección?
- No… - Abrió mucho los ojos. – Por Merlín.
- Estoy embarazada.
Ambos se quedaron en silencio durante unos instantes, ella con la mirada fija en sus manos; él, sin poder apartar sus ojos de Lizzy. James estaba procesando la información, no se esperaba aquello. Iba a ser padre, iba a tener a una pequeña Lizz correteando por la casa o a un mini-James haciendo travesuras.
- ¡Qué bien, Lizzy!
La abrazó y le dio un beso mientras ella abría mucho los ojos, incapaz de creerse su reacción. ¿Estaba feliz? ¿Pero por qué? Y entonces lo recordó. La conversación que tuvieron hacía ya tanto tiempo, la que volvieron a tener antes de casarse. James siempre había querido tener hijos y había renunciado a eso por ella. A él aquello le hacía ilusión de verdad, quería ser padre.
- James, espera. Yo… – Se separó de él. No podía hacer aquello, sabía que le dolería escucharlo. Bajó la mirada y dejó que él terminara la frase por ella.
- Nunca has querido hijos. – Su voz sonó algo distante. – ¿Quiere esto decir que vas a… abortar?
- No lo sé. – Confesó. – No quiero pasar por esto, no quiero pasar nueve meses horribles llenos de visitas al médico, análisis, controles y dolores, no quiero sufrir un parto y tampoco tener que aguantar a un bebé llorón noche y día a partir de ese momento.
- No hables así de eso, es un acto muy bonito, es traer una nueva vida al mundo, algo que se crea gracias al amor.
- En este caso fue solo un momento de euforia en un vestuario.
- Pero nos queremos. – Puntualizó él. – El momento es lo de menos, ese bebé nacería del amor.
- Me… me da mucho miedo. – Lizzy rompió a llorar, incapaz de aguantar la tensión durante más tiempo. – No puedo hacer esto, me da pánico, James.
- Lizz… - La atrajo hacia él y dejó que enterrara su rostro en su hombro. – Tranquila.
- No sé qué hacer. – Siguió diciendo ella. – No estoy preparada para esto, no lo estaré nunca, además, va a dolerme muchísimo. Será una tortura y seguro que seré una madre horrible. No puedo hacerlo.
- Venga, tranquila, no pasa nada, Lizz. – James se mordió un poco el labio y empezó a acariciar su pelo. No sabía que el principal motivo por el que Lizzy no quería hijos era porque la aterraba.
- Sé que no es solo mi decisión, que también es tuya. – Murmuró, incorporándose un poco. Se secó las lágrimas y lo miró a los ojos. – Tú lo quieres tener, ¿verdad?
- Sí. – Contestó con sinceridad.
- ¿Y te hace mucha ilusión?
- La verdad es que sí.
- Vale. – Lizzy asintió lentamente. Si no quería tener hijos, debería haber tenido más cuidado antes, ahora el daño ya estaba hecho y James se había ilusionado. – Me lo pensaré.
- ¿De verdad? – La miró sorprendido.
- No puedo hacerte esto así sin más, sé que en tu interior no me lo perdonarías. – Empezó a llorar otra vez.
- No digas eso. – Cogió su rostro entre sus manos. – No voy a obligarte a nada, al final es tu decisión y hagas lo que hagas contarás con mi apoyo. Sí, quiero tenerlo, pero si decides abortar, yo estaré a tu lado y no habrá rencores. Respetaré tu decisión sea la que sea, Lizz. Te quiero y eso nada lo va a cambiar.
- Me lo pensaré. – Repitió. – A lo mejor deberíamos tenerlo, no lo sé.
- Lizz…
- El daño ya está hecho. – Murmuró. – Solo deja que me tranquilice, ahora mismo estoy demasiado asustada como para pensar en positivo.
James empezó a repartir besos por toda su cara – las mejillas, la frente, la nariz, los labios, incluso las pestañas – mientras le secaba las lágrimas y le prometía que todo iría bien, que él la cuidaría y no le faltaría de nada, que estaría a su lado en todo momento y que serían unos buenos padres. Lizzy asentía lentamente, sin saber realmente qué hacer. Necesitaba pensarlo mucho, no era una decisión que pudiera tomarse así como así.
Al día siguiente los dos fueron a que los viera un sanador especializado en embarazos y partos. Entraron en la consulta en cuanto los llamaron y no pudieron evitar quedarse boquiabiertos al ver que la ayudante de aquel hombre no era ni más ni menos que Lucy.
- No es posible. – Abrió mucho los ojos al verlos entrar. – ¿Estás embarazada?
- Sí, de doce semanas. – Contestó Lizzy, sentándose en una de las sillas. – No sabía que este era el sanador al que ayudabas.
- La señorita Weasley es una joven muy prometedora, no podía dejarla escapar. – Comentó el hombre, con una sonrisa. - ¿Cómo se encuentra, señora Collins?
- Mentiría si dijera que bien.
- No es la respuesta que suelen darme las futuras madres. – Contestó, sorprendido.
- Todavía no sé si voy a ser madre. – La respuesta de Lizzy hizo que Lucy mirara a su primo, que apretó un poco los labios pero no dijo nada.
- Oh, perdone, no lo sabía… - Murmuró el sanador.
- ¿Vas a abortar? – Le preguntó la otra chica, un poco preocupada. Por la expresión de James, sabía que él quería seguir adelante con aquello.
- No lo sé, estoy pensándolo. – Respondió. – Yo nunca he querido ser madre y esto ha sido solo un accidente. Necesito aclararme un poco.
- Sabes que hay un límite, ¿verdad?
- Lo decidiré pronto.
- Está bien. – El sanador asintió. – De todas formas, voy a revisarla así que pase a la habitación de al lado, póngase la bata y túmbese en la camilla. Lucy, acompáñalos mientras yo preparo la ficha.
- Por supuesto.
Los llevó hasta el cuarto anexo, le dio a Lizzy la bata y señaló un biombo tras el que podría cambiarse.
- Así que un accidente. – Le susurró a su primo en cuanto la chica hubo desaparecido. – ¿Lo sabe alguien de la familia?
- Solo Rose y porque pilló a Lizzy ayer. – Le contestó, también en voz baja. – No queremos que nadie lo sepa por si decide no seguir con esto.
- Pero tú quieres ser padre.
- No puedo obligarla a tenerlo, no me lo perdonaría nunca, ni ella tampoco. – Sonrió levemente.- Lizzy es así, yo siempre lo he sabido y renuncié hace mucho a tener hijos, pero si decide tenerlo me hará el más feliz del mundo.
- Si sigue con esto vas a tener que mimarla todavía más. – Enarcó una ceja. – Hay que tener a las mamás contentas.
- Estoy dispuesto a todo por ella, deberíais saberlo ya. – Dijo. – Y, tranquila, será la más mimada del mundo. Ya me encargaré yo de ello.
Sonrió y su prima negó con la cabeza. Justo entonces, la chica salió de detrás del biombo con la bata puesta. Lucy puso los ojos en blanco al ver la marca que Lizzy tenía en la clavícula y que había quedado descubierta debido al escote.
- Olvida lo que te he dicho. – Murmuró. – Por Merlín James, eres un salvaje, ya tenéis una edad.
- Perdona, pero creo que esto – Se bajó un poco el cuello de la camiseta para que pudiera ver una marca similar. – no lo he hecho yo.
- No vais a cambiar nunca. – Negó con la cabeza. – Anda, Lizzy, túmbate.
La chica así lo hizo. El sanador no tardó en llegar y comenzó a examinarla. Todo estaba bien, el estado de salud de Lizzy era bueno – aunque tendría que hacerse varias pruebas por si acaso – y parecía que el embarazo iba perfectamente, aunque sucedió algo que nadie se esperaba.
- Señor Potter, señora Collins, esperan ustedes mellizos.
- ¿Mellizos? – Lizzy abrió mucho los ojos.
- Así es. – El sanador asintió. – Como está casi en su tercer mes el examen es bastante certero, así que puedo decírselo sin lugar a dudas, aunque el sexo tardarán todavía unos meses más en saberlo.
Después de eso – y con la pareja todavía en shock – terminó el reconocimiento, les dio unas indicaciones y los citó para un par de meses después – si es que decidían seguir con el embarazo –. James y Lizzy volvieron a su apartamento y se dejaron caer en el sofá. Él no podía ocultar una pequeña sonrisa.
- Esto es una locura. – Murmuró la chica.
- ¿Por qué? – Su marido la miró, ensanchando su sonrisa. – Se me cae la baba solo con imaginarme a dos niñitas como tú correteando por casa o a dos pequeños trastos haciendo explotar los muebles.
- Por Merlín, seguro que son como tus tíos. – Murmuró ella, aunque no pudo evitar sonreír también. La imagen no le desagradaba. – No estaría mal.
- Vaya, ¿alguien está cambiando de opinión?
- No cantes victoria tan pronto.
- ¿Sabes que me ha dicho mi prima? – Preguntó, acercándose para besar su cuello y provocándole un ligero estremecimiento. – Que tengo que tenerte más contenta que nunca.
- ¿Sí? – Él buscó sus labios y la besó con dulzura. Cuando se separaron, volvió a bajar hasta su cuello y ella sonrió. – Creo que eso no me importaría.
Lizzy suspiró y dejó que James siguiera con sus mimos y caricias. En su cabeza seguía la imagen de unos pequeños parecidos a ellos correteando por la casa, dos niños, sus niños. A lo mejor, aquello no era tan mala idea.
