39. Un embarazo embarazoso

Pasó un mes más y Lizzy no volvió a decir nada sobre el embarazo. Después de unos días parecía haberlo aceptado, aunque no se atrevía a decirlo en voz alta. James sabía que si no había parado aquello ya, no lo haría, que quería tener esos niños, que iban a ser padres, pero tampoco se atrevía a sacarle el tema. No hablaron de ello hasta una mañana que Lizzy se despertó especialmente molesta. Tuvo que salir corriendo de la cama y James la siguió hasta el baño. Le aguantó el pelo mientras vomitaba y trató de tranquilizarla.

- Siento el espectáculo. – Murmuró, sentándose en el suelo y limpiándose la boca con el dorso de la mano.

- Tranquila, es normal. – Se sentó junto a ella y apoyó su mano en su brazo. – Supongo que tendremos que acostumbrarnos. – La miró un poco nervioso. A lo mejor se había arriesgado mucho. – Quiero decir, si vamos a seguir con esto…

- Sí, tienes razón, tendremos que acostumbrarnos. – No lo miró al decir aquello, pero sonrió levemente.

- Entonces, ¿vamos a seguir adelante?

- Sí.

- Es el mayor regalo que me has hecho jamás. – La atrajo hacia él y la abrazó. Lizzy apoyó su cabeza en su pecho y cerró los ojos. – Jamás podré compensártelo.

- No tienes que hacerlo.

- Te prometo que estaré a tu lado cada minuto, cada segundo, y que no te faltará de nada. Haré todo lo posible para que estos meses estés a gusto. – Suspiró, con una amplia sonrisa en los labios. – Vamos a ser padres, Lizz.

- Sí, vamos a ser padres, Jamie.


Organizaron una cena apenas unos días más tarde a la que invitaron a sus padres y abuelos (aunque el abuelo materno de la chica había fallecido unos meses antes, poco después de la boda) y a los hermanos de James junto a sus parejas. Lizzy estaba más nerviosa que cuando habían anunciado su boda – y eso que sabía que todos se lo tomarían bien – por lo que se le hizo la comida eterna. Cuando llegó el momento del postre, ambos se levantaron y sus familiares intercambiaron miradas.

- Supongo que todos habéis deducido que tenemos algo que anunciar, la verdad es que somos muy malos disimulando. – Empezó a decir James, con una amplia sonrisa.

- Lo de utilizar la misma estrategia dos veces no suele funcionar. – Añadió la chica, apretando un poco la mano de él. – Y sí, tenemos algo que contaros, aunque no es que no se me note.

- Vamos a ser padres.

- De mellizos.

La reacción no se hizo esperar. Ginny corrió hacia su hijo y lo estrechó entre sus brazos con fuerza.

- No te imaginas lo feliz que me acabáis de hacer. – Dijo. – Mis primeros nietos, qué alegría.

Mary Collins también corrió a abrazar a su hija. Le había dicho tantas veces que no pensaba tener hijos que había llegado a creer que jamás sería abuela.

- ¡Sabía que solo era una fase! – Exclamó antes de abrazarla.

- Ya, bueno, no es una fase, fue un accidente y ya que estaba embarazada… - Su hija bajó la voz. – A James le hacía tanta ilusión que no podía hacer otra cosa, lo hago por él y porque sé que si no sigo con esto me arrepentiré.

- Vaya… - La abrazó con más fuerza. – Al final merece la pena, ya lo verás. – Se separaron y apoyó su mano en la mejilla. – Me has hecho muy feliz y sé que irá muy bien.

- Enhorabuena chicos, de verdad. – Harry se acercó a ellos con una sonrisa tan enorme como cuando se había enterado de los embarazos de su mujer. – Ya veréis como todo va bien, si necesitáis algo no dudéis en avisarnos. ¿De cuánto estás?

- De casi cuatro meses.

- ¿Y tú cómo estás, cariño? – Le preguntó su padre.

- Más mal que bien pero bueno. – Se encogió de hombros ante la asombrada mirada de algunos de los presentes. – Espero que estos meses pasen rápido y ya está.

- No digas eso, tienes que disfrutar del embarazo. – Intervino Molly Weasley. James le hizo un gesto a su abuela para que callara, pero esta no le hizo caso. – Estos meses van a ser maravillosos, ya lo verás. Victoire, Dominique y Rose estaban encantadas y es que es un momento realmente especial. Bueno, qué te voy a decir, Vic ya ha tenido tres y Dominique va por el segundo.

- Molly creo yo que mi nieta no es como las tuyas. – Anne Douglas lanzó una carcajada, una de las pocas que había lanzado desde el fallecimiento de su marido. Eso hizo que Lizzy sonriera y estuviera todavía más segura de su decisión. – Es más como su abuela, pero tranquila cielo, pasará pronto.

- Gracias, abu, eso espero. – Suspiró. – Pero uno y no más.

- O sea que ha sido, lo que viene siendo, un gol en el último momento con el guardián distraído, ¿no? – Comentó Lily, aguantando la risa. Lizzy le había repetido tantísimas veces que no pensaba hacerla tía que aquella era la única explicación posible.

- ¿Ese es tu eufemismo para un accidente, cielo? – Le preguntó Lorcan, con una ceja enarcada. Pidió disculpas con la mirada a la pareja. – Con perdón, chicos.

- No te preocupes, eso es exactamente lo que ha sido. – Acabó por confesar James. – Pero queremos seguir adelante y tenerlos.

- Ya nos darás consejos para sobrevivir a dos bebés, Molly. – Comentó ella.

- Podréis con ello, ya veréis. – Los animó Arthur. – Seguramente no serán tan revoltosos como lo fueron los nuestros.

- Bueno, no digas eso muy alto. – Albus sonrió. – Nunca se sabe.

Todos empezaron a hablar sobre cómo serían los pequeños durante el resto de la cena. James no podía dejar de mirar a Lizzy, que sonreía tímidamente mientras escuchaba a los demás. Se sentía realmente impaciente y no veía la hora de tener a sus pequeños entre sus brazos. No se quitó ese pensamiento de la cabeza en toda la noche, ni siquiera cuando todos se hubieron marchado ya y él comenzó a recoger los platos – que no habían dejado que sus madres recogieran –.

- Siéntate y pon los pies en alto. – Le dijo a la chica al ver que ella iba a ayudarlo.

- Todavía puedo, James.

- Me da igual, tienes cara de cansada. – Soltó las cosas y se acercó a ella. La cogió de la mano y señaló el sofá. – Vamos, me quedo un rato contigo y luego recojo.

- Pesado. – Refunfuñó un poco, pero le hizo caso. La verdad era que estaba agotada.

- Lo sé. – Se dejó caer a su lado y empezó a hacerle cosquillas en el brazo.

- No estoy ni de cuatro meses y ya estoy así. – Murmuró Lizzy. – Verás cuando se me hinchen los tobillos.

- Te llevaré todas las comidas a la cama si es necesario.

- Me voy a poner gordísima.

- Te vas a poner guapísima, ya verás. – James la besó y ella sonrió levemente.

- Pero si ya soy ancha de caderas, verás cómo me voy a poner. – Negó con la cabeza, aunque no cambió su expresión.

- Lo repetiré una vez más: guapísima.

La besó y ella se dejó hacer, aceptando cada una de sus caricias. Desde luego, James se estaba tomando muy en serio aquello de hacer feliz a la futura mamá.


Y así los meses fueron pasando, los más difíciles de la vida de ambos. Pronto descubrieron que serían padres de un niño y una niña, pero Lizzy comenzó a sufrir constantes dolores – los bebés no paraban de moverse – y apenas podía dormir un par de horas seguidas. James se despertaba varias veces durante la noche para ayudarla y colocarle más almohadas, especialmente cuando su barriga empezó a crecer de forma descontrolada. A mediados del sexto mes, y debido a eso principalmente, el sanador le recomendó mucho reposo y tuvo que cogerse la baja por maternidad, cosa que le fastidió mucho ya que la obligaba a quedarse en casa sin hacer nada aunque todos los miembros de la familia intentaban visitarla a menudo, especialmente Rose con su pequeña Lyra, para que no se agobiara. James intentaba pasar el máximo tiempo en el apartamento, sobre todo porque cada vez que salía a la calle los periodistas comenzaban a acosarle, y se encargaba de todas las tareas y de la organización de la mudanza ya que, en cuanto nacieran los bebés, se marcharían a la casa que había pertenecido a los abuelos maternos de la chica. Ambos sabían que, una vez fueran padres, no podrían quedarse en el apartamento así que pensaron en comprar una nueva casa. Empezaron a mirar pero, justo entonces, Anne les ofreció la casa. Desde que su marido había fallecido, su hija no paraba de decirle que debería irse a vivir con ellos así que, al ver que su nieta necesitaba una casa, decidió cedérsela. Ya iban a tener bastantes gastos, ¿por qué no hacerles las cosas un poco más sencillas? Lily los ayudaba en todo sin necesidad de pedírselo, se notaba que le hacía muchísima ilusión ser tía. Visitaba a Lizzy casi todas las mañanas y empaquetaba las pertenencias de ambos junto a su hermano.

Todo siguió así hasta que la madrugada del cinco de mayo Lizzy se despertó con unos dolores muy fuertes. Trató de no gritar para no despertar a James, pero no pudo evitarlo. Él se incorporó rápidamente y la miró asustado.

- ¿Qué te pasa?

- Me duele mucho. – Apretó los labios y cerró los ojos al notar otra punzada.

- Lizz, tranquila, respira. – Le apartó un poco el pelo de la cara e intentó no ponerse nervioso. – Tenemos que ir a San Mungo, esto no es normal.

- Yo… - No pudo terminar la frase. El dolor volvió y ella tuvo que ahogar un grito. De repente notó que sus piernas se humedecían y la ansiedad la invadió. - ¡He roto aguas!

- Pero todavía es muy pronto, dijeron que hasta mediados de junio no nacerían. – James entró en pánico. Aquello no podía estar pasando de verdad.

- Pues está pasando. – Una nueva contracción. – Llévame al hospital.

El pelinegro se levantó rápidamente y la ayudó a salir de la cama. Ambos se desaparecieron sin cambiarse ni recoger nada, y, nada más llegar, él corrió hacia el mostrador.

- Hola, soy James Potter y mi mujer se ha puesto de parto, pero está solo de 34 semanas, son mellizos y nuestros primeros hijos y no quiero que les pase nada, ¿podría llamar ya a un sanador? Al que sea, me da igual, pero por favor, que la ayuden.

- Tranquilícese, señor. – Contestó ella con una expresión amable. – En seguida nos ocupamos de su esposa, ya verá como todo saldrá bien.

James asintió y volvió junto a Lizzy. No tardaron en llegar un chico y una chica que la subieron a una camilla y la llevaron a una sala donde ya la esperaba un sanador para examinarla.

- ¿Pasa algo malo? – Preguntó ella, una vez hubo terminado.

- No, los partos prematuros son normales cuando se esperan varios hijos. – Explicó. – Pero todavía es pronto para que nazcan, tiene usted que dilatar un poco más, esto puede ir para largo, es su primer parto, señora Collins.

- ¿Pero están bien? – Insistió ella.

- Sí, no se preocupe. – Le sonrió de forma tranquilizadora. – Vendré en un rato, pero si pasa cualquier cosa no dude en avisarnos, solo tendrá que agitar su varita.

- ¡Mierda James, me la he dejado en casa! – Exclamó ignorando completamente al sanador.

- Yo también. – El chico palideció. Con las prisas no se había acordado de cogerla. – Vuelvo en un minuto.

Se desapareció y el sanador no pudo evitar negar con la cabeza. Los padres primerizos eran unos histéricos. Le repitió a Lizzy que todo saldría bien antes de salir, dispuesto a atender a otro paciente, consciente de que aquello tardaría todavía algunas horas. James no tardó en aparecer y no volvió a separarse del lado de la chica. Envió un par de patronus, avisando a sus familiares, pero no se levantó de su sitio. La cogió la mano y soportó estoicamente sus apretones, viendo impotente cómo ella reprimía los gritos a duras penas y tensaba todo su cuerpo con cada contracción. Ahora entendía por qué no había querido nunca pasar por aquello, jamás se había parado a pensar en cómo debía ser un parto realmente. Lizzy era fuerte y verla así lo destrozaba. Quería poder hacer algo más que sujetarle la mano y decirle que todo saldría bien. Los padres de ambos entraron unos minutos para ver cómo estaba, al igual que Lily – a la que pidieron que fuera al apartamento para traerles algunas cosas – e intentaron animarla, pero no lo consiguieron. El tiempo siguió pasando y el sanador volvió, acompañado de una chica.

- ¿Cómo se encuentra, señora Potter? – Le pregunto ella.

- Es Collins. – Respondió rápidamente James. Lo único que le faltaba era que Lizzy se enfadara también.

- ¿Te crees que ahora mismo me importa un maldito apellido, James? – Le apretó la mano al sentir otra contracción. - ¿Cuándo van a sacarme estas cosas de dentro?

- Ya falta poco, no desespere, lo está haciendo muy bien. – El hombre le sonrió.

- Por favor, quiero que esto acabe ya. – Gimoteó un poco y James le acarició el pelo, aunque se detuvo al ver que, de repente, le estaba fulminando con la mirada. – Esto es todo culpa tuya, no pienso volver a acostarme contigo en la vida.

- Lizz… - Se había puesto blanco. No estaría hablando en serio, ¿verdad?

- Tranquilo, algunas mujeres insultan a sus parejas y les dicen cosas así en estos momentos. – Intervino el sanador. – Voy a volver a examinarla, ¿de acuerdo? Creo que ya no queda mucho y debemos estar preparados.

Tal y como había dicho, el primero de los bebés no tardó demasiado en querer salir. Trasladaron a Lizzy a otra habitación y James la siguió, dispuesto a pasar cada segundo con ella, tal y como le había prometido. Intentó mantenerse entero mientras veía las lágrimas corriendo por las mejillas de ella mientras hacía el mayor esfuerzo de su vida, pero no pudo evitar derramar alguna él también cuando escuchó un llanto. El llanto de su primer hijo o, en este caso, su hija. Los sanadores la atendieron rápidamente mientras Lizzy volvía a empujar. El segundo bebé tardó solo diez minutos en llegar al mundo. Ambos bebés eran pequeños, bastante prematuros y por eso se los iban a llevar a hacer algunas pruebas, pero antes dejaron que sus padres los cogieran durante unos instantes. Se los dieron a James, que se los acercó a su exhausta mujer.

- Lo conseguiste. – Murmuró, dándole un beso en la frente. – Ya están con nosotros.

- Ha sido horrible. – Susurró ella, mirando a los bebés un poco indecisa, sin saber cómo cogerlos o qué hacer con ellos. ¡Y eso que había estado practicando esos meses con Lyra!

- Esta es la mayor – Apoyó a la niña sobre su lado derecho. – y este el pequeño. – Hizo lo mismo con él, aunque lo dejó a su izquierda.

- Son preciosos. – Los ojos de Lizzy se aguaron un poco. Jamás se imaginó que pudiera sentir algo tan fuerte por dos personas a las que acababa de conocer. Miró a su marido, que los miraba con cariño y sonrió. – Quizás deberíamos ponerles ya nombres.

Él asintió. No habían hablado de eso todavía porque ambos querían esperar hasta ver sus caras y porque ella había preferido no pensar en ello hasta estar segura de que todo había salido bien.

- Estoy de acuerdo. – James sonrió.

- ¿Qué te parece Leah? Me gusta mucho, siempre me ha encantado.

- Es muy bonito, me parece bien. – Accedió él. - ¿Y de segundo nombre?

- ¿Por qué tiene que tener un segundo nombre?

- Todo el mundo lo tiene.

- Yo no. – Protestó ella.

- Venga, me gustan los segundos nombres, pongámosle uno. – Puso cara de cachorrito y ella sonrió.

- Está bien, ¿cuál te gusta?

- ¿Qué te parece Anne? – Sugirió él. – Es lo mínimo que podemos hacer por tu abuela después de todo. Nos ha regalado su casa y siempre creyó en nuestra relación. Leah Anne Potter, ¿te gusta?

- Me encanta. – Lizzy asintió. - ¿Y el chico?

- ¿Qué tal Daniel? Como tu tío. – La miró a los ojos y vio un pequeño destello en ellos. – Él también merece ser recordado.

- Daniel Harry Potter.

- Me gusta cómo suena.

La besó lentamente y ella no pudo evitar sonreír. Cuando se separaron acunó un poco a sus dos pequeños y los miró con ternura. Eran tan pequeños, tan delicados. Sabía que tenían que hacerles pruebas, pero algo dentro de ella le decía que todo estaba bien ya. Suspiró. A lo mejor aquello había merecido la pena.


N/A: Bueno chicos, mañana subiré ya el epílogo :3 ¡Muchas gracias por haber llegado hasta aquí y espero de verdad que os haya gustado la historia!