Epílogo

Cinco años después

James se removió un poco en la cama y abrió los ojos al darse cuenta de que estaba solo en ella. Se giró un poco y pudo ver la silueta de Lizzy junto a la ventana. Estaba sentada en el alfeizar y miraba el paisaje con una taza entre sus manos. Sabía perfectamente lo que le pasaba. Hacía apenas unos días que Leah y Dan habían cumplido cinco años y, tal y como habían temido, la niña había tenido su primera visión. Lizzy lloró durante toda la noche como nunca había llorado, nada había podido consolarla. Se levantó de la cama y, sigilosamente, se acercó a ella. Apoyó sus manos en sus hombros y le dio un beso en la cabeza.

- No es tu culpa. – Le dijo.

- Claro que lo es, lo ha heredado de mí. – Contestó ella, sin girarse.

- No. – Insistió él, sentándose junto a su esposa y apartándole un mechón de pelo de la cara, consiguiendo así que lo mirara. – No es tu culpa, ni de tu madre, ni de tu abuela. Fue culpa de la mujer que lanzó la maldición, vosotras sois simples víctimas y Leah tendrá que aprender a vivir con ello, igual que hiciste tú.

Lizzy suspiró. Jamás podría quitarse de la cabeza los gritos de su hija, ni la angustia en los ojos de Dan al escuchar a su hermana y no entender qué le pasaba. Ojalá no hubiera pasado, había tenido la esperanza de que aquello no sucediera, de que su hija no heredara el don, pero esa noche se había esfumado. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de la puerta abriéndose. Una cabecita asomó y la pareja se puso de pie rápidamente. Lizzy dejó la taza sobre la mesita de noche y se acercó a la puerta.

- ¿Qué pasa, cielo?

- Mamá, tengo miedo. – Dijo su hija, con los ojos llorosos. – No quiero soñar con el hombre malo.

Lizzy miró a James con los labios apretados y él lo único que pudo hacer fue suspirar.

- Iré a ver cómo está Dan. – Murmuró. Desde lo de la pesadilla, los habían puesto en cuartos separados y el chico estaba muy inquieto. Le costaba dormir lejos de su hermana, igual que a ella lejos de él.

La mujer esperó hasta que su marido hubo salido para coger en brazos a su hija y sentarse con ella en la cama. Le acarició su melena castaña antes de empezar a hablar.

- No tienes que tener miedo, ¿vale? Mientras te tomes la poción que te ha dado mamá no pasará nada malo.

- ¿Seguro? – Insistió. Lizzy se dio cuenta de que temblaba un poco y la abrazó.

- Segurísima.

- ¿Y soñaré entonces con princesas y unicornios?

Guardó silencio al escuchar aquello. ¿Cómo se suponía que le iba a decir a su hija de cinco años, a una cría llena de ilusiones, que no iba a volver a soñar jamás? Era el precio a pagar por no tener premoniciones, un precio que a Lizzy no le importaba, pero que a veces le resultaba pesado. A ella también le habría gustado soñar como una persona más, ni siquiera se acordaba de cómo eran los sueños porque las pocas veces que no había tomado poción había tenido visiones horribles. Contuvo las lágrimas y trató de sonar tranquila.

- ¿Y para qué quieres soñar con eso pudiendo vivir montones de aventuras? ¿No crees que eso sería mucho mejor?

- ¡Sí! – Exclamó la pequeña, sonriendo. – ¿Podré ser una princesa guerrera cuando sea mayor, mamá?

- Podrás ser todo lo que tú quieras.

- ¿Y auror como mi padrino y el tito Albus?

- Por supuesto. – Sonrió. Leah quería mucho a los dos hombres y siempre les pedía que le contaran cosas sobre su trabajo. – Serías la mejor auror del mundo.

- ¿Cómo la bisabuela Anne?

- Sí, como ella, e incluso mejor, pero para eso tienes que estudiar mucho y practicar. Tendrás que ser una niña muy buena cuando entres en Hogwarts.

- Lo seré. – La pequeña sonrió y Lizzy supo que, aunque en ese momento ella probablemente no lo sabía, su hija le estaba mintiendo. Leah era un terremoto y no se comportaría en el colegio. – Mamá, ¿puedo dormir con vosotros esta noche?

- Por supuesto. – Lizzy se metió en la cama y su hija la siguió aunque, no le pasó desapercibido, se pegó más al lado en el que dormía James. No puedo evitar sonreír. La pequeña adoraba a su padre. La arropó y le dio un beso. – En seguida llegará papá.

El pelinegro no tardó mucho en aparecer con Dan de la mano.

- Mirad a quién me he encontrado en el pasillo.

El niño sonrió al ver allí a su hermana y corrió a subirse en la cama, colocándose entre Leah y su madre y abrazando a la mujer.

- ¿Qué haces despierto, cariño? – Le preguntó ella.

- Es que he tenido una pesadilla y quería dormir con Leah, pero no estaba en su cuarto nuevo y me he asustado.

La mujer suspiró. Dan y Leah habían cogido la costumbre de dormir en la misma cama cuando algo le pasaba a alguno de los dos y sabía que había sido duro para ambos empezar a dormir en cuartos separados, pero tanto James como ella habían creído que aquello sería lo mejor ahora que Leah había empezado con sus visiones. Volvió a recordar la mirada del pequeño cuando vio a su hermana chillar y se estremeció. No quería que tuviera que pasar por eso otra vez.

- Ha venido a verme, tampoco podía dormir y quería preguntarme una cosa.

- ¿Sobre el hombre malo de su sueño?

- Sí. – No le extrañaba que él lo supiera. – Pero tranquilo, ya le he dicho que no volverá a verlo y que todo está ya bien.

- ¿De verdad?

- Claro que sí. – Intervino James. – Mi princesita no volverá a tener sueños malos.

- Ya no quiero ser princesa, papá. – Dijo la niña. – Mamá dice que puedo ser auror si quiero y quiero ser como Teddy.

- Así que auror. – James miró a Lizzy y arrugó un poco el ceño. ¿De qué iba eso?

- Sí, eso acaba de preguntarme, que si podía ser auror de mayor.

- Bueno, pero aunque lo seas, siempre serás mi princesa. – Insistió él, poniendo una carantoña que hizo que sus dos hijos rieran. - ¿Dormís los dos aquí?

- ¡Sí! – Contestaron a la vez.

- Pues entonces, vamos.

El pelinegro se metió en la cama y abrazó a su hija, que se había pegado a él nada más verlo entrar. Sonrió al ver cómo poco a poco se iba quedando dormida. Tanto ella como Dan les habían cambiado la vida y no podía dejar de dar gracias por haberlos tenido.

- ¿Está dormida? – Susurró Lizzy, tras un rato de silencio. Sabía perfectamente que su marido seguía despierto, pero no estaba segura de si lo estaba o no su hija.

- Sí. – Respondió él. - ¿Y Dan?

- También. – Suspiró. – He tenido que decirle que no va a volver a soñar, aunque no sé si me ha entendido del todo.

- ¿Por eso quiere ser auror?

- Le he dicho que lo mejor es vivir aventuras reales y que ella podrá ser lo que quiera. – Explicó la mujer. – Supongo que ya se le pasará y, si no, pues tendremos que acostumbrarnos a tener una hija auror.

- Por suerte Dan trabajará en algo menos peligroso.

Ambos sonrieron. El pequeño era todo lo contrario a su hermana, muy tranquilo y poco propenso a las travesuras cosa que ambos agradecían ya que con una así tenían más que suficiente. Lizzy miró a sus dos hijos que dormían acurrucados entre ellos y no pudo evitar sentir una gran ternura.

- Menos mal que compramos una cama grande.

- Desde luego, así cabemos los cuatro. – James rió. – Aunque a veces echo de menos tenerte para mí solito.

- ¿Estás celoso de tus hijos, Jamie? – Lizzy enarcó una ceja de forma provocativa.

- Pues un poco. – Volvió a reír. – No, no es eso, es que últimamente siempre hay alguien durmiendo aquí con nosotros y echo de menos tenerte entre mis brazos.

- Lo sé, yo también. – Ella asintió. – Pero son adorables y no podemos decirles que no.

- Por supuesto, ¿qué clase de padres seríamos si los dejáramos dormir solos y asustados? Sería como torturarlos.

- Exacto. – Lizzy acarició el pelo también castaño de Dan y cerró los ojos. – Además, adoro dormir con ellos.

- Yo también, a pesar de lo que te he dicho. – Confesó James. – Me tranquiliza tenerlos tan cerca, saber que están bien y que no les pasa nada malo.

- Me pasa exactamente lo mismo.

Ambos se pusieron a recordar entonces, casi sin ser conscientes de ello, todo lo que habían vivido desde aquel primer uno de septiembre hasta aquella noche de mayo. Los momentos, las miradas, los secretos compartidos, las ilusiones, las decepciones, las peleas, las discusiones. Recordaron su primera discusión, su primer beso, su primera vez, su reconciliación, su boda, su luna de miel, todos los momentos en los que se habían ayudado y apoyado el uno al otro, todas las noches compartidas, las tardes de pasión y las mañanas de besos dulces. Recordaron cada momento hasta llegar al nacimiento de sus hijos, sus pequeños, sus alegrías. Se habían convertido en lo más importante de sus vidas a pesar de haber llegado de forma inesperada. No por ser un accidente iban a ser menos queridos. Lizzy y James se miraron con una sonrisa y se cogieron la mano, con cuidado de no despertar a los niños. Se miraron y se dijeron todo lo que sentían sin palabras porque a esas alturas estas ya no hacían falta. Se miraron y sonrieron como dos tontos enamorados porque, a pesar de todos los años que habían pasado, eso era lo que seguían siendo. Se miraron y supieron que todo estaba bien, que el puzle estaba completo, que estaban donde debían estar. Al final, todo había merecido la pena.


N/A: ¡Muchísimas gracias a todos por haber llegado hasta aquí!

Espero que os haya gustado la historia tanto a las que la hayáis leído por primera vez como a los que la hayáis releído, a los que la hayáis leído desde el principio, los que os hayáis unido por el camino y también a los que la hayáis leído una vez terminada. ¡Espero que os hayáis enamorado de James y Lizzy tanto como yo!

Y si queréis saber más de Leah, Dan y el resto de chicos de la cuarta generación, encontraréis su historia en "Una nueva amenaza". ¡Espero que os animéis a leerla! :)

Muchos besos,

María :)