Lo único que se escuchaba en aquel piso eran las gotas de agua que chocaban contra el cristal, algún que otro claxon de los coches que se habían quedado atrapados por la tormenta y las manecillas del reloj muñequera que Sam portaba. Ya había pasado cerca de media hora y aún no había recibido señales de Rachel. Este estaba tumbado junto a Quinn, quien seguía sin despertar. De vez en cuando pasaba el reverso de su mano contra la frente de esta, para comprobar su temperatura. Aún seguía caliente. No sabía qué hacer, pues nunca se había tenido que enfrentar solo a alguien con fiebre, no sabía qué métodos utilizar para que esta bajase. Cada dos por tres miraba su reloj, rezando para que la castaña llegase lo más pronto posible, pues él hubiera preferido haberla llevado al hospital, pero tal y como estaba el día no iba a poder llegar.

Pasaron unos cuantos minutos más, hasta que al fin escuchó unos golpes procedentes de la puerta, alguien estaba llamando. Rápidamente se levantó de la cama y recorrió aquellos metros que separaban su cuarto de la entrada. Abrió la puerta sin preguntar quién era y sin mirar por la mirilla. Tras hacerlo y ver quien se encontraba tras ella sintió un gran alivio. Rachel había llegado, acompañada de Santana. Ambas estaban completamente mojadas, incluso en el suelo se estaba comenzando a formar un charco del agua que caía de sus ropas y su pelo.

-Hola, al fin habéis llegado – dijo el rubio recibiendo a ambas con un abrazo, sintiendo sus ropas mojadas.

- Hola – saludaron Rachel y Santana casi sin poder respirar, debido a la fuerte presión que Sam ejercía en el abrazo.

- No p-puedo respirar - dijo la morena, haciendo que al fin Sam las soltase.

- Perdón, es que llevaba tanto tiempo esperándoos que no he sabido controlarme – confesó sintiéndose mal.

- Tranquilo, ya estamos aquí – dijo Santana a la vez que miraba a Rachel, quien nada más llegar apenas había dicho nada, pues en su cara se podía leer aquel sentimiento de preocupación por la rubia.

Sam les dio paso, haciendo que ambas al fin entraran en aquel piso.

-Esperad, os traeré unas toallas para que podáis secaros – dijo tras cerrar la puerta de la entrada.

Tan pronto como dijo eso abandonó la sala para adentrarse en el pasillo. Tras un par de minutos, volvió a aparecer con un par de toallas, las cuales entregó a Rachel y Santana. Ambas trataron de secarse lo más que pudieron. Se quitaron las chaquetas y se las entregaron a Sam, quien cuidadosamente las colocó sobre unas sillas, para que se secaran. Sus ropas no estaban tan mojadas, pues lo que más estaban eran sus pelos y las chaquetas que acababan de soltar. Siguieron secándose hasta que sus cabellos solo quedaron algo húmedos al igual que el resto de la ropa.

-Si queréis podéis quitaros los zapatos, el suelo está limpio – sugirió Sam, al ver que los zapatos de ambas estaban empapados.

-Vale, gracias – agradeció Santana, quitándose sus zapatos, haciendo que la castaña siguiera sus gestos.

Tras terminar de secarse, devolvieron las toallas al chico, quien las colocó junto a las chaquetas que previamente había soltado.

-¿Donde está Quinn? – fue lo único que pronunció Rachel tras un breve silencio.

- En el cuarto – contestó el rubio señalando la puerta de la habitación.

Rachel sin decir nada más comenzó a caminar hacia dicha habitación, haciendo que tanto Sam como Santana se mirasen y siguieran sus pasos. La puerta estaba entre abierta, por lo que entró lentamente en el cuarto, acercándose poco a poco a la cama donde se encontraba Quinn. El silencio se hizo presente, mientras que tres pares de ojos observaban la misma silueta. Rachel tomó la iniciativa y se sentó sobre la cama, tratando de hacer el menor movimiento posible, a la vez que sus ojos recorrían el cuerpo de la rubia hasta llegar finalmente a sus ojos, los cuales aún estaban cerrados. Ésta estaba tumbada de lado, con una mano sobre la almohada mientras que sus piernas estaban encogidas, en posición fetal. Hacía tiempo que no la veía así, durmiendo, y sin decirle nada. De nuevo un sentimiento se apoderaba de su cuerpo, comenzaba a extrañarla, echaba de menos aquella serenidad, aquella sonrisa que hacía tiempo había dejado de ver, aquellos ojos que con mirarlos sabía en lo que estaba pensando, la extrañaba, extrañaba a su mejor amiga. Estaba tan absorta mirándola y recordando viejos momentos que se había olvidado por completo que no estaba sola. Un comentario de Santana fue lo que la trajo de nuevo a la realidad.

-¿Desde cuándo ha estado con fiebre? – preguntó la morena con los brazos cruzados dejando de mirar a la rubia y dirigiendo sus ojos hacia Sam.

- Durante toda la noche, también ha estado con mucha tos – respondió el rubio de ojos azules mirándola también.

La castaña al escuchar aquello llevó su mano hacia la frente de Quinn, sintiendo por primera vez aquel calor procedente del cuerpo de ésta. Estaba muy caliente. Sus ojos recorrieron nuevamente el rostro de la rubia, para luego dirigir su mirada al pelo de ésta, el cual estaba algo mojado. Sin decir nada llevó su mano hacia el cabello de Quinn, sintiendo al fin aquella humedad.

-¿La has mojado? – preguntó aún sintiendo en sus manos algunos mechones húmedos, girando su cabeza hasta encontrar la mirada del chico.

- No ¿por qué? – contestó sin entender nada.

- Porque su pelo está húmedo – respondió, haciendo que Sam se acercara y comprobara por si mismo aquel comentario.

- Es verdad – dijo mirando de nuevo a Rachel - ¿pero como…? – no le dio tiempo a preguntar, pues Santana le interrumpió.

- Quizás mientras que tú no estabas se ha duchado o tomado un baño de agua fría para bajarse la fiebre – dedujo haciendo que ambos la mirasen para luego dirigir sus miradas hacia Quinn.

- Creo que tienes razón, pues sudor no puede ser, ya que no está sudando – contesto Rachel.

- Pero si según vosotras se ha bañado ¿Cómo es que no le ha bajado la fiebre? – preguntó Sam sin entender nada, sentándose sobre la cama a la vez que apoyaba su espalda sobre la cabecera de esta.

- No sé, quizás porque no ha mantenido el cuerpo frio, o sea, utilizando unos paños mojado sobre su frente – dijo la castaña acariciando el pelo de Quinn.

-¿Y porque no despierta? - volvió a preguntar Sam más preocupado.

- Tal vez por la misma fiebre, a mi me solía pasar de pequeña – comentó Santana acercándose más a la cama, a la vez que un par de ojos la observaban mientras que el otro par aún seguí pendiente de la rubia.

- ¿Qué tenemos que hacer para bajarle la fiebre? – preguntó el chico mirando a ambas.

- Lo primero es traer unos paños y un cuenco con agua – respondió la castaña dejando el pelo de Quinn para dirigir al fin su mirada hacia el rubio.

-Vale, yo me encargo de eso – dijo poniéndose de pie a la vez que hacia un gesto con su dedo índice.

Sam salió de la habitación, tratando de encontrar aquello que Rachel le había pedido. Mientras que este buscaba las cosas, Santana y Rachel permanecían en la habitación, la castaña sumergida en sus pensamientos mirando a la rubia mientras que sus manos aún recorrían el cabello de esta. Santana, en cambio, se las quedó mirando, comenzaba a comprender aquel sentimiento que la estaba inundando. Ahora entendía porque Rachel había tomado la decisión de entregarle la cámara a Sam, echaba de menos a su amiga. Eso le recordaba también a lo que Rachel le había dicho minutos atrás, cuando estaban en el coche. Aún no podía comprender como la castaña pudo saber su secreto. Durante todo el trayecto, de camino a casa de Sam, ninguna pronunció ninguna palabra al respecto, solo hubo silencio. Tenía miedo de confirmarle aquella suposición a Rachel, pues sabía que ésta podía utilizar en su contra aquel secreto, aunque poco a poco, tras los gestos y miradas de la castaña, estaba comenzando a comprenderla, a verla de otra manera. Estaba claro que necesitaba un apoyo, a alguien en quien confiar y ser sincera, ahora que Kurt y Blaine no estaban, pero aún no estaba segura si elegirla a ella o no. Santana salió de ese pensamiento, para encontrarse con la realidad.

-¿Crees que podamos bajarle la fiebre? – preguntó la castaña tras aquel largo silencio.

- No lo sé, al menos eso espero, sino tendremos que llevarla al hospital – respondió Santana recibiendo la mirada de Rachel.

La morena caminó hacia la ventana, dejando tan solo un pequeño espacio entre ella y ésta. Observó como la lluvia aún seguía cayendo con la misma intensidad que antes, mojando las calles, aún más de lo que estaban, al igual que el cristal de la propia ventana. Todo era silencio, solo se podía escuchar el sonido de la lluvia al caer y algún que otro sonido de relámpagos a lo lejos. Era un día gris, un día bastante raro y aún no se podía imaginar de qué manera podía acabar.

Sam al fin había llegado con los utensilios necesarios, haciendo que de nuevo Santana concentrara su mirada y su pensamiento en Quinn, ahora tocaba intentar bajarle la fiebre. Rachel cogió uno de los paños que el rubio había traído, para mojarlo en el barreño con agua. Tras mojarlo lo suficiente, lo sacó del agua y comenzó a estrujarlo, hasta que no cayeran gotas de este. Dobló el paño y cuidadosamente lo colocó en la frente de Quinn. Luego volvió a coger otro, haciendo el mismo proceso de antes, aunque estaba vez no lo dejó sobre su frente, sino que comenzó a restregarlo suavemente por la cara de la rubia y sobre su cuello, intentando que el frio del paño se impregnara de su piel. Repitió este proceso un par de veces, volviendo a mojar el trapo que permanecía sobre su frente, para devolverle el frío.

-¿Crees que ya le habrá bajado algo la fiebre? – preguntó Sam al ver que ya había pasado cerca de diez minutos desde que Rachel comenzó a ponerle paños a Quinn.

- No sé… eso espero – respondió la castaña, quitando uno de los paños y colocando el reverso de su mano contra la frente de la rubia – aunque la sigo notando caliente – agregó tras notar aún el calor que desprendía Quinn.

Sam al escuchar aquello, cogió el termómetro que estaba sobre la mesita de noche y con mucho cuidado la colocó en la boca de su novia, agarrando su barbilla para impedir que éste se cayera. Podía ver como claramente el mercurio del termómetro subía a medida que pasaba los segundos. Finalmente se paró, marcando 38. Aún seguía con fiebre, aunque un poquito menos que la última vez que él se la tomó.

-Aún sigue con fiebre – dijo Sam quitándole el termómetro de la boca para luego moverlo, haciendo que el mercurio bajase y se quedase en su posición inicial.

- Lo mejor será llevarla al hospital – propuso Santana al ver que la situación no mejoraba.

- Pero tú misma has visto como está el tiempo, encima hay mucha caravana, no creo que lleguemos a tiempo – comentó Sam tras escuchar la propuesta de Sam.

Rachel, quien estaba escuchándolos no dijo nada, ella sabía que Quinn necesitaba que un medico la viera, pero también sabía que la rubia odiaba los hospitales y por muy mal que estuviera ésta siempre trataba de evitar por todos los medios ir al hospital.

-No va querer ir al hospital – dijo de pronto Rachel observando a Quinn, haciendo que ambos la mirasen incrédulos.

- ¿Qué? – preguntó Santana sin entender nada - ¿De qué estás hablando enana? Tú misma sabes que lo que necesita es atención médica, nosotros no podemos hacer nada – agregó.

- Ya lo sé, pero lo que os estoy diciendo es que si la llevamos al hospital y luego despierta querrá huir de allí, tiene pánico a los hospitales – respondió mirándolos al fin.

- Me da igual, ahora mismo lo más importante es su vida, no su miedo a un hospital – declaró Sam.

Rachel no dijo nada más, pues sabía que perdería en esa apuesta, eran dos contra uno. Simplemente se dedicó a observar a la rubia y a seguir poniéndole paños mojados en la frente, aunque este proceso no hacía nada, quería al menos intentar que su cuerpo recibiera algo de frío, para que así la fiebre no subiera. Santana la observó, no entendía porque ahora Rachel saltaba con eso, pues ella misma sabía que lo principal en este momento era hacer que Quinn despertara y que su fiebre bajase.

-Nos iremos en cuanto la lluvia amaine o por lo menos hasta que sea posible transitar por las calles – comentó Santana, recibiendo una aprobación de Sam, mientras que Rachel aún seguía preocupada por lo que vendría después, cuando la rubia se despertara.

Los minutos pasaban y la lluvia aún seguía cayendo, a la vez que la fiebre no disminuía en el cuerpo de Quinn. Al fin, tras cerca de una hora esperando, la lluvia dio una tregua, ahora lo que caían eran pequeñas gotas. Decidieron ponerse en marcha y llevar a Quinn al hospital. Tardaron más media hora para poder cruzar la ciudad y llegar hasta el hospital más cercano. Al llegar los médicos en seguida los atendieron, Sam y Rachel los acompañaron, mientras que Santana se quedó arreglando el papeleo. Estaba terminando de escribir los últimos datos cuando de pronto sintió una mano posarse sobre su hombro, no se esperaba ese toque, por lo que dio un pequeño saltito, debido al susto. Dejó caer el bolígrafo que tenía en su mano izquierda, dejando una pequeña raya de tinta en el papel, para luego darse la vuelta y descubrir quien estaba tras esa mano. En cuanto sus ojos se posaron con los de la otra persona enseguida recibió un abrazo procedente de aquellos ojos azules que comenzaban a inundarla. Del impulso recibido tuvo que coger suficiente aire para llenar sus pulmones y también para poder relajar a su corazón.

-Hola – dijo en un tono bajo a la vez que expulsaba aquel aire inspirado previamente.

- Hola, ¿cómo está Quinn? – preguntó rápidamente Brittany tras deshacer el abrazo, con preocupación.

- N-no lo sé, acabamos de llegar. Sam y Rachel están con ella, yo… - devolvió su mirada hacia el mostrador en el que se encontraba el papel con casi todos los datos de la rubia – yo estoy a cargo del papeleo – concretó mostrándole el papel, haciendo que la bailarina dirigiese su mirada hacia él.

- ¿Entonces no se sabe nada todavía? – volvió a preguntar, esta vez fijando sus ojos en los de la morena.

- No, nada – respondió ahogándose en el mar de sus ojos a la vez que trataba de serenar a su corazón.

Brittany fue quien minutos antes se había contactado con ella, tras aquella llamada se pudo enterar de lo que había pasado, para luego poner rumbo hacia el hospital.

- Perdone – una de las recepcionista, a la cual antes Santana había recurrido para rellenar los papeles de la rubia, estaba tratando de llamar su atención - acaban de comunicarme que la habitación en la que se encuentra en estos momentos la señorita Quinn Fabray es la 212, en el tercer piso – agregó, mirando en la pantalla de su ordenador, a la vez que dos pares de ojos se posaban en ella. Tanto Brittany como Santana escucharon atentamente a la mujer de pelo azabache, entrada en carnes, de estatura media y de grandes ojos almendrados.

- ¿Entonces podemos ir ya? – preguntó la bailarina, posando sus brazos sobre el mostrador.

- Sí, pueden ir – respondió, llevando sus manos hacia las gafas que colgaban de su cuello, colocándoselas delicadamente sobre su nariz.

-¿Se sabe ya como está? – preguntó Santana tratando de saber un poco más sobre el estado de salud de Quinn.

- No, eso me temo que se lo van a tener que preguntar al doctor que la haya atendido – comentó, para luego volver de nuevo a sus papeles.

- Gracias – dijeron ambas, para luego comenzar a recorrer el pasillo que las alejaba del ascensor.

Esperaron unos segundos, hasta que al fin el ascensor abrió sus puertas frente a ellas. Entraron en él, y tras ellas entró un señor mayor junto a una niña pequeña, de pelo rubio ondulado que caía por debajo de sus hombros. La niña se las quedó mirando, como si estuviese viendo un cuadro abstracto, tratando de averiguar cuál es su tema. Santana, al llevar su mirada hacia sus pies pudo ver claramente como la niña las miraba; mientras, Brittany estaba pendiente de cómo cambiaba el número que indicaba el piso en el cual se encontraban. La rubia estaba más nerviosa que de costumbre, no paraba de jugar con sus manos, a la vez que mordía su labio inferior, fruto de su pánico a los hospitales. Santana no se dio cuenta de ese nerviosismo, pues estaba aún observando a la pequeña, tratando de averiguar por qué las miraba así.

-¿Alguna vez te he dicho que le tengo pánico a los hospitales? – comentó en voz baja, casi inaudible, aún sin quitar su mirada del contador.

- No, ¿te da miedo? – Santana se sorprendió tras ese comentario, haciendo que dejase de mirar a la menor, para dirigir su mirada hacia la bailarina.

- Si, sobre todo los médicos. No sé, será por esas batas blancas o por esas palabras raras que sueltan, que parecen que están hablando en otro idioma – volvió a decir en voz baja, esta vez observando a los otros dos acompañantes, tratando de que ambos no la escucharan, pues sentía vergüenza decirlo.

- Tranquila, yo al principio también le tenía miedo, seguro que se te pasará – respondió la morena, llevando una de sus manos hacia las de Brittany, para luego entrelazar sus dedos con los de ella, tratando de hacer que su miedo se esfumara – a veces solo se necesita tener a alguien al lado – volvió a decir en el mismo tono, tratando que tanto el hombre mayor como la pequeña tampoco la escucharan.

A los pocos segundos se arrepintió de haber hecho ese gesto, pues su corazón daba tumbos en su interior, el nerviosismo ahora se apoderó de ella y sus ojos no podían enfrentarse a los de Brittany. Pero ya no podía hacer nada. Santana era de actuar por impulsos, pues si se paraba a pensar más se arrepentía y dejaba atrás cualquier posible acto. No tuvo tiempo de seguir pensando, pues el sonido del ascensor indicaba que ya habían llegado a la tercera planta, y tras él las puertas se abrieron. Frente a ellas su único paisaje era un ir y venir de médicos y enfermeras, algún que otro paciente recorriendo los pasillos, dando pequeños paseos, familiares entrando en unas de las habitaciones, otros saliendo. Todo era movimiento, muy distinto a la situación que se vivía dentro del ascensor, en el cual ya solo quedaban ambas, pues tanto el señor mayor como la pequeña ya habían salido, ambos iban a la misma planta que ellas. Santana tomó la iniciativa de comenzar a caminar, pero el fuerte agarre que recibió en su mano le hizo ver que Brittany aún no estaba preparada. Lentamente llevó su mirada hacia la de la bailarina, quien seguía con sus ojos fijos en sus pies, tratando de serenarse. No podía dejar de mirarla, sentía ternura al verla de esa manera, pero también sentía la necesidad de protegerla, de asegurarle que nada iba a pasar, de acabar con sus miedos. Sin pensárselo si quiera, se acercó a ella, rodeó con sus brazos su cuerpo y la aferró contra sí lo más que pudo, dándole un abrazo. Posó su cabeza sobre el hombro de la rubia, quedándose así por unos segundos, para luego girar levemente la cabeza y acercar su boca hacia el oído de ella.

-Estoy aquí – logró decir en voz baja, pues sus propios nervios, sentimientos y miedos comenzaban a apoderarse nuevamente de ella.

Brittany sintió ese abrazo, enseguida rodeó también con sus brazos la cintura de Santana, para poder tenerla más cerca. Dejó soltar un largo suspiro, para luego hundir su cara en el cuello de la morena. Con ella sentía protección, el miedo se esfumaba, pero algo nuevo comenzaba a apoderarse de ella. Su corazón latía algo más fuerte que de costumbre, era raro y no sabía el porqué. No se había percatado de que ya había pasado cerca de un par de minutos estando en esa posición.

-¿Estas mejor? ¿Crees que podrás…? – Santana deshizo el abrazo, quería mirarla a la cara, a sus ojos, para saber si realmente estaba bien.

- Si – contestó mostrando una pequeña sonrisa, a la vez que su mirada se topaba con la de la cantante – Gracias – agregó, volviendo a agarrar las manos de Santana, acto que le provocó mariposas en el estomago, seguido de un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

Cuando Brittany era la que iniciaba los movimientos Santana siempre reaccionaba de sobre manera, pues en cada acto de la rubia le provocaba fuertes sacudidas del corazón, temblores e incluso lograba ruborizarla. No podía controlarse, no podía controlar a su corazón y este cada vez iba a más. Cada vez sentía más miedo de sus propios sentimientos, pues el no poder controlarlos le podría llegar a afectar, sobre todo cuando estos lo hacen frente a Brittany.

Tras atravesar el pasillo, buscando a la pareja de amigos que estaban junto a Quinn, lograron encontrar la habitación que previamente la recepcionista les indicó, la 212. Allí estaban ambos, frente a la puerta, como si estuvieran esperando algo o a alguien.

-¿Qué hacéis aquí? ¿Sabéis algo? – preguntó Santana acercándose a ellos, agarrada aún de la mano de Brittany.

- Estamos esperando al doctor, hace unos minutos ha entrado a verla – comentó Sam.

Rachel, quien estaba a su lado, las miró detenidamente. Se sorprendió al verlas cogidas de las manos, pero lo que acabó inundando su pensamiento fue aquella conversación que tanto Santana como ella habían tenido horas atrás dentro de aquel coche. Sabía que tenía razón, que la morena estaba enamorada de la bailarina, lo sabía porque se podía ver en cada acto de esta. Siempre tartamudeaba cuando Brittany estaba cerca, temblaba cuando la rubia hacía algún movimiento que requería contacto físico, sus ojos lo decían todo. Sabía eso porque ella misma lo experimentó cuando se enamoró de Finn, pero también entendía su dolor y su miedo a confesarlo, pues ella tuvo que callar para no hacer daño. Se tragó sus sentimientos, trató de dejarlos a un lado, pues no quería entorpecer la relación de Quinn con el quarterback y mucho menos estropear su amistad. Por eso mismo quería ser su punto de apoyo, darle a entender que no estaba sola y que la comprendía, sabía que era difícil hacerse a un lado cuando quieres a alguien, pero a veces tienes que dejar ir esos sentimientos cuando la otra persona es imposible de alcanzar. Simplemente hay que dejar que el tiempo haga su magia.

Los minutos pasaron, Sam permanecía de pie, a la espera de que alguien les dijera que es lo que pasaba; Rachel decidió dar algo de descanso a sus piernas, pues por el mismo nerviosismo estuvo dando vueltas en círculo durante largo rato; Brittany prefirió apoyarse contra la pared del pasillo, con los ojos cerrados, aún con el miedo metido en su cuerpo, aunque algo más serenada gracias a Santana, quien le seguía agarrando la mano. La morena a la vez que trataba de serenar los sentimientos de la bailarina, también lo hacía con los suyos, pues era la primera vez que había pasado tanto tiempo sosteniendo la mano de Brittany. Para colmo tenía en frente a Rachel, quien de vez en cuando les daba alguna que otra mirada, haciéndole sentir más nerviosismo, pues le hacía recordar aquella conversación la cual aún no había aclarado del todo. Finalmente, tras cerca de diez minutos, al fin la puerta de la habitación se abrió, saliendo de ella un hombre bastante alto, con alguna que otra cana envolviendo gran parte de su pelo. Se acercó a ellos, a la vez que apuntaba alguna que otra cosa en una de las carpetas que llevaba en la mano.

-Hola, ¿son los familiares de Quinn Fabray? – preguntó dejando de anotar, haciendo que todos se acercasen hacia el lugar en el que se encontraba.

- Sí – respondió rápidamente Sam, mirándolo con cierto temor por lo que podría decir acerca de la salud de Quinn.

- Soy el doctor James Collins – se presentó – por lo que he podido apreciar, la señorita Fabray llegó con fiebre y con pérdida del conocimiento – dijo observando entre sus papeles – le hemos suministrado algún que otro antibiótico para tratar que la fiebre disminuya, pero al parecer en las horas previas al ser trasladada al hospital, su cuerpo llegó a alcanzar grandes grados de fiebre, es por este motivo por el cual perdió el conocimiento – explicó.

- ¿Ya está bien? – preguntó Santana tratando de saber más sobre el estado actual de la rubia.

- Bueno, los antibióticos están haciendo efecto, pero aún no ha despertado, por lo que se tendrá que quedar aquí hasta que despierte. Quiero hacerle unas pruebas cuando logre recuperar el conocimiento, además estará más vigilada si permanece aquí, sobre todo si la fiebre vuelve a subir – concretó, haciendo que todos estuvieran de acuerdo, aunque entre ellos, Rachel aún seguía preocupada por lo que vendría después. Tras aquellas palabras el doctor se retiró, dejándolos a todos algo más tranquilos.

La castaña estaba aliviada de que al menos hubieran logrado bajarle algo la fiebre, pero en su cabeza seguía rondando aquel pensamiento de cuando Quinn despertase y supiera que está en un hospital, pero lo que más le preocupaba era el que no hubiera despertado, además de que era su cumpleaños. Quería que despertara a tiempo para poder ver su regalo, aunque no fuera a través de ella, pero quería ver sus ojos al volver a ver aquella cámara que tanto quería. Quería volver a verla sonreír una vez más en su cumpleaños, aunque fuese en un hospital y esta le tuviera pánico.

Quisieron entrar a verla, pero al parecer había normas en el hospital, las cuales solo permitían dejar entrar a parientes cercanos o parejas. Esto hizo que tanto Rachel como Brittany y Santana no pudiesen verla. La morena al escuchar aquello se enfureció, pues no veía cual era el motivo para no dejarlas pasar, sobre todo cuando era su cumpleaños, pero de nada le sirvió. Las enfermeras no las dejaban pasar, por mucho más que gritaran o amenazaran, es más, Santana tuvo que ser advertida de que si volvía a actuar de tal manera iba a tener que abandonar el pasillo y volver al primer piso. Mientras que ellas aún seguían sin poder pasar, Sam, en cambio, pudo hacerlo, viéndola al fin. Estaba tumbada sobre la cama, con algún que otro cable conectado a su cuerpo. Aún dormía. Se acercó a la cama, posando al fin sus manos sobre las de esta, tratando de sentir su tacto. No dejaba de verla, había sentido tanto miedo cuando se dio cuenta de que había perdido el conocimiento que no supo cómo reaccionar. Se sintió realmente aliviado cuando vio a Rachel y a Santana, cuando lograron hacer algo por ella, ya que él no sabía qué hacer. Pero también se sentía mal porque era su cumpleaños y aún no la había felicitado.

-Tienes que despertar, es tu cumpleaños y aún no he podido felicitarte – dijo mirándola, pasando su mano derecha por las mejillas de ésta – tienes que ver tu regalo, sé que te va a gustar – agregó, dejando de acariciar su mejilla – No sé como lo hace, pero Rachel siempre acaba sabiendo más de ti que yo, tu propio novio ¿Será porque te conoce de más tiempo? – hizo una pausa, haciendo con su mirada un pequeño recorrido de la habitación - ¿Es cierto que le tienes miedo a los hospitales? Es la primera vez que me entero de eso, nunca antes me lo habías dicho – devolvió sus ojos hacia los Quinn, quienes aún permanecían cerrados – También me he enterado de que te gusta la fotografía, aún sigo sin entender porque no me lo has dicho ¿Por qué no me contaste sobre esa historia? ¿Por qué me ocultas lo que te pasó en los años en los que aún seguías siendo amiga de Rachel? Quiero saber de ti, al igual que la hace ella – esta vez pronunció aquellas palabras con cierto resentimiento, pues a pesar de que ya había pasado un par de años desde que tanto la castaña como ella ya no eran amigas, sentía que aún no le contaba la verdad, como si no quisiera confiar del todo en él.

Permaneció observándola, tratando de obtener respuestas, pero le era imposible. Tampoco le quería preguntar, pues siempre que tocaban el tema de su adolescencia, Quinn siempre trataba de evadirlo, aunque a veces hablaba de lo sucedido con Rachel, nada más. Afuera las cosas tampoco iban muy bien del todo, las enfermeras seguían sin dejarlas pasar, y Rachel estaba comenzando a perder los nervios, aunque la primera que lo hizo fue Santana. La castaña, ya que no podía entrar, quería al menos darle la cámara a Sam, quería que cuando Quinn despertase pudiera ver aquel objeto, olvidando por un momento el lugar en el que se encontraba.

*En otra ciudad…*

Un pequeño pitido comenzaba a inundar la habitación, llegando a poner nervioso al castaño. Sabía que no podía apagar aquel cacharro, pues era la máquina encargada de medir los latidos del corazón de su padre. Estaba muy nervioso, sabía que pronto iba a vivir las cuatro horas más largas de su vida y no podía dejar de mirarle. Su padre aún permanecía tumbado sobre la camilla, descansando, antes de la operación. Kurt no quiso decirle nada a Santana, pues sabía que esta iba a querer acompañarlo, pero no quería preocupar a más personas. En unos minutos le operaban, iban a tratar de extirparle aquella cosa que estaba comiéndole por dentro, iban a quitarle aquel tumor cancerígeno. Estaba solo, sentado en una de las sillas que había alrededor de la habitación, cerca de la cama de su padre. Blaine aún no había llegado y los minutos comenzaban a pasarle factura, pues ya había comenzado a morderse las uñas, del mismo nerviosismo. Trató de entretenerse con su teléfono, pero ni los anuncios de la campaña de Chanel ni los de Gucci podían hacerlo. Intentó dormir, pero fue inútil, no tenía sueño. Probó ciento y una posturas en aquella silla, pero todas eran incómodas. Optó por quedarse de pie y observar por la ventana. Llovía. Comenzaban a formarse charcos en la carretera, haciendo que algún que otro transeúnte se mojara debido a las salpicaduras de los coches al pasar. Parecía que el tiempo estaba como él, triste y preocupado. De repente un carraspeo le sacó de su burbuja, era su padre, acababa de despertarse.

-¿Qué haces ahí de pie? – preguntó Burt al ver a su hijo con sus ojos fijos en la ventana, haciendo que éste se diera la vuelta y comenzara a acercarse a él.

- Estaba mirando como llovía – dijo, tratando de que su padre no notara su preocupación.

- Te conozco perfectamente y sé por esa cara que me estás mintiendo – esas palabras sorprendieron a Kurt, pues no entendía como su padre siempre sabía cuando le mentía y cuando no.

- ¿Has dormido bien? – preguntó tratando de cambiar de tema.

- No es mi cama pero tampoco me puedo quejar – respondió entre risas, haciendo que Kurt dibujase una pequeña mueca.

No entendía como podía estar tan relajado, sabiendo que dentro de muy poco iba a estar siendo operado, pero no quería decirle nada, no quería llenarlo de negatividad. Los segundos pasaron y de nuevo el silencio brotó, volviendo a hacer que aquel pitido incesante amartillara su cabeza. Le estaba poniendo de los nervios. Se quedó mirando el aparato, como si estuvieran jugando al juego de las miradas.

Burt no dejaba de mirar a su hijo, sabía que estaba a punto de entrar en sala de operaciones, sabía que su vida estaba en riesgo por aquel maldito cáncer. Tenía miedo, mucho miedo, pero no quería que Kurt supiera de ello, no quería preocuparlo más. Llevo su mirada hacia sus manos, tratando de serenarse para que éste no se diera cuenta. Tomó una gran bocanada de aire para luego expulsarlo lentamente. Quería decirle algo que llevaba mucho tiempo guardando, quería ser sincero por una vez y abrir sus sentimientos.

-Kurt – dijo, haciendo que el castaño fijara su mirada en sus ojos – quiero decirte algo – agregó.

- ¿El qué? – preguntó nervioso y a la vez preocupado, pues no sabía que es lo que le quería decir exactamente.

- Sabes que desde que murió tu madre he tenido que cuidarte solo. Sé que has echado mucho en falta la presencia de una madre, alguien en quien acudir para darte consejo, porque sabes que yo soy muy malo en eso – dijo mostrando una leve sonrisa – Sé que tuviste miedo a la hora de confesarme de que eras gay, pero yo antes de que me dijeras nada ya lo sabía, lo sabía porque te pasabas horas mirando los programas de moda, tratando de vestirte como Madonna o como cuando viste por primera Casa Blanca y estabas más pendiente del actor que de la propia actriz. Pero me alegré de que tuvieses aquel valor y me lo dijeras con tus propias palabras. Desde aquel momento me sentí orgulloso de ti, muchos padres pueden querer cambiar a sus hijos por tener una orientación que según ellos está mal vista, pero yo lo que sentí fue orgullo, pues estabas siendo tú. La verdad que al principio le tenía miedo, pero no porque te gustaban los chicos, sino por lo que te dirían en clase, tenía miedo de verte algún día con un moratón en la cara porque algún idiota se hubiera puesto a insultarte y a pegarte por el mero de hecho de ser feliz por cómo eres – hizo una pausa, agarrando la mano de Kurt, haciendo que éste soltase alguna que otra lágrima.

- Papá… - Kurt no tenía palabras, su padre estaba siendo sincero por primera vez.

- Hijo, quiero que pase lo que pase seas feliz, que te dé igual lo que diga el mundo, que te cases y tengas hijos. Pero lo que realmente quiero es que logres tu sueño, quiero que vuelvas a Nueva York, que te quedes allí y logres ser el mejor modisto del mundo. Sé que tienes muchas ideas, no son de mi estilo, pero sé que les va a gustar a expertos. Confío en ti – era la primera vez expresando sus sentimientos, lo hacía ahora porque tenía miedo de que si algo malo pasase no pudiese decírselo – Sé que tu madre también estaría orgullosa de la misma manera en la que yo lo estoy, no quiero que te preocupes por nada, quiero que lo logres – finalizó, tratando de mantener a raya aquellas lágrimas que luchaban por salir.

Kurt seguía llorando, pero esta vez se aferró contra los brazos de su padre, necesitaba aquel abrazo. En ese momento sentía una mezcla de alegría junto con tristeza y miedo. Aquellas palabras le habían tocado. Sabía que detrás de aquel hombre rudo y gracioso, se encontraba un gran corazón. Lo sabía y ahora estaba comenzando a tener muestras de aquello. El abrazo duró largos minutos, ambos estaban tratando de ser lo más sincero posible. Algo o más bien alguien rompió ese momento, se trataba de una de las enfermeras del hospital, quien había venido a comunicarle que en un par de minutos llegaba el doctor junto con el equipo médico. Eso quería decir que en unos minutos Burt iba a ser llevado a quirófano para ser operado. Tras escuchar eso, Kurt se lo quedó mirando, como si estuviese haciéndole fotografías a cada gesto que su padre hacía. No quería dejarlo ir, no ahora, pero debía hacerlo, debía pensar en positivo.

-Kurt, prométeme que irás a Nueva York – dijo por última vez su padre, haciendo que éste lo mirase directamente hacia los ojos.

- Lo prometo, pero… pro-promete que saldrás de esta – sus ojos lo decían todo, tenía mucho miedo. Aferró su mano a las de su padre, quería que se lo prometiera.

- Te lo prometo – contestó tras mirar sus manos para luego fijar su mirada en la de su hijo.

Después aquellas palabras, el equipo médico llegó, listo para llevárselo a quirófano. El doctor le dio algunas palabras tranquilizadoras, tanto a él como a Kurt. Comenzaron mover la cama rumbo al pasillo, seguido por los pasos del castaño, quien observaba atentamente cada movimiento de los enfermeros y enfermeras, mientras que su mano aún seguía agarrada a la de su padre. Tras pasar la puerta, Kurt tuvo que soltar su mano, preocupado, viendo como la camilla en la que iba su padre atravesaba el pasillo, para entrar en el ascensor que se encontraba al final de éste. Las puertas se cerraron, dejándolo ahora completamente solo. Ahora comenzaba la pesadilla más enorme, esperar.

Siento la tardanza. He tenido uno de esos momentos de autora, cuando tienes una idea pero ésta no quiere salir a modo de letras. Me he tirado semanas viendo la misma línea y las mismas palabras, pero no podía continuar, me quedé pillada. Espero que os guste, esta vez he querido meter algo más de Kurt, aunque pronto sabréis que es lo que ocurre con Quinn, si despierta o no y si recibe al fin ese regalo. Por parte de Brittana decir que pronto llegaran los celos, pero aún queda para eso jeje. Rezaré por recibir algún que otro comentario jaja. Espero no tardar mucho para subir el próximo capítulo, solo deciros que tengo pensado el inicio pero no sé cómo voy a seguirlo.

Muchas gracias por leerme. San