"Nada pesa tanto como el corazón cuando está cansado"
Juan Zorrilla de San Martín
Acababa de llegar a casa. Arrastrando los pies logró traspasar el pasillo, estaba demasiado cansada, no solo física sino también mentalmente. Aquella mañana había sido bastante rara y aún estaba tratando de encontrar motivos para poder entender la razón. Entró en la cocina buscando con necesidad un vaso con agua, apenas había bebido nada en lo que llevaba de mañana y la cantidad de agua en su cuerpo estaba ya por los suelos. Cogió de entre los armarios un vaso, para luego acercarse al fregadero, abrir el grifo y llenarlo de agua, saciando así su sed. Tras beberlo de golpe, dejó el vaso sobre la encimera de mármol, llevando sus ojos hacia ésta, encontrándose por primera vez con una nota que antes no había visto. Aún con su mano derecha envolviendo el vaso, llevó la otra hacia el papel, encontrándose con la letra de Artie. Al parecer éste había salido para darse un respiro y poder así volver a encontrar la inspiración. Nunca se lo había dicho, pero cuando éste estaba tan concentrado en escribir una obra parecía que el resto del mundo no existiera. A veces se sentía sola y notaba los efectos secundarios en su relación. Más de una vez quiso poner fin a aquello, pero aún le quería y los viejos recuerdos y momentos vividos le hacían continuar. Sí, quizás no todo era como antes, pero no quería tirar por la borda su relación, no después de todo lo que habían vivido y sentido. Dejó escapar un largo suspiro, como si este le ayudara a sacarse todos esos pensamientos de su cabeza. Ya se había convertido en una rutina. Cuando aquellos pensamientos atacaban a su mente dejaba soltar una bocanada de aire, como si tratara de expulsar todos aquellos pensamientos. Dejó atrás la cocina, recorriendo de nuevo el pasillo para llegar hasta su cuarto. Todo estaba tal y como lo había dejado esa misma mañana. Las cortinas a medio abrir, dejando que gran parte de la habitación quedara iluminada por la luz que entraba por ésta; la cama desecha y los pijamas esparcidos en ésta. Aún incluso seguían ahí, en la mesita de noche del castaño, algunos de los papeles que éste había utilizado para escribir la nueva obra. De nuevo dejó salir otro suspiro. Odiaba que la casa estuviera echa un desastre. Como pudo recogió todas las cosas, dejando los papeles de Artie bien colocados en la mesita de noche. Sabía que su prometido estaba demasiado ocupado escribiendo la obra como para ayudar en casa, no era la primera vez que le ocurría, pero estaba comenzando a cansarse. Ella también tenía cosas que hacer, no sólo estar en casa como si fuera una criada. A regañadientes, malgastó lo que quedaba de mañana terminando de limpiar la casa.
Al fin, tras acabar de recoger todo, decidió pegarse una ducha, pensando que quizás aquello le ayudaría a serenarse. Estuvo más de diez minutos dejando que el agua callera contra su cuerpo, mojando su cara, logrando que dejara atrás aquellos pensamientos. De pronto, sin saber porqué, pequeños recuerdos pasaron por su mente en forma de destellos. Para su sorpresa no eran los recuerdos formados con Artie, sino con Santana. En su cabeza se reprodujo aquella primera vez que se conocieron, junto con aquel extraño sentimiento que tanto ella como la morena sintieron. Luego vinieron los momentos más graciosos, como por ejemplo aquellos en los que Santana no dejaba de meterse con Rachel o como cuando sin saber porqué ésta se trababa cuando estaba junto a ella, logrando formar una sonrisa en sus labios. Sin lugar a dudas una de las cosas que Santana más había aportado a su vida era felicidad. Después de todos aquellos recuerdos, aparecieron en su mente los más recientes. Como la vez en la que Santana trató de serenarla cuando estaban en el hospital, haciendo que recordara la suavidad y calidez que trasmitía la mano de ésta; aquella vez cuando se quedó atrapada en la mirada de la morena, siendo liberada por la voz de Rachel. El último momento que recordó fue el que había vivido hacía un par de horas, cuando Santana le comunicó que no podía ir a su boda. Sin duda aquello fue lo que más le dolió, no solo porque no iba a estar en su boda, sino también porque era un gran apoyo. Le había dado aquella fuerza que había perdido, y sin saberlo le había aportado aquella sonrisa que con el tiempo había acabado por desvanecerse. Le debía tanto y pensar que no estaría allí junto a ella le dolía.
Nunca había sabido ni sentido lo que era tener un alma gemela, ni si quiera con Artie, pero cuando Santana llegó a su vida juraría que había comenzado a sentirlo, incluso sin saber lo que era. Podía mirarla a los ojos y saber en cierto modo en lo que pensaba. Se sentía débil cuando ésta no estaba a su lado, o más bien… sola. Sí, era cierto que con Artie su relación estaba bien, pero ya apenas hablaban y los arrumacos habían pasado a un segundo plano. En cambio con Santana sentía la tranquilidad de poder decir o hacer cualquier cosa y saber que ésta la iba a entender. Incluso con un apretón de manos se sentía querida y en cierto modo protegida. Sentía como si Santana se hubiera convertido en su talón de Aquiles. Posiblemente cualquiera que la escuchara decir aquello la tacharía de loca, pero es que así se sentía. Era tan grande el amor que sentía por la morena que no sabía en qué casilla ponerlo.
Tras terminar de ducharse, salió rápidamente de la ducha, envolviéndose en una toalla, y sintiendo el frío que ya anunciaba el invierno. Lentamente, aún tratando de secarse y de no perder el calor corporal, se acercó hasta el lavabo. Levantó su vista hacia el espejo, encontrándolo completamente empañado. Abrió su mano, y sin preocuparse por como quedaría después, la pasó por el espejo, viendo como desaparecía aquella capa de vaho que se había instalado en él. Al fin podía ver su cara reflejada en aquel espejo. Apoyó sus manos en el filo del lavabo, sintiendo el frío que desprendía el mármol con el que estaba hecho éste. Aún sin apartar sus ojos del espejo, recorrió con su mirada aquella "Brittany" que veía. Su maquillaje había desaparecido y su piel había tornado en un color más blanquecino. Sus mejillas ahora estaban más rosadas, debido al calor del agua; y sus ojos seguían teniendo el mismo color, aunque algo más apagados. Llevó sus manos esta vez hacia su cara, abarcándola casi en su totalidad, hundiéndolas en ella, dejando salir otro suspiro, haciendo presión para luego dejar que sus manos resbalaran desde sus ojos hacia los lados, llevándolos nuevamente hasta el frío mármol, observando de nuevo su cara.
De pronto comenzó a sentir un cosquilleo en las piernas, cerca de su tobillo izquierdo, como si algo se estuviera refregando contra su piel. Sorprendida llevó su mirada hacia sus pies, encontrándose a Lord Tubbington ronroneando mientras pasaba una y otra vez entre sus piernas. Dejó que sus manos se alejaran del frío mármol para agacharse y llevarlas hasta el lomo del animal, sintiendo la suavidad del pelaje.
-¿Qué ocurre? – le preguntó aún sabiendo que éste no le iba a responder.
El animal lo único que hacía era ronronear y dejarse acariciar.
-¿Tú también te sientes solo? – Brittany dejó escapar un suspiro, sin apartar su mirada de Lord Tubbington - Si no fuera también por ti, a veces me sentiría sola – dijo, viendo como éste se la quedaba mirando, tratando de entenderla – aunque otras a veces prefieras ver la tele en vez de divertirte conmigo – hizo esta vez una pequeña mueca con sus labios.
Dejó cesar las caricias para volver a su posición inicial y, envuelta en su toalla, emprender el espantoso viaje desde el cuarto de baño hasta su cuarto. Era espantoso debido al frío que hacía, ya que éste comenzaba a calarse en sus huesos. Buscó en su armario algo con lo cual poder abrigarse. Lo primero que encontró fue una camiseta blanca de mangas largas, y al lado de ésta un viejo sweater liso de color miel, el cual le quedaba algo holgado. Para rematar el conjunto decidió ponerse unos pantalones vaqueros ajustados, ya que posiblemente pronto tendría que volver a salir y así evitaba tener que volver a cambiarse y pasar ese frío. Segundos después de haberse vestido, al fin estaba sintiendo como el calor volvía a su cuerpo.
Se acercó hasta su cama para recoger la ropa que previamente había utilizado y dejado allí, pero a la hora de cogerla, algo de uno de los bolsillos del pantalón utilizado, cayó al suelo, asustando a la bailarina. Se quedó por unos segundos observando aquello que había caído. Al fin, tras observarlo detenidamente, llevó su mano libre hasta aquel objeto, aún sosteniendo con su mano izquierda la ropa que había utilizado previamente. Aquello que había caído eran las fotos que hacía un par de horas se hizo junto a Santana. Fue después de la confesión de ésta cuando pensó que aquella idea de volver a hacerse unas fotos no era buena idea, al menos no ese día, pero fue la propia Santana la que le dijo que estaba bien, que lo hicieran, ya que no la quería ver triste. Pero era imposible para ella dejar atrás aquella tristeza, y mirando las fotos lo notaba, la tristeza seguía ahí. Podía notar a través de aquellas fotos la tristeza con la que miraba a Santana. Aunque no era la única, la forma en la que la morena la miraba también reflejaba su dolor, por mucho que trataran de encubrirlo con una falsa sonrisa. Parecía como si hubiera una pared invisible que no las dejaba mirar más allá, como si algo se quedara oculto detrás de las palabras. A veces incluso sentía como una extraña sensación se colaba en su corazón cada vez que se acercaba más a Santana, era como si algo la tratara de advertir de no dar otro paso, era una sensación parecida a la de estar al borde de un acantilado, donde no puedes dar otro paso pero quieres hacerlo. Se dejó caer en la cama, soltando a su lado las prendas sin dejar de mirar las fotos. De nuevo aquella extraña sensación aprisionaba a su corazón, haciendo que éste latiera con fuerza pero a la misma vez dejando tras cada latido aquel dolor que había comenzado a hacerse algo habitual.
-¿Qué nos está pasando? ¿Qué me pasa? – dijo sin poder apartar sus ojos de la imagen de Santana, esperando sin éxito una respuesta de ésta, provocando que sus pulmones descansaran por un momento, dejando que el aire que éstos almacenaban saliera en forma de un suspiro ahogado.
El fuerte golpe de la puerta principal al cerrarse la sacó de sus pensamientos. Artie acababa de llegar y eso significaba que tenía que volver a su rutina. Dejó escapar otro suspiro para luego guardar aquellas fotos en uno de los cajones de su armario, debajo de uno de sus sweaters más nuevos. Allí al menos estarían a salvo. Se colocó bien la ropa a la vez que cambiaba el semblante de su cara, no quería que Artie se preocupara ni que le preguntara nada. Hoy no tenía el humor necesario como para responder a preguntas.
Estaba allí, frente aquel cartel algo viejo y roído por el polvo. Alguna que otra letra había desaparecido o estaba a punto de desaparecer, pero aún se podía leer en aquel letrero "Martinez&sons". Se trataba del taller en el que trabajaba Sam. Éste la había llamado al poco rato de que Santana se fuera. No sabía qué era lo que le tenía que decir pero por su tono de voz supo que no sería algo bueno. Nada más entrar al taller pudo ver como montones de ruedas, algo gastadas, estaban apiladas en el lado derecho de la entrada. A su izquierda había una especie de cuadro cuyo cristal estaba bastante sucio, posiblemente de grasa, donde al parecer estaban apuntados los horarios de cuándo abrían. Seguido de éste había grandes armarios metálicos llenos de herramientas. Al fondo, delante de ella, podía ver como varios mecánicos trabajaban. Un par de ellos estaban ocupados con un Ford fiesta rojo, el cual parecía que había sido arroyado por un tren, ya que éste estaba lleno de abolladuras. En otro lado, un señor algo más mayor, con el pelo canoso, estaba tratando de arrancar una moto la cual posiblemente acababa de arreglar. Y justo en frente de ella se encontraba un Audi negro, bastante limpio en comparación con todo lo demás, del cual debajo de él sobresalían un par de piernas. Al no ver por ningún lado a Sam optó por carraspear la garganta para ver si la persona que se encontraba debajo de aquel coche la podía ayudar.
-Ahora mismo salgo, espérese a que…meta…esta tuerca…en su s-sitio – dijo apretando sus dientes mientras hacía presión con la llave, intentando atornillar la última tuerca que le quedaba.
-No hay prisa, puedo esperar – respondió al notar su voz algo forzada.
No pasaron más de diez segundos cuando al fin, el chico que se encontraba tirado en el suelo, sacó su cabeza de debajo del coche y se puso de pie. Era bastante alto, mucho más en comparación con ella. Su piel estaba bastante bronceada, aunque poco se notaba, ya que ésta estaba llena de grasa, sobre todo su cara. No sabía por qué, pero aquellos rasgos marcados en su cara le recordaban a alguien o quizás era todo fruto de su imaginación.
-¿En qué puedo ayudarte? – preguntó agarrando el trapo que tenía sobre el capó del coche, tratando de limpiarse la grasa que estaba acumulada en sus manos.
- Mmmm… vengo… ¿Está Sam? – no sabía exactamente lo que decir, era la primera vez que iba a ese lugar.
- No, acaba de salir, pero si quieres puedes esperar, no creo que tarde mucho – dijo éste mirando hacia la calle, justo detrás de Rachel.
- Está bien – respondió llevando su mirada hacia la nada.
El chico volvió a su trabajo, aunque esta vez sin meterse debajo del coche. Ahora estaba tratando de arreglar una de las ruedas delanteras, la cual parecía estar pinchada debido a la falta de aire que presentaba la rueda. Mientras éste trabajaba, Rachel no podía hacer otra cosa más que tratar de matar el tiempo con su móvil. Revisó más de diez veces sus últimas conversaciones, y casi juraría que se había aprendido el orden en el que estaban colocadas las fotos que tenía guardadas en éste. Al fin, tras más de un cuarto de hora esperando, Sam apareció por la puerta vistiendo el mismo mono de trabajo que llevaba el chico que la atendió. Antes de que éste la viera, traía consigo una sonrisa, pero en cuanto sus ojos se posaron en los de Rachel, aquella sonrisa se desvaneció, convirtiéndose en un semblante realmente serio. Esto sorprendió bastante a la castaña, pues no entendía el motivo de aquel cambio drástico. ¿Quizás era por aquello que le tenía que decir? Al parecer sus dudas no tuvieron que esperar mucho, ya que Sam, sin decir nada, la cogió por el brazo haciéndola entender que quería que le acompañase.
-Enseguida vuelvo – fue lo único que dijo dirigiéndose hacia aquel chico, el cual aún seguía trabajando con el coche.
-Va…- no le dio tiempo si quiera a responder, pues Sam ya había desaparecido junto a Rachel.
La llevó a rastras fuera del local, hasta llegar a un aparcamiento no muy lejos del taller. Cuando Sam vio que no había nadie cerca fue cuando soltó el brazo de Rachel. Éste ahora adolorido debido a la fuerza que ejerció Sam en él.
-¿P-Porqué me traes así? – preguntó la castaña mientras se sobaba el brazo.
- Porque no quiero que nadie nos escuche – respondió Sam mirándola directamente a los ojos
- ¿Y para eso me tienes que coger de esa manera? Duele – cuestionó, sintiendo aún dolor en su brazo.
-Lo siento, pero si no lo hubiese hecho así no hubiera podido sacarte de allí.
Tras aquellas palabras surgió un silencio incómodo, cómo si éste estuviera esperando a que alguno de ellos comenzara a hablar.
-Me… dijiste por teléfono que… necesitabas hablar conmigo, ¿Qué ocurre? – Rachel optó por comenzar la conversación, ya que aquel silencio la estaba poniendo de los nervios.
Aquellas palabras provocaron que de nuevo Sam cambiara su semblante, provocando en Rachel un pequeño escalofrío que le recorrió toda la espalda. No sólo cambio su semblante, sino también su mirada. Aquellos ojos vivaces que éste normalmente tenía, habían tornado a unos más apagados. Ni si quiera podía reconocer el color de sus ojos. No entendía por qué y cuanto más tiempo tardaba el rubio en contestar más preguntas comenzaban a formarse en su cabeza. Sabía que Sam escondía algo de lo que posiblemente pronto iba a saber, pero algo en su interior le decía que aquello no le iba a gustar. Éste clavó su mirada en los ojos de Rachel, provocándole otro escalofrío. Dejó salir varias bocanadas aire, como si trata de tranquilizarse. Antes de comenzar a hablar, alejó por unos segundos su mirada de la de Rachel, para llevarla hacia sus pies, dando un pequeño paso hacia adelante.
-Necesito que me hagas un favor – dijo finalmente, llevando sus ojos de nuevo hacia los de la castaña.
- ¿Q-Qué necesitas? – preguntó algo extrañada, a la vez que movía sus ojos, tratando de evitar el contacto con los de Sam.
De nuevo otro silencio. Parecía que aquello se había convertido en rutina. A cada pregunta que formulaba Rachel, siempre había aquel espacio lleno de silencio. Era una sensación parecida a la que sientes cuando estás leyendo un libro y entre capítulo y capítulo hay una hoja en blanco; como si el escritor te diera, mediante aquella hoja, aquel espacio de tiempo que necesitas para asimilar todo lo que has leído, para luego pasar la página y continuar leyendo. Sentía como si ella fuera el escritor y aquel silencio el espacio de tiempo que necesitaba Sam para continuar hablando. Al fin, tras varios segundos, Sam volvió a dejar que otra bocanada de aire saliera de su boca.
- Quiero… - comenzó a hablar, clavando su mirada en la de la cantante - …quiero que te alejes de Quinn – soltó, tomando por sorpresa a Rachel.
- ¡¿Q-Qué dices?! ¿A-A qué v-viene eso? – elevó la voz mientras daba un par de pasos hacia atrás, sorprendida por lo que le estaba pidiendo.
- Sólo haz lo que te pido, aléjate de ella – sentenció dándole una mirada amenazadora.
Rachel seguía sin comprender el motivo que le llevó a pedirle eso. Sam fue el primero que trató de ayudarla a volver a ser amiga de Quinn cuando ésta se entero que fue "ella" quien dijo su secreto, por eso mismo no entendía aquel cambio. No entendía ni sabía que es lo que le había llevado a decir aquello.
-No entiendo nada, ¿por qué me pides eso? Dame un motivo. ¡Explícate! - quería entenderlo, pero cuanto más pensaba en lo que le acababa de pedir más egoísta lo veía.
No lo entendía, porque por su culpa, perdió a su mejor amiga, por aquella estúpida idea de quedarse callada y de no decir la verdad. De seguir encubriéndolo porque sabía que las cartas no estaban a su favor.
-¿C-Cómo te atreves a pedirme eso? – cuestionó frunciendo el ceño, sin apartar sus ojos del rubio – Sabes perfectamente que Quinn me tiene cerrado el camino, por mucho que trate de reconstruir esa amistad que tú mismo arruinaste. ¡No me entra en la cabeza! No pensaba que fueras tan egoísta, aún sabiendo lo que he callado por ti – sentenció, dejando escapar tras aquellas palabras un suspiro ahogado.
- Porque… - estaba tratando de retener su rabia. Odiaba que Rachel siempre estuviera un paso por delante - …porque odio que tú sepas más de la vida de mi novia que yo – dijo al fin, sorprendiendo a la castaña – Odio que tú sepas ese estúpido gusto suyo por la fotografía, que sepas más de lo que le pasó durante esos años, ese miedo a los hospitales. Odio que lo sepas aun sabiendo que ya saliste de su vida. Pero lo que más odio es que sigas intentando quitármela – su voz se entrecortó a mitad de esas últimas palabras, mientras apretaba sus puños, tratando de no descontrolarse.
Era la primera vez que Rachel oía tal cosa, la primera vez que veía al rubio actuar de tal manera; la primera en la que vio como sus nudillos se volvían blancos de la presión que éste ejercía en ellos.
- No trato de quitártela, simplemente trato de recuperar esa amistad que teníamos – dijo relajando se ceño tras oír aquello, provocando una risa sarcástica en Sam.
- Sí, claro ¿Por eso mismo estuviste toda la noche esperando fuera de la habitación? – cuestionó sin creerse nada – ¿Te crees que no lo sabía? – dio un par de pasos hacia adelante, provocando que Rachel diera un par hacia atrás – Por mucho que trataras de esconderte, sabía que estabas ahí.
Aquellas palabras provocaron que de nuevo la tensión volviera al cuerpo de la castaña, sintiendo por primera vez miedo de él. Nunca lo había visto de esa manera y tampoco entendía el motivo de esa actitud tan repentina, no aún tras haber oído todo lo que éste le había dicho.
-Me duele que pienses así, no sabía que fueras tan egoísta – dijo tratando de tragar la poca saliva que creaba su boca – Dices que odias todo eso, pero… ¿sabes lo que más odio yo? – se tomó un par de segundos para darle aire a sus pulmones, mientras trataba de relajar la tensión en la que se encontraba su cuerpo – Odio que trates de arrebatarme lo poco que me queda de ella, odio que después de todo lo que me hiciste tengas el descaro de pedirme tal cosa. Odio no poder decirle la verdad porque nunca me creería, pero lo que más odio es que fui demasiado tonta al haberte dejado ponerte la etiqueta de héroe tras entregarle la cámara y de devolverle la sonrisa ¿Sabes por qué? – no espero si quiera a que éste contestara – Porque con el comentario que has soltado antes me puedo hacer una idea de lo que respetas los sueños de Quinn – esta vez fue ella quien dio un par de pasos hacia adelante – Me pides que me aleje porque odias que sepa más de su vida que tú, pero te voy a hacer una pregunta, a ver si me la puedes contestar – dijo plantándole cara, llevando sus ojos hacia los de éste - ¿Te has propuesto alguna vez dejar de pensar en ti para preguntarle qué es lo que siente, a qué le tiene miedo o sus gustos? Yo creo que no – sentenció, dejando atónito a Sam.
Esas palabras provocaron más rabia en el cuerpo de Sam. Estaba tratando de controlarse, de no hacer una locura mientras apretaba sus puños. Tanto era el punto que había comenzado a hacerse daño en las palmas de las manos, sintiendo como sus uñas comenzaban a clavarse poco a poco en su piel.
-No te permito que me hables así – dijo entre dientes – Como vuelvas a decir alguna estupidez más te juro que no respondo de mí – dio un par de pasos hacia delante de una forma agitada, mientras la señalaba con el dedo.
- No te estoy hablando de ninguna manera, simplemente te estoy diciendo la verdad, cosa que tú no haces – quería encararlo, decirle todas las verdades, pero aún así seguía teniendo miedo de él.
- ¿Qué demonios estás diciendo? – ésta vez dejó de controlarse para agarrar fuertemente a Rachel por ambas muñecas – Retira lo que acabas de decir ¡Retíralo! – gritó agitando las muñecas de la castaña, haciendo aún más presión.
-Me estás haciendo daño – dijo, sintiendo como la sangre dejaba de recorrer por aquella parte.
- Así aprenderás a callarte y a obedecer lo que te digo – soltó sus muñecas pero del mismo movimiento que creó al soltarla, provocó que Rachel cayera de bruces contra el suelo, haciendo que ésta pegara un grito al caer.
Como pudo trató de evitar el golpe con las manos, pero ni éstas pudieron detenerla a tiempo. La gravedad provocó que su cabeza golpeara el suelo, creándole una pequeña brecha. Tardó un par de minutos en poder incorporarse, pues el dolor que le provocó la caída era bastante fuerte. Llevó su mirada hacia sus manos, encontrándoselas completamente raspadas, con alguna que otra piedra clavada y algunas partes ensangrentadas; para luego tocarse la parte superior de la frente, justo donde acababa ésta, notando por primera vez el pequeño sangrado. Apretó sus ojos, queriendo disipar por un momento el dolor para poder dirigir su mirada hacia la de Sam. La rabia le quemaba por dentro. Seguía sin poder comprender la razón que le llevo a hacerle todo eso, pero ya se negaba a tratar de entenderlo.
- Sigo sin poder comprender como Quinn puede estar con alguien como tú – dijo tratando de retener sus lágrimas, pues el dolor seguía ahí. Aquel comentario provocó que Sam sonriera de soslayo.
- No te tienes que preocupar por ella, sino más bien de ti – su cara había tornado ahora a un semblante serio – Procura hacer lo que te pido, sino verás las consecuencias – sentenció mirando a la castaña con cierto desprecio.
Tras aquellas palabras el rubio se marchó, dejando a una Rachel desolada, con el cuerpo adolorido, aunque no tanto como el corazón. Las lágrimas querían salir, pero ésta se había prometido que era mejor no hacerlo allí. No quería verse más vulnerable de lo que ya era.
Como pudo trató de incorporarse, sintiendo como quemaba cada parte de su cuerpo, fruto de aquella caída. Recogió su bolso y se sacudió el polvo, mientras se colocaba bien la ropa. Las lágrimas seguían ahí, cerca de la orilla de sus ojos, pero sin precipitarse al vacío. Cogió una intensa bocanada de aire, como si ésta pudiera limpiarle todo el dolor que sentía por dentro, para luego soltarlo lentamente y comenzar a caminar. No se había puesto un rumbo fijo, pues ni si quiera su mente la dejaba pensar. Aún seguía recordando aquella conversación con Sam, aquel forcejeo que tuvieron que soportar sus muñecas, quienes aún seguían marcadas por la señal de las manos de Sam. Por un momento se olvidó incluso que aún seguía sangrando por la frente. Fue aquel cosquilleo de la sangre al resbalar por su frente el que la sacó de aquel pequeño trance. Metió su mano derecha en el bolso, logrando encontrar un pañuelo con el cual poder secarse. Estaba tan absorta que ni si quiera se había dado cuenta de las miradas que la gente le daba. Las calles de Nueva York a esa hora estaban completamente llenas. Había gente que iba con prisa, corriendo toda una calle principal para lograr coger un taxi que se encontraba en la otra punta. Gente comprando el periódico en un kiosco, intentando saber algo más de lo que ocurría en el mundo. Hombres con traje y maletín en mano, quienes seguramente volvían al trabajo después del descanso. Alguna que otra señora mayor paseando al perro, y algún que otro ciclista que para cortar camino se adentraba en la acera zigzagueando para evitar atropellar a algún peatón.
Mientras todo eso ocurría a su alrededor, Rachel parecía que estaba en un mundo paralelo. Quería evitar a toda costa las miradas de la gente mientras frenaba las lágrimas. Como pudo se adentró entre una de las callejuelas, corriendo a todo pulmón, tratando de dejar atrás todas aquellas miradas. Después de haber recorrido un par de manzanas, cansada, decidió tomar un descanso. Se encontraba en un parque completamente vacío y a su parecer abandonado. Se sentó en un pequeño columpio algo oxidado por el tiempo. Apenas podía moverse, ya que las cadenas del columpio chirriaban al más mínimo movimiento. Esto le permitió que el aire volviera a sus pulmones, aunque la necesidad de llorar seguía ahí, al igual que el dolor en su cuerpo. Sus manos seguían sangrando, aunque de una manera más pausada, al igual que la brecha de su frente. Podía sentir incluso el bombeo de su corazón en sus heridas. Sentía que ya era el momento, el momento de dejar que todo saliera. Dejar que las lágrimas cesaran el dolor.
No había parado de volver a leer una y otra vez aquella nota, de darle vueltas al papel en sus manos, a querer romperlo para luego arrepentirse y volver a dejarlo sobre la mesa. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces había repetido el mismo proceso. Trató de distraerse encendiendo la tele, pero parecía que incluso los canales estaban en su contra, pues cada dos por tres había algo que le recordaba a ella. Frustrada no pudo hacer otra cosa más que apagar la tele y volver a reposar su espalda contra el respaldo del sofá, para luego alborotar su cabello mientras soltaba algún que otro suspiro. Al reloj parecía que le costaba dar paso a los minutos y eso no hacía otra cosa más que desesperar a la rubia. El aburrimiento la estaba comiendo y no podía hacer nada en casa. Se levantó del sofá, acercándose lentamente hacia la ventana, viendo como entre las nubes que aún tapaban a la ciudad, se podía ver el sol. Hacía unas cuantas horas que había salido del hospital y sabía que no podía salir, pero la necesidad de despejarse y de dar una vuelta era mucho más poderosa que la palabra de un médico.
Se cambió de ropa, tratando de abrigarse lo máximo posible, pues lo que menos quería era volver a caer enferma. Salió de casa, sintiendo por primera vez el frío chocar contra su cara a la vez que el viento revoloteaba su pelo, provocando que algún que otro mechón tratara de colarse en su boca. Aún había charcos formados en las aceras y cerca de los bordillos del asfalto, estos provocaron que Quinn tuviera que saltarlos o tratara de esquivarlos para no pisarlos y acabar con los zapatos mojados. Las personas que pasaban cerca de la rubia iban tan distraídas que algunas acababan por chocar contra ella, y ni si quiera pedían perdón. Había tanta gente caminando a su alrededor que comenzaba a agobiarse. Quinn era de esas personas, a veces cuando se encontraba en situaciones así el agobio se apoderaba de su cuerpo y no podía hacer otra cosa más que huir para lograr que ese agobio se disipara. Y eso mismo hizo. Decidió huir hasta el parque donde siempre iba a pensar, donde podía dejar salir cualquier sentimiento, donde sentía que el bullicio de la ciudad era callado por los inmensos árboles que había alrededor. Era su lugar secreto. Había sido abandonado hacía un par de años, pues los columpios con el paso del tiempo se fueron oxidando y los niños pequeños crecieron y dejaron de tener interés en ellos; los barrenderos dejaron de ir por aquella zona, provocando que todo estuviera lleno de hojas, botellas y papeles esparcidos por el suelo, cosa que incrementó que nadie se acercara a esa zona. Pero a Quinn no le importaba, ella lograba ver la belleza de aquel lugar, incluso cuando ésta era muy difícil de distinguir.
Nada más llegar comenzó a pisotear las hojas secas que se amontonaban en el suelo, provocando que éstas crujieran al ser aplastadas por su propio peso. Cerró los ojos y dejó que aquella esencia a tierra mojada se colara en su nariz, para luego dejar que ese mismo aire fuera expulsado lentamente. Volvió a abrir los ojos, recorriendo con su mirada aquel lugar, sorprendiéndose al llegar a aquel rincón algo alejado del parque, justo donde estaban aquellos viejos columpios. Al parecer no estaba sola, alguien más había osado entrar en su lugar secreto. Decidió acercarse un poco más, pues desde la posición en la que estaba apenas podía distinguir si era un chico o una chica. A cada paso que daba, poco a poco iba logrando ver con más claridad, descubriendo al fin que se trataba de una chica. Un llanto proveniente de la propia chica hizo que dejara de avanzar. Estaba a tan solo un par de metros, pero aún seguía sin poder verle la cara, ya que ésta la tenía enterrada entre sus propias manos y el pelo le cubría lo que éstas no podían tapar. Por un instante pasó por su cabeza la idea de dejarla sola y volver por donde había venido, pero a la misma vez se instaló en ella aquel sentimiento de querer que dejara de llorar. Le dolía ver a las personas llorar. Estuvo por unos minutos allí de pie, sin mover un solo músculo, tratando de averiguar qué podía hacer para que aquella chica dejase de llorar, a la vez que con su mirada recorría cada parte de su silueta. Sus ojos se pararon en seco en sus muñecas, estas algo enrojecidas, como si alguien hubiera hecho presión en ellas. Esto hizo que Quinn se pensase lo peor. Su llanto seguía sin cesar, y alguna que otra lágrima se escapaba de entre sus manos y acababan estampándose contra el suelo, logrando dejar en él una pequeña huella.
Al ver que la chica no dejaba de llorar optó por dar un paso hacia ella, teniendo en mente la idea de consolarla, pero no contó con que su pie fuese a caer encima de una hoja seca, haciendo que el sonido de ésta al romperse tomara por sorpresa a la joven que se encontraba en aquel columpio. Del mismo movimiento que hizo ésta provocó que de nuevo los hierros del columpio chirriasen, a la vez que los ojos de ambas se abrían por completo al encontrarse sus miradas. Quinn no se esperaba toparse en aquel lugar con la castaña y menos en aquella condición. Dio un par de pasos hacia atrás desviando su mirada, permitiendo así que Rachel pudiera secarse las lágrimas. Sabía que a ésta no le gustaba llorar en público y mucho menos dejar al descubierto su sensibilidad. Rachel tampoco se esperaba ver allí, justo tal y como estaba, a Quinn. Llevó sus dedos hacia la parte baja de sus ojos, tratando de limpiar las lágrimas que aún se atrevían a deslizarse por su piel. Como pudo trató de contenerse las lágrimas, a la vez que intentaba dejar de pensar en lo que le había ocurrido con Sam. No quiso pronunciar palabra, pues lo que menos quería era molestar a la rubia. Simplemente se limitó a observar de reojo lo que ésta hacía, sorprendiéndose al ver que ésta se había dado la vuelta. Al principio hubo un silencio bastante incómodo, pues ninguna se atrevía a hablar, hasta que la propia Quinn hizo callar al propio silencio.
-¿E-Estás bien? – preguntó aún sin mirarla directamente, manteniendo sus ojos en el suelo.
Esa pregunta hizo que Rachel dejara de observarla discretamente para fijar sus ojos en ella.
-No…no hace falta que preguntes por educación – contestó llevando por un momento su mirada hace sus manos, sintiendo como éstas aún quemaban y sangraban.
- N-No lo hago por educación – dijo entre medias de un carraspeo – Sabes que no me gusta ver a las personas llorar, aunque esa persona seas tú – esta vez se atrevió a mirarla, encontrándose con aquellos ojos enrojecidos, los cuales aún estaban enjugados en lágrimas.
Quinn la observó detenidamente, recorriendo con su mirada cada parte de su cara. Juraría que había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo mirándola tan detenidamente. En una de sus miradas descubrió que ésta estaba sangrando por la parte superior de su frente, la cual presentaba una pequeña brecha. Esto provocó que Quinn frunciera el ceño, mientras trataba de averiguar mentalmente que es lo que le había pasado. Que estuviera enfadada con ella no quería decir que no se preocupara y ahora mismo Rachel le preocupaba.
-¿C-Cómo…cómo te has hecho eso? – preguntó tratando de esconder su preocupación mientras señalaba con el dedo la zona ensangrentada.
Rachel se sorprendió al ver que la rubia se había dado cuenta de sus heridas, provocando que rápidamente se llevara una mano hace aquella zona y tratara de cubrirla con su propio cabello. Lo que menos quería era que descubriera la verdad, no quería tener más problemas con Sam.
-N-No es nada – dijo algo nerviosa, llevando su mirada hacia el suelo – Además, no…no soy nada tuyo, no te tienes p-por qué preocupar – esto provocó que Quinn soltara una pesada bocanada de aire.
- No… - aquella frase de Rachel le había hecho daño. Sí, era cierto que ya no eran amigas, que ella fue la primera en poner tierra de por medio para alejarse de la castaña, pero en momentos como esos, en los que parecía indefensa y herida, sentía que la necesitaba a su lado. Sentía la necesidad de protegerla, aunque el odio seguía ahí – Que no seamos amigas y que no te haya perdonado no significa que no me preocupe – dijo, tomando por sorpresa a la castaña, provocando que de nuevo las lágrimas trataran de saltar al vacío – Además, tómalo como si te estuviera devolviendo el favor que me hiciste – añadió tratando de cubrir aquella sinceridad.
-No es nada, simplemente me caí – mintió tratando de olvidar aquello último que había oído, pues sabía que Quinn lo había dicho para tratar de encubrir sus verdaderos sentimientos.
- ¿Por qué será que no te creo? – esta vez optó por sentarse en el columpio que estaba vacío, haciendo que las cadenas de este chirriaran debido al movimiento.
- Nunca lo haces, no es algo por lo cual te tengas que sorprender – llevó su mirada al frente, mientras trataba de mantener sus manos lo más pegadas posibles.
De nuevo otro comentario que le dolió, ¿quizás estaba recibiendo de su propia medicina?
-Será porque haces cosas que provocan que desconfíe de ti – no quería quedar por debajo de ella.
- Quinn – pronunció su nombre apretando sus ojos fuertemente, tratando no llorar, pero le era imposible, aquello le había dolido más de lo que le dolían sus heridas – no estoy aquí para discutir – su voz se entrecortó, mientras que las lágrimas recorrían sus mejillas, algunas acababan estampadas en su pantalón, otras iban más allá y volvían a mojar el suelo.
Llevó sus manos nuevamente hacia sus ojos, tratando de limpiarlos y de cubrir su cara. Le dolía escuchar esas cosas de Quinn, sobre todo porque ésta no sabía la verdad y por mucho que tratara de decírsela no la iba a creer. Su llanto comenzó a ser poco a poco más intenso, sorprendiendo a Quinn, provocando que ésta no supiera qué hacer. El corazón de la rubia se encogió al escuchar su llanto, quedándose ahí clavada en el columpio mientras veía a una desconsolada Rachel.
De pronto, tras varios minutos de llanto, Rachel sintió como unas manos se posaban en sus rodillas, sintiendo luego como una de ellas se desprendía de su pantalón e iba directa hacia su pelo, dándole suaves caricias. Aquello le sorprendió, haciendo que su propio llanto cesara por unos segundos, provocando que su corazón se acelerara, para luego lentamente alejar las manos de su cara y encontrarse con aquellos ojos pardos. Quinn alejó su mano del cabello de la castaña para llevarla hacia su mejilla y frenar con sus dedos el par de lágrimas que descendían por su piel. Sus ojos se clavaron en los de Rachel, viendo la tristeza en la que éstos estaban sumidos. Quinn había optado por dejar atrás su rencor y todo lo demás para tratar de consolarla pues le dolía demasiado verla así, después de todo lo que había hecho ésta por ella cuando había estado enferma. Por unos segundos, cuando sus ojos se encontraron, sintió como si hubiera vuelto al pasado, cuando ambas eran las mejores amigas y todo estaba bien. Por unos segundos sintió que nada las separaba. No hacía falta palabras, sus propios ojos lo decían todo. Quinn arqueó sus labios, dibujando con estos una pequeña sonrisa, provocando en Rachel un efecto dominó.
-Prométeme que no llorarás más – pidió Quinn mientras secaba la última lágrima que cayó de los ojos de la castaña.
-… - No dijo nada, simplemente se limitó a afirmar con la cabeza sin dejar de apartar sus ojos de los de la rubia.
- ¿Me vas a decir cómo te has hecho esto? – dijo en un suave tono de voz, señalando primero su frente para luego acabar en sus muñecas.
- Y-Ya te lo he dicho – su voz temblaba, mientras era observada por aquellos ojos penetrantes de Quinn.
- Espero que me estés diciendo la verdad, no quiero enterarme luego de que alguien te ha puesto la mano encima – en sus ojos se podía leer la preocupación que inundaba a su cuerpo. Había optado por dejar de preguntarle, pues sabía que Rachel no iba querer decirle la verdad.
- Lo siento – dijo después de unos minutos de silencio, donde solo hubo miradas.
- ¿Por qué? – preguntó sin entender nada.
- Por todo lo que te he hecho sufrir – esta vez alejó sus ojos de los de Quinn, sintiendo como seguía siendo observada.
- Ya hablaremos de eso más adelante ¿vale? – dijo posando su mano en la barbilla de la castaña, girándole la cara para hacer que sus ojos se encontraran de nuevo – Gracias – comentó esta vez después de otro breve silencio.
- ¿Por qué? – ahora era Rachel la que no entendía nada.
- Por lo de la nota y el cupcake, por haberme felicitado mi cumpleaños aún sabiendo que siga odiándote y no quiera saber nada de ti – aclaró.
Aquellas palabras en cierto modo alegraron a la castaña, pero por otro lado la entristecieron. Sabía que para volver a tener la amistad de Quinn lo primero que tenía que hacer era no agobiarla, dejar que las cosas sucedan sin planearlas, que caigan por su propio peso. Había decidido darle tiempo a sanar las heridas, después de lo que le acababa de demostrar, Quinn seguía preocupándose por ella, aunque ésta no supiera quién estaba detrás de todo lo ocurrido.
Siento mucho haber tardado en subir el capítulo después de que subí el par de adelantos, pero hace unos días recibí a una mala noticia que bloqueó mi mente y mis sentidos. Espero que podáis entenderme. Durante los primeros días después de la noticia no pude escribir nada, pero con el paso de los días pude centrarme aunque fuera un par de minutos en la historia y escribir algunas líneas, aunque no eran las suficientes como para acabar pronto en escribirlo, pero al fin os traigo el capítulo. He de comentar, por si alguien no lo sabía, que este capítulo junto a los dos anteriores ocurren en el mismo día. En el próximo capítulo ocurrirán cosas que os sorprenderán, como os comenté en el adelanto de este capítulo. Al fin llega el momento de que os de algo que estabais esperando, el cap 22 tratará de Brittany y Santana y habrá sorpresas, quizás para bien o quizás para mal, os dejo a vuestra elección. Espero que os haya gustado este capítulo y me comentéis qué opináis de cómo va desarrollándose la historia.
De nuevo mil gracias a todos los que me leéis, que sois muchos y de distintos países e idiomas. Nos vemos pronto.
San.
