—Oh, Ichimatsu.
Con un meloso tono, Osomatsu le recibió cuando abrió la puerta.
En la sala de estar no solo se encontraba el primero, sino también el tercero.
Con una mirada fugaz observó el apático semblante de Choromatsu, leyendo una revista, con el codo derecho apoyado en la pequeña mesita de madera. Supuso que si ambos se encontraban en casa, era porque ambos habían salido juntos o simplemente ambos habían llegado de diferentes lugares, de manera fortuita.
Osomatsu, quien se encontraba de estómago, simplemente descansando sobre el tatami, se incorporó, ya sentándose, para saludarle. No había nada más que hacer que simplemente entrar y sentarse en su rincón y no hacer nada, como solía hacerlo. ¿Se abrían topado con Karamatsu en la entrada? ¿Se abrían dado cuenta de que ambos se encontraban solos en casa? Tragó saliva y con un gesto, alzando el mentón, le devolvió el saludo y se fue a sentar, en silencio.
Choromatsu despegó la mirada del articulo que leía para mirarle por unos segundos como pasaba de Osomatsu y se sentaba donde solía sentarse siempre. Dejó escapar un suspiro de indiferencia y continuó su lectura.
—¿Ah? ¿Qué clase de recibimiento es ese para tu onii-chan? ¡Que cruel, Ichimatsu!
Desparramó su cuerpo, nuevamente, sobre el tatami y rodó de manera infantil hasta sus pies, mirándole con aquella mirada de zorro viejo, de aquel hombre que sabe bien como conseguir lo que quiere, y aquello era algo de atención.
Con sinceridad, Ichimatsu agradecía el ser notado por él. ¿Quién de los cinco no agradecía aquello? Por mucho que los veinte marcaran sus frentes, alguna vez Osomatsu había sido el líder indiscutido y perpetuador de tantas maldades hechas. La pasó bastante bien, trataba de convencerse de eso.
—Ah…
No solo aquella respuesta logró irritar un poco a Osomatsu, sino que así mismo. Estaba siendo pasivo-agresivo y aquello solo aumentaba su capricho. Osomatsu era lejos, el más caprichoso de todos. Y no, el seis aparentaba, que era muy distinto.
—Bueno, da igual. Aunque, Ichimatsu…
Con ese tono habitual de invitación, Osomatsu llamó su atención. Ichimatsu bajó su mirada y observó aquel gesto universal que solo se podía hacer con índice y medio. "Un par de cigarrillos y una buena plática"
—Si van a fumar, fumen en el balcón. Es un asco el olor a cigarro antes de comer. Hermano mayor de mierda…
Choromatsu decretó y ambos se levantaron, ignorándole como hombres de veinte urgidos por una buena piteada y palabrería sin mucho sentido.
Salieron en silencio de la sala, dejando atrás a Choromatsu algo cabreado, y subieron la escalera, nuevamente al cuarto que minutos antes él y Karamatsu habían estado durmiendo.
—Qué asco, Karamatsu estuvo aquí. Podría oler su colonia barata de aquí hasta el siguiente siglo.
Ichimatsu abrió ligeramente los ojos, sorprendiéndose de lo bueno que Osomatsu era para reconocerle. No era que él mismo no pudiera hacerlo, pero hasta el momento se sentía el único de poder hacerlo.
Osomatsu se adelantó y abrió el ventanal para salir al balcón. Giró esperando que Ichimatsu se acercara, ya con los brazos apoyados en el barandal de madera.
Cuando sus pies pudieron reaccionar, caminó finalmente al lado de su hermano mayor.
Osomatsu sacó una mullida cajetilla de color rojo del bolsillo de su pantalón. Ichimatsu leyó "Malboro" con bastante dificultad entre el papel arrugado, pero no abría que ser adivino para saber que a Osomatsu le gustaba el tabaco fuerte, con veinte años viviendo con él, todos ya lo sabían a aquellas alturas.
—Ah…Que fastidio. No gané nada, como siempre. ¿Qué saca uno en esforzarse día a día, ah? Levantarse a medio día, pedir algo de dinero prestado y sentarse toda la tarde, hasta que el culo te quede plano, para simplemente tirar, ¿y no ganar nada? Si tuviera bastante dinero compraría la sala de pachinko completa y la quemaría, ¡Tenlo por seguro! Pero primero mearía todas las máquinas, marcándolas como mías y luego las quemaría todas. Todas. ¿Por qué? Ichimatsu, esa es la manera en la que el hombre debe hacerse respetar. Marcar lo que es tuyo y hacer lo que se te dé la regalada gana con ello. Así de sencillo. Ni más ni menos, ¿me entiendes, verdad? ¡Claro que me entiendes! Mierda de vida, ¡es una completa mierda! Pero sobreviviré. Seré alguien importante algún día, mucho más de lo que el pajero de Choromatsu llegue a ser, ¿sabes? Trabajará para mi y le obligaré a limpiarme el culo con cada una de sus revistas para pajas ¡Já! Ya lo veo, totalmente lo veo. Qué hermoso… Totalmente hermoso… Virgen de mierda, ¿qué se cree? Como si fuera a usar su boca de cenicero, ¿acaso estaba invitándole a fumar? ¿Y que si fumo dentro de la casa? ¡Esta es mi casa también!
Tomó una bocanada de aire para proceder a prender el cigarro que todo el tiempo, en que duró su monólogo, se mantuvo entre sus dedos, arrugándose.
—Realmente te afecta, lo que él diga de ti…
Dejó escapar un comentario algo ácido. Con la intención de que a Osomatsu le hirviera más la mierda y así escucharle maldecir a Choromatsu, porque aquello por algún motivo le calmaba, pero lo único que consiguió fue una risa seca y una limpiada rápida de nariz.
Ichimatsu miró melancolía en su ojos, perdido entre los edificios, y aceptó finalmente un cigarro de la caja que Osomatsu le extendió.
—Claro, es mi hermano. Me afecta, por decirlo. Jamás se lo diré, porque aquello solo inflará el enorme ego que ya tiene y se las dará de mi madre el resto que me quede de vida.
Golpeteó el cigarrillo con el dedo índice y las cenizas se hicieron una con la brisa.
El atardecer había ya caído y en el cielo ya comenzaban a pintarse, uno a uno, puntos brillantes.
—¿Acaso eso no es lo que ya hace?
Colocó el filtro entre sus secos labios y aceptó el encendedor que Osomatsu le ofreció.
Osomatsu suspiró, dando una rápida calada.
—Somos un número par, ¿no? Somos seis, un número par. Estamos, desde el principio, emparejados de dos. Yo con él, tú con Jyushimatsu y Karamatsu con Todomatsu. Cada cual con quien corresponde, con quien, por decirlo, se lleva mejor. Solía llevarme bien con Choromatsu. Es mi hermano, muy a su pesar, muy a mi pesar y muy a tu pesar también, lo somos. No se puede hacer nada contra eso. No puedes hacer nada…
Ichimatsu mantuvo el humo en sus pulmones desde el momento en que Osomatsu empezó su reflexión, sintiendo como poco a poco estos se consumían por el alquitrán y el veneno para ratas. Allí estaba nuevamente aquel tema que, supuestamente ya había superado, pero que se daba cuenta que no era como se auto convencía de creer. Osomatsu tenía razón, muy a su pesar lo eran. Karamatsu y él eran hermanos.
Se mantuvo en silencio, fumando de igual forma, con ambos brazos apoyados en la baranda de madera del balcón. Los dos miraban los edificios, quienes se tragaban poco a poco el escaso sol.
Ahora ya no quedaba nada, se lo habían comido todo.
— Hasta la muerte, ¿eh?
—Hasta la muerte.
Reafirmó Osomatsu, con el cigarrillo entre la comisura del labios, exhalando humo.
—¿En donde estuviste toda la tarde? ¿En casa?
Osomatsu aplastó la cereza en la parte inferior del barandal y tiró la colilla con despreocupación a donde fuera que fuera a parar. Ichimatsu miró como está se perdió en la oscuridad.
Guardó silencio porque sabía a donde Osomatsu quería llegar o tal vez no. Estaba tranquilo, debía estarlo.
Le faltaba poco para terminar, por lo que se dedicó a fumarlo con lentitud, pero más que nada como pretexto barato para no tener que responder.
Osomatsu le dedicó una mirada fugaz, antes de encender otro cigarrillo.
—No saliste.
—Salí, estuve con Jyushimatsu. Me dieron ganas de cagar y volví.
—Ah. Llegaste antes.
—Obvio, estaba a punto de cagarme en los pantalones.
Finalmente la cereza se apagó e imitó el mismo gesto que Osomatsu, y una colilla más fue tragada por la oscuridad.
—No entiendo cuál es el problema de compartir una misma habitación que-
—No es un problema. Él estuvo aquí y yo en el baño.
—¿Estuviste toda la tarde cagando?
—Lo estuve.
Osomatsu suspiró, se rascó la cabeza y retiró el exceso de ceniza. Le observó de reojos, con curiosidad, pero más que nada con algo de hastío por aquella contestación tan apática, pero tan típica de él. Por más que se esmerara en mantener una buena relación con todos, era imposible.
A veces creía que estaba llegando a Ichimatsu, pero luego se daba cuenta que simplemente había retrocedido dos pasos. Aquello era desesperante.
—Ichimatsu…
Intentó reafirmar lo que quería decirle, tratar de hacerle entender que aquel trato que mantenía con Karamatsu debía acabar. No era que no le importara, le importaba porque no veía con buenos ojos toda esa persecución de su parte con el segundo. Si le odiaba, bien, pero la experiencia le decía que había algo más allí que simple odio. ¿Un resentimiento por algo de años? Tal vez o simplemente era una manera de desquite de todo lo que le molestaba de sí mismo y si así era el caso, no era sano. No era sano el desquitarse con alguien que no tenía la culpa de nada. O al menos eso era lo que pensaba, porque por muy "doloroso" o incomprensible que fuera la forma de ser de Karamatsu no era una razón de peso como para rechazarle y tratarle de aquella manera tan cruel todo el tiempo.
Pero no defendería a nadie, al menos no metería sus manos al fuego por ninguno. Todos ya eran hombres mayores, con al menos un grado de conciencia sobre las cosas que hacían. Él tenía sus propios problemas con los que lidiar, por lo que no se dedicaría en cuerpo y en alma al problema que él tuviera con Karamatsu. Pero si, si podía tratar de hacerle ver ciertas cosas, lo haría, como el hermano mayor que era.
Observó como Ichimatsu se retiró en silencio al no atender a su llamado y simplemente lo aceptó, le dejó irse.
No presionaría nada por el momento o al menos que realmente lo ameritara. Solo lo lamentaba realmente por Karamatsu. No era un mal tipo, después de todo.
Todos llegaron finalmente antes de las siete y la cena fue servida como era la costumbre.
Jyushimatsu llegó junto con Todomatsu y finalmente llegó Karamatsu.
Cada cual en su lugar y comiendo en silencio. Las tontas conversaciones de cuando tenían quince se fueron reduciendo con los años y ahora, con veinte, simplemente se miraban rápidamente o comentaban sobre lo buena que la comida estaba. Nada más, nada menos.
Ichimatsu se quedó un poco más en el baño, lavándose los dientes con lentitud, mientras Jyushimatsu salía dejándolo solo para ir a la cama, no sin antes anunciarle con una sonrisa de que se apresurara para que ya fueran a dormir.
Pensó en la conversación con Osomatsu, pero antes de ello, pensó en la siesta que había tenido con Karamatsu. No podía no pensar en ello cuando sucedía, porque no solo aumentaba sus ansias por querer apresurar todo. ¿Apresurar qué exactamente? Tal vez simplemente deseaba poder conversar de manera normal con él, como solía hacerlo con Jyushimatsu u Osomatsu. No, tal vez no era de muchas palabras con ellos, pero estaba seguro que si de Karamatsu se tratase, hablaría todo lo que no hubo hablado en años.
Por más que lo intentara no podía no pensar en él y eso, simplemente, estaba consumiendo sus años de vida. Se sentía más viejo cuando reflexionaba sobre estas cosas, por eso era mejor estar lejos de él, de esa forma conservaría los años que no le interesaba tener que vivir. Una burda contradicción. Su manera de sentir hacía Karamatsu lo era.
Limpió el cepillo con un chorro de agua y lo dejó al lado del de Jyushimatsu, para apagar finalmente la luz del baño.
Arrastró los pies hasta las escaleras y subió estás para dirigirse al dormitorio en penumbras. Ya estaban durmiendo.
Se acostó finalmente en su sitio, dándole la espalda a Karamatsu y se quedó en silencio, esperando a que el sueño llegase.
A los minutos escuchó un par de ronquidos y como más de alguno se acomodaba en una mejor posición.
Minutos más y el sueño al parecer se había olvidado de él, al no haber ningún indicio de querer llegar aún.
Se cubrió el rostro con el edredón y cerró los ojos.
No supo cuantos minutos pasaron, puesto que escasamente dormitó en todo ese lapso, hasta que sintió un ligero peso sobre su espalda.
Abrió los ojos y giró la cabeza mecánicamente, con el corazón latiéndole algo apresurado. Era tan normal el tener que compartir futon, pero aun no podía acostumbrarse a compartirlo con él.
Karamatsu tenía su cabeza apoyada en su espalda, su cuerpo ligeramente cerca y el corazón le dio un vuelco.
Apretó los ojos e intentó no respirar para no despertarle.
¿Estaría dormido? No escuchaba nada más que escasos sonidos de la calle y uno que otro suspiro.
¿Por qué era tan difícil ya no tener sentimientos? ¿El simplemente olvidarlos y continuar? Tan difícil el no poder ignorar su presencia y actuar como los demás actuaban cuando se encontraban con él, el respetar su espacio, el simplemente pensar en él fugazmente, sin ninguna importancia.
Qué triste. Se sintió tan triste en ese momento. La nariz le picó, pero no sintió más que eso, un simple picor y ya.
Karamatsu se movió, frotando su frente en su espalda y se quedó quieto.
Ichimatsu relajó su ceño, junto con su cuerpo y le dejó estar así. No le apartaría porque le gustaba sentirle cerca. No había nadie más que él consiente del espacio en ese momento, por lo que se sintió ligeramente libre de pensar y sentir lo que quisiera pensar y sentir.
El corazón estaba tan cansado como para luchar en aquel momento. Tímidamente buscó su brazo bajo el edredón y, completamente nervioso, tomó este y rodeó su propia cintura con el.
Tendría que ser bastante hipócrita a aquellas alturas, cuando nadie estaba allí para juzgarle, el que no quisiera que Karamatsu hiciera eso. Que le abrazara de esa manera al dormir por las tardes. Sería una manera de dejarle ver que no había miedo alguno. Si, podría ser que consciente se quejara y mandara a volar sus brazos de un manotazo, pero ahora realmente necesita sentir su abrazo. ¿Hacía cuanto que no sentía uno? Por mucho que se asqueara de ello, seguía siendo un ser humano. Necesitado de afecto, del toque de otro ser humano.
Apretó suavemente la mano de Karamatsu y la dejó descansar sobre su propio estómago. Una descarga eléctrica le impactó la espalda baja, pero estaba todo controlado.
Sonrió un poco, solo un poco y finalmente quiso rendirse al letargo.
«Buenas noches, Karamatsu», pensó para sí mismo y perdió la conciencia, pero sabiendo que por un largo rato Karamatsu le estaría abrazando, eso sería más que suficiente para calmar a su maltrecho corazón.
