La reina había vuelto con diez bolsas, haciendo que a Emma casi se le salieran los ojos de sus orbitas. Regina no había querido decirles qué había comprado y luego de una pelea en que la reina no cedió ni un centímetro de terreno, Emma se había dado por vencida, decidiendo ignorarla el resto del trayecto, que se lo pasó sacando fotografías con su analógica.

Tres horas después, la camioneta se internó en una calle sin asfalto y deshabitada. Lo único que se veía a través de las ventanillas eran los grandes pinos que iban dejando atrás. Si los cálculos de Emma no fallaban, habían tardado veinte minutos en divisar una cabaña de campo. La alcaldesa guio el automóvil hasta la entrada, apagando el motor luego.

-¡Hogar, dulce hogar! – Sonrió, viendo a su hijo por el espejo retrovisor.

-¡Me encanta! Le hiciste muchos cambios a la casa, mamá – Habló Henry, bajándose del coche y cerrando la puerta tras él.

Emma se bajó igual de embelesada que su hijo, la casa que tenía en frente de sus ojos podía ser la portada de cualquier magazine de decoración. Era impresionante, la combinación justa entre rústica y moderna.

-Sí, bastante falta le hacía, Cora la tenía abandonada por completo – Comentó a su hijo - Tenía muchas ganas de que pudiésemos venir a disfrutar las nuevas refacciones – Sonrió con ternura, acariciando la cabeza de Henry. Luego, se encaminaron a la puerta conversando sobre los cambios que les esperaban dentro. Recién al llegar, se dieron de cuenta de que faltaba cierta cabellera rubia.

-Señorita Swan, ¿Piensa honrarnos con su presencia o se quedará afuera todo el día? – Emma daba vueltas sobre su eje, observando todo a su alrededor.

-Todavía no me acostumbro a que la otra madre de mi hijo sea multimillonaria – Se encogió de hombros, dirigiéndose hacia los dos morenos.

-No exagere, señorita Swan – Regina rodó sus ojos.

-¿Exagerar? ¿Viste el pedazo de casa que tenés? No podría comprarme algo así ni ahorrando todos mis sueldos de sheriff de una vida.

-¿Me está pidiendo un aumento?

-No, pero ya que lo mencionás, no me vendría mal – Puso su mejor sonrisa, recibiendo un bufido en respuesta.

-¡Lo que me faltaba! – Negó con la cabeza – A parte ¿Recuerda que es heredera al trono, verdad? Su fortuna es también elevada.

-¿Podemos entrar? – Henry ya se había cansado de estar viendo a sus madres cual partido de tennis – No sé qué se me pasó por la cabeza cuando quise venir de vacaciones con las dos.

-Henry, más respeto – Lo cortó Emma, ante la sorprendida mirada de Regina.

-Bienvenidos – La reina abrió la puerta y la sostuvo con su brazo para que los otros dos pudiesen pasar – Vayan a acomodarse, yo prepararé algo rápido para almorzar. Henry, acompañá a tu madre a la habitación de invitados.

Y con todo organizado, Regina se perdió camino a la cocina. Emma y su hijo bajaron todos los bolsos y los acomodaron en las habitaciones correspondientes. La casa por dentro no era tan ostentosa como se esperaba la rubia y eso la había sorprendido gratamente. Se sentía un lugar cálido a pesar de no contar con personas que la habitaran permanentemente.

-Ma, hay gimnasio acá, vas a poder seguir entrenando – Henry sonreía mientras sacaba su ropa de la valija - ¿Sabías que mi madre también entrena?

-¿En serio? – La rubia lo observaba curiosa – No debería sorprenderme, una reina debe tener buen estado físico siempre, ¿No? – Ambos rieron.

-Sí, eso creo. Tal vez pueden entrenar juntas. Y darme un hermanito de paso.

-Si, podría ... ¿Qué? – Se exaltó, ciertamente no se esperaba ese comentario repentino – Creí que Regina ya te había dejado claro ese punto.

-¡Pero vos dijiste que te gustaría! – Henry dejó su ropa para mirarla de frente, sin dejar escape a la rubia que se empezaba a poner nerviosa.

-Chico, ¿Te estás escuchando? Suponiendo y sólo suponiendo que me gustara la idea de darte un hermano con Regina, ¿Realmente crees que ella quisiera? – Se rio nerviosa, como si la sola idea de planteárselo a la reina le generara pánico – Suficiente estiró su límite y ya no intenta matarme a cada rato, no quiero tentar mi suerte. Ya te dará un hermanito con Robin – La rubia pudo ver como el rostro de Henry pasaba de decepción a asco.

-Realmente no creo que Robin pueda hacer feliz a mi madre.

-Pensaba que te caía bien ¿Pasó algo?

-Sí, crecí – Emma sonrió enternecida ante las palabras del chico – Y deberías replantearte qué tanto conocés a mi mamá si crees que no aceptaría tener un hijo con vos – Se encogió de hombros y se giró dándole la espalda a la rubia, ocultando de ella su gran sonrisa: Su plan estaba en marcha.

Emma decidió no arriesgarse más y salió apresurada de la habitación de su hijo, aún con sus palabras girando en su cabeza. ¿Regina…? Ni siquiera podía completar el resto de la oración, le parecía una idea terriblemente ridícula y lo decía luego de haber descubierto ser hija de BlancaNieves. Negó con la cabeza, este mundo me va a matar, pensó.

En la cocina se encontró con Regina terminando de preparar la comida.

-¿Te ayudo en algo?

-Soy una reina, señorita Swan, ¿De verdad cree que necesito su ayuda? – Replicó con sorna.

-Siempre tan simpática, su majestad – Hizo una reverencia hacia la espalda de la morena, que dejó escapar una seca risa.

-Sólo para darle sentido a su estadía en la cocina, sírvame una copa de sidra, por favor.

Emma asintió y sus ojos pasearon por el lugar, hasta encontrar las copas colgando de un mueble, encima de la cabeza de la morena. Bufó imperceptiblemente, para llegar a ellas debería acercarse demasiado a la no tan agradable Reina.

-Por supuesto, estoy siempre a su servicio.

-Me alegra oír eso, querida – Dijo y Emma sintió una inexplicable electricidad recorrer su cuerpo.

Se acercó dubitativa hacia la espalda de Regina y levantó su brazo, estirándolo y haciendo equilibrio con todo su cuerpo para evitar tocar el de la reina, sin embargo no contaba con que la propia Regina diera un casi imperceptible paso hacia atrás, haciendo que se paralizara por completo en su acción.

Relajate, por el amor de todos los dioses relájate y no te despiertes, sobre todo no te despiertes, pensó Emma prácticamente aterrada, sintiendo en todo su cuerpo el calor que desprendía la morena.

-¿Señorita Swan?

¡Por un demonio, de nuevo con esa voz no!

Sin poder evitarlo, la rubia empezó a sentir que su miembro despertaba y endurecía, tomando forma bajo sus anchos pantalones que le permitían explayarse en todo su esplendor. Quizás realmente había sido buena idea que Regina le comprara skinnys, de tener algo así puesto ahora no estaría abochornada al saber y sentir, sobre todo sentir, que su miembro se rozaba contra la cola de la reina.

Tragó saliva con fuerza, recordándose que sólo debía tomar dos copas y alejarse de aquel infierno, sin embargo la excitación la recorría de pies a cabeza y empezaba a sentir incómodas puntadas en su pene que pedía ser liberado y atendido.

-Vamos señorita Swan, no puede defraudarme con un pedido tan simple ¿Verdad? – La reina parecía divertida con la situación, usando su tono de voz más sexy para torturar a la sheriff - ¿Acaso necesita mi ayuda para acabar… lo que le pedí?

Emma tuvo que contener un gemido al entender el doble sentido de las palabras de Regina. Su equilibrio finalmente la abandono y sus dos brazos quedaron a cada lado de la morena, dejándola encerrada entre la encimera y ella. Sus cuerpos se habían acercado un poco más, ahora ya no era una simple percepción, en ese instante realmente podía sentir su miembro apretarse contra el cuerpo de la morena.

El silencio envolvió toda la habitación, Emma no confiaba en su voz para hablar y parecía que la Reina ya no tenía comentarios jocosos. Ambas podían sentir la tensión que se había creado en cuestión de segundos, incluso la rubia empezaba a notar la magia cosquillearle en sus manos. Ansiaba, deseaba hacer desaparecer toda la ropa de la alcaldesa y tomarla allí mismo, de la manera más salvaje que pudiera.

Acercó su boca a la oreja de Regina que soltó un imperceptible gemido ante el contacto.

-No juegue con fuego, su majestad. Usted podría realmente quemarse – Sus palabras apenas fueron un susurro ronco, sin embargo la reina sintió cada letra impactar con fuerza contra su sensible cuerpo.

Con decisión al haber dejado sin replica a Regina, Emma tomó las copas y se separó de aquel caliente cuerpo, aunque le había costado más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Sirvió dos vasos, aun sintiendo la adrenalina y tensión sexual recorrerla. No le hubiera extrañado en lo más mínimo que la cocina se hubiese puesto a arder.

-Sus deseos son órdenes, mi reina – Emma dejó con suavidad la copa con sidra y observó como la morena la vaciaba de un solo trago, luego se giró y clavó sus oscuros ojos en ella.

-En primer lugar, no soy SU reina. En segundo lugar, por supuesto que mis deseos son órdenes – Su voz era fría, había recuperado el control de la situación, a fin de cuentas había sido instruida toda su vida para aparentar tranquilidad – Y en tercer lugar, y por favor señorita Swan présteme especial atención – Su ceja en alto, amenazadora. Dio dos pasos, eliminando la distancia que había entre ellas – Sólo yo decido con qué jugar y cuándo quemarme – Apoyó su mano en el torso de la rubia y fue deslizando la punta de su dedo hacia abajo, sobresaltando a Emma cuando sintió que rozaba su erección – Espero que le haya quedado claro – Sonrió inocentemente, más bien como un lobo disfrazado de cordero. Y antes de que la rubia pudiera reaccionar, Regina ya había salido de la cocina.

Esta mujer me va a matar, definitivamente este debe ser un plan macabro para acabar con mi vida, de una u otra manera. ¿Cómo puede si quiera estar tranquila y yo...así?, pensó, observando su aún latente erección. Escuchame, Swancito, necesito que cooperes, ¿Está bien? Sé que Regina es imponente pero no podés simplemente hacer una fiesta cada vez que la tenemos cerca. Su miembro se endureció aún más, en respuesta. Wow, chico, tranquilo. Mirá, todavía no sé qué hacer con vos así, pero mientras lo descubro intentá dormir y estar de mi lado ¿Bien? Dios, me estoy volviendo loca, ahora hablo con mi pene. Emma imitó a la reina y se vació el contenido de su copa, llenándola nuevamente al instante.

-Ma dice mamá que llevemos los plantos a la mesa – Henry la sacó de su ensimismamiento, haciendo que pegara un salto de sorpresa.

-Chico ¿Querés matarme? ¿Acaso todos en esta casa planean matarme?

-¿De qué hablás, ma? – Henry la miraba confundido.

-De nada, de nada, vamos a almorzar – Terminó la conversación y agarró los platos con comida para seguir a su hijo hacia la mesa donde Regina ya había tomado asiento.

Decir que había disfrutado de la comida era el ironía del siglo, apenas pudo tragar bocado y responder con monosílabos cada tanto, dejando a la reina que se encargase de darle conversación a su hijo. La morena no parecía afectada en lo más mínimo, incluso se atrevería a decir que actuaba como si nunca hubiera pasado nada en la cocina. Ni en el auto. Las vacaciones estaban siendo muy intensas y sólo había sido su primer día. Dedicó un segundo para pedirle al universo que no fuera así el resto del mes o ella acabaría por volverse loca. A decir verdad, ni siquiera entendía las reacciones de su cuerpo, se sentía como una quinceañera incapaz de controlar sus hormonas. Sin embargo, las reacciones de Regina eran lo que mayor curiosidad le generaba. Hasta donde ella sabía, la morena estaba feliz en su noviazgo con Robin y a ella apenas la soportaba. Y ese apenas no hubiese creído nunca que incluía disfrutar de excitarla.

Regina siempre había sido una enigma, a esta altura ya no debería sorprenderse. Decidió que intentaría controlarse, nunca sabía cuándo la reina podía dejar de divertirse con la situación y lanzarle un hechizo mortal. A fin de cuentas, seguro había otras mujeres en aquel lugar con quién podría saciar sus deseos sexuales, no había necesidad de enredarse con la otra madre de su hijo.

Gracias de nuevo por todos los comentarios! Es genial leer lo que piensan :) Y pido disculpas, realmente no tengo idea acerca de cómo se siente la excitación masculina, así que espero haberlo reflejado más o menos bien jajaj.