La rubia cabeza cayó pesadamente sobre el hombro de la morena, ambas tratando de recuperar la respiración después del intenso momento. Emma se sentía ligeramente mortificada por haber aguantado tan poco y pensó que tendría que mejorar eso para Regina, porque ahora que había probado sus labios, nada ni nadie iba a detenerla en sus intenciones.

-¿Te estoy aplastando?

-¿Mm?

Emma se incorporó sobre sus brazos para observar el rostro relajado de la alcaldesa.

-Que si te estoy aplastando – Le repitió sonriente.

-Oh, no, para nada – Le devolvió la sonrisa, ligeramente sonrojada.

-Me siento pegajosa – Una mueca acompañó su confesión – No es muy agradable tener un pene en estos momentos.

La risa de la morena llenó la sala y Emma se sintió feliz de ser la que hiciera reír a Regina Mills.

-Ya lo creo, Miss Swan ¿Nos duchamos?

-¿Juntas? – Jugueteó con sus cejas.

-Tentador pero Henry podría despertarse.

Emma casi había maldecido a su hijo pero se recordó que Regina la dejaría sin sexo por lo próximos cincuenta años y se contentó con gruñir.

-Bueno, entonces… - Se levantó hasta quedar arrodillada entre las piernas de la morena.

-¿Si, Miss Swan? ¿Olvidó dónde queda el baño? –Se burló.

-¿Nunca te cansas de pelearme?

-Jamás – La sonrisa bailaba en sus labios cuando respondió.

-¿Ni aunque te haya dado el mejor orgasmo de tu vida?

-Oh, por favor, Miss Swan ¿No será mucho? – Inquirió entre risas y con su característica ceja alzada.

La rubia fingió ofenderse y al querer levantarse sintió como la mano de Regina le agarraba la muñeca y la tiraba encima suyo nuevamente.

-Siempre tan susceptible, Señorita Swan… - Susurro sobre sus labios y antes de permitirle responder, deslizó su lengua para lamerle el labio inferior y mordisquearlo despacio. Las manos volvieron a pasear por sus cuerpos y el calor ascendió rápidamente, igual que Swancito. Sus labios parecían conocerse de toda la vida a juzgar por la danza fluida que estaban marcando en esos momentos.

-Lamento interrumpir pero Swancito se está poniendo difícil – La rubia estaba acalorada y sintiendo los acostumbrados pinchazos en su miembro.

Como respuesta Regina tiró su pelvis hacia arriba, haciendo chocar su sexo contra el miembro duro de la rubia, enviando un montón de descargas eléctricas al cuerpo de la otra mujer y al suyo propio.

-Eso es tan de Reina Malvada… -Gruñó Emma sin poder resistirse a empezar nuevamente el suave vaivén de caderas.

-No sea niña, Miss Swan – Gimió en respuesta Regina, agarrando los brazos de la rubia para girar sus posiciones y dejarla debajo suyo. Se sentó a horcajadas, encima de la entrepierna de Emma y casi sintió desmayarse con el contacto tan directo en su sexo.

-¡Dios mío! – La voz de Emma sonó grave, quebrada y excitada, sus manos fueron enseguida a la cintura de la Reina, apretándola más fuerte contra sí al tiempo que alzaba su pelvis.

-Qué adorable Miss Swan, pero con decirme Regina es suficiente – Hubiese guiñado un ojo de esa forma en que sabía que volvía loca a la rubia… Si hubiese podido, pero sentirla de aquella forma estaba anulando su capacidad de raciocinio.

Emma volvió a gruñir, un poco por el comentario tan irritante de Regina y otro por la frustración de todavía estar llevando ropa encima.

-Vayamos a tu cuarto, por favor – Suplicó, clavando sus ojos en los oscuros de la alcaldesa.

Regina se mordió el labio, tentada y provocando a la rubia que le clavó las uñas en su piel, desconcentrándola ligeramente.

-Tenemos que hacer la cena y despertar a Henry, Miss Swan, me temo que sus deseos carnales deberán esperar.

-¿Mis deseos carnales? ¿Y los suyos? – Levantó su ceja, ofendida y divertida en partes iguales.

-¿Qué insinúa? Soy una reina, no tengo ese tipo de problemas – Sonrió con suficiencia.

La verde mirada de Emma se transformó en una ligeramente más oscura.

-Así que… ¿No tiene esos problemas, eh?

Tomando desprevenida a la morena, se enderezó y quedó sentada con Regina abrazándole la cintura con sus piernas. Deslizó sus manos por la espalda de la morena, llevándolas hacia delante para tomar sus pechos por debajo del sujetador. Los gemidos de ambas no se hicieron esperar. Regina echó la cabeza hacia atrás y Emma aprovechó para besar, lamer y morderle el cuello. Las manos acariciaban los pechos que a la rubia se le hacían perfectos y con lentitud empezó a pellizcar y jugar con los pezones de la morena, arrancándole gemidos más profundos, acompasados con los movimientos de sus pelvis. La rubia sentía como la otra le clavaba las uñas en su cuello y hombro, rasguñándola o tirándole del pelo según la desesperación que sintiera. Cuando la situación estaba a punto de descontrolarse por completo se alejó del cuello y del cuerpo de Regina, sentándola a un costado en el sillón y se levantó tan rápido como pudo, poniendo distancia porque no creía que su determinación fuese tan grande como para no caer bajo la oscura mirada de la mujer.

-Me alegra saber que no tiene problemas con los deseos carnales, Su Alteza, por mi parte pienso darme una larga ducha de agua fría – Le guiñó un ojo a una sorprendida y acalorada Regina y se dirigió escaleras arriba, no sin antes escuchar el gruñido de la morena.

-Oh, Miss Swan, esta me la va a pagar. ¿¡Cómo se atreve!?

Emma largó una carcajada, había valido la pena haberse quedado tan caliente sólo por observar a Regina tan sorprendida.

La ducha no fue tan larga como había presumido, para ser sinceros no quería pasar demasiado tiempo lejos de la morena, no ahora que era legal besarla, acariciarla y excitarla.

¿Cuánto tiempo estuve esperando por esto sin saberlo? Se preguntó, mientras terminaba de subirse el bóxer. A punto de pasar sus piernas por el jogging decidió que podía torturar un poco más a la alcaldesa y tras observar su imagen bajó tal como estaba.

Evidentemente a Regina no le gustaba perder, porque cuando Emma llegó a la cocina se la encontró de espaldas a ella con un camisón de seda negro y su cabello aún húmedo.

¿Cómo demonios lo hace? Le queda tan sexy que podría acabar sólo mirándola, se llevó las manos a la cara, exasperada. ¡Pero si parece salida de una revista! Por dios, Regina Mills sos mi perdición. Se acercó y rodeo con sus brazos el pequeño cuerpo de la morena, sobresaltándola.

-Perdón, no quise asustarte – Le susurró al oído, dejando un suave beso en su desnudo hombro.

-No pasa nada – Se dio vuelta entre sus brazos y se permitieron robarse unos cuantos besos – Hay que despertar a Henry, ¿Te ocupas de poner la mesa?

-Por supuesto – Le sonrió y se hizo a un costado para que pudiera salir, sintiéndose repentinamente observada por la morena que recién se había dado cuenta de la falta de ropa en su cuerpo.

-¿Acaso es exhibicionista, Miss Swan?

Su ceja alzada, su cicatriz del labio ¡Todo en ella grita sexy! Pensó Emma.

-Podría preguntarle lo mismo, Alcaldesa ¿Planea matarme presentándose así? – La devoró con la mirada, de arriba abajo y vuelta a empezar.

-Quizás… - Le guiñó un ojo y salió de la cocina contoneándose un poco más de lo necesario.

Henry apenas había abierto los ojos para engullir la comida, así que siguieron enviándose miradas cargadas de deseo y teniendo alguna banal conversación entre ellas. Emma había subido a acostar a su hijo cuando casi se atraganta por quedarse dormido masticando y ahora volvía a encontrarse frente a Regina, ligeramente nerviosa.

-Emma, me siento bastante cansada, fue un día intenso – Le sonrió, tomándole la mano y jugueteando con sus dedos - ¿Está bien si dormimos?

-Sí, la verdad es que yo también estoy muerta – Ahogó un bostezo, sintiéndose realmente cansada ahora que lo pensaba.

Una duda cruzó sus ojos y la morena fue consciente de ello.

-¿Qué pasa?

-Yo, bueno, me preguntaba si, quizás, tal vez…

-Sí, Emma, podemos dormir juntas pero tenés que irte por la mañana, aún me parece pronto para que Henry nos encuentre así.

Emma se sintió inmensamente feliz y le robó un beso a la alcaldesa, que rio al ver lo fácil que era contentar a la sheriff.

-Por supuesto, deberíamos hablar con él antes o saber qué demonios está pasando acá.

-El vocabulario, Miss Swan – La cortó Regina. divertida.

Emma le sacó la lengua y subió obedientemente detrás de la morena, siguiendo sus pasos hasta su habitación. Nunca había entrado y le pareció muy adecuada: azul y beige en las paredes, una enorme cama en el centro, una cómoda y poco más. Elegante como su dueña.

Se metieron bajo las sabanas como si hubieran hecho eso cada día de sus vidas, de hecho ni siquiera se habían cuestionado acerca de qué lado elegiría cada una, Regina tomó el derecho y Emma el izquierdo, por supuesto. La morena apagó la luz de su mesa y buscó el cuerpo de la rubia, aferrándose a su cintura, sintiendo como era abrazada al instante.

-Se siente bien ¿No? Correcto, natural, no sé – Emma hablaba dejando suaves caricias en el cuello de la Reina.

-Sí – Susurro Regina contra su hombro – Como si hubiéramos nacido para esto.

-Sí, eso mismo – Dejó un beso en su cabello.

Emma quería decirle muchas cosas pero no se animaba, no aún. Se conformó con estrechar el abrazo y desearle buenas noches.

-¿Miss Swan? – Habló de nuevo Regina tras unos minutos.

-¿Sí?

-No puede ni siquiera hacerse una idea de lo sexy que se ve con esos bóxer – Confesó, sintiendo el pecho de la rubia agitarse cuando rio.

-Oh, querida alcaldesa, usted sí que no tiene idea de lo endemoniadamente sexy que se ve… Siempre.

La mañana siguiente llegó demasiado pronto para Regina, que se despertó de pura casualidad y escuchó a su hijo caminar hacia su habitación. Sonrió adormecida hasta que tomó conciencia de que el cuerpo que estaba rodeándola no era otro que el de Emma Swan. Abrió los ojos de golpe, Henry tomando el picaporte y girándolo. No tuvo demasiado tiempo para pensar, tiró a la rubia de la cama justo a tiempo para cuando su hijo asomó su cabeza en la habitación.

-¿Mami?

Emma abrió sus ojos sobresaltada por el fuerte golpe que se había dado, no entendía dónde estaba y menos qué hacía en el piso.

-Buen día cariño.

Escuchó la suave voz de la alcaldesa y lentamente las piezas se acomodaron. Gruñó mentalmente. ¿Había vuelto a la adolescencia que la echaban de la cama a patadas? Se ocultó debajo para que Henry no la viera y espero pacientemente hasta que salieron de la habitación. Si hubiera sabido lo que iba a encontrarse cuando bajara, quizás habría decidido quedarse entre las sabanas todo el día.

El aroma a café y tostadas la llevaba directamente a la cocina, donde escuchaba las dos voces de siempre y una tercera que no acertaba a ponerle cara. ¿Había sonado el timbre? ¿Quién podría ser tan temprano y en aquel remoto lugar? Se encogió de hombros, estaba a pocos metros de descubrirlo, sin embargo toda la tranquilidad desapareció de su rostro cuando se asomó a la cocina y se chocó con la imagen de una sonriente Regina entre los brazos de otra mujer.

¿Quién demonios sos y qué haces con Mi Reina? Ladró su mente, su cara se había transformado automáticamente. No había ni rastro de la sonrisa que antes adornaba su rostro.

-Buen día ma, tenemos visitas – Le habló su hijo, que parecía que era el único que había notado su presencia.

Las dos mujeres se giraron hacia la entrada de la cocina y descubrieron a la rubia con cara de muy pocos amigos. Contados amigos. Ningún amigo. Regina quiso separarse de los brazos que la rodeaban, pero estos sólo se estrecharon aún más, enviando una invisible patada en el estómago para Emma, que tuvo que contenerse para no saltarle a la yugular a aquella mujer.

-Emma, te presento a Maléfica – Habló Regina, logrando finalmente deshacerse del abrazo y recuperar su espacio personal, para satisfacción de la sheriff – Maléfica, ella es Emma, la otra madre de Henry.

¿LA OTRA MADRE DE HENRY? ¿EN SERIO REGINA? Gritó la mente de la rubia, que seguía quieta en su sitio y sin mover ni una facción de su rostro. Sus ojos aniquilando a la amiga de su compañera. Me cago en todo, ahora soy la otra madre de Henry ¿No? Ahora que viene tu amiguita a reconquistarte soy ¡Nada más ni nada menos que LA OTRA MADRE DE HENRY!

-¿Miss Swan? – Llamó Regina, que tenía una expresión de desconcierto total.

-Buenos días, querida – Le habló Maléfica – Por lo que escuché de vos creí que ibas a ser un poco más simpática – Levantó una de sus cejas.

-¡Maléfica! – Se alteró Regina, mirando mal a su amiga y empezando a preocuparse por la falta de palabras de la rubia.

-Lamento decepcionarla, no soy para nada simpática – Habló al fin – Al menos no con la gente que no me interesa.

-¡Emma! – Volvió a alterarse Regina. ¿Qué diablos estaba pasando ahí?

Maléfica rio por la contestación de la rubia y se giró hacia su amiga.

-Me gusta, tiene carácter – Le guiñó un ojo que revolvió las tripas de Emma.

-Puedo escucharte – Su voz era fría, casi como la mejor imitación de la Reina Malvada.

La mujer se acercó hasta quedar frente a la rubia, eran de la misma altura pero a Emma le pareció que la otra era más imponente. Más perversa, más misteriosa, más hermosa. Regina se olvidará de mí en un segundo. ¿Justo ahora tenías que aparecer?

-Relajate, querida, no voy a robarte nada – Susurró sólo para que ella pudiera escucharla, clavando sus ojos en los suyos – Salvo que ella quiera, claro – Le guiñó un ojo y se alejó nuevamente, dejando a la rubia con tanta bronca dentro de su cuerpo que sólo atinó a irse de la cocina y de la casa, pegando un sonoro portazo.

Emma no sabía cuánto tiempo había estado corriendo pero a juzgar por su estado físico diría que el suficiente como para llegar a agotarse. Y ella nunca se cansaba. Se dobló en dos y apoyó sus manos en sus rodillas, dejando caer su cabeza hacia delante y empezando a llorar de un instante al otro. ¿Qué demonios le había pasado ahí dentro? Ella nunca reaccionaba así, jamás en sus treinta y dos años de vida había tenido tal ataque de… Celos. Se dejó caer en el césped, derrotada. Regina iba a matarla, estaba segura de eso. Prácticamente se había comportado como una autentica loca delante de su amiga, amante o lo que fuera. Suspiró, secándose las lágrimas con bronca. Ella se había despertado en la cama de Regina, ella la había besado y a ella Regina le había confesado que la hacía feliz. ¿Cuál había sido su maldito problema para reaccionar de esa manera? No se consideraba una persona insegura ni posesiva. Y a parte, la morena podía hacer lo que quisiera.

Apoyó su espalda en el suelo y se permitió tranquilizarse. Por nada del mundo volvería a aquella casa enojada o con rastros de haber llorado, ya bastante humillante era toda la situación.

Su panza gruñó y le recordó que no había ingerido nada. Mala idea decidir alejarse corriendo de la casa y gastar así las pocas energías que tenía. Decidió volver lentamente, disfrutando de aquel camino que antes no había transitado. Se sorprendió de la cantidad de flores silvestres que había, de todos los colores, ahora que no estaba cegada por la ira podía apreciar la belleza que tenía a su alrededor y deseó poder estar en compañía de la morena. La próxima vez le diría de hacer ahí mismo el picnic, seguro a Henry le encantaba tener tantas plantes para clasificar. Sonrió al pensar en su familia y se sintió finalmente en calma. Nadie podía arrebatarle nada, pero por las dudas, ella no lo iba ni a permitir. No pensaba volver a crear una fisura por la que cualquier sabandija pudiera meterse. Escogió las flores que más bellas le parecían e improvisó un ramo para Regina, aunque se iba a morir de vergüenza cuando tuviera que dárselo.

Cuando se quiso dar cuenta, se encontraba en el porche de la casa y antes de poder hacer nada, la puerta se abrió revelando a Regina y compañía que parecían salir dispuestos a disfrutar del día.

-¡Ma, volviste! ¿Dónde estabas? – Cuestionó Henry que se acercó a ella para abrazarla. La rubia lo envolvió entre sus brazos y aprovechó para despeinarlo cariñosamente.

-Salí a correr, chico – Se excusó, esquivando la ceja alzada de Maléfica. Regina ni siquiera la miraba.

-Henry ¿Te parece si nos adelantamos? – La mujer dio varios pasos para alejarse y dejarles intimidad a las otras dos, seguida del niño que se puso rápidamente a su lado.

La rubia se acercó, insegura. Regina tenía los brazos cruzados y se esforzaba por mirar a cualquier lado menos a ella.

-Lo siento.

Silencio.

-Te traje flores – Intentó.

Más silencio. Ni una mirada.

-Regina…

-No, Emma, ni lo intentes – La rubia se sorprendió, la voz de la morena sonaba quebrada, como si fuese a llorar de un momento a otro – Ni siquiera intentes excusarte porque no tenés excusa para comportarte así. ¿Quién te crees que sos? ¿Qué se te pasó por la cabeza para hablarle así a la que es mi única amiga desde hace siglos? – La miró y Emma hubiese preferido que nunca esos ojos se hubiesen dirigido a su cara, no con tanto dolor en ellos.

-Perdón, ¿Está bien? Tuve celos. ¡Un camión entero de celos! Mi cabeza se nubló cuando entré y te vi feliz entre sus brazos – Su mirada se cristalizó e intentó con todas sus fuerzas no volver a llorar. Se quedaron en silencio, tratando de recomponerse – No es una excusa, sé que no tengo excusa, pero sentí miedo. Miedo a perderte, a perderlos.

La rubia tenía una expresión de derrota en toda la cara. En todo el cuerpo, sus brazos caían a sus costados, colgando. La mirada de Regina se suavizó, pero no descruzó sus brazos. Después de un eterno silencio, la rodeó a Emma en un apretado abrazo.

-No vuelvas a dejarme nunca más, ¿Escuchaste? – Le demandó Regina, apretándola más contra su cuerpo.

-Lo siento, lo siento, lo siento – Repetía – No pienso dejarte nunca más en la vida – Se alejó lo suficiente para poder decir aquello mirándola a los ojos.

Se sonrieron y lentamente se fueron acercando hasta que sus bocas volvieron a tocarse. Nada más importó, todo el mundo quedaba al margen de aquel beso. Sólo ellas y ese amor que cada vez tomaba más de sus cuerpos y de sus almas, llenándolas al completo.

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Decidí bajar un poco el fuego antes de quedarme sin lectores jajaj pero no se preocupen que no van a tardar mucho en volver al ruedo! Me encanta el personaje de Maléfica así que creo que vamos a divertirnos un poco con su presencia.. Por lo pronto ya sacó lágrimas de nuestra salvadora. Amo sus comentarios y que sientan tanto la historia, gracias por eso! Nos leemos :)