Decidiendo que ya no podría volver a dormir abandonó la cama y deseó poder darse una larga ducha de agua caliente. Aún tenía el aroma de Regina en su piel por lo que terminó desechando la idea del baño, quería conservarla un poco más. Se vistió nuevamente con aquel atuendo tan surrealista, por momentos se sentía en una gran fiesta infantil y tenía que recordarse todo lo que había descubierto desde que Henry le tocara la puerta en su cumpleaños número veintiocho, sin embargo a veces creía que simplemente se había vuelto loca y estaba encerrada en un manicomio viviendo un mundo paralelo creado por su cabeza. Se rio ante tal imagen mientras se observaba en el espejo y asintió, no le quedaba nada mal vestir de príncipe, podría acostumbrarse.

Paseó por el desierto castillo y reflexionó acerca de cuántas personas vivirían allí. Nunca había un sonido de más, siquiera se cruzaba con alguien. Cuando llegó al comedor se encontró con un desayuno enorme, esta vez sólo preparado para ella e irremediablemente la tristeza y preocupación se anudaron en su interior. Estaba a punto de retirarse cuando descubrió a la misma mujer que ayer les llevó la noticia de la partida de Maléfica y Aurora.

-¿Hola? – La llamó, entre dudosa y contenta de ver otro ser humano.

-Buen día Princesa Emma – Saludó cortésmente la joven, haciendo una delicada reverencia.

La rubia sonrió sin poder evitarlo, le eran graciosas esas maneras. Se fijó en la chica que no aparentaba más de veinte años, su cabello era lacio y moreno y lo llevaba trenzado. Tenía unos ojos muy vivos, su mirada le recordó a Ruby y por instante también extrañó a la loba.

-Buenos días… -Esperó por el nombre.

-Oh, lo siento – Un ligero rubor cubrió sus mejillas – Me llamo Francisca.

-Un gusto, Francisca – Le sonrió - ¿Vos hiciste mi desayuno?

-Sólo lo serví, Princesa Emma, la cocinera es quien hace los desayunos. Mi madre. –Respondió, con sus manos detrás de su cuerpo, ligeramente nerviosa.

-Bien, decile que estuvo increíble todo lo que probé ayer pero hoy no estoy con apetito.

-Le diré – Hizo una reverencia y se volvió para marcharse, sin embargo a último momento regresó – Si me permite, le recomiendo visitar el jardín interno y quizás le devuelva el apetito, es un lugar hermoso.

La rubia lo meditó, no perdía nada y tenía mucho tiempo por delante.

-Sí, puede ser. ¿Dónde queda? – Preguntó.

-Sígame, por favor.

Emma le hizo caso y tras cruzar varios pasillos llegaron a una habitación acristalada, llena de plantas florecidas, estanterías con libros, un cómodo sillón y una mesa baja. Desde allí, podía contemplar el inmenso jardín que se extendía tras las ventanas. Realmente era un espacio que revitalizaba. El aroma a jazmín predominaba, despertando todos sus sentidos, los rayos del sol que se filtraban calentaron rápidamente su cuerpo y se sintió un poco mejor. Cerró los ojos e inspiró profundamente, largando el aire con lentitud. Luego se volvió hacia Francisca que esperaba pacientemente detrás suyo.

-Muchas gracias, realmente es un lugar precioso. ¿Te puedo pedir una chocolatada caliente y algunas tortitas? – Ahora se sentía hambrienta. Observó la pícara sonrisa que la joven no pudo ocultar y le correspondió.

-Enseguida, Princesa – Y se marchó.

Emma paseó por el lugar acariciando alguna flor, inclinándose para llenarse con su aroma o leyendo los títulos de los libros. Después, tomó asiento en el sillón que le permitía observar el día espléndido que hacía fuera. La joven Francisca volvió con el pedido y le indicó dónde encontrarla si necesitaba algo más.

Sola con sus pensamientos, recapituló los últimos cambios en su vida. Primero un pene, después la felicidad, pensó divertida. Se acarició su entrepierna, como una comprobación de haber vuelto a la normalidad. Bendito hechizo mal hecho, analizó, gracias a eso ahora disfrutaba del amor con su alcaldesa favorita. Quizás era apresurado, pero ya no se imaginaba sin Regina, le gustaba la familia que habían formado, ellas dos y Henry. Incluso con sus padres y no pudo evitar reírse al imaginar la reacción de los mismos cuando se enteraran la nueva relación amorosa que tenía. La vida tenía un sentido del humor irónico.

Recordó la última vez que hicieron el amor con Regina y la conexión tan fuerte que sintió. Algo en su pecho se agitó, y volvió a sentir una felicidad inmensa que aún no entendía a qué se debía, era como si hubiera algo más. Resopló confundida. Tomó el primer sorbo de su chocolatada y tuvo una idea brillante: Para evitar preocuparse iría al castillo de Regina e intentaría arreglarlo, incluso podría pedirle ayuda a Francisca. Sonrió decidida y se permitió disfrutar de su desayuno analizando ya cada cambio que haría en el castillo.

Tres días habían pasado desde que tomó la decisión de remodelar el antiguo hogar de la ex Reina Malvada. Habían trabajado mucho con la joven que sin dudarlo se unió en la aventura. La mayor parte del día la pasaban allí, alimentándose con la comida que les preparaba la madre de ella. Habían avanzado muchísimo, de hecho, ya casi estaban terminando. Ayudaba, claro, que Emma utilizara magia. La preocupación por la ausencia de Regina aumentaba a pasos agigantados, tanto así que por momentos se sentía asfixiada. La odiaba por haberla abandonado y la amaba de nuevo ante el sólo pensamiento de poder perderla. Cuando volviera, tendrían una muy seria conversación sobre tomar decisiones de ese estilo sin dejarla emitir opinión. Sin embargo, Francisca la había ayudado mucho a distraerse, era una chica con una inmensa imaginación y curiosidad por todo, le encantaba hablar de sus sueños o que le contara historias acerca del cambio de la ex Reina.

-¿Entonces están enamoradas? ¿Cómo Maléfica y Aurora? – Preguntaba, en una de esas pausas para comer.

-Sí, supongo que lo estamos. Al menos, yo lo estoy – Una sonrisa boba se había hecho lugar en su cara.

-¡Qué romántica, Princesa Emma! – Se burló Francisca, que ya había entrado en confianza.

La rubia rio y le lanzó un trapo que tenía cerca, iniciando una pelea entre risas que fue cortada por un tono áspero e inconfundible.

-¿Se puede saber qué demonios pasa acá? – Cuestionó Regina, apareciendo en el salón con cara de cansada y un magnifico vestido sucio.

Las mujeres se quedaron estáticas. Francisca aterrada al ver las facciones serias de la ex Reina y Emma por no poder creer lo que sus ojos estaban viendo. Poco tiempo le faltó para borrar toda distancia y tomarla entre sus brazos en un abrazo eterno y necesitado.

-Por favor, no te vuelvas a ir – Susurró en su oído, sintiendo como la morena estrechaba el abrazo y acomodaba su cabeza en su cuello, aspirando su perfume.

-Te extrañé tanto, Emma – Murmuró, repentinamente en paz al estar en contacto con el cuerpo de su amada – No te puedes siquiera imaginar.

Se separaron lo justo para poder fundirse en un beso lento, de reconocimiento. Nunca les habían parecido tan cálidos unos labios como en ese momento.

-¿Acaso me cambiaste por una niña? – Habló entre besos, con una sonrisa divertida.

-¡Por favor, podría ser mi hermana menor! – Le mordió el labio inferior, deleitándose con la maravillosa turgente boca de su amada - ¿Estás bien? ¿Por qué tardaste tanto? ¿Qué pasó? – De pronto, todas las preguntas volvieron a su conciencia, pasada la sorpresa inicial. Se separó, recordando el miedo que la había invadido esos días - ¿Sabes lo horrible que fue tu ausencia?

Regina observó la mirada rota de Emma y se sintió profundamente culpable. Tomó su mano y acercó sus cuerpos nuevamente.

-Perdón, cielo. Creí que iba a ser mucho más rápido pero la situación no fue fácil. Hubo pelea, fuego, drama familiar y llanto. Tenían a Male encerrada y herida – Su voz sonó débil, recordando a su amiga en ese estado – Tuve que hacer mi mejor actuación de Reina Malvada y aun así, el Rey Stefán, fue duro de roer – Suspiró – Pero ya está, volví con las dos y siguen planeando la boda – Sonrió – El Rey no quedó muy conforme pero era eso o entrar en guerra.

La rubia asintió, imaginando todo lo ocurrido. Tomó el rostro de Regina y la llenó de besos, sintiendo la sonrisa que se formaba en ella.

-Te amo pero no vuelvas a dejarme sola ¿Ok? La próxima voy con vos, a donde sea – Emma repentinamente recordó a Francisca, que estaba todavía asustada, en un rincón. Se giró hacia ella y la llamó – No tengas miedo, es más buena que Lasie.

-¿Quién es Lasie? ¿Un Rey? – Preguntó la joven confundida.

-Olvidalo – Rio sola – Ella es la chica que me ayudó a reconstruir tu castillo y que en verdad te adora – Le guiñó un ojo a la morena que miraba a la chica seria.

-Un gusto, Francisca – Una magnifica sonrisa apareció en su rostro – Gracias por ayudar a mi novia, prometo recompensarte. Por lo que pude ver, hicieron un trabajo increíble – Giró sobre sus talones, observando a su alrededor.

-De nada, Reina Regina – La chica las miraba embelesada.

-Si nos permites, estoy agotada y quisiera pasar el resto del día con mi chica. ¿Te parece bien, jovencita?

-Por supuesto, no tiene que preguntar – Respondió cortésmente.

-Ahora te habla así, pero esperá a que entre en confianza, ya verás – Se burló Emma, sacándole la lengua a la menor.

-Dejala tranquila, cielo – La defendió Regina.

-¿Ahora estás de su lado? ¡Si hace cinco minutos te temía! – Emma se cruzó de brazos, simulando estar ofendida.

La morena la abrazó rodeando su cintura y la atrajo contra sí, llenando de besos su cuello y sus mejillas.

-Qué son esos berrinches, Señorita Swan – Habló entre beso y beso. De fondo, escucharon una risa tímida – Hora de volver a casa, no sea que se termine pervirtiendo esta criatura – Señaló a la joven.

Caminaban juntas por el pasillo cuando unos suaves gemidos llamaron su atención. La puerta de la biblioteca estaba entreabierta y Emma se acercó allí antes de que la morena pudiera hacer algo por detenerla.

-Ven – Le susurró, atónita ante lo que estaba viendo. Regina se acercó a regañadientes, con intención de llevarse a la rubia de ahí, sin embargo cuando divisó la escena no pudo evitar quedar prendada. Maléfica estaba sentada sobre un sillón de cuero negro, con una de sus piernas apoyada en el reposabrazos. Su única vestimenta eran unas medias de red hasta las rodillas, a juego con unas ligas. Unos tacos negros estilizaban sus pies. Aurora estaba desnuda, con las manos atadas en su espalda y un collar en su cuello del cual Maléfica tiraba delicadamente, acercándola. La princesa arrodillada observaba con devoción el sexo que tenía en frente, abierto y húmedo para ella.

-Ah ah, aún no, pequeña – Habló la mujer mayor, sintiendo una corriente eléctrica recorrerla al ver como su novia se mordía el labio inferior, deseosa. Volvió a dar un tirón a la cadena, un paso más cerca. Sentía su clítoris hinchado y palpitante y sabía que Aurora podía verlo. La acercó un poco más, la joven se inclinó para llegar a su sexo y antes de que pudiera rozarlo, un gemido que no provenía de ellas las desconcentró.

Atrapadas, pensó Emma.

-Bienvenidas a la fiesta, ¿Quieren entrar? – Invitó Maléfica. Aurora quiso gruñir, había estado tan cerca de conseguirlo, pensó, sin embargo la idea de tener público la excitaba aún más.

-Observaremos desde acá, si no les molesta - Regina respondió por ambas, sorprendiendo a Emma. Su voz sonó ronca y dominante.

-Para nada, querida – Respondió la Reina.

-Veo que no perdiste las costumbres – Acotó la morena, divertida.

-¿Acaso tu sí? – Cuestionó Maléfica, vislumbrando el deseo en los ojos de ambas mujeres, ocultas parcialmente tras la puerta.

-La verdad es que sí, tenía otras cosas de las que ocuparme – Se encogió de hombros – Adelante, continúen – Animó.

Regina se acercó un poco más a la espalda de Emma y la tomó por la cintura, posesivamente. La rubia no pudo evitar inclinarse ligeramente hasta sentir que su cola rozaba la entrepierna de su novia. Se estremecieron. En la habitación, Maléfica seguía jugando con Aurora que cada vez estaba más desesperada por poder lamerla. La ex reina malvada se frotó en círculos contra Emma, sintiendo como a ésta se le aceleraba la respiración cada vez más. Deslizó una de sus manos a través del pantalón hasta sentir la humedad entre sus dedos. Aurora estaba a punto de tocar el clítoris de su amada con la punta de su lengua, y como si estuviera imitándola, Regina rodeo el pequeño botón hinchado que tenía entre sus dedos. Los gemidos se confundieron. Siguió frotando en círculos, cada tanto lo tomaba entre dos de sus dedos o bajaba para penetrarla. Emma sentía que sus rodillas empezaban a fallar, no podía dejar de mirar como la princesa le hacía sexo oral a Maléfica, con tanta devoción que parecía su plato preferido y se estaba volviendo loca con las atenciones de Regina, que era la primera vez que la tocaba con sus genitales reales. Y lo hacía de maravilla.

-Regina – Llamó Emma mientras terminaba de ponerse la ropa con la que habían llegado al bosque encantado.

-¿Si?

-¿Qué pasará cuando regresemos?

La morena se acercó hasta ella y dejó un suave beso sobre sus labios, entendiendo completamente sus temores.

-No lo sé, Emma, pero quiero que lo descubramos juntas. Aparte… - Dudó-

-¿Qué? ¿Qué pasa? – La rubia observó con muchísima atención todo el rostro de su amada, su sexto sentido alarmado.

Regina sencillamente le mostró la sonrisa más esplendida que jamás le hubiera visto y llevó una de sus manos al propio vientre. Ella la miraba aún desconcertada, sus neuronas trabajando a toda marcha intentando comprender.

-Estamos embarazadas, cielo.

Emma boqueo como un pez fuera del agua, intentó hablar, gritar o comunicarse de alguna manera, más lo único que le salió fueron dos lágrimas que cayeron lentamente y asustaron a la Reina. Sentía un mar de revoluciones dentro suyo, desconcierto, alegría, confusión, miedo, pero sobre todo felicidad. Lo sabía, lo había sentido hacía días acostada en la cama con la morena, lo sentía en su pecho como si en su corazón se hubiera hecho un lugarcito alguien más. Ahora entendía, pensó, mientras más lágrimas caían. Besó con delicadeza, amor y pasión a Regina, se fundieron en un abrazo conocido y sintió sus magias revolotear juntas, entrelazarse. Ambas habían tenido vidas difíciles, solitarias y con mucho sufrimiento, ahora el universo les devolvía con creces.

Sonrió entre besos al imaginar todo lo que vendría: sus padres irritados, Henry feliz, Regina con panza y ella cumpliéndole los antojos a cualquier hora de la madrugada. Las hormonas descontroladas y el sexo desenfrenado. Un bebé, una nueva vida entre ellos, una criatura que sería la más mimada de todo Storybrooke. Las discusiones familiares, las cenas familiares, las tartas de manzana y las pujas que nunca cesarían entre Mary y Regina. Todo su mundo iba a cambiar, pero ella… Ella había encontrado su hogar, uno con nombre y apellido: Regina Mills.

Fin

Gracias a todxs lxs que siguieron la historia, que aún hoy me llegan notificaciones, comentarios de que siga, etc. La verdad me desconecté hace rato de esta historia pero no quería dejarla inconclusa. Quienes también escriben por Destindas, me encantaría seguirla, quizás quizás lo haga. En fin, gracias, espero que la hayan disfrutado y perdón si el final es un poco abrupto, nos leemos J