A pesar de tanto sol y calor, los días siguientes fueron grises. Kagura iba temprano al trabajo y volvía tarde del mismo, no le culpo, su co-elenco son principiantes y se equivocan mucho. Para eso también le habían contratado, para que ayudara a los nuevos. He ido un par de veces a su trabajo, es muy buena debo admitirlo y no porque sea mi pareja, porque en realidad nunca he visto alguno de sus doramas o alguna película suya. No me interesa ver como la emparejan con otros u otras. Sencillamente no encajo en el mundo del espectáculo, lo mío es estar en un consultorio atendiendo a mis pacientes.
Me he estado sintiendo tan... vacío. No es que me sienta así por su trabajo, pero... a quien engaño, sí es por eso. No me molestaría si yo también estuviera haciendo algo, pero en estas tres semanas ya he conocido todos los rincones que antes no habíamos podido recorrer, porque siempre nos quedábamos encerrados en esta misma habitación para explorar otro tipo de lugares. Pero eso fue hace un tiempo, cuando no teníamos un trabajo que amaramos tanto.
Trabajo, trabajo, trabajo. Siempre es por culpa del maldito trabajo. Una monotonía que nos está destruyendo, pero que solemos salir de ella. ¿Qué pasará el día en que ya no haya una solución viable?
Suspiré con pesadez.
Escuché la puerta abrirse y luego cerrarse de la misma manera, con cautela para no despertarme. Son alrededor de las dos de la mañana, o eso creo, hace un buen rato no veo la hora, pero eso ya no es horario de trabajo para un comercial. Caminé hasta la pared que daba frente a la sala y me recosté sobre ella con brazos cruzados, estaba desalineada y un poco despeinada también, hasta aquí podía oler la esencia del alcohol.
—¡Oh! —exclamó, había dado un pequeño salto hacia atrás con la mano en el pecho—, me has asustado.
—Esa debería ser mi línea, son las —miré mi reloj, en realidad serían las tres de la mañana—... ¡Casi las tres de la mañana, Nara!
—Vamos, Taisho —dijo con un tono despreocupado—. No es para tanto.
—No me has llamado —contrarresté, no se iba a caer un pedazo del cielo por ello.
—No necesito de tu consentimiento para llegar a estas horas —contestó en un tono irritado, había enarcado la mirada hacia mí, como si me estuviera reprochando algo lógico.
—No dije que fuera para dar mi consentimiento. Estaba esperándote, no sabes cuánto me preocupé.
—Lo siento —llevó su mano derecha hasta su frente y echó, su ahora largos, mechones oscuros hacia atrás antes de acercarse a mí.
Relajé mis brazos y los dejé caer a mis costados, ella se acercó y me sostuvo de las caderas mientras nuestras miradas pedían perdón una, otra vez y otra vez. Ella por no darme tiempo y yo no por no exigirlo, y viceversa. A final de cuentas, sólo eran disculpas por no dedicarnos tiempo el uno al otro, por pensar en nuestro trabajos primero, teniendo una mala jerarquía de prioridades en nuestras vidas. Presionó ambos pulgares sobre mi marcados huesos pélvicos, no es que estuviera en los huesos pero al ser tan delgado y alto algunos huesos destacan sobre la piel, hacía aquel gesto para pedir permiso y besarme. Habíamos tenido una pequeña confrontación de ideas y esa era su señal para pedir paz, yo sonreí consintiendo el acto.
Sus labios rozaron los míos con tanta suavidad que sentí mi corazón alocarse y un pequeño calor en mi estómago, como si fuera la primera vez que también introduciera su lengua en mi boca, pero no era la acción, sino como lo hacía. Acaricié sus brazos que seguían en la misma posición, subí y subí, hasta que mis codos ya estaban sobre sus hombros y mis dedos enredándose con sus cabellos. Sus labios sabían a alcohol del puro y caro, es una excelente bebedora y eso me alegra en ocasiones. Nos separamos y sonreí una vez más.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó mientras repartía pequeños y dulces besos en mi cuello.
—Que tú estás en tus sentidos a pesar de haber tomado una generosa cantidad, pero yo ya me estoy mareando de apenas probarlo —dije entre risas, de verdad empezaba a marearme. Aflojé más el cuerpo y me recosté sobre ella, ambos brazos cayeron y mi frente estaba apoyada contra su hombro— Realmente te extrañé tanto, me sentía solo.
Sus brazos me rodearon en una especie de abrazo, en el cual con una mano me acariciaba la nuca y con la otra hacía lo mismo en mi espalda. Como me gustaría que las cosas fueran tan sencillas como preguntar el precio de algo, porque el dinero crea conexiones pero no relaciones, al contrario, las separa. Las personas le ponemos condiciones o precio a nuestros sueños y sentimientos, pero lo peor es que hay gente que acepta y paga por ello para estar con nosotros, pero cuando no hay dinero que valga se ven en apuros.
Terminamos en la cama, desnudos y abrazados, no tuvimos ningún contacto profundo. El sexo tampoco llena un espacio en el corazón, sólo deja una fatiga física que te hace olvidar tus problemas por unos momentos, esa tampoco era la respuesta. Me encontraba con la cabeza apoyada en su brazo izquierdo y con los dedos de su mano derecha ella dibujaba los rasgos de mi rostro: el arco en mis cejas, las pequeñas arrugas en mis párpados, la redondez de mi nariz, muriendo su contacto en la comisura de mis labios, donde una vez más depositó pequeños besos y yo aceptaba con gusto.
Esto es lo que realmente llena a alguien: estar lleno de afecto y sentirse querido, o hasta quizás amado, por alguien. Esa es la clase de sentimiento que todos necesitan un mal día. Ni dinero, ni el sexo pueden llenar los espacios vacíos en una persona, quizás piensen que sí, pero luego se dan cuenta de que era efímero, más de lo que hubieran imaginado. A veces, ni siquiera pueden sentir la sensación de plenitud al hacerlo: personas que terminan llorando luego de haber tenido algún encuentro íntimo para confortarse o sintiéndose tontos por tratar de compensar sus espacios vacíos con cosas materiales.
—Oye, Sesshomaru —dijo para llamar mi atención—. Al menos merezco una explicación.
Luego de que rechazara su propuesta, ambos subimos a nuestra habitación y no comentamos al respecto. Sólo hablamos de sus proyectos aquí, en China, y vimos varias películas en la gran tv de la sala. Al caer la noche nos fuimos a la cama por separado, yo me acosté temprano y ella... no lo sé, para ser sinceros.
—La verdad es que ninguno está dispuesto a dejar el trabajo que ama por el otro —comenté, enredándome más a su cuerpo y sintiendo como sus pulmones exhalaban e inhalaban el aire una vez más—. Casarnos sólo sería poner una etiqueta más formal al poco tiempo que podemos disfrutar juntos y para llegar a esa etiqueta formal uno de nosotros deberá renunciar a su gran amor, pero claro, ninguno está dispuesto a eso
—¿Qué tendría de malo empezar de nuevo? —preguntó con una voz tan calmada que empezaba a darme sueño.
—Para ti es fácil decirlo, además de tu lengua materna también hablas chino e inglés —suspiré con pesadez, tratando de evitar quedarme dormido, pero las suaves manos de mi novia no son de mucho apoyo que digamos—. Yo apenas hablo japonés, y lo hago de manera inapropiada de todas maneras.
—La mayor parte es por tu trabajo, ¿cierto? —asentí cerrando los ojos.
—No sé hacer otra cosa que no sea cuidar de mis pacientes, ellos me necesitan.
Y yo a ellos, pensé mientras imágenes de mi pequeña adulta dibujando y jugando aparecían en el inicio de mis sueños. Sin más que agregar, me quedé dormido. Mi "yo" de ensueño se había agachado junto a Rin para dibujar y ella me había brindado una amplia sonrisa.
