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Con cada exhalación siento que una parte de mi espíritu me abandona, me hace sentir menos, me reprime. Exprime cada sensación posible y las expone. Me duele. El cuerpo me pesa y siento los párpados más secos que nunca, un extraño ardor se instaura y se expande, quema todo a su paso, entre ellas: mis ganas de seguir escuchando.
El tic-tac del reloj me exaspera, marca las diez y cuarto.
Estaba listo para ponerme de pie y contestar el teléfono, incluso me había inclinado y apoyado las palmas sobre los reposabrazos, con esas mismas fuerzas me hundí en la silla de cuero negro. Permití que el mueble me arrastrase a los más profundo de el, que me aísla en pensamientos, cosa no muy difícil cuando se cuenta con una sordera transitoria que impide escuchar los detalles importantes de la discusión.
De la nada, todo se volvió mudo, sepia, turbio... y juro que puedo ver que todos a mi alrededor moverse en cámara lenta, es borroso y caótico, sí, ese es el sinónimo adecuado para todo esto: caótico.
Cuatro paredes han aparecido de la nada, son grises, o eso al menos aparentan, y están agrietadas. Están repletas de espejos, todos de diferentes tamaños y formas; sin importar donde mire, sólo veo a mi mismo reflejado. También hay pequeños marcos con fotografías, todas son personas con algún recuerdo en mi vida. Son las paredes de lo que solía ser mi casa cuando era más joven.
Una música suave empieza a sonar, ¿violín? Va en aumento, me cubro los oídos de un momento a otro, pero no es suficiente, sigo escuchando a la perfección. ¡Alguien deténgalo! Me hiere los oídos, las escalas de la melodía son muy agudas, duelen como la inserción de agujas en los mismos. Vuelve a bajar y sube una vez más, sigue un patrón irregular, miro al frente y laterales en la búsqueda su lugar de origen, pero al girar me encuentro con una sorpresa: Yo mismo, la pared es más bien un sólo espejo, no como los otros muros.
—¿Quién eres? —Pregunté, sonará estúpido pues se trata de mi mismo, pero él no refleja mis acciones.
—Soy tú, ¿no es obvio? —Bufó. Antes de que siquiera tratase de acercarme a él, salió del espejo y caminó con pasos lentos hasta quedar frente a mí— Soy tu conciencia, Sesshomaru; soy el resultado de tus actos, soy lo que anhelas, lo que odias, tu reacción ante lo bueno y lo malo.
—¿Dónde estoy? —ignoré sus absurdas palabras, es imposible a menos que... —¿Cómo llegué aquí?
Rió, con algo de cinismo y naturalidad, pero se rió. No sé si de mí, de la situación, de lo que pienso o yo qué sé le causó tal gracia como para agarrarse el estómago mientras se ríe. Fruncí el ceño y él paró en seco, ladeó un poco la cabeza y todo rastro de su momentánea alegría se esfumó para dejar un Sesshomaru indiferente.
—Si soy TU conciencia, ¿dónde más estaríamos que no fuese tu cabeza? —Dijo con aburrimiento, como si fuese obvio que nuestro encuentro algún día fuese inminente— Tu empatía te causó un shock emocional, ello nos condujo aquí.
—¿Cómo?
—¿En serio soy tú? —Rió— Verás, tontito... mira hacia allá —señaló la pared donde estaba los montones de marcos.
Las imágenes se convirtieron en mudos vídeos, estaban todos en tercera persona. Mi infancia, mi adolescencia, mi juventud, yo. Todo de mí. Cada una de las situaciones que viví, las que he recordado en cada momento de mi vida y otras que no podría reconocer como recuerdos propios. Miré a mi otro yo, él sólo alzó los hombros e hizo una mueca despreocupada con los labios.
Un desierto, un cubo geométrico de cristal, una escalera de madera y una rosa blanca.
La arena es roja y brillante, áridos y solitarios vientos chocan contra las murallas traslúcidas en la que estoy encerrado. Mudez total, una vez más. Los vientos también azotan a la pequeña e indefensa rosa, ella se ondea sin esfuerzos y toca el suelo cada vez que una ráfaga así lo desea.
—Esta es la representación de tu subconsciente, por así decirlo. Aquí es donde sueles encerrarme. —Dijo él con tranquilidad. Tras ello, ha decidido sentarse en la arena y empezar a observar los alrededores—. Admito que ha cambiado mucho.
—¿Por qué? —Susurré.
—He tenido que suprimir muchos recuerdos, demasiados para ser exactos. —Él mueve sus pies hacia los lados, está apoyando todo su parte superior en los brazos y su mirada está perdida en el cielo tormentoso—. Editar lo que te hace daño y evitar que lo ocasiones otra vez. No olvidemos a Bergson:
«La conciencia retiene el pasado y anticipa el porvenir... porque está llamada a efectuar una elección: para elegir es preciso pensar lo que se podrá hacer y recordar las consecuencias ventajosas y nocivas de lo que se ha hecho ya; es preciso prever y recordar».
—Mucha redundancia, poca objetividad —desesperé, por mucho que dijese... es como si no articulase algo relevante, o más importante aún: algo coherente con su presencia o este espécimen de trance.
—¿Por qué mejor no sigues tus instintos? —comentó molesto y desapareció.
Me dejó solo y confundido, ¡a la mierda conmigo mismo!
Tomé la escalera y a pesar de que mis pies se queman, sigo subiéndola. Mis manos también están heridas, las siento como si estuvieran encalladas. Al llegar a la cúspide, toco la capa fina y empiezo a golpearla. Tres, cinco, siete golpes y nada, a pesar de la fuerza que empleo nada cambia.
—Por favor... —escucho en un susurro lastimero, está ahogado y contenido— ... ayúdame.
¡Oh, por... oh... DEMONIOS! ¡Es la voz de Rin que pide ayuda!
Empiezo a golpear con insistencia hasta que el vidrio se rompe, me aferro a la escalera e instintivamente esquivo la mirada. Las quemadas empiezan a sangrar y pequeños cristales se han incrustado, pero sigo en mi camino y me dirijo hasta el bordillo. No sé cómo demonios sucedió o quizás es cosa de perspectiva, pero el cubo no es tan alto y si salto... aparentemente no me haré daño.
Sin percatarme de algo más, estaba frente a la rosa. Carente de espinas, pobre de fortaleza y necesitada de apoyo. Le quedan pocos pétalos, parece temblar entre mis dedos e intento calmarla. Sigue chillando, el viento la ha maltratado.
—Esto es penoso —escuché a mi costado. Mi conciencia estaba agachado a mi lado, con los brazos sobre sus rodillas y su rostro descansando sobre estos—, ¿acaso no te importa estar vivo?
—Esto no es real, si me hago daño sólo volveré a la reunión como si nada.
—A veces en serio me pregunto cómo te graduaste —dijo con el ceño fruncido—. Deberías saber que estamos jugando con tu cerebro, morir aquí tiene tantas posibilidades como morir por un sueño: real.
—Sabes "Yo", me estás desesperando.
—Me gustaría llamarte de tantas maneras, pero a final de cuentas eres yo —masculló—. Analicemos este jodido lugar:
Desierto: los desiertos simbolizan la soledad y la desesperación. Escalera: por lo regular representan las personas en las cual te apoyas. Estábamos encerrados en un cubo de cristal: puede ser protección o algún impedimento. Una rosa blanca, sin espinas: es pureza e inocencia, quizás un niño.
—Vaya, eres inteligente —bufé, tomando notas. Él puso los ojos en blanco y se paró de golpe.
—Estás descalzo, es decir, omitiste la necesidad de protegerte con tal de seguir con tu "tarea" —escupió desentendido, él luce más desorientado que yo—, ¿qué buscas con todo esto? ¿qué pensaste cuando llegaste hasta aquí?
—Sigo confundido y no me das explicaciones. —Carraspeo.
—¡Me sacas de quicio, Sesshomaru! —vociferó— Sólo por si no lo has entendido: Tienes la gran desesperación por proteger a alguien que ni siquiera te estás dando cuenta de que estás hiriendo personas a tu alrededor y a ti mismo. ¡Fíjate! —señaló mis pies heridos y la escalera ensangrentada— ¿A quién deseas proteger con tanto interés? ¿A quién escuchaste siendo la rosa?
—Yo... y-yo... —titubeo confundido, esta vez comprendiendo lo que decía.
—Esa no es Rin, si es lo que intentas decir —susurró más calmado—. Eras tú. Tratas de curar en Rin lo que te hicieron una vez, ¡maldita sea! ¿cómo no lo notas?
Callé, no tengo que decir. Mejor dicho, ni me molesto en formularlo. Mi conciencia se muestra intranquila y enojada, le hecho pasar malos momentos.
—Sesshomaru, termina con este círculo vicioso —exhala cansado—, busca ayuda o yo... ¡No sé! ¡Haz algo! Esto no es saludable. Además, si quieres ayudarla, tendrás que ayudarte a ti mismo primero.
Miré la rosa frente a mí, esta desapareció. Todo desapareció y volvió a ser blanco.
—¿Todo bien Sesshomaru? —Llamaron mi atención. Los presentes me miraron preocupados— Entendemos que estás preocupado por Rin, ¿necesitas un poco de aire?
Miré a mi alrededor, el reloj específicamente, siguen siendo las diez y cuarto.
Por supuesto, mi celular sigue vibrando.
—
¡Hola! Muchísimas gracias por leer y esperarme ^^. Estuve con las mil dudas de si publicar esta parte o no... parecerá descabellada, pero está basada en un test psicologico. idk. Bueno, espero estén saludables :). Siento la demora.
