—Bultaoreune: ardiendo
* Este capítulo hace cambio drásticos de tiempo dado a una dinámica Recuerdos Vs Realidad, por ello puse en cursiva el pasado :). Algo parecido a lo de Shippo y el capítulo Margaritas.
En la misma manera la cual el polvo se dispersa con una liviana ráfaga, así podría resumirse a lo que se ha convertido mi vida, mis planes, mis sueños, todo: a polvo. Diminutas partículas que se acumulan y logran interactúar con su torno de modo desolador; adhiriéndose a toda superficie en mi cordura, cubriendo las esperanzas, bloqueando ranuras de alternativas y, finalmente, escondiendo los objetivos pre-diseñados.
Perder todo lo que he conseguido en años en a penas un dos por tres, no sé a qué se puede resumir, es decir, no sé como determinarlo con palabras precisas...sólo sé que predomina la indiferencia, indivisible a esto está la incertidumbre. Se desarrollan juntas, a pesar de ser contrarias, por el impacto de las emociones juntas. Posiblemente se pueda reducir al miedo, a la proyección de aquello que tanto evité: ser abandonado en la confusión, estar en la deriva de un nuevo modus vivendi, el salir de mi zona de confort. Aunque es inevitable, después de todo de eso se trata vivir:
Crear, cuidar y destruir.
Nadie te acompaña al final del día, cuando lo has atravesado la tercera etapa. Aunque de todos modos, de nada sirven los argumentos frangibles en un mundo que se mueve con técnicas poco justas. A veces, todo es simplemente injusto y carente de sentido, a veces la gente te extiende la mano, a veces te toman del pie. El mundo gira en torno al interés que este le dé.
Rin corre y corre, rueda sobre el pasto nevado y concluye su espectáculo acostándose, trata de enseñarles trucos a Popó, pero el animal se limita a ladear la cabecita y babear su pelaje al tener la lengua afuera. Ladra agudo, llamando la atención, intentando que me fije en él y no la pequeña adulta, pero le ignoro.
Sé que no es cierto. Sé que él, así como Rin, no se encuentra aquí conmigo.
El ladrido se transforma en lo que realmente es, el timbre del teléfono. Es irritante y ensordecedor, quisiera decirle a alguien que conteste, pero nadie lo hará. Los días han consumido lo que un día fue un deslumbrante palacio, no queda más que las ruinas, un derruido lugar que cuentan una historia incierta. El sonido retumba en las paredes hasta llegar aquí.
Cesa el martirio, empieza el castigo:
Es el hogar Onigumo-Taisho, en estos momentos no podemos atenderte. Deja tu mensaje después del to-
Lancé el aparato contra la pared, haciéndolo añicos, rompiendo también la línea oscura a la cual estaba conectado. La cabeza me da vueltas y todo parece girar, me apoyo contra la columna y espero a que el vértigo pase, quizás no debí pararme de esa manera tan abrupta o quizás no debí mezclar mi bebida con esas píldoras rosadas. Las pequeñas piezas se clavan en mis pies mientras camino, pero no siento el dolor que debería propiciar, se limitan a estorbar en el arrastre.
Controlar la mente se ha enmendado a un juego constante, uno que descubrí es muy fácil de manejar cuando tienes las agallas para manipular tus ideas y reestructurar tu raciocinio. No hay nivel de dificultad cuando se trata de la imaginación y el modo libre está configurado a cada partida.
Un recuerdo no siempre es real. Cuando una persona recuerda un evento, este recuerdo es sólo una representación de su memoria. La persona, en la gran mayoría de casos, no está recordando lo que sucedió realmente, sino que lo hace a través de los filtros de sus creencias. Lo único malo del proceso es que a veces no logras distinguir las verdades y las mentiras, te confundes y las probabilidades de errar son mayores. No siempre tienes la suerte de salir del juego.
Pateé el sofá con fuerza, aquel dónde junto a Kagura en muchas ocasiones fui uno y al lado de Rin en un plazo fuimos tres. Tomé el cenicero de cerámica blanca, el que rebozaba del aquellas misma pequeñas cenizas, y lo lancé en contra del jarrón antiguo de Kagura. Lágrimas caen, mezclándose con la ceniza de los cigarrillos que he fumado desde la última vez que vi sonreír a Rin, formando pequeñas manchas pastosas.
Me dejo caer sobre mis rodillas y los cristales de las botellas de Sake ya vacías en la alfombra que un día fue color hueso. Esta vez sí dolió, dolió el darme cuenta que las cosas pudieron ser mejores mientras duró. Dolió el grito que atravesó mi garganta. Lastimando mis cuerdas vocales con la irritación y obstruyendo los canales del sistema respiratorio a través de un método que está supuesto a eliminar la sensación de sofocación: el grito.
Esto es culpa de los Onigumo.
Tras varios turnos y el mismo juego, tomé un largo suspiro y empecé a contar contra el viejo árbol que se encuentra en el parque. Hay menos gente que cuando traje a Rin para que juegue con Popó aquella vez.
— Cinco, seis, siete... —Digo, trato que sea en voz alta para que me escuche donde quiera que se haya escondido— ...ocho, nueve y... ¡Diez!
Giré sobre mis pies y seguí con el discurso: ¡Lista o no, ahí voy!
Para ser sinceros, no fue difícil en lo absoluto. Popó empezó a ladrar de manera juguetona frente a mí, moviendo la pequeña cola, desparramando vivacidad y regocijo. Pequeños copos de nieve caían sobre su pelaje marrón, definiéndose y provocando que el cachorro se mueva inquieto mientras caen.
El pequeño me guió hasta un tronco con botas azules y me reí. Me agaché sigilosamente, le hice señas a Popó para que no ladrara, pero fue inútil. El ladrido se convirtió en un himno ameno de su parte que advirtió al otro dueño de mi presencia. Rin se introdujo más en el tronco chueco, hasta que salió disparado por el otro lado del mismo para cantar victoria.
Seguí su ritmo lo más rápido que pude y es verdad aquello de que los años no perdonan. Llegué a sentirme carente de aire en fracción de movimientos y con un dolor en las piernas igual al de mil agujas calientes, sin embargo seguí como si mi vida dependiera de ello. Alzando la mano logré alcancé a tomar su bufanda roja, cayendo ambos al suelo.
— Eso es trampa, señor Sesshomaru —dijo con el ceño fruncido y cubierto de nieve.
— No, no lo es. —Rectifiqué con una sonrisa, él también lo hizo.
Tomé otra botella de las que se encuentran junto a la mesa de centro en caoba y luego empuje el mueble contra el suelo. Pero a esta tampoco le sucedió algo en especial, una pila de ropa había amortiguado el descenso. Chasqueé la lengua con rabia.
¿Cómo se convirtió esto en tormenta aislada? Sin el sol, el aire caliente con el tiempo pierde su calor y, en el punto más alto, las gotitas de agua se congelan en la nube. Se condesa en nubes espesas y sucede lo eminente. Dos meses bajo la misma lluvia han trascurrido.
— Un verdadero hombre no culpa las circunstancias y llora ante ellas —dijeron las paredes—, toma responsabilidad de tus acciones.
Eso ya lo sé, joder.
Hace calor o quizás es sólo el alcohol mezclado haciendo de su parte. Gotas de sudor se deslizan por mi espalda hasta morir en el bordillo del bóxer.
Cerré los ojos y me dejé caer hacia adelante. Hubo un ruido seco y miré el material deseando que la alfombra no fuese tan suave como para evitar la caída. Los días fueron diferentes y fui tan ciego que no lo noté. Ciño los puños y la golpeo con fuerza.
Y no me sorprende que me rodeé la tristeza, el miedo, mis errores si estoy condenado a recordar. Me sorprende que aún existan personas que confíen en mí. Quizás algún día la extensa lluvia pase y con ella se disipen los pecados, dando paso al verdadero perdón.
—¿Dónde vamos ahora? —Preguntó curiosa, moviendo los pies mientras le cargo en mi espalda.
El sol comienza a ocultarse y la cuenta regresiva también inicia. Muerdo mi labio inferior con fuerza, pero casi no lo siento con el entumecimiento por tanto tiempo al aire libre. Rin empieza a cabecear en mi espalda, cansada, fatigada del largo día de juegos.
— A dónde quieras ir, cumpliré todo lo que desees. —Hablaba para matar el rato, tener un ambiente más cálido—. Siempre recuerda: Los sueños son anhelos intensos, por ello es que aparecen incluso cuando duermes.
Se limitó a apretar el área de mi omoplato derecho y dejó descansar su cabeza contra mi hombro. Camino con parsimonia hasta una tienda de artículos antiguos. Lo callejones son tan silenciosos que dan a imaginar que los residentes han iniciado a refugiarse en sus hogares, sólo el sonido de la campanilla al cruzar la puerta provoca que su cabeza se eleve con interés y mire a su alrededor.
Hay un mostrador en tonos marrones de madera vieja y un señor leyendo un libro, no tan grueso, apoyando la cabeza contra el. Este se limita a sonreír mientras nos señala los artilugios y demás, todo está colocado en los gruesos estantes pintados de blanco. Bajé a Rin para que pudiera explorar con libertad y no tuve que esperar para ello.
La voz del señor es audible en todo rincón del local, recita con su voz clara y gruesa cada una de las líneas que el autor ha plasmado en su libro. Es ameno. Por su entonación en cada estrofa del ejemplar, puedo deducir que esta es su manera de leer. Entre los tantos métodos para dominar la elocuencia, está la lectura en voz alta, es más eficaz si se realiza con frecuencia.
❝Porque La Meca es lo que me mantiene vivo.❞ recitó. ❝Es lo que me hace aguantar todos estos días iguales, jarrones silenciosos en los estantes, la comida y la cena en aquel restaurante horrible. Tengo miedo de realizar mi sueño y después no tener más motivos para continuar vivo.❞
Miré con dirección al hombre, quien suspiró mientras veía sus propios jarrones al final de la tienda. Luego, miró la vieja fotografía sobre su mostrador y tomó del tazón unos trozos de piña con forma cuadrada.
Rin tiró de la manga de mi abrigo, acompañándose de una mirada cansada y otro avión de juguete en las manos. Lo tomé y lo observé. El parecido con el que le compré en China es mínimo, pero sí, he admitir que han sido meticulosos al momento de elaborarlo.
El silencio se rompe con mis hipidos, desgarrando la ilusión en el momento adecuado. Es un viaje al cual estábamos obligados por la voluntad del universo, ambos para curar y empezar de cero con una nueva línea de meta. Será un largo recorrido el que nos esperará de ahora en adelante, pero yo sigo retrocediendo. Debí partir, al igual que ella, en ese mismo momento de conmoción, cuando podía echar la culpa a un simple paso de estupidez.
La segunda ocasión en halar de la prenda fue cuando llegamos a los alrededores del hospital. Su agarre se convirtió en una manifestación brusca de inseguridad, entrelazó su brazo al mío y apoyó su frente contra el mismo.
— Quiero helado —susurró—, ¿podemos ir por helado?
Alcé la vista y en el perímetro logre divisar unos vehículos externos a los del hospital y una pequeña reunión de personas, algunos con algunas maletas que supongo pertenecen a Rin y las guardan en el vehículo más amplio. Capté en ese momento que Rin era consciente de que debía marcharse en esos momentos, que no habrá un ❝Pronto❞ inmediato.
O si acaso algún ❝Pronto❞.
— Lo siento —murmuré con una media sonrisa. Sus ojos se aguaron, empezamos caminar lento—. Cuando vaya a verte al nuevo hospital, llevaré mucho helado... ¿Te parece?
Negó suave. Sus pasos eran en extremo lentos y pesados.
— No quiero decir adiós... —La nieve cae cubriendo el suelo, sus lágrimas se deslizan ahogando las palabras dolorosas— ...nunca lo he hecho, Señor Sesshomaru.
— Ni tienes que hacerlo —Mentí, en parte, para consolarla— Este es sólo un hasta luego, preciosa.
Sus ojos irradian esperanza mezclada con miedo y languidez. No sabía que alguien pudiese reflejar esa clase de combinación. Di la espalda al hospital y lo tomé del mentón con una sonrisa, era débil y se desvaneció al ver que aún seguía surgiendo la pequeña fuente en sus cuencas.
—Quédate a mi lado —repite, como la vez anterior, zarandeando mis brazos—. No quiero ir a algún otro lugar, mi deseo es estar aquí.
Sus palabras retumban en mi cabeza y hacen flaquear mi coraje, logrando que se quiebre el pilar donde me había resguardado hasta ahora. Presioné sus hombros, en especial con los pulgares, tanto para calmarla, como para calmarme también.
— Para cumplir un sueño hay que hacer sacrificios, Rin —comenté. Deslicé mis palmas hasta llegar a sus manos y sostenerlas con un poco de fuerza—. Mi sueño es ayudarnos a estar bien y, si este se cumple, estoy completamente seguro de que podré cumplir el tuyo.
Besé su coronilla, los largos mechones que cubre su frente, el puente de su nariz y el final de la misma, terminando el recorrido con un suave beso en los labios como pacto acordado. Le recordé la promesa de que iría por ella y suspiró tranquilo.
Me puse de pie y tomé otra botella, destapándola en un movimiento de muñeca. Tomo su contenido de un trago, el escozor no tarda en aparecer y me hace gruñir. Tomé el mechero y empecé a jugar con el. La cabeza me da vueltas y todo luce confuso, como un mal viaje. Arde, mi interior se siente arder.
En definitiva no debí mezclar alucinógenos con alcohol.
Fracasé ante mi propósito como médico, fallé como amante, perdí mi trabajo también. La ofrenda para emendar mis errores es alta, pero la verdad es que el sacrificio proyecta más un infierno para Rin. Incluso cuando la no-despedida se supone sería grata, me limité a observar como se marchaba en silencio.
Fue cuando ya no pude escuchar el ruido del auto que me permití llorar. Incluso las margaritas conservan su esplendor durante el crudo invierno, lamentablemente... yo nunca aprendí jardinería.
