Antes que Lili tuviera tiempo de reaccionar, Ludwig habló.

―Lo siento, Zwingli, él no es siempre así. Te pido perdón por él ―dijo, a modo de disculpa.

―Gil me da miedo... ―susurró Feliciano mientras se aferraba a la manga del uniforme del rubio.

―¿Dije algo malo...? ―preguntó Lili, rodeando su cuerpo con sus manos.

―No, no, no es tu culpa. Yo mencioné un tema sensible ―continuó Ludwig.

―¿Quieres que vaya a hablar con él, Ludwig-san? ―inquirió Kiku.

―Diría que no... ―respondió.

Lili aún no notaba qué estaba sucediendo a su alrededor. Lo único que entendía era que ambos parecían ser hermanastros, pero que Gilbert no estaba feliz con su nuevo padre. O que le hubieran asignado que ella fuese su compañera de cuarto. "¿Por qué se enoja tanto si lo acompañan...?", se preguntó, observando a un punto en la pared. Ella estaba más que feliz de vivir sola con su hermano en Estados Unidos, ¿cómo podía alguien inclusive enfadarse con su hermano?

―Esto, ¿a qué te refieres con que has oído hablar demasiado de mí? ―preguntó Lili interrumpiendo el silencio que se había formado entre los cuatro.

―¿Ah? ―preguntó Ludwig. De pronto logró recordar de qué hablaba ella―. Gilbert no paraba de quejarse sobre que ahora tiene que compartir su habitación. No te lo tomes personal, haría eso con cualquier persona que... bueno, como él dice, "invada su espacio personal". No es tu culpa, en serio.

―Te aseguro que Gilbert-san es una persona agradable, Zwingli-san ―agregó el pelinegro. Su voz serena hizo que el pulso de Lili bajara gradualmente, pero ver a Feliciano aun temblando le preocupó―. Es el primer día, todos estamos algo alterados. Sólo se fue de su zona de confort, a cualquiera le pondría mal.

―Ya, Feliciano, Gilbert se fue ―decía el de ojos celestes al chico sobre su brazo. Parecía calmarse medida que Ludwig acariciaba su cabello; sus ojos pararon de lagrimear para acompañar a sus labios en una sonrisa.

―¡Al menos Lion no huyó! Eso significa que somos amigos, ¿eh? ―preguntó él, sonando feliz de nuevo.

―Claro ―asintió ella. Aquellos chicos no estaban en su salón, pero por supuesto quería hacer amigos.

El timbre sonó, haciendo que los cuatro se separaran a sus respectivos salones, Kiku aún con Michi en brazos. "Deben gustarle mucho los gatos," pensó Lili. Las clases continuaron con matemática con la profesora Arlovskaya, hablando de a ratos con Peter, quien todavía se sentaba detrás de ella.

Pasó rápido hasta que tocó el timbre del almuerzo. Todos salieron del salón con sus cosas como si de un holocausto se tratara, y corrieron por el pasillo hacia los pisos de arriba, con la excepción de Lili y Natalia. La mujer salió del salón, dirigiéndose hacia el lado contrario de hacia donde iban los demás. "Ahora, ¿dónde estará la cafetería?" se preguntó. "A esta hora todos deben estar yendo hacia allí, seguramente es arriba". Siguió a todos los chicos que iban por las escaleras, y pronto se encontró con un salón enorme al cruzar una puerta que decía "Cantina estudiantil".

Era muchísimo más grande que la cantina en la que solía estar cuando iba a la escuela pública, e incluso parecía innecesario teniendo en cuenta la baja cantidad de estudiantes que había. En su colegio anterior eran alrededor de mil seiscientos estudiantes, mientras que en aquél Irunya le había comentado que apenas había menos de ciento cincuenta. También todos parecían ser más altos que ella. Por poco la habrían empujado varias veces de no haber sido porque se apartó a un lado, pero incluso así logró leer el menú de la cantina. Ese día servirían pasta con salsa a elección, mucho mejor que la suerte de carne que le servían antes.

―Hagan fila, por favor. ―Una voz potente provenía de la barra, la cual luego Lili vio que se trataba de una mujer. Ella se veía joven en comparación con los profesores. Usaba un traje chino color rosado que le llegaba hasta las mangas, y también adornaba su largo cabello castaño con una flor del mismo color. Al igual que con Feliciano, un pequeño mechón salía de la cumbre de su cabeza. A medida que los alumnos iban pasando ella servía una porción de fideos en los platos que ellos llevaban. Junto a Lili había una pila de bandejas, por lo que ella tomó una y se puso en una de las filas. Aparte de en la que estaba, había otra mujer en la barra que se encargaba de los demás estudiantes, pero no se podían ver sus rasgos desde tan lejos.

Lili tomó su almuerzo luego de un rato y buscó con la mirada un lugar donde sentarse. Con todo el sonido a su alrededor se le dificultaba pensar, aparte que todas las mesas parecían estar llenas. Estaba a punto de tomar asiento en el lugar más cercano a su lado cuando oyó una mezcla de voces junto a ella.

―Gilbert, ¿podrías usar el tenedor como persona normal? Así no es como se come la pasta...

―¡Comer con modales es para los tontos! Die große mich sabe muy bien cómo comer. Yo puedo comer perfectamente de esta forma, mira y aprende, Roddie.

―Mi nombre es Roderich, señor idiota.

―Ay, sí, señor idiota. ¿Así piensas ofenderme, aristócrata estúpido?

A la joven le llamó la atención todo el desorden que había en la otra parte de la mesa. Se giró para aquel lado, encontrándose con un joven de cabello castaño y gafas, cuyos ojos combinaban con el color del uniforme morado. Él se veía disgustado con su compañero, al que Lili reconoció enseguida como Gilbert por su voz rasposa y su cabello blanco.

―Deja de gritar, Gilbert, por favor, ya estás llamando la atención ―reclamó el tal Roderich, suspirando y acomodando sus lentes. De repente se giró hacia ella, quien aún no había comenzado a comer por oír la conversación―. Hasta nos están mirando. Sólo come y calla.

―Que mire lo que quiera, seguramente envidia mis habilidades de comer pas... ―Gilbert dejó de hablar cuando se fijó en la rubia en su mesa―. ¿Lion? ¿Qué haces aquí de nuevo?

―Uh, hola ―saludó Lili, intentando sonreír―. Estaba almorzando, y esta es la única mesa que encontré vacía, así que pensé que podía comer aquí.

―Mira por ahí, hay muchas mesas vacías a tu alrededor, puedes comer en cualquier lugar menos en esta ―escupió Gilbert―. Ya tengo suficiente con tener que compartir cuarto contigo.

―¡Gilbert! No seas grosero con el pobre chico. Es el primer día de clases y ya estás dejando malas impresiones ―exclamó Roderich. Luego se dirigió hacia ella―. Acércate, no tengo problema en que almuerces aquí. Mi nombre es Roderich Edelstein. ¿Cómo te llamas?

―Gracias ―contestó Lili, pasando de la punta de la mesa a sentarse junto al castaño―. Me llamo Lion Zwingli, mucho gusto.

―¿Zwingli...? ―Roderich quedó desconcertado al oír ese nombre. Ella esperó que dijera alguna palabra, pero no parecía salir de su ensimismamiento.

―¿Qué pasa? ¿El aristócrata estúpido dejó de funcionar? ―se burló Gilbert―. Error 404, cerebro de aristócrata not found.

―¿Sucede algo...? ―preguntó Lili, preocupada.

―¿En qué estábamos? ―preguntó Roderich en respuesta―. Oh, claro, tu nombre me suena familiar. ¿Por casualidad no conocerás a alguien llamado Vash Zwingli?

―Vash es mi hermano mayor ―contestó ella, aliviada―. ¿Lo conoces?

―Sí, solíamos hablar mucho cuando éramos niños. Qué extraño, recuerdo que Vash tenía una hermana, no un hermano. ―De repente, la sangre de Lili se heló por un momento. ¿Cómo haría si se enteraban de su condición por culpa de su apellido?―. Aunque no recuerdo mucho de ella, ni siquiera estoy seguro de su nombre, por lo que pude confundirte. Pero mándale mis saludos si hablas con él, ¿de acuerdo?

―Claro ―asintió Lili. Por un momento se había asustado, pero parecía que eso no la afectaría.

―Mi tío me mencionó que habría un alumno nuevo, yo no tenía idea que serías pariente suyo ―comentó Roderich―. Espero que te guste la escuela.

Los tres continuaron charlando animadamente por el resto del recreo del almuerzo, aún si Gilbert no estaba completamente feliz por tener que compartir mesa con Lili. Cuando terminó la hora del almuerzo se dirigieron a salones diferentes para la última hora de clase, luego de la cual serían libres de ir a sus habitaciones para hacer lo que quisieran en su tiempo libre.

―Hasta luego, Lion, fue un gusto almorzar contigo ―se despidió Roderich.

―Genial, cuando terminen las clases no podré tener el cuarto para mí solo... ―bufó Gilbert―. Si llegas a volver temprano más vale que no toques mis cosas.

"Bueno, qué despedida tan alegre..." pensó Lili.

―Nos vemos luego ―respondió sonriente. Bajó las escaleras de nuevo, volviendo al salón donde tendría clases con Natalia de nuevo. Continuó charlando con sus compañeros de curso, y cuando tocó la campana del timbre se apuró a tomar su bolso para bajar las escaleras del edificio. Todos los alumnos también se dirigían hacia los dormitorios, con la excepción de uno o dos que se quedaron charlando por el pasillo, por lo que a Lili le costó algo subir los ocho pisos que restaban a su habitación.

"Caminar tanto es cansador..." se dijo ella luego de pararse frente a la puerta con la inscripción que le había puesto Gilbert. "No me imagino cuán cansada estaré en las clases de educación física..."

Lili supuso que la cama de arriba era la de Gilbert por cuan desordenada estaba, por lo que dejó sus cosas sobre la litera de abajo. A pesar de su cansancio, deshizo su maleta para acomodar su ropa en los cajones vacíos que había en el cuarto. Lo único que no sacó de su equipaje fueron sus objetos personales, los cuales dejó junto a su mesa de luz. "El primer día de clases siempre es agotador," se dijo Lili. Dentro de la habitación había una puerta aparte, la cual según vio llevaba a un baño equipado con un inodoro y una bañera. "Tomaré una ducha."

Tomó un par de toallas que tenía en su bolso junto con una botella de shampoo y jabón que había llevado para higienizarse. Cuando terminó de desvestirse su traje militar abrió la llave de agua caliente, sintiendo cómo el agua fluyendo tranquilizaba su cuerpo, relajándola. Se tomó su tiempo lavando su cabello y su cuerpo, acostumbrada como estaba a que su hermano no la interrumpiera cuando se duchaba. Terminó de enjuagar los restos de jabón que le quedaban y salió de la ducha, buscando su toalla.

―¡Al fin puedo tomarme una du... ―Un portazo se oyó a la vez que alguien entraba en el baño, sorprendiendo tanto a Lili como aquel que entró. Su compañero de cuarto apareció con toalla en mano y una botella de shampoo en la mano, aparentemente dispuesto a darse una ducha también. O eso creía hasta que vio a la chica dentro del salón.

Ambos se quedaron paralizados a la vez que el rostro de Gilbert se volvía rojo, como sus ojos; podía decirse lo mismo de Lili por el calor que ella sentía en su rostro.

Ella intentó decir algo, pero cada vez que quería pronunciar una palabra su lengua se trababa por los nervios. Ni siquiera pudo tener fuerza suficiente para estirar el brazo y tomar su toalla, al menos para cubrirse un poco.

―¡P-perdón! ¡Y-ya salgo! ¡No sabía...! ―El albino cerró la puerta con la misma fuerza con la que interrumpió―. ¡No vi nada! ¡No vi nada! ¡Vístete!

Pero, para ese momento, el daño ya estaba hecho.

Lili Zwingli había sido descubierta.