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CAPÍTULO 14: SUPLICAR

Blaine vio como su padre sentaba en una silla y ataba a Sebastian, que seguía inconsciente. Las lágrimas caían por sus mejillas, más por preocupación por lo que fuera a pasar con su amigo que por su propio destino. James se volvió y miró con odio a su hijo antes de volver a golpearlo. Estaba realmente enfadado porque su plan se había estropeado. Él no quería matar a dos personas en el mismo día porque cambiaba el modus operandi del asesino en serie que había creado para distraer a la policía. También temía que alguien supiera que ese chico había ido a buscar a su hijo a su casa, lo que le convertiría en el sospechoso número 1.

– Por favor... Déjame comprobar que está bien. Él no tiene porqué morir... Por favor... – El joven suplicó, consciente de que sus deseos no iban a ser satisfechos. Sin embargo, sentía que debía seguir intentándolo, aunque sólo fuera por ganar tiempo. Deseaba con todas sus fuerzas que llegara ayuda. No sabía si Sebastian había dicho a alguien a dónde iba o qué quería hacer, pero no iba a perder la esperanza porque, en ese caso, lo perdía todo.

– ¿Te has enamorado? ¿Quieres ser su putita? – El mayor rió con ganas. – Vaya... Así que por su culpa no quieres ser un hombre y buscar una buena mujer. Me alegro que haya venido... Creo que lo mataré delante de ti para que entiendas que lo que hacías está mal.

– ¡No! Por favor... Haré lo que quieras, lo que sea... – Blaine lloraba con más fuerza, se sentía culpable. Si no hubiera sido tan orgulloso, si no hubiera pensado que merecía un amor de película y no el que le ofrecía Sebastian, en ese momento no estarían así. Él no habría ido a su casa y su padre no habría podido aprovechar la ocasión para torturarlo. Su amigo no habría ido a buscarlo, preocupado por lo que había pasado.

Un nuevo golpe, esa vez en su estómago, interrumpió sus pensamientos y lo dejó sin respiración durante unos segundos. Era consciente de que no había salida y que le quedaban pocos minutos de vida.


Sebastian se obligó a abrir los ojos. La cabeza le dolía demasiado por el golpe pero no era el momento de mostrarse débil. Tenía que reponerse para proteger a Blaine. Cuando consiguió enfocar su vista, vio que James estaba golpeando a su hijo, que lloraba y le suplicaba. La vista hacía que su corazón se encogiera y supo que debía hacer algo.

Intentó mover sus manos pero se dio cuenta de que lo habían atado. Intentó tranquilizarse, no era el momento de dejarse vencer por el pánico. Debía mantener la cabeza fría por mucho que le costase porque era la única manera de que ambos pudieran salir de ahí.

Sabía que los refuerzos estaban en camino, por lo que sólo le quedaba aguantar hasta que llegara la ayuda. Los ojos color miel lo miraron y pudo notar que el joven se sentía aliviado al verlo despierto. Sebastian negó con la cabeza para que Blaine no dijera que se había despertado. Le interesaba que James pensara que seguía inconsciente.

El castaño comenzó a buscar el nudo de las cuerdas que lo mantenían inmóvil y sonrió al darse cuenta de que llegaba con sus manos. El nudo no era muy complicado y sabía que podría soltarlo si se concentraba.

Apenas le costó un minuto, pero pronto sintió sus manos libres de ataduras. Se llevó un dedo a la boca para pedirle a su amigo que no dijera nada y comenzó a soltar las cuerdas que mantenían su cuerpo y sus pies atados a la silla.

Tardó poco en terminar de liberarse y se puso de pie, dispuesto a enfrentarse al agresor.


Blaine suspiró aliviado al ver que Sebastian se había soltado y estaba de pie frente a él. Como James estaba de espaldas, ni siquiera había notado que el otro se había soltado. El moreno quería indicarle a su amigo que la pistola estaba sobre la mesa de trabajo que había a su izquierda, pero no sabía como hacerlo sin que su padre notara que había algo raro.

El asaltante estaba relajado porque creía que los dos estaban atados a su merced y no tenía ninguna prisa. Eran dos gays y representaban todo lo que odiaba. Iba a acabar con ellos de manera lenta y se iba a regodear. Era su momento.

De repente, antes de que Smythe pudiera hacer algún movimiento, se escucharon sirenas de policía. Llegaban los refuerzos y estarían allí en pocos minutos. Sebastian sonrió, era lo que necesitaban en ese momento.

– ¿Por qué...? – James susurró desconcertado. Tenía muchas preguntas en ese momento y el miedo empezaba a apoderarse de él. Se volvió y se encontró con el rostro sonriente de Smythe. La ira se apoderó de él y comenzó a gritar. – ¿Has llamado a la policía?

– Sí, pronto todo acabará. – El castaño respondió todo lo tranquilo que pudo dadas las circunstancias. – Si te entregas ahora, voluntariamente, serán dos asesinatos menos.

– Se me considera asesino en serie, no voy a salir de la cárcel aunque os deje con vida. Todo ésto era para matar a mi hijo y no voy a permitir que todo sea en vano. – El mayor comenzó a ponerse nervioso.

– ¡No!

Sebastian gritó y se preparó para atacar a James. Vio como el mayor se dirigía a la mesa y en ese momento se dio cuenta que iba a por la pistola. El policía también corrió para intentar alcanzarla antes que él. Anderson fue el primero en agarrarla pero, para su fortuna, Smythe consiguió sujetar sus manos para impedir que actuara con total libertad.

James gritó frustrado mientras forcejeaba con Sebastian para conseguir sus objetivos. Los dos se esforzaban al máximo, sabiendo que quedaba poco tiempo.


Johanson dirigía la operación de rescate de Blaine Anderson. Tenía muchas dudas, muchas preguntas sin respuesta, pero esperaba obtenerlas después de la detención. Aparcaron los coches en la puerta principal y tanto él como su equipo comenzó a rastrear la zona.

Todo parecía tranquilo, costaba creer que en ese lugar había un chico en peligro. Escucharon un disparo, seguido por un grito, y todos se asustaron, tenían que encontrar cuanto antes el lugar del que provenía.


Sebastian y James estaban tan concentrados forcejeando que no se dieron cuenta de que las sirenas habían cesado, por lo que la policía debía haber llegado al lugar. El castaño se esforzaba para que en ningún momento la pistola lo apuntase a él porque sabía que el otro podría apretar el gatillo y acabar con él. Eso no era lo peor, sabía que si lo mataba, nada le impedía terminar con la vida de Blaine.

En un momento del forcejeo, la pistola se disparó y se escuchó un grito. Todos se quedaron inmóviles durante un segundo, temerosos de haber sido ellos quienes habían recibido el disparo...