Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.
Haunted
Por: Hoshi no Negai
2. Segundo encuentro
Ya era totalmente de noche cuando lograron salir del bosque y llegar hasta la parada de autobús. Los muchachos habían caminado todo el trayecto sin decir ni una sola palabra, arrastrando los pies e intentando tranquilizar el acelerado ritmo de sus pulsaciones. Se quedaron quietos y juntos esperando a que llegara el colectivo. El camino que habían seguido aquella tarde se veía tan oscuro como la boca del lobo, y toda sensación que les llevó a disfrutar adentrarse en él con altas expectativas de aventura se había esfumado como el humo.
―¿Le vamos a contar a alguien lo que pasó? ―preguntó repentinamente Rin sin quitarle la mirada al túnel de árboles y maleza al otro lado de la calle.
―Digamos que no encontramos nada. Que estaba en tan mal estado que no valía la pena inspeccionarla ―propuso Issei, ganándose el asentimiento silente de unos cuántos.
―Pero si alguien más quiere venir…
―Ya no es nuestro problema. Nosotros no hicimos caso a las advertencias y mira lo que pasó. Nos lo buscamos nosotros solos. El que quiera entrar ya sabe dónde se está metiendo.
Rin concordó con él calladamente, aún sin apartar la vista de su lugar. Ninguno de ellos quiso darle credibilidad a todas las historias siniestras que giraban en torno a aquella mansión y habían sido lo suficientemente estúpidos como para creerse que nada les pasaría sólo por tomárselo a juego. Vaya error.
El autobús llegó unos cuantos minutos después, cargando a varios trabajadores del campo que regresaban a sus hogares tras una dura jornada. Rin se sentó al lado de Masashi en un asiento de la segunda fila y vio desaparecer la entrada del sendero por la ventana conforme el vehículo aceleraba. Se sentía realmente agotada, y no era la única.
Por suerte su viaje no duró demasiado, pues su casa quedaba bastante cerca de donde habían estado, rodeada de campos de cultivo y algunas otras casitas y almacenes. Su familia no era agricultora, pero sus abuelos, los antiguos ocupantes que les habían cedido el terreno, sí que lo habían sido. Como consecuencia, los nuevos dueños sólo se habían quedado con un par de parcelas a las que le dedicaban todo su esfuerzo, pero ni por lejos toda la dedicación necesaria para explotar su potencial.
Rin llegó a casa con la impresión de pesar varios kilos de más por lo molesto que era levantar las piernas al caminar. Su madre la esperaba adentro, sonriente e ignorante del terrible trago que su hija y compañeros de clase habían pasado la hora anterior.
―Hola, cielo, ¿qué tal tu día? Llegaste bastante tarde.
―Cansado. Estuve con los chicos un rato ―suspiró la niña mientras se desplomaba sobre la mesa del comedor. Su madre estaba en la cocina picando verduras y echándolas a la olla que tenía puesta en el fuego. El delicioso aroma de la cena hizo gruñir furiosamente su estómago y sólo hasta entonces reparó en lo hambrienta que estaba.
―No te preocupes, la cena casi está. Con suerte tu padre llegará justo a tiempo y podremos comer todos juntos ―dijo alegremente sin dejar su labor. Rin se preguntaba de dónde rayos sacaba tanta energía y carisma, pues era ella quien se ocupaba de las parcelas en su totalidad, con la ayuda de Rin cuando no tenía clases ni tareas, y la de su marido cuando no estaba en el trabajo.
Su padre, un prestigioso profesor universitario, tenía que tomar el tren y el autobús todos los días para llegar a la ciudad e impartir sus clases. Su mujer había intentado disuadirlo de que se mudaran hasta allá para no tener que pasar medio día de viaje, pero el hombre se negaba rotundamente, pues no se imaginaba viviendo en otro lugar que no fuera esa casa rural y campestre. Rin se lo agradecía secretamente, pues pensaba exactamente igual que él.
―Oh, mira, ya llegó ―anunció su madre al asomarse por la ventana. El hombre venía ataviado en uno de sus trajes más usados, ciñendo un enorme y pesado maletín en su mano derecha como ni no pesara más que una pluma. La niña compuso inmediatamente una sonrisa y se incorporó para recibirlo en la entrada. Todos los malos tragos de la tarde quedaron en un segundo plano al verlo en el umbral.
―¡Bienvenido, papá!
La puerta se abrió y por ella entró un hombre con algunas cuántas canas en su peinado anticuado e incluso en la barba corta que se había dejado crecer desde el año anterior.
―Hola, princesa. ¿Cómo está todo?
―¡Mejor cuando la cena esté lista, cielo! ―lo recibió su esposa desde la cocina sin dejar de añadir cosas a la olla. El marido sonrió complacido antes de soltar un largo suspiro para agacharse y quitarse los zapatos.
―Ya te llevo el maletín, papá.
―Gracias, Rin. Cuidado, está algo pesado.
―No es nada, siempre lo está ―dijo ella mientras tomaba el aza y se esforzaba por levantar los siete kilos y medio que tenía metidos ahí adentro entre papeles, libretas y libros.
Dejó el maletín en su estudio personal del piso de arriba, cuidando no desequilibrarse en las escaleras por el peso. Las estanterías del cuarto estaban atestadas de volúmenes muy viejos y gruesos, además de que el par de archiveros junto a la pared estaban tan llenos de documentos que había tenido que apilarlos encima de los muebles, formando una montaña que casi llegaba al techo. Rin siempre guardó cierta fascinación a todo lo que tuviera que ver con el área de su padre: la historia nacional e universal, y escuchaba muy atentamente todo aquello que le tuviera que decir al respecto, llegándose a conocer cada tema de sus clases universitarias de memoria.
El único espacio más o menos desocupado era un escritorio al lado de los archiveros, donde pese a que tenía varias carpetas y papeles colocados en la superficie, se veía definitivamente más despejado que el resto del cuarto. Dejó el maletín sobre la silla, imaginando que se quedaría trabajando hasta tarde de nuevo y se apresuró a bajar para cenar. Ya tenía algo nuevo que preguntarle a su padre aquella noche.
Los adultos habían dispuesto todos los platos y utensilios sobre la mesa, y su madre acababa de destapar la olla de las verduras cuando Rin se sentó en su cojín favorito. La fresca brisa nocturna entraba y salía del hogar a través de las ventanas abiertas, y desde la entrada les llegaba el agudo sonar metálico de la campanilla de viento.
―Papá, ¿qué sabes de la casa que está en el bosque? Esa que tiene tan mala reputación ―le preguntó tras el segundo bocado sin poder contenerse un minuto más.
―¿La casa maldita? ―enarcó una ceja tras sorber de su taza de té verde―. Bueno, sé algunas cosas básicas. Fue construida a inicios de la era Sengoku, pero obviamente tiene influencias extranjeras por la arquitectura ligeramente diferente a la tradicional de la época. Fue hogar de terratenientes de la zona por más o menos un siglo. Luego la usaron de cuartel general y fortaleza cuando las guerrillas explotaron. Los dueños perecieron durante uno de esos ataques y el bando enemigo se apropió de la mansión. Después se dice que los antiguos amos le habían puesto una maldición en caso de llegar a ser derrotados, y por eso la casa quedó desocupada de nuevo. Es difícil seguirle el rastro por medio de la historia, ha tenido muchos propietarios que la han abandonado o han muerto en ella en muy poco tiempo hasta hace relativamente poco, cuando en el siglo pasado la adquirió un barón al que encontraron muerto no mucho después.
―Sí, esa parte la conozco ―asintió Rin muy atentamente, recapitulando el relato de Issei antes de adentrarse en la mansión―. Entonces, ¿es cierto lo de la maldición? ¿Es por los antiguos terratenientes y señores feudales que nadie la puede ocupar?
―Eso es más cuestión de opinión personal ―tildó él con la cabeza sin convencerse―. Siempre habrá gente supersticiosa que le echará la culpa a lo sobrenatural, pero yo creo que es sólo coincidencia. Además de que está ubicada en un muy mal terreno, nadie en su sano juicio querría vivir ahí con la cantidad de temblores y deslaves que la pueden tirar abajo de un momento a otro.
―Entonces… ¿qué dices de todos los que han ido y afirman que hay algo raro ahí? El hermano de mi amigo Issei fue hace unos años y jura que algo los atacaba para que se fueran.
―No te podría decir, nunca he ido. Quizás haya algún espíritu, pero también pudo asustarlos su propio miedo. Sabes que cuando uno se asusta y cree que pasará algo, su mente le hace creer que cualquier pequeñez es resultado de aquello que le causa temor. Podrías levantarte en medio de la noche sin pensar que algo aparecerá en el pasillo oscuro, pero si ya estás asustado y piensas que habrá un monstruo esperándote, tu mente lo fabricará hasta con la más mínima señal. Es psicología elemental. Ahora, si todos piensan lo mismo y van convencidos de que algo malo sucederá, de un momento a otro estallará la histeria colectiva. Algo tan simple como una sombra puede parecer un enorme animal, o el arrullo del viento les sonaría como una voz.
―Ay, cariño, pero qué cosas más feas estás preguntando ―interrumpió su madre―. No me digas que tienes pensado ir a ese horrible lugar.
―Bueno, lo han estado comentando en clase ―soltó ella como quien no quiere la cosa. Al contrario de su marido, la mujer se dejaba llevar más fácilmente por cualquier cosa que le contaran sin importar lo exagerada que fuera. Especialmente si venía de una fuente de confianza como lo eran los vecinos―. Siempre lo comentan de vez en cuando, y como muchos han ido…
―Mejor no vayas, cielo. Es peligroso. El señor Tarada me contó una anécdota horrible en la que su sobrino fue y vio cosas tan espantosas que nunca se recuperó. Sus amigos salieron muy lastimados también, uno incluso se rompió una pierna al caerse por las escaleras, aunque él decía que alguien lo había arrojado.
Rin interrogó mudamente a su padre con la mirada, esperando su opinión crítica y analítica. Si su papá lo confirmaba, ella lo daba por hecho.
―Sí, todos nos enteramos de eso, fue hace más de veinte años. Desde entonces casi nadie ha querido volver a entrar.
―Pero… ¿la histeria de la que hablas podría traumatizar a alguien, papá? ¿O podrían partirse una pierna sólo con sentir miedo?
―El miedo es un arma de doble filo, Rin ―le habló él sabiamente―. Te puede despertar todos los sentidos y darte la ventaja de la adrenalina para luchar o escapar, pero también puede opacar tu raciocinio y manera de pensar. Puede ser que el muchacho que se lastimó la pierna se haya dado un susto muy grande y cayera accidentalmente. Puede ser que el trauma del resto se diera al ver a su amigo tan mal herido, asegurando que algo lo había tirado. Pero sólo te puedo dar suposiciones, ya que no estuve ahí para verlo. Todo es posible.
―Y… ¿y si fue un espíritu? ¿Y si alguien selló alguna entidad maligna que ataca a quienes entren a husmear?
―Has estado viendo muchas películas de miedo, Rin ―se rió por lo bajo el padre dándole una mirada cariñosa―. No creo que ese sea el caso. Pero de cualquier manera te recomendaría que no fueras. La casa está en tan mal estado que la estructura podría ceder y hacerles un serio daño. Además, si hay tantos rumores de un espíritu maligno no querrías que te atrapara, ¿verdad?
―¡Pero dijiste que no creías en eso!
―Da igual lo que yo crea. Lo que importa es lo que tú creas. Si le das valor a lo que crees, tarde o temprano tu mente tratará de comprobarlo aún sea real o no y acabarás creyéndolo sin importar lo que pase.
―Ya, como la histeria colectiva y todo eso.
―Como la psicología básica, mejor dicho.
La niña sólo asintió lentamente, llevándose su propia taza a los labios. Su padre siempre había sido un hombre de lógica y hechos, no solía creer en algo a menos de que estuviera comprobado científicamente o lo hubiera experimentado por su propia cuenta. Aún así, era muy respetuoso con todas las creencias tradicionales y nunca las descartaba del todo sólo por precaución. Al igual que decía que había que comprobar los hechos de primera mano, también afirmaba que en algunas ocasiones había cosas que simplemente la ciencia no había logrado explicar hasta el momento.
Rin estaba convencida de que ese parecía ser uno de esos casos.
Por más que pensara que su padre tenía razón, no podía dársela en aquella oportunidad. Nada de lo que había pasado en la casa por la tarde había sido imaginación de nadie ni histeria colectiva. Era imposible que todos hubieran imaginado al mismo tiempo aquellos gruñidos, pasos y sensaciones tan bizarras cuando al menos la mitad del grupo era completamente escéptico. ¿Y lo que le había pasado a ella? ¿De verdad podría haber sido producto de sus pensamientos? Mientras más lo analizaba más dudas le generaba. Por un lado afirmaba que aquello había sido tan real como el aire que respiraba. Sabía que había alguien ahí en ese último piso con ella, lo había sentido a sus espaldas resoplando suavemente. Había oído su gruñido cuando bajaba a toda velocidad por las escaleras con Issei y se reunía con los demás hasta salir.
¿Pero cómo podía estar tan segura de que había sido real o no? Pasó demasiado rápido siquiera para examinarlo bien.
Se fue a la cama con aquel único pensamiento rondándole la cabeza como una molesta mosca que se negaba a dejarla dormir. Debía haber una explicación para todo eso, y esta vez tenía que encontrarlas por sí misma.
…
Afortunadamente era sábado y no había clases ese día, por lo que no tuvo que correr a vestirse y a tomar el autobús al ver lo tarde que se había levantado. Al final había conseguido conciliar el sueño a más de las tres de la mañana, y sus ojos hinchados y ojeras enfermizas la delataban.
―Cielo, te ves terrible. ¿Estás enferma? ¿Quieres que te prepare un té? ―la saludó su madre cuando se acercó a la cocina para ver qué podía desayunar a esas horas.
―Estoy bien, mamá. Sólo tuve algunos problemas para dormir.
―Mi pobre angelito. ¿Por qué no descansas un poco más? Puedes hacer tus quehaceres más tarde, en ese estado dudo que puedas concentrarte.
―No te preocupes, no pasa nada. Déjame comer algo y te echo una mano con el huerto. Necesito algo de aire fresco y sol para ponerme como nueva.
Y aunque en parte tenía razón, ni el viento ni la luz o el trabajo pudieron mantenerla tan distraída como quería. Hizo sus deberes a tempranas horas de la tarde y, como siempre los mantenía muy al día, pronto se encontró sin nada que hacer. Su madre solía levantarse tan temprano para limpiar y cocinar que tampoco pudo ocuparse en siquiera barrer un poco para ocupar su ociosa mente que siempre regresaba a aquella mansión en medio de la nada.
Luchó y luchó, pero nada funcionó.
Ya no podía aguantarlo más.
Tomó su mochila del colegio y quitó todos los libros excepto un cuaderno y su estuche de lápices y lo llenó con un enorme retazo de tela que solían usar para limpiar el piso, un par de manzanas, una botella de agua y una barra de chocolate que nadie se había comido en semanas. Dejó la carga en la canastilla de su bicicleta verde y avisó que iba a salir y que regresaría antes del anochecer.
Con fortuna podría cumplirlo.
Llegó a la mansión que había visitado el día anterior en menos de una hora, cruzando los dedos para que su bici no sufriera ningún daño al abrirse paso entre tanta maleza salvaje y no encontrarse con nadie que viera hacia adónde se dirigía.
Traspasó el agujero en el muro y dejó la bicicleta apostada contra él en el lado interior. No podía arriesgarse a cruzar el pasto alto, la cadena seguramente se enredaría y quedaría completamente arruinada.
Su corazón ya estaba acelerado desde el primer momento que comenzó a pedalear, pero al saberse justo en el pórtico del lado oeste hizo que su pulso se disparara al doble de rápido. Casi contuvo el aliento cuando pisó la madera del suelo, esperándose que alguien apareciera de la nada y la atacara entre gruñidos. Pero nada pasó. La estructura estaba inmutable como al inicio de su primera visita, como si no fuera más que una casa abandonada y sin nada de especial.
Si no mantuviera tan vívidos sus recuerdos del día anterior podría llegar a creérselo.
Dio unos pasos más hasta pisar el tatami y miró hacia todas las direcciones, echando en falta la compañía y chistes de sus amigos. Pero ellos no podían saber lo que estaba haciendo, nadie lo podía saber. Rin era, probablemente, la única persona que regresaba a aquel sitio una segunda vez, y sabía de antemano que nadie lo vería con buenos ojos.
―¿Hola? ¿Hay alguien aquí? ―llamó dubitativa apretando la mochila contra su pecho. No hubo ni la más mínima señal de respuesta, ni siquiera esa sensación de tener a alguien detrás de ella. Avanzó y esperó un poco más, pero nada cambió. ¿De verdad todo lo que había pasado en la víspera había sido un episodio imaginario?
Subió las escaleras sin detenerse hasta llegar al último piso. Sus pisadas seguían ahí rompiendo con la gruesa capa de polvo que alfombraba el suelo de madera. Tomó una honda inhalación sin atreverse a entrar en la habitación. Al otro lado de las escaleras, aún pegado en la pared, el enorme pergamino se mantenía intacto con sus relucientes garabatos rojos brillando a la luz del sol que se colaba por las rendijas de las ventanas.
Si de verdad había algún espíritu en la casa, no parecía querer salir de momento. ¿O sólo lo hacía cuando ya era más tarde y estaba por anochecer?
Meditó un poco sentada en los escalones y acabó suspirando. Aunque no pasara nada no podía negar que había sentido algo, y estaba muy segura de que sin importar el tiempo que pasara nunca podría tomárselo como un efecto de su volátil imaginación.
Tomando una honda inhalación bajó al tercer piso y dio un vistazo. Bien, ya que estaba…
Exploró a medias cada habitación, abriendo puertas, armarios y hasta ventanas que no sabía que estaban ahí. Todo tenía tan mal aspecto como el primer piso, pero faltaban los grafitis y rayones que adornaban las paredes y columnas de la planta baja. Cómo se notaba que todos los intrusos se asustaban demasiado como para querer llegar hasta ahí arriba. Probablemente Rin era la única visitante de aquel piso en muchísimos años.
Cuando estaba cerca de rendirse e ir al segundo piso, deslizó un panel en particular y dio unas palmaditas de celebración. Al fin encontraba lo que necesitaba.
En aquel pequeño armario, oscuro y polvoriento como los demás, los últimos propietarios habían dejado olvidados algunos materiales de limpieza tan viejos y deteriorados que parecía que se desvanecerían si los tocaba.
Rin tomó el rústico mango de madera de una escoba y se alivió al ver que ésta seguía siendo tan sólida como lo había sido como cuando era nueva. Tenía las hebras algo desiguales y echadas a perder, pero tampoco esperaba encontrarse nada mejor, por lo que la apegó a ella para llevársela. En el mismo sitio habían un par de baldes de latón oxidados, un recogedor metálico y varios potecitos que supuso que contenían productos de limpieza, pero se veían tan repulsivos con los rastros grasosos y mugrientos de los diversos líquidos impregnados por todos lados que ni se atrevió a considerar usarlos.
Estoy totalmente loca por hacer esto. Pero igual lo voy a hacer.
Armada únicamente con su escoba y recogedor anticuados, siguió sus pasos hasta regresar al cuarto piso y puso manos a la obra. Su frenética actividad consiguió levantar una nube de polvo tan densa como asfixiante, por lo que tuvo que atarse el trapo que había traído alrededor de la boca y nariz para que nada más llegara a sus pulmones.
En absoluto silencio y total diligencia, acabó su faena en media hora. Pero, insatisfecha, envolvió la escoba con el trapo que había usado como máscara y le roció un abundante chorro de agua para humedecerlo. Sólo diez minutos bastaron para dejar aquel suelo tan reluciente como era posible con tan pobres e improvisados materiales. Con eso quizás el espíritu no se enojaría con ella por haber regresado e invadido su espacio una vez más.
Limpió el sudor que corría por su cara con su camiseta y fue hasta las escaleras para tomar su mochila. Justo cuando se incorporaba una vez más, supo que ya no estaba sola.
El espíritu había aparecido, estaba en la habitación detrás de ella. Rin respiró profundamente y, apretando el bolso contra su pecho otra vez, le dirigió una amplia sonrisa al espacio vacío y ahora mucho más limpio.
―Hola. Me estaba preguntando cuándo aparecerías, te estuve esperando ―le dijo cuando subía los pocos escalones y llegaba al centro del cuarto―. Parecía una pena que un sitio tan bonito estuviera tan sucio, así que me tomé la libertad de barrerlo un poco. Espero que no te moleste ―agregó.
Era increíble. No podía ver nada, pero aún así podía poner las manos al fuego para asegurar que había otra persona acompañándola. Esto no puede ser imaginario, aseguró.
―Quedó mucho mejor, ¿no te parece? No te preocupes, no he vuelto a tocar el pergamino, recuerdo que no te gustó la vez anterior.
De nuevo se hizo el silencio, uno que sólo ella interrumpía con su voz a esperas de ganarse su simpatía.
―La verdad es que sólo quería venir para disculparme. Sé que mis amigos y yo te molestamos ayer e invadimos tu hogar sin tu permiso. Eso no estuvo bien y te pido perdón en nombre de todos ―hizo una reverencia pronunciada y al cabo de unos segundos se incorporó de nuevo―. Aunque también debería disculparme por haber regresado sabiendo que no te gustan las visitas, pero… lo siento, me dio mucha curiosidad y no pude evitarlo. Este sitio es muy interesante.
La criatura invisible se mantenía inmóvil, y Rin sólo sabía que estaba frente a ella porque podía oír un débil murmullo que seguramente significaba su respiración. Por el momento sabía que no corría peligro, como si el ser la evaluara sin comprender muy bien lo que estaba pasando, cosa que la animó a seguir.
―Mira, te he traído algo para que veas que no tengo malas intenciones. Digamos que es una ofrenda de paz, ¿está bien? ―acto seguido sacó el par de manzanas y la barra de chocolate algo blanda por el calor. Extendió un pañuelo personal que tenía guardado desde hacía meses y que nunca había usado, y lo usó a modo de mantelito para colocar la comida sobre él―. Tienes que abrir el envoltorio del chocolate, no te vayas a comer el papel. Ya verás que te gustará, es delicioso.
»Mi nombre es Rin, por cierto. Mucho gusto ―volvió a inclinarse respetuosamente, pero esta vez no fue una reverencia profunda, sino más bien una ligera y graciosa―. ¿Puedes decirme tu nombre? ¿Me dejarías ver cómo eres? Nunca he visto a un espíritu antes y me encantaría saber qué apariencia tienes. ¿O no puedes materializarte? ¿Eres un fantasma? ¿O eres un youkai? Oh, oh, ¿y de verdad tus poderes son más fuertes por la noche? Lo que hiciste ayer fue impresionante. Aterrador, pero impresionante. ¿Puedes mover cosas, cerrar puertas y lanzar objetos? En todas las películas de terror siempre hay un espíritu que se manifiesta arrojando y rompiendo cosas, ¿tú puedes hacer eso?
Guardó silencio como si esperara que de verdad le respondiera con palabras, pero no pasó nada. Y era mejor así, porque de haber escuchado alguna voz saliendo de la nada estaba más que segura de que, a pesar de lo mucho que le intrigaba la situación, saltaría y gritaría como una loca.
―Quizás no puedas hablar, sólo gruñir… qué raro. Después de lo de ayer pensé que podías hacer muchas cosas, pero quizás sólo sea cuando estés de malhumor. En ese caso espero nunca hacerte enojar ―soltó una risita nerviosa. Mientras más hablaba más tonta se sentía entablando conversación con el aire, pero ya que había llegado tan lejos y se sabía con su atención no se iba a rendir tan fácil―. ¿Sólo habitas tú en esta casa o hay más como tú? ¿Tienes muchos amigos? Espero que sí, este sitio es muy grande como para estar todo el tiempo solo ―de nuevo, como si le sorprendiera, no hubo respuesta―. ¿Estás aquí solo? Vaya, cuánto lo siento. Yo puedo ser tu amiga si quieres. Todos necesitamos amigos, de lo contrario la vida sería muy triste y vacía.
Se tomó la libertad de sentarse en el suelo con las piernas cruzadas, dándole un vistazo a los alrededores para matar algo de tiempo. No había sentido que su acompañante se moviera, sólo se quedaba ahí parado sin hacer nada. Pero por extraño y espeluznante que pareciera, Rin seguía sin tener miedo. No sentía ninguna energía negativa emanando de él ―o ella―, por lo que no creía que hubiera algo de lo que preocuparse.
Pero... ¿cómo podía estar tan segura de eso? Que ella supiera no era vidente ni psíquica ni tenía ningún tipo de habilidad sobrenatural. De tenerla de seguro podría verlo. O tal vez cualquier persona podía sentir su presencia si se tomaba la molestia de prestar atención.
También puede ser que yo sea más sensible para estas cosas. Debo ser ese personaje medica que siempre se queda poseído y es manipulado en las películas.
Claro, piensa así para darte valor. Idiota. Loca de remate.
Sacudió la cabeza para librarse de su ridículo debate mental y compuso su mejor sonrisa.
―Ya sé. En vista de que no puedes hablar, qué te parece si hacemos un sistema para que me puedas responder. Si tú quieres, claro. Mira, es muy fácil. Te pregunto algo de sí o no, y tú respondes con golpecitos en el suelo. Uno para sí ―golpeó el suelo de madera con el puño una vez― y dos para no ―lo repitió dos veces―. ¿Te parece buena idea? Vamos a ponerlo en práctica ya que parece que no tienes nada mejor que hacer que quedarte ahí parado en frente de mí. Vamos, siéntate, no pasa nada ―le indicó estirando el brazo, dudando completamente que lo hiciera, como si ella fuera la anfitriona de una excéntrica reunión y disfrutara cada segundo―. A ver, comencemos. ¿Estás aquí conmigo?
Esperó unos segundos en los que nada pasó. Quiso insistirle que respondiera, pero tampoco quería ser demasiado pesada.
Lo cual era una tarea muy difícil, ya que su curiosidad era demasiado grande como para contenerse, y ella era muy parlanchina cuando se emocionaba por algo.
―¿Eres una mujer? ¿Eres un hombre? ¿Te gustan las manzanas? ―esperó un tiempo prudencial entre cada pregunta, pero nada. Bueno, al menos ella lo intentaba. Quizás se tendría que ir a casa arrastrando una derrota―. ¿Te gusta que entre gente a tu hogar?
O quizás no.
La madera sonó dos veces muy claramente y su corazón casi dio un vuelco para salirle por la boca. Abrió los ojos en su totalidad y se quedó quieta un momento.
―¿T-te molesta que entre alguien aquí?
Un toque. Los ojos de Rin se abrieron al máximo.
Oh. Por. Dios.
―Ya veo… Entonces, ¿quieres que me vaya?
Esperó la respuesta, si es que quería dársela, con el corazón envuelto en un apretado puño. Sin darse cuenta había comenzado a sudar de nuevo, no víctima del calor, sino de la aprensión.
Dos toques. Rin casi se desplomó al soltar un enorme suspiro de alivio. Oh, gracias al cielo.
―Me alegra escuchar eso ―sonrió más calmada―. ¿Puedo seguir haciéndote preguntas?
Un toque impecable tras un par de segundos rebotó en las paredes desnudas. Su sonrisa se hizo más ancha.
―Veamos… ¿Tienes mucho tiempo aquí? ―de nuevo un solo golpe―. ¿Y te gusta? ―dos golpes. La niña se extrañó―. ¿De verdad? Vaya, lo siento mucho. Pero, ¿no te puedes ir si no te gusta estar aquí? ―dos toques más. Pobrecillo, está encerrado―. Pero, ¿por qué no te puedes ir? ¿Qué te pasó?
Se hizo el silencio de nuevo. Bastó menos de un minuto para que ella se diera cuenta de su error.
―Claro, lo siento. No es una pregunta de sí o no, qué tonta. Déjame pensar… ¿El pergamino de ahí tiene algo que ver con que no puedas irte? ―esta vez la señal afirmativa se hizo esperar. Rin tuvo la impresión de que aquel tema le molestaba. Sería mejor no volverlo a tocar, o al menos no hacerlo de momento―. A ver… ¿Puedes materializarte? ―dos golpes decepcionaron a Rin. Poco sabía la niña que esta vez el espíritu estaba mintiendo―. Qué lástima, yo quería saber cómo eras. Y dime, ¿puedes hablar? ―sí, respondió él y la niña ahogó una exclamación de sorpresa―. ¿Puedes hablar conmigo? Usando tu voz, quiero decir ―esta vez fue un no lo que la volvió a desinflar―. ¿Es porque no quieres? ―un no de nuevo―. Genial, ahora no tengo forma de saber por qué. Ni tampoco puedo saber tu nombre. Bueno, cambiemos de tema.
Se quedó pensando un rato para ver qué más podría preguntarle. No todos los días se entabla contacto con un espíritu, y menos con uno que te respondía de aquella manera tan directa, y había un millón de cosas que quería saber pero no sabía cómo abordar. No todo podía tratarse con preguntas de sí o de no.
―¿Te molestó que limpiara este piso? ―cuestionó al cabo de un par de minutos, y de nuevo la recibieron dos toques en el suelo―. Menos mal, me partí la espalda quitando todo el polvo que había aquí como para que no te gustara. ¿Te molesta que el resto de la casa esté en tan mal estado? ―dos toques más. Qué raro―. ¿En serio? Pero vives aquí, ¿no te importa que esté sucio? ―no―. Pero este piso sí te importa, ¿verdad? ―Rin llegó a contar hasta diez cuando escuchó un golpe seco―. Bueno, al menos sé que no limpié en vano. Podría limpiar el resto de la casa también, pero además de que me llevaría una eternidad no parece que te importe mucho. ¿Quieres…?
En el peor momento imaginable, su teléfono sonó y casi la hizo saltar un par de metros. Extrajo el aparato del bolsillo de sus vaqueros, un modelo algo anticuado que su padre le había regalado al comprarse él uno nuevo, y descubrió que apenas tenía una línea de señal telefónica. Sorprendida al creer que hasta ahí no llegaba nada de cobertura, se llevó el celular al oído para responder. Tragó con dificultad y finalmente habló:
―¿A-aló? Ah, hola mamá ―suspiró aliviada. Por un momento pensó que la recibiría una voz gutural y distorsionada anunciándole que le quedaban sólo siete días para vivir. Estúpidas películas de miedo, ¿quién le mandaba a verlas hasta bien entrada la noche?―. Estoy en la casa de Momoko, ¿por qué? No, no creo que tarde más, quería consultar algunos deberes con ella y de paso prestarle un libro. ¿Quieres que regrese a casa? Ah, de acuerdo. Sí, le preguntaré a la señora Oyiko en cuanto vaya de camino, descuida. Bien, hasta pronto, mamá.
Dejó salir un resoplido un tanto fastidiado cuando cerró la tapa para finalizar la llamada. A buena hora su madre quería pedirle un favor a una vecina al otro lado del pueblo. Si se apuraba en salir justo ahora y tenía algo de suerte, probablemente llegaría a casa antes de que empezara a oscurecer. Si es que la señora Oyiko no la entretenía mostrándole fotos de sus cincuenta gatos una y otra vez como hacía cada vez que alguien la visitaba.
―Lo siento, creo que ya tengo que irme, mi mamá me necesita ―anunció mientras se levantaba del suelo y colgaba la mochila más vacía sobre sus hombros―. Oye, ¿sería mucho pedir…? ¿Puedo regresar otro día? Nunca antes tuve una conversación con un fantasma y… bueno, no te voy a mentir, es sensacional.
Esperó un momento a ver si le respondería, pero al cabo de un minuto completo se rindió, convencida de que lo mejor era simplemente marcharse y dejarlo en paz. Porque después de todo ya le había dicho que no le gustaba que visitaran su casa y era muy reconocido por ello en todo el pueblo.
―Muchas gracias por haberme respondido, fue divertido. Fue un gusto conocerte ―se inclinó antes de bajar por la escalera y cuando se volteaba, escuchó un golpe afirmativo. Extrañada regresó la mirada a donde la había tenido puesta todo aquel tiempo, donde suponía que estaba su misterioso acompañante, y torció la cabeza―. ¿Sí? ¿Sí qué? ―le preguntó. Luego cayó en cuenta de lo que podría significar y probó suerte una vez más―. ¿Puedo regresar?
Respingó sonoramente cuando volvió a escuchar un único golpe, con su sonrisa ensanchándose lo más posible.
―¿De verdad? ¿No te importa? ―dos golpes lentos resonaron por la estancia y la niña casi da un salto de alegría―. ¡Genial! ¡Muchísimas gracias! Nos veremos pronto, espero. Sé bueno y no asustes a nadie, ¿está bien? ¡Adiós!
Rin bajó los escalones de dos en dos hasta el tercer piso, y el resto del trayecto era una combinación de saltitos y caminata rápida, nada parecida a la carrera desenfrenada que había echado veinticuatro horas antes con sus compañeros de curso para salvar sus pellejos.
Posó una mano en las rocas mohosas del inmenso muro mientras se giraba para contemplar la mansión. Ya no le parecía amenazadora, sino más bien intrigante, llena de promesas y misterios. Se sentía al inicio de una aventura que no sabía a dónde la llevaría, y no podía estar más emocionada al poder averiguarlo.
Se despidió con la mano en dirección al último piso, donde estaba segura de que el espíritu la veía de nuevo por la ventana. Apenas ella traspasó el agujero, las simples ofrendas de paz que había dejado en esa habitación desaparecieron junto el pañuelo.
A lo largo de los años en los que ambos mantendrían su inusual relación, Rin nunca supo adónde iba a parar todo lo que le traía como regalo, o de dónde sacaba él las cosas que le regalaba a ella. Le intrigaba como todo lo que tenía que ver con su nuevo amigo, pero no se detenía mucho a pensar en los pequeños detalles.
Aún le quedaba tiempo para preocuparse por eso.
…
Era el último día de los exámenes de aquel cuatrimestre y los ánimos estaban divididos entre los festejos y los lamentos. Afortunadamente, ese veintinueve de julio, Rin se encontraba con el primer grupo. Ése era el último día de clases y no tendría que regresar en todo un mes al aula para el siguiente periodo, ¿quién podría estar triste sabiendo que las vacaciones de verano estaban ya servidas en bandeja de plata?
―¿Qué tal el examen, Rin? ―preguntó una de sus compañeras que la veía muy contenta y relajada.
―Creo que bien. No me dio tiempo a responder la última pregunta, pero las demás ya estaban listas. Con algo de suerte no tendré muchos errores.
―No te dio tiempo a responder la última porque con cada pregunta llenaste media hoja ―se estiró Issei desde su propio pupitre―. Seguramente la profesora te dará puntos extra por saber más de historia que ella.
―Ojalá.
―¿Y qué van a hacer para las vacaciones?
―Yo iré a visitar a mi abuela en Hokkaido ―dijo Hajime desinflándose en su asiento con desgano. No le había ido muy bien en el examen, y recordar que debía visitar a su abuela en un pueblo más aburrido que aquel no le subía mucho los ánimos.
―Cierto, tu abuela ricachona con la casa enorme. ¿Cuándo nos invitas?
―Cuando dejes de ser un pesado. ¿Adónde vas tú?
―Papá dijo que nos llevaría a DisneyWorld en Tokio, luego pasaremos un tiempo en Shibuya y Odaiba donde viven mis primos. En realidad mamá nos arrastra para hacer las compras, pero no me puedo quejar.
―¿Y en qué momento harás los deberes que nos dejaron en las vacaciones?
―El día anterior, por supuesto. Nada despierta más tu agudeza mental que el miedo de reprobar y no tener tiempo para nada. Siempre me funciona ―declaró con aires de suficiencia mientras se llevaba los brazos detrás del cuello y se reclinaba vagamente sobre la silla―. ¿Y ustedes adónde irán?
―Kioto ―dijo la compañera que había estado hablando con Rin antes de que las interrumpieran.
―A ningún lado ―dijo a su vez Rin. Todos la miraron como si tuviera dos cabezas.
―¿Estás loca? ¿Te vas a quedar? No sé si te has enterado que son las vacaciones de verano, un mes completo sin clases. Entiendo que hayan mangas, juegos, tele e internet, pero la conexión ni siquiera es tan buena para mantenerte un mes completo.
En ese pueblo era común que durante el verano los jóvenes se fueran en busca de un cambio de aires y los viejos llegaran a disfrutar del clima de campo. Era raro que alguien joven se quedara todo el mes de agosto cuando, literalmente, no había nada mejor que hacer además de ver el pasto crecer. A Rin le gustaba salir de vacaciones, pero cuando sus padres le preguntaron si tenía planes o si quería ir a algún sitio, ella contestó que no. Y cómo le había costado convencerlos de que realmente quería quedarse todo el verano en el pueblo.
―Voy a aprovechar para hacer mis deberes lo más rápido posible y así tener el resto del verano despejado. Quizás vaya a algún lado después, no lo sé.
―Qué santurrona.
Fue entonces que la campana dio por finalizada la jornada del día, provocando suspiros de alivio y júbilo en todos los estudiantes que se levantaban estrepitosamente de sus asientos y recogían sus cosas a toda velocidad, platicando muy altamente sus planes para el siguiente mes.
Rin también tenía todo ideado, pero no podía compartirlo con nadie por ahora. Era su pequeño secreto.
Era una lástima. Sabía que sus compañeros se entusiasmarían mucho si supieran que había estado hablando con un fantasma, que le había preguntado cosas y él había respondido impecablemente. Sería toda una novedad y harían fila para presenciarlo de primera mano, pero eso ella no lo podía permitir. El espíritu se mostraba bastante hostil con todos sus visitantes excepto con ella, lo cual era muy extraño, y por eso no quería arriesgarse a enfadarlo y hacer que lastimara a alguien más. Quizás cuando se ganara su confianza podría presentarles a sus amigos, pero quedaba muchísimo como para poder llegar a ese nivel.
Todavía ahora, algunas semanas después de aquel segundo encuentro, la chiquilla se preguntaba por qué a ella no le hacía nada. Había comprobado lo mucho que odiaba a todo ser vivo que pisara su morada, pero con Rin tenía un trato tan dócil que uno podría pensar que él y el monstruo merecedor de los horribles relatos que abundaban en el pueblo eran seres diferentes.
Bueno, eso sólo el tiempo podría respondérselo, porque claramente su fantasmagórico amigo no lo haría.
―Oye, ¿estás bien? ―Issei se había quedado algo rezagado para hablarle antes de salir del aula. Ella le dedicó una mirada extrañada mientras se calzaba los zapatos deportivos y guardaba los otros en su casillero de la entrada.
―Sí, ¿por qué lo preguntas?
―Por lo que pasó aquel día.
―Pensé que no podíamos hablar sobre eso.
―No con otros ―se encogió él de hombros cerrando la puerta de su casillero―. Pero no veo por qué deberíamos dejar de hablarlo entre nosotros. Fue mi idea ir hasta allá en primer lugar, y como desapareciste por tanto tiempo…
Rin alzó las cejas con asombro. ¿Issei todavía se preocupaba por eso?
―No me pasó nada, de verdad. Todo salió bien al final, así que no te preocupes. Fue bastante emocionante.
―¿Emocionante? ¿De verdad piensas eso?
―Claro, era lo que estábamos buscando en primer lugar, ¿no?
―Quizás lo creas así porque no estuviste abajo con nosotros cuando… cuando la situación se puso fea. No entiendo cómo no escuchaste nada.
La niña disimuló encogiéndose de hombros.
―Yo tampoco. Quizás esa cosa estaba tan ocupada con ustedes que no se dio cuenta de dónde estaba yo.
―Puede ser. Pero aún así es extraño, ¿no crees? Eras un objetivo más fácil que nosotros cinco.
―Tal vez no ataque niñas ―propuso ella con una sonrisilla divertida―. O ustedes pudieron haber hecho algo que lo hiciera molestar.
―No estábamos haciendo nada malo, sólo caminábamos por ahí. Tú llegaste mucho más lejos y saliste ilesa ―continuó Issei sin poder explicárselo―. Creo que eres la primera persona que haya salido de esa casa sin ni un rasguño o un susto.
―¿Pero qué dices? ¡Claro que me asusté! ¡Cuando bajábamos las escaleras pensaba que la casa nos iba a comer! Fue espantoso, ¿sabes? No pude dormir casi nada por la noche pensando en ese gruñido y en lo horrible que fue todo. Como si unas paredes invisibles nos empujaran cada vez más para que nos marcháramos y luego cuando…
―De acuerdo, de acuerdo, también la pasaste mal. Eso era todo lo que quería oír ―sentenció el muchacho con un suspiro y se echó el bolso al hombro, bajando el escalón para dirigirse a la salida. Rin se apresuró para alcanzarlo justo bajo el umbral.
―Espera, ¿estabas molesto porque pensaste que no tuve miedo?
―Pues claro, qué fiasco, ¿no? Que todos los chicos huyan despavoridos pero la única niña ni se asustara. Nos dañarías el ego a todos.
―¡Eres un idiota! ―refunfuñó Rin inflando sus mejillas preparada para darle una patada por haberla dejado en ridículo y hacerle creer que tenía otras intenciones más nobles. Pero Issei posó la mano en su cabeza y revolvió su cabello como si estuviera dándole palmaditas de consuelo a un cachorrito regañado.
―Disfruta tus vacaciones, Rin. ¡Y que la casa maldita no te coma el sueño!
―¡Y a ti tampoco, bobo!
La risa de Issei se perdió cuando salía del área del colegio y bajaba por la calle. Rin echó a andar en el otro sentido en dirección la parada de autobús que tenía muchos otros estudiantes contándose emocionados todos sus planes para ese verano.
Esa casa me comerá el sueño, tonto. Pero no de la misma manera que a ti, pensó ella con media sonrisa de suficiencia cuando tomaba el colectivo y planeaba cada detalle de sus propias y exclusivas vacaciones.
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Puff, Rin, hay que ver que eres una niña extraña. No te asustan los fantasmas, hablas uno aunque tenga pésima reputación, le limpias la casa y lo tratas como a un amigo de toda la vida después de la pesadilla que te hizo pasar el día anterior. Bueno, es que es una chica muy abierta, amistosa... y algo rara xD
Pero es gracias a precisamente esa cualidad que se ganó la atención *en buena forma* del espíritu y dio inicio a la peculiar relación que mantendrán de ahora en adelante. ¿Por qué está ese ser encerrado en la casa? ¿Cómo es que puede comunicarse con él? ¿Quién o qué es ese espíritu tan violento? (Myrtle la Llorona) ¿Y por qué demonios Rin no se va corriendo como loca cuando se da cuenta de que está hablando con un fantasma?
Pues déjenme decirles que esas preguntas serán respondidas... eventualmente. Sigan leyendo y lo sabrán :D
Cambiando de tema...
OH POR DIOS 31 REVIEWS EN EL PRIMER CAPÍTULO ME MUERO AGKYULÑDGERGD *explota*
No me puedo creer que tanta gente haya comentado el primer capítulo. Wow, y yo que creí que no habría mucha gente por aquí por las vacaciones de fin de año y eso... pero me dejaron más que sorprendida. ¡Muchísimas gracias a todos! Qué bonito regalo de Navidad, ¡los adoro! Me alegra tanto que les haya gustado el inicio de esta historia, espero de todo corazón seguir el ritmo de sus expectativas con los siguientes capítulos. Gracias también por tan calurosa bienvenida y tan bonitos comentarios, yo también los extrañé. Hacen que me sonroje u/u
Ahora me gustaría responder algunas dudas que vi en sus reviews:
- Sutra: Literalmente hablando, un sutra es una enseñanza de Buda, la palabra escrita que dicta un discurso de aprendizaje para los discípulos de la religión budista... o de otra religión oriental. Ahora, en el caso de este fic, ese término no se emplea exactamente así. Aquí se utiliza la palabra sutra para designar a una... digamos oración, una especie de encantamiento plasmado en un pergamino. El sutra que está en el ático es una hoja de pergamino bastante grande (un metro de largo) con unas palabras escritas con tinta roja.
- ¿Rin es vidente? No. Rin es una chica normal, sólo que es algo más sensible que otras personas con este tipo de cosas. Como los que saben cuando hay alguien detrás de ellos sin tener que verlos, los que tienen una intuición bastante fuerte o también un sexto sentido.
- ¿Rin estaba bajo un hechizo? No realmente. Estaba más guiada por su curiosidad que por otra cosa y como encontró las escaleras más rápido que sus compañeros, siguió explorando por su cuenta dejándolos atrás sin querer.
- ¿Habrá romance? Con ella de niña no. Dejen que primero se desarrollen la historia y los personajes, después podrán pensar en lo demás xD
Mil millones de gracias, besos y abrazos a todos los que agregaron esta historia a sus favoritos y alertas, en especial a los que también se tomaron unos minutos para dejar sus comentarios: MellyTaisho, Serena tsukino chiva, Yasuk0-sama, Esme, Inu-chan123, HasuLess, Ayane Evans, Saori-san, Mariposita-chan, Floresamaabc, Mariacelestesoloaga, Emihiromi, Sesshxrin, Roxanamatarrita.96, MisteryWitch, Melinna sesshy, Yashira, Aoi Moss, Lizzie, Abigz, Pamila de Castro (¡Muito obrigado, linda!), Hanami, Claudi, FlowerBloom, Laura, Caliu, Meaow, Ginny (si eres dramática xD ¡eres la que conoce mis proyectos y estás beteando el siguiente, no te quejes! xDDD), Melissa y Dulce Locurilla.
Qué lindo encontrar nombres conocidos desde hace tanto tiempo y varios que aparecen por primera vez. Gracias por animarse a comentar, espero contar con sus opiniones para este capítulo también :)
Me despido ya que esta nota se está haciendo demasiado larga xD Ojalá hayan disfrutado esta entrega, nos veremos la próxima semana con el tercer capítulo.
¡Feliz año nuevo a todos y gracias otra vez por leer!
