Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.
Haunted
Por: Hoshi no Negai
3. Mi amigo el Señor Invisible
El verano pasaba con días lentos y calurosos, con cielos de un azul zafiro desde la mañana al ocaso, y sólo cuando el sol se ocultaba se podían apreciar todos los matices que podían existir al mismo tiempo. A Rin le encantaban esas tardes de verano que parecían infinitas y las noches tan despejadas en las que se podía ver hasta la última constelación del hemisferio. De pequeña siempre le preguntaba a sus padres sobre las estrellas y los planetas, haciéndoles miles de preguntas que ellos le contestaban con infinita paciencia.
Y ella, como retribución a todos los conocimientos que le habían implantado, no perdía oportunidad para compartirlos. Lo cierto es que como no muchos tenían sus mismos intereses y ansias por saberlo todo, era rara la vez que podía dar rienda suelta a su lengua. Usualmente lo tenía que hacer minutos antes de un examen de historia o literatura para que sus compañeros de clase se enteraran bien de lo que iba el tema, pero no era lo mismo.
Ahora tenía la oportunidad de hacerlo y no dudaba en aprovecharla.
El espíritu silencioso e invisible no interrumpía, no hacía caretas de aburrimiento ni mostraba desinterés. Sólo se quedaba ahí mientras ella hablaba y hablaba sin cesar, haciéndole ocasionalmente alguna pregunta que pudiera responder con sí o no. Y cómo le aliviaba saber que le atendía y hasta le indicaba que siguiera hablando.
No sabía si el pobre estaba tan solo que no tenía nada mejor que hacer o si de verdad le importaba un poco, pero fuera como fuese, ella no se quejaba. Hablarle era la experiencia más emocionante que había tenido jamás.
Rin regresaba al menos tres o cuatro veces por semana y no solía quedarse más de dos horas, tanto por temor a que él se fastidiara o sus padres notaran sus sospechosas ausencias. Por el momento todo marchaba bien, por lo que no tenía ganas de abandonar sus largos paseos por el momento.
¿Por qué aquella casa tenía tan mala reputación si aquel era un espíritu pacífico? Bueno, pacífico en el sentido de que no le hacía nada y era receptivo, no quedaba ni un rastro de aquella fea primera visita que realizó con sus amigos de clase, sólo los gruñidos y la pesadez en el aire que aún recordaba vívidamente. ¿De verdad era la misma criatura? Era muy difícil creerlo cuando era tan dócil como un animalillo indefenso.
Le había preguntado en algunas ocasiones al respecto, pero esas eran unas de las raras veces en las que el espíritu no quería contestar. Casi no quería decir nada sobre sí mismo, y ella había preferido dejarlo así por el momento, repitiéndose que era mejor primero ganarse su confianza. Quien sabe… quizás hasta era posible hacerlo aparecer ante ella para presentarse formalmente. Lo único de lo que estaba segura era que para eso aún le quedaba un largo camino, aunque su anhelo de saber más sobre él amenazaban con hacerla meter la pata.
¿Era un ser humano? ¿Cómo habría muerto? ¿Qué significaba el pergamino con tinta roja? Y si no era un ser humano… ¿era un youkai? ¿Un demonio? Le daba tantas vueltas al asunto que sólo conseguía avivar su curiosidad.
Pero no. Tenía que contenerse. Ya tendría mucho tiempo para conocer las respuestas, pues ninguno de los dos se iría a otro lado.
―¡Hola, ya llegué! ―anunció aquel día mientras se subía al piso de madera desde el ala oeste. Con sólo dar unos pasos sobre el tatami ya pudo sentirlo a su lado recibiéndola silenciosamente. Rin le dedicó una sonrisa alegre y procedió a quitarse el morral del hombro―. Hace un día muy bonito, ¿no crees? Lo malo es el calor, cuando regrese a casa me tiraré de cabeza en la bañera. ¿Te importa si hoy nos quedamos aquí abajo? Al menos da un poco de brisa, allá arriba el espacio está más cerrado y no corre mucho el aire.
»Mira, te traje uno de mis libros favoritos ―abrió la cremallera del bolso verde y tiró de un libro delgado y bastante viejo―. El viaje al Oeste*, un clásico muy popular. ¿Lo conoces? ―la madera sonó dos veces y Rin arrugó el seño. ¿Quién rayos no conocía ese cuento, si era tan viejo y famoso en Asia? Si se trataba del fantasma de un muerto debía ser realmente muy antiguo―. Entonces estás de suerte. No existe nadie a quien no le guste, ¿quieres que te lo lea? ―Rin no tuvo que esperar mucho hasta que se escuchó un único golpe. Acto seguido tomó asiento en el borde del suelo elevado y abrió el ejemplar en la primera página.
Era la primera vez que le leía, antes sólo le contaba cosas que sabía de memoria mientras hacía alguna otra cosa, como barrer un poco el polvo que la volvía loca o explorar los alrededores. Y debía admitir que era bastante reconfortante hacerlo, ya que podía darse la libertad de representar a los personajes y moldear su voz para darle más vida a la narrativa. Supo que lo estaba haciendo bien cuando, al acabar la sexta página, sintió muy claramente un peso hundiéndose en el suelo un poco detrás de ella, señal clara de que había tomado asiento.
Con ese incentivo no pudo sino continuar la lectura con renovada emoción, dando lo mejor de sí para entretener a su oyente.
En poco menos de una hora al libro se le habían acabado las páginas y Rin lo cerró en su regazo. Le dolía un poco la garganta por haber estado usando la voz sin parar por tanto rato y sin detenerse, pero la sensación de satisfacción lo opacaba casi por completo.
―¿Te gustó?
Un golpe seco le indicó que sí, haciendo que resoplara satisfecha.
―Qué raro que no lo conocieras, no hay nadie que no haya oído esta historia antes. Dime, ¿sabes leer? ―otro golpe afirmativo―. ¡Genial! Quizás podría dejarte algún libro alguna vez para que te entretenga, tengo unos muy interesantes. O si no quieres cuentos, también tengo libros de historia y literatura clásica. Si te sientes muy aburrido podrías intentar resolver algunos problemas de los libros de matemáticas de mi curso ―se rió tontamente imaginándose lo maravilloso que sería pedirle ayuda con sus tareas―. Ya veré qué encuentro que pueda gustarte. Otra pregunta, ¿sabes escribir? ―de nuevo un sí.
Su corazón se aceleró al llegarle repentinamente una idea.
―¿Será posible? ―murmuró para sí misma―. Si te doy un lápiz y un papel, ¿podrías usarlos para escribir algo?
La niña esperó impacientemente a que el espíritu le dijera que sí como al resto de sus preguntas, imaginándose las posibilidades de lo que podría pasar si utilizara escritos para comunicarse con ella. ¿Cuántas cosas le podría decir, cuántas preguntas podría responder con más que un simple sí o no?
La afirmación se hizo esperar más de lo que Rin quiso aguantar, y al escuchar el único toque la muchacha casi dio un brinco de emoción. Se apresuró a rebuscar en el fondo de su mochila donde estaba el estuche de lápices que nunca sacaba de ahí, y tomó el lápiz más nuevo y bonito que tenía, un ejemplar amarillo que nunca había usado más de una vez y lo tenía de repuesto. Acto seguido arrancó una página en blanco de la libreta de apuntes que siempre llevaba con ella y la dejó en el suelo, donde supuso que estaba sentado su acompañante.
―¿Puedes escribir algo para mí? ―casi contuvo el aliento mientras dejaba el lápiz frente a la hoja, mirándolo esperanzada de que se alzara en el aire y comenzara a trazar palabras sin parar. ¿Cómo no se le había ocurrido antes esa idea?
Pero esperó unos segundos que se volvieron un minuto completo, sin apenas pestañear para no perder de vista ni un milisegundo los objetos y nada pasó. Ni siquiera percibía movimiento, por lo que sabía que el espíritu estaba aún sentado cerca de ella, pero por alguna razón no tomaba el lápiz. ¿Le había mentido, no sabía escribir?
―¿Qué ocurre? ―preguntó como si pudiera responderle de verdad― ¿No sabes cómo hacerlo? Mira… ―agarró el lápiz con la mano derecha y trazó en un extremo del papel "Me llamo Rin"―. ¿Lo ves? Es muy fácil. ¿Por qué no lo intentas?
Pero el ser seguía sin reaccionar.
―¿De verdad sabes escribir? ―un golpe afirmativo la sobresaltó un poco tras tanto silencio―. Entonces… ¿no quieres hacerlo?
Nada otra vez. ¿Qué rayos le pasa? Se preguntó extrañada. No creía que hubiera una razón para no querer escribir delante de ella a no ser que le estuviera mintiendo. Para no arriesgarse a hacerlo enfadar, prefirió no insistir mucho más. Tal vez si le dejaba la hoja la próxima vez que regresara se encontraría con que le había escrito algo. Su nombre sería un buen comienzo.
―Bueno, tal vez en otra ocasión te sientas con ánimos de hacerlo. Incluso podría enseñarte algunos juegos para que no te aburras tanto, apuesto que te gustará.
Antes de guardar las cosas de vuelta en la mochila, sacó lo único que quedaba en ella y lo colocó al lado de la hoja de papel, sobre una cartulina roja. Le encantaría poder utilizar un pañuelo como era habitual, pero ya le había dado todos los que tenía y no le quedaba ninguno más. Y como los buscaba disimuladamente en la casa cada vez que se daba una vuelta por ella, supo que lo más seguro era que no los volvería a ver. Tendría que conformarse con otros mantelitos improvisados si seguía llevándose los suyos, pensaba Rin mientras dejaba las "ofrendas de paz" sobre la cartulina. Esta vez era una naranja y un pastelillo de arroz y pasta de frijoles. Y por supuesto un caramelo. Siempre que le dejaba comida se aseguraba de dejarle al menos una pieza de sus dulces favoritos sólo para hacerlo más personal con la esperanza de que compartieran los mismos gustos.
―Tengo que irme ya, no quiero que mamá se pregunte dónde estoy metida tanto tiempo. Puede llegar a ser muy entrometida y sé que acabará sacándome la respuesta tarde o temprano. ¿Quieres que regrese otro día?
Siempre le hacía la pregunta y siempre se preocupaba al poder escuchar un no. Tenía que asegurarse de que él no se molestara cuando ella volviera a visitarlo, y la mejor forma de hacerlo era siendo directa. Afortunadamente no le había negado la petición silente ninguna vez, y ese día no era la excepción.
―Entonces vendré en cuanto pueda. ¡Hasta entonces y pórtate bien!
Agitó la mano en una despedida alegre y saltó al exterior sin dejar de sonreír. Cada vez que se marchaba sentía un trago de deleite al saberse con la simpatía de tan interesante criatura. ¿Quién más podría decir que tenía un amigo como ese? No habrían pasado ni tres semanas cuando ella se supo en la certeza de que definitivamente le agradaba al espíritu que moraba aquella casa. Por algo le dejaba regresar y se quedaba con ella durante todas sus visitas, y por algo también le contestaba sus preguntas y aceptaba los alimentos que le dejaba.
Sí, las cosas estaban marchando bien. Si todo seguía por ese rumbo quizás hasta podría convencerlo de no asustar a nadie nunca más. Podría hacerle comprender que las personas que entraban en su hogar no eran malas y no tenía por qué hacerles nada. Estaba completamente segura de que era cuestión de tiempo para hacer que la escuchara y le hiciera caso.
Tomó su bicicleta y atravesó el muro no sin antes dar un vistazo a sus espaldas.
La mansión ya no se veía intimidante como lo había hecho la primera vez que la visitó, sino más bien le daba un aire de tristeza y soledad. Estar siempre solo y encerrado debía ser algo terrible, y era por eso que Rin se esforzaba en entretenerlo y ganarse su amistad. Él no era malo, sólo estaba frustrado, pensaba ella. Después de estar a su lado tantas veces podía dar fe de que quizás su padre tuviera algo de razón en lo que le había dicho la otra vez.
Podían existir seres de otro mundo, podían existir fuerzas que nadie conocía ni podía explicar, pero no había forma en la que él, su amigo El Señor Invisible ―como solía referirse a él de vez en cuando― pudiera hacerle daño a nadie. Cada prueba que buscaba para desmentir su teoría la excusaba con cualquier cosa que remarcara su inocencia: accidentes, casualidades, la histeria colectiva… incluso la gente que había muerto ahí ―sí, tenía que recordarse que bastante gente había muerto dentro de esas paredes―, debía tener una explicación natural. Suicidio, depresión, enfermedad, traiciones, escándalos familiares… cualquier cosa podría haberle pasado a esas personas, pero El Señor Invisible no podía tener nada que ver.
Seguramente sólo los había asustado un poco y los desenlaces lamentables fueran por causas naturales, una reacción al miedo y a la angustia. Era posible, ¿verdad?
¿Verdad?
Cómo se aferraba a la idea de que así fuera, no quería equivocarse.
Sin embargo, por más que lo defendiera, una pequeña parte de sí misma sabía que estaba equivocaba. Muy, muy equivocada.
Y para acallarla, se esforzaba en demostrar lo contrario cada vez que volvía a pisar el interior de la mansión.
Ella podía cambiarlo. Ella podía ponerle fin a la larga línea de tragedias que estaban ligadas a esa ancestral estructura, estaba segura.
De todas formas, ¿qué perdía intentándolo?
…
Las cuatro maravillosas semanas de vacaciones se acabaron más pronto de lo que hubiera querido. Las familias regresaron a sus casas una tras otra, llenando de vida lo que antes eran las calles desoladas del pueblo. Los chicos se contaban emocionados sus aventuras fuera de la zona rural que llamaban hogar, las madres comparaban sus compras en las grandes ciudades y los ancianitos que habían emigrado por el verano regresaban a sus ciudades originarias, despidiéndose de los saludables vientos del campo.
Era el último fin de semana antes de empezar el tercer periodo de su sexto año de primaria*, y aunque se encontraba ansiosa por reunirse con sus compañeros de clase, también estaba algo triste por no poder ir a visitar a su amigo más seguido, pues dudaba que las tareas y las clases se lo permitieran.
―Cariño, ¿te sucede algo? ―preguntó su madre aquella mañana al verla aplastada contra la mesa del comedor, viendo vacíamente la televisión encendida. La mujer sabía que había algo malo con su hija cuando vio que no había cambiado el canal deportivo donde pasaban un largo e ininterrumpido torneo de golf. Rin odiaba el golf.
―¿Qué dices, mamá?
―¿Te pasa algo? ―esta vez se le acercó y le habló más seriamente. La niña despegó la mandíbula de la mesa y la vio de soslayo.
―Es que no quiero que las vacaciones terminen ―suspiró derrotada, volviéndose a desplomar. La otra sonrió con algo de alivio, contenta de haberse preocupado por nada.
―Pensé que estarías feliz de volver a ver a tus amigos, como todos se fueron del pueblo y te quedaste sola…
―Sí, lo sé, pero… ―murmuró flojamente―. Sólo quería más tiempo sin ir al colegio, es todo. Me gusta tener las mañanas libres.
―Ay, cielo, ¿a quién no? Pero de todas formas tienes tus deberes tan bien llevados que casi no tienes que ocupar mucho tiempo, ¿cuál es el problema entonces? Rin… ¿hay algo que no me estés contando? ―intuyó ella y Rin apenas pudo disimular su mueca de sorpresa. ¿Cómo demonios podía saber que le pasaba algo más allá de las ganas de tener más vacaciones?
―No, ¿por qué lo crees?
―No lo sé… siento que hay algo raro.
Esta vez la niña se incorporó y le dio una mirada incrédula que esperó hacer pasar por una genuina y convincente.
―Creo que estás imaginando cosas ―por favor, cambia el tema, cambia el tema, cambia el tema…
Rin mantuvo su postura casual, pero su madre seguía viéndola con ojos inquisidores. Sabe que estoy haciendo algo, pensó ella, pero no sabe qué. Rayos, ¿las madres tenían un sexto sentido muy desarrollado o era la suya en particular que podía casi leerle la mente? Sea como fuera, rogaba porque esta vez no pudiera leer en la suya.
―Es posible ―soltó la mayor al fin, y Rin tuvo que contenerse de suspirar de alivio―. Anímate, cariño, volverás a tener vacaciones en diciembre. Oh, se me olvidaba ―se dio la vuelta cuando ya empezaba a marcharse de la salita de estar―. Estuve limpiando el cobertizo mientras estabas afuera y encontré algunas cosas que podrían interesarte. Ven conmigo.
La muchacha la siguió hasta la puerta que daba al patio trasero donde su madre había colocado dos grandes cajas polvorientas a medio abrir. Se arrodilló para examinar el contenido, sacando una cosa a la vez. Se notaba que hacía mucho tiempo que nadie había revisado a fondo ese lugar.
―Wow, fotos viejas de los abuelos ―se maravilló mientras pasaba las páginas amarillentas de un álbum y le dedicaba una buena mirada a cada foto en blanco y negro―. Eran guapos de jóvenes ―comentó al ver a la pareja que entonces no tendría más de veinte años cada uno, sonrientes y tomados de la mano.
―¿De dónde crees que sacamos tú y yo tan buena apariencia? ―sonrió su madre viendo desde su hombro―. Mira esta ―señaló apenas Rin pasó a la siguiente página y vio una serie de fotos pequeñas y viejas como las demás. Pero la que señalaba la mujer tenía algo que ella reconocía bastante bien.
―¡La casa maldita! ¡No sabía que la habían visitado!
―Yo tampoco, nunca me dijeron nada al respecto. Hay muchas de esa casa, parece que fueron a darle un vistazo con un grupo de amigos. Como tenías curiosidad sobre el tema pensé que te gustaría saber que no eres la única en la familia.
Rin no sabía si sonreír ante la casualidad o pasar un trago amargo. Sí, definitivamente no era la única de la familia que sabía que había algo ahí adentro.
Siguió mirando las imágenes una por una, donde se mostraban pedazos de la mansión tanto por dentro como por fuera. Para quien no supiera de qué se trataba era una secuencia de la más aburrida, pero para ella era un tanto perturbadora. Y mientras más fotos veía, más fuerte se hacía esa sensación, pues las últimas de la página siguiente eran muy borrosas y movidas, como si el fotógrafo hubiera estado corriendo mientras las tomaba. En una, en la esquina superior derecha pues se notaba que estaba volteada, se veía claramente un rostro en medio de un grito congelado por el tiempo. Aquella había sido su abuela, aterrada y corriendo seguramente para salvar su vida.
Tragó seco sin poder dejar de mirarla con el corazón latiéndole a millón. No se veía a quién le dedicaba aquel grito, pero era claro que estaba viendo algo terrible. Sólo un par de imágenes más de la estructura, seguramente del suelo por lo que podía adivinar por el pésimo enfoque y el deterioro de la imagen, y la secuencia de su visita a la casa había terminado. Le seguían varias fotos más normales de la vida cotidiana en el campo, las mascotas y el fruto de su trabajo agrícola, pero Rin no les prestaba mucha atención.
―¿Por qué habrán conservado estas fotos y las pusieron en el álbum? ―le preguntó a su madre tras un rato. Aún sentía el cosquilleo bajo la piel y juraba que le temblaban los labios―. Se nota que no fue un viaje de lo más divertido que digamos.
―No lo sé, cielo. Tal vez les pareció divertido una vez que salieran de ahí y querían conservarlas para reírse después. A mí también se me hizo raro.
―Ojalá pudiera preguntarles…
Los abuelos de Rin habían fallecido hacía más o menos seis años en un accidente de tráfico en Sapporo, y la verdad es que tenía pocos recuerdos de ellos; felices y normales. Nada delataba que hubieran vivido una experiencia realmente impactante como parecían delatar las fotografías.
―Lo sé, amor, yo también los extraño ―la mujer besó su coronilla y soltó un suspiro que estremeció a la pequeña. No quería ni imaginar cómo sería sentirse como ella, sin unos padres a los que acudir o a los que abrazar cuando fuera necesario. Y esperaba con hasta la última célula de su cuerpo que sus padres no se marcharan de su vida demasiado pronto. Quizás en unos cien años estaría bien despegarse de ellos, pero por el momento no―. También hay juguetes míos de cuando era pequeña, juegos de mesa, y este… ¡Por Dios, guardaron las cartas que tu padre me escribía cuando comenzamos a salir! ―se escandalizó cuando encontró la lata de galletas en las que de adolescente había guardado sus posesiones más preciadas, alcanzando un rubor más rojo que el delantal que traía puesto―. Qué vergüenza, espero que no las hayan leído…
―Oh, mamá, no sabía que tú y papá hubieran sido tan picantes por correo como para que te de pena.
―N-no lo éramos, pero aún así… ―resopló mientras se aferraba a la lata y sentía su rostro oscurecer un par de tonos más―. Qué madre tan chismosa.
Rin se mordió los labios para no soltar una carcajada. La apariencia no era la única cosa que había heredado de familia, aparentemente.
Tomó una cajita de madera polvorienta y sopló sobre la tapa para descubrir un juego de Go* muy, muy antiguo. También había una caja similar de un juego de damas y fichas de Koi Koi* desteñidas amarradas con una liga.
―Todo eso era de tus abuelos, pero yo también jugaba con ellos. No era muy buena, tu padre siempre me ganaba cuando venía a visitarme. Puedes pedirle que te enseñe a jugar si quieres.
Pero Rin veía aquellos juegos de mesa bajo una luz completamente diferente. Sabía jugarlos todos y podía defenderse de manera muy decente, aunque ya había perdido la práctica. Pero eso no importaba. Ya sabía a quién más podría interesarle aprender.
―¿Puedo quedármelos, mamá? ―la miró suplicante.
―Pues claro, ¿para qué más los habré sacado? Si hay alguno que no quieras siempre puedes dárselos a alguien más o donarlos al hogar de ancianos o a la clínica, seguramente los pacientes podrían quererlos.
―La verdad es que ya tengo a alguien en mente a quien podrían gustarle. ¿No te importa, verdad?
―Claro que no, cielo. Me alegra que alguien más los pueda disfrutar.
―Gracias, mamá ―la niña besó muy alegremente su mejilla y apiló las dos cajas y el mazo de cartas. Tomó también el álbum de fotografías y se le quedó mirando un momento. Habían más como ése, pero ninguno era tan viejo ni estaba tan maltratado, y al tener imágenes que consideraba tan valiosas pensó que debía darle un mejor hogar―. ¿Puedo quedarme con esto también?
―La verdad es que quiero colocarlo junto a los demás álbumes familiares. Estará aquí abajo para cuando quieras verlo.
Rin sonrió y asintió con la cabeza, aliviada al saber que no se desharía de él. Dudaba que fuera a serle útil en algún futuro, pero no quería descartar la posibilidad por el momento.
…
Era domingo, la última oportunidad que tenía de visitarlo durante un buen tiempo, y quería aprovecharla al máximo. Volvió a dejar la bici aparcada en el sitio de siempre y tomó el bolso que había dejado en la canastilla. Era más pesado y más abultado que antes, pero no le importaba. Pronto le daría un buen uso a lo que había en su interior.
―¡Ya llegué! ―saludó al entrar, sintiendo inmediatamente la silente pero evidente bienvenida del ser invisible. Buscó con la mirada la hoja de papel y el lápiz que había dejado la vez anterior, pero no había ningún rastro de ellos. Como todo lo que le dejaba, se lo había llevado―. Hoy te traje algo que de seguro te gustará, mira esto ―sacó la caja con el tablero de Go y lo extendió hacia donde creía que estaba el espíritu―. ¿Sabes qué es?
Para su sorpresa, la criatura dio un golpe afirmativo.
―Vaya, así que no conoces el Viaje al Oeste pero sí te suena el juego de Go. ¿Sabes jugarlo? ―de nuevo un sí impecable y seco la sorprendió―. Creo que tienes aquí mucho más tiempo del que creía ―se rió por lo bajo. El Go tenía más de dos mil años de antigüedad, y el Viaje al Oeste apenas llegaba a quinientos. Quizás estaba hablando con alguien del periodo Sengoku* o incluso uno anterior a ese―. Bueno, ¿te gustaría jugar? Hace tiempo que no lo juego, pero no lo he olvidado. Era buena cuando era pequeña, te lo advierto.
Otro sí resonó en la estancia y Rin colocó el tablero en el suelo, justo ahí donde acababa de llegar. Dejó el pequeño recipiente con las fichas blancas del lado opuesto del tablero y se quedó ella con las negras. Siempre había jugado con las negras y eso no iba a cambiar de un momento a otro.
―Comienza tú ―le indicó, y poco después sintió el claro peso de su cuerpo sentándose en su puesto correspondiente. Esperó unos segundos a que alzara la primera piedrecilla, pero nada pasó. Era como la cuestión de la escritura una vez más. Pero ésta vez era diferente, no sólo le había dicho que sabía jugar, sino también que quería hacerlo. Incluso estaba sentado frente a ella, ocupando el puesto del rival―. ¿Qué pasa, no quieres jugar? ―nada―. Bueno… entonces empiezo yo, ¿está bien?
Colocó la pieza negra en su extremo del tablero, alejándose de las esquinas y bordes para no caer en una emboscada y esperó pacientemente. Sólo pasaron unos cuantos segundos para que sus ojos se abrieran de estupefacción.
La piedra blanca estaba levitando.
Oh. Por. Dios.
Estaba flotando a la misma altura que la tendría alguien normal que va a jugar, y descendió suavemente para posarse al lado derecho de la negra que ella misma había colocado. El objeto no se tambaleó ni tembló una vez dejado en su punto, sino que permaneció quieto como el suyo propio. Lo había colocado una mano firme, no un poder telequinético, una brisa, hilos invisibles ni nada del estilo.
Ok, de verdad hay una persona sentada enfrente de mí y está jugando Go conmigo.
Rin tragó, escuchando los latidos de su corazón inundar sus oídos. Bien, no solo aquella criatura podía hacer ruido, responderle con golpecitos y anunciarse silenciosamente, sino que también podía mover objetos. Literalmente podía hacerlos alzarse en el aire mágicamente, lo que hacía que toda aquella situación del espíritu en la casa del bosque fuera mucho, mucho más real. Era completamente imposible imaginar eso, ¡lo acababa de ver!
Y Rin sólo tenía una palabra para eso:
Genial.
Con la emoción a flor de piel no se hizo esperar más y colocó la siguiente pieza, maravillándose con la rápida respuesta de su contrincante que cada vez que posicionaba una piedrecilla blanca, se notaba más que tenía una buena estrategia en mente.
Era listo, condenadamente listo. No era que el Go fuera algo demasiado difícil ―como lo era el ajedrez para ella, pues nunca le agarró el truco―, pero era demasiado obvio que tenía una astucia bastante aguda, cosa que comprobó con las siguientes partidas que ganó impecablemente, dejándola perpleja tras cuatro derrotas consecutivas.
―De acuerdo, tengo que admitirlo. Eres muy bueno en esto. ¿Cómo rayos lo haces? ―obviamente no hubo respuesta, pero ni se molestó en reparar en ello―. ¿Jugabas muy a menudo antes?
Se hizo un silencio de unos pocos segundos hasta que la criatura afirmó con un golpe seco.
―Apuesto a que eras famoso y le ganabas a todo el mundo ―ésta vez fue un no lo que sonó―. Vamos, no seas modesto, nadie puede ser tan bueno sin que alguien más se entere. Habrás vencido a muchos antes que a mí, ¿no? ―de nuevo un no―. No me digas que soy la primera persona con la que has jugado ―no―. Menos mal, no me imagino cómo podrías ser tan bueno practicando tú solo. Ojalá me pudieras ayudar a hacerlo mejor, me encantaría ser mejor rival para ti. Me avergüenza haber sido tan… patética ―no―. ¿No qué? ¿Que no fui patética? ―no―. No mientas, fui un desastre. Pero no te preocupes, ya encontraré algo en lo que superarte. Apuesto a que nunca has jugado con un PlayStation, ahí sí que podría darte una paliza sin importar el juego.
Procedió entonces a guardar todas las piezas del juego y a cerrar la caja del tablero. Estaba por introducirlo en la mochila, pero cuando apenas alzaba la caja en una mano y sujetaba el morral abierto con la otra, se detuvo y volvió a dejarlo en el suelo.
―¿Sabes qué? Mejor lo dejo aquí, papá tiene uno igual en casa y puedo practicar con él. Tú quédate con este y guárdalo para la próxima partida, ¿te parece bien? ―sí―. Algún día te ganaré, lo garantizo. Quizás no con el Go, pero puede ser que con el Koi Koi o las damas tenga mejor suerte. Pero ya tendrá que ser en otra ocasión… Regreso mañana a clases y no tendré muchas oportunidades de visitarte seguido. Haré todo lo posible pero no puedo prometer nada, lo siento ―se disculpó genuinamente. No quería dejarlo solo, el pobre había pasado demasiado tiempo sin compañía como para querer dejarlo a su suerte otra vez. Además de que cabía la posibilidad de que se volviera malo si Rin dejaba de tratarlo con regularidad, o al menos ella tenía esa impresión. Si lo mantenía contento y ocupado era menos posible que asustara a alguien más, ¿no?
Luego de un silencio un poco largo Rin soltó un resoplido triste. No quería imaginarse cómo era estar tanto tiempo sin ninguna compañía, encerrado sin poder salir ni hacer nada.
―No te preocupes, vendré de vez en cuando y te puedo dejar libros para que te entretengas un poco. ¿Te gustaría eso? ―sí―. De verdad lo siento. Te prometo que no me olvidaré de ti, ¿está bien? Después de todo eres mi amigo ―le sonrió ampliamente.
A continuación le dejó las ofrendas de aquel día en el suelo, un melocotón enorme y un bollo de pan de leche en la cartulina de color naranja. Menos mal que su madre era amante de las manualidades y tenía de esas por montones, por lo que ni se daba cuenta de que le faltaban unas cuantas.
―Creo que ya debería irme ―anunció al incorporarse de nuevo tras un suspiro triste. Dos golpes lentos la sobresaltaron de repente―. ¿Qué pasa? ¿Quieres que me quede un poco más? ―un toque suave contestó poco después y ella sonrió algo apenada―. Está bien. ¿Te apetece una última partida? ―señaló el juego al lado de las ofrendas, pero de nuevo dos golpes negaron por él―. No te traje nada para leer, perdona. ¿Quieres que te cuente alguna historia? Me sé algunas de memoria, si quieres… ―un toque casi imperceptible se dejó escuchar entre el silencio, y la niña se encogió de hombros sin más remedio al volver a sentarse en el suelo.
Era lo menos que podía hacer por él, se dijo al pensar en qué podría contarle que no le hubiera dicho ya. Podían pasar varias semanas hasta que pudiera volver a visitarlo, ya que al terminar el verano las tardes se acortaban y las noches empezaban mucho antes, y no se atrevía a recorrer ese camino de noche una vez más y mucho menos estando sola.
Sin embargo, justo cuando comenzaba la frase de apertura de una historia, se prometió que no permitiría que pasara tanto tiempo para su próxima visita. Ella era todo lo que él tenía y no lo defraudaría.
…
El salón de clases poco a poco se iba llenando de más estudiantes, varios de los cuales lucían ropas y artefactos nuevos y unos aires de suficiencia al haber tenido vacaciones satisfactorias. Los grupos de siempre se reunían para comentarse sus días fuera del pueblo, las anécdotas iban y venían, y ante los más bronceados, Rin, que no era demasiado blanca para empezar, se sentía especialmente pálida y desentonada. Pero para su sorpresa, mientras los escuchaba con detenimiento sin perderse ni un detalle, descubrió que no sentía ni una pizca de celos por haber sido prácticamente la única en haberse quedado todo el verano.
¿Quién decía que el suyo había sido menos interesante sólo por no haber salido? Podría jurar que nadie la había pasado mejor que ella.
―Entonces, Rin ―hablaron unas niñas que habían estado mostrándose los recuerditos comprados en sus diversas visitas. Una de ellas le regaló una bonita pulsera entretejida con cuentas de colores, y otra una bolsita de dulces típicos de Okinawa―, ¿cómo te fue a ti?
―Bastante bien, de hecho, no me puedo quejar. Fue… interesante.
―¿Desde cuándo ver el pasto crecer es interesante? ―intervino Issei, que acababa de llegar a su puesto.
―Tú la pasaste bien por lo que veo ―dijo ella como respuesta alzando una ceja ante su atuendo. Traía puesta una camiseta con el logo de DisneyWorld Tokio y una gorra de Mickey Mouse, que le daba más bien un aspecto de turista entusiasta que de chico interesante como seguramente era su intención.
―Más que bien. Ligué con unas lindas extranjeras y todo.
―Eso no se lo cree ni tu madre ―rió Hajime mientras se acercaba a él. El chico de las gafas le dio un puñetazo en el brazo, pero el más alto lo bloqueó a tiempo.
―Sólo dices eso porque eres feo y nadie te hace caso.
Hajime roló los ojos al negar con la cabeza y fue a ocupar su asiento detrás de su amigo, para luego prestarle atención a las niñas:
―¿Es verdad que no saliste de aquí en todo agosto, Rin? ―la chica asintió encogiéndose de hombros―. ¿Y eso? ¿Tus padres no quisieron?
―No, ellos se fueron unos días a la ciudad pero yo preferí quedarme. Leí mucho, salí a caminar, ayudé con el huerto… no estuvo mal.
―Oh, bueno… ―el moreno se quedó sin saber qué decir. Rin siempre había sido un poco peculiar en comparación a las demás chicas de la clase―. Si te divertiste… Y tú, Satsuki, ¿adónde fuiste?
Cambió la mirada a la muchacha al lado de Rin, quien comenzó a contarle sus paseos por Okinawa y la enorme familia que tenía ahí. Aún faltaban algunos minutos para que tocara la campana cuando Rin, que escuchaba atentamente sin apenas hacer algún comentario, sintió un peso en la cabeza. Tomó la bisagra de la gorra y se la quitó para verla, encontrándose con el ratoncito negro que le dedicaba una sonrisa con los brazos abiertos.
―¿Y esto por qué? ―cuestionó a Issei a su lado. El chico suspiró con pena fingida y miró hacia el cielo por la ventana.
―Me parte el corazón saber que te quedaste en casa y perdiste la oportunidad de ver el mundo este año, así que te doy un trocito ese mundo exterior para ver si te animas un poco.
Rin lo miró con una ceja enarcada y apretando los labios sin creerse semejante tontería.
―Qué gracioso ―le extendió la gorra, pero él no la tomó.
―¿Sabes lo feo que es despreciar un regalo en la cara del que te lo da?
―¿Qué? ¿Es en serio?
―Claro, so tonta. Te gusta Mickey Mouse, ¿no? Si no es así me temo que tendrás que quedártela de todas formas porque no compré más.
La niña le volvió a dar una mirada a la gorra blanca con el bordado del personaje y el logo de Disney y no pudo contener una sonrisa boba. Incluso tal vez se había sonrojado un poquito, pero no tenía forma de saberlo.
―Pues gracias, es un lindo detalle. Debería compensártelo entregándote el pasto que vi crecer por cuatro semanas.
―No, gracias, ya tengo mucho de eso en casa.
Después de todas sus bromas de mal gusto, su humor absurdo y su altanería, resultaba que Issei era un buen chico. Listo, determinado, optimista y sin dudas confiable, pues aunque amara burlarse y bromear con todo el mundo jamás se atrevía a lastimar a alguien apropósito, y sabía de antemano que era bueno guardando secretos.
Quizás debería decirle lo que en realidad había estado haciendo en agosto y por qué estaba tan contenta de haberse quedado en el pueblo.
El niño con las gafas se sentó en su puesto para conversar con los compañeros que lo rodeaban, inconsciente de que Rin lo miraba evaluando si era prudente compartir su secreto. El grupo de chicos se fue tan pronto como había llegado, e Issei quedó solo mientras revisaba algo en su celular.
Cuando estaba a punto de abrir la boca para decir que tenía algo muy importante que contarle, la campana sonó. Inmediatamente después el profesor hizo su entrada y todos los alumnos tomaron asiento tras darle los buenos días al unísono. Rin mantenía unidos los labios muy apretadamente y la mirada permanecía fija en el vacío.
No, no le podía decir nada.
¿Y si el espíritu se enfadaba? Antes había querido mantener ocultas sus visitas a la casa por temor a que entrara en cólera y los atacara. Pero ahora era más bien porque no quería manchar su amistad. Le había costado ganarse su simpatía, y era posible que ésta se esfumara si llegaba con otra persona a mostrarle lo que sabía de la mansión y su ocupante, como si se tratara de una criatura de circo o algo del estilo.
Quizás en algún futuro le podría preguntar si quería que le presentara a alguien más, pero no creía que estuvieran en ese punto todavía. La toleraba solamente a ella, y por el momento era mejor no hacer ningún movimiento arriesgado.
Rin nunca le contó a nadie lo que hacía hasta que ya no tuvo mayor opción unos años después, bajo circunstancias completamente diferentes a la expectativa de emoción a lo desconocido. Cuando le tocó confesar, ya no había vuelta atrás.
Y esa era una cosa que, muy a su pesar, no llegaba ni a imaginar en sus tiernos once años, donde sólo era una niña que jugaba con fuerzas muy superiores a ella con la esperanzada idea de cambiarlas para bien.
Pero por ahora sólo disfrutaba esa sensación de descubrimiento y maravilla que le daba su amigo el Señor Invisible. Era una niña después de todo, ¿y qué era la niñez sin la imaginación que nos acompaña durante esta bonita etapa? Lo malo de esa edad era lo ignorantes y desentendidos que pueden llegar a ser los que pasan por ella. Y vaya que Rin ignoraba el significado de lo que hacía, y más aún, todo en lo que su nuevo amigo llegaría a convertirse más pronto de lo que creía.
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GLOSARIO
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- Viaje al Oeste: Es un relato clásico de la literatura china que cuenta las aventuras de un monje budista en su viaje hacia la India para conseguir unos pergaminos religiosos. Es una obra sumamente popular en Asia, y, como nota extra, fue la inspiración de Akira Toriyama para la creación de Dragon Ball, donde Goku fue creado en base al protagonista del Viaje al Oeste.
- Juego de Go: Es un juego de tablero originario de China hace más o menos 2500 años. Durante el juego, los jugadores se alternan turnos colocando piedras sobre las intersecciones vacías de un tablero de 19×19 intersecciones. El objetivo es rodear con tus piedras un área mayor en el tablero que el oponente.
- Koi Koi: Juego de naipes de origen japonés donde juegan dos personas. El objetivo es hacer parejas combinando las cartas de la mano con las cartas expuestas en la mesa para alcanzar la mayor cantidad de puntos según el tipo de carta que se combine. Nota aparte: en la película "Summer Wars" de Mamoru Hosoda, este juego es parte fundamental de la historia. Si alguien la ha visto, agrego que me basé en aquella casa de verano en especial para la creación de la morada del "Señor Invisible".
Oh, y la apariencia del pueblo del fic está inspirada en el pueblo rural de "Los niños lobo: Ame y Yuki", también una obra de Mamoru Hosoda. Recomiendo altamente ambas películas y cualquiera que haya hecho este señor.
- Sengoku: Lo agrego por si no lo saben ya xD La era Sengoku es el periodo de guerrillas en Japón que abarca desde 1467 hasta 1603. Es la época en la que se sitúa Inuyasha.
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¡Buenas noches, gente bella de esta página! ¿Qué tal les va? ¿Empezaron ya las clases y el trabajo? Yo sí, y me ha costado un mundo y parte de otro levantarme de la cama y mantenerme despierta xD Pero dejando eso de lado, ¡FELIZ AÑO NUEVO! Qué rápido se pasó el 2015, todavía alucino porque prácticamente ni lo sentí.
¿Qué les pareció el capítulo de esta semana? Sí, sé que está algo corto, lo siento. Pero prometo que pasados los primeros capítulos (creo que desde el 6 o el 7) va aumentando el largo. Denle tiempo a la historia, apenas está empezando.
Miles de millones de gracias por todos sus comentarios, cómo los amo *-* Gracias por juntar 60 comentarios en total con sólo 2 capítulos, estoy flipando de la emoción todavía. Yaku0-sama, Anónimo1, Sesshxrin, Leiitakhr, Hanami, Lizzie, Serena tsukino chiba, HasuLess, Floresamaabc, MisteryWitch, Melinna Sessh (espero que te encuentres mejor, un abrazo), Caliu, Abigz, Dmonisa, Melissa, FlowerBloom, SusieSmile, Prodigy23, Elenita-Ele-Chan, Meaow, Laura, Itza Moon y Anónimo2. Por cierto, ¿soy yo o los comentarios desaparecen de la sección de reviews desde el 30 de diciembre? Los tengo en mi correo, pero en FF(punto)net es como si nunca los hubieran dejado. No sé si es la página o mi cuenta, ¿me podrían confirmar, por favor?
De nuevo gracias por sus comentarios, ánimos y opiniones. Prometo que daré lo mejor de mí para terminar esta historia sin contratiempos. Por el momento voy en buen camino, pues escribí la mitad el capítulo 17 de un solo tirón y tengo la inspiración a mil. Si tan sólo no tuviera que acostarme temprano para ir al trabajo al día siguiente seguramente me quedaría hasta las tantas de la madrugada escribiendo sin parar como he hecho en las vacaciones xD
En el próximo capítulo sabremos un poco más del Señor Invisible. Será corto pero picante, y nos dará una idea de qué es lo que le espera a Rin en el futuro... o lo que no le espera. ¡Quién sabe. Hay que mantener el suspenso!
Besos, abrazos, unicornios y tickets premiados de lotería para todos :D ¡Nos vemos la próxima semana, cuídense!
